Es duro saber que, a veces, creemos conocer cosas que, en el fondo, resultan inexplicables, desconcertantes y hasta terribles. Y esa dureza inefable del pensamiento surge, precisamente, cuando descubrimos que no sabemos aquello que suponíamos comprendido, dominado o definitivamente aprendido. Sí, así mismo, a secas y sin ambages, lo volvemos a repetir: saber que uno no sabe lo que debería saber constituye una de las revelaciones más profundas y perturbadoras de la conciencia humana. Porque ignoramos infinitamente más cosas que las que sabemos, y cuanto más nos adentramos en los intrincados territorios del conocimiento, más evidente se torna nuestra pequeñez frente a la inmensidad de lo desconocido. Nunca llegaremos a saber todo lo que deseamos saber, ni podremos abarcar la totalidad de los conocimientos que nuestra curiosidad reclama. Estamos, pues, condenados a ignorar permanentemente mucho más de lo que conocemos, aunque la soberbia intelectual de algunos pretenda hacernos creer lo contrario. Y lo más desconcertante de esta realidad es que, cuando creemos haber comprendido determinadas cuestiones, suelen aparecer otras que desestabilizan nuestras certezas y nos obligan a comenzar nuevamente el recorrido de la reflexión. Saber, entonces, no puede significar la posesión definitiva de una verdad, sino la conciencia de que toda conquista intelectual es apenas una estación transitoria en el interminable viaje hacia lo desconocido. Por eso resulta tan contradictorio que algunos se enorgullezcan exageradamente de sus saberes, sin advertir que el universo de cuanto ignoran desborda, con creces, aquello que presumen conocer.  

Confucio.

Es tan poco, tan ínfimo, aquello de lo que tenemos verdadero conocimiento, que cuanto sabemos, o creemos saber, apenas representa una porción insignificante del inconmensurable universo de lo cognoscible. Esa reducida parcela de saberes se empequeñece todavía más cuando intentamos medirla, cuantificarla o compararla con la vastedad de lo que permanece fuera de nuestro alcance. Y así transcurrimos por estos extraños predios terrenales, consumiendo nuestros días, meses y años entre interrogantes, descubrimientos, incertidumbres y desengaños, hasta que finalmente nos sorprende la muerte sin habernos concedido la posibilidad de comprender cuanto anhelábamos comprender. Mientras más vivimos, más conscientes deberíamos ser de nuestra ignorancia, porque cada respuesta engendra nuevas preguntas y cada hallazgo abre caminos hacia realidades que antes ni siquiera imaginábamos. Lo paradójico es que, mientras algunos celebran con arrogancia sus conocimientos adquiridos, el verdadero estudioso suele experimentar la inquietante sensación de que apenas ha comenzado a aprender. Y no podría ser de otra manera, porque el conocimiento humano, lejos de constituir un espacio cerrado y perfectamente delimitado, es una realidad abierta, dinámica y continuamente sometida a transformaciones. Lo que ayer parecía imposible hoy puede adquirir explicación, y aquello que actualmente consideramos una certeza mañana podría revelarse como una interpretación insuficiente. De modo que nuestra mayor conquista intelectual quizás no consista en acumular conocimientos, sino en adquirir la sensibilidad necesaria para reconocer la inmensidad de cuanto todavía permanece oculto ante nuestros ojos.  

Somos más ignorancia que sapiencia. Somos más desconocimiento que conocimiento. Somos más inconsciencia que conciencia. Somos más olvido que memoria. Estas afirmaciones, aunque parezcan exageradas, expresan una condición esencial de nuestra existencia: la imposibilidad de poseer un saber absoluto y definitivo. Viene a la memoria aquella profunda reflexión de Confucio, recogida en sus Analectas: "Cuando sabes algo, sostener que lo sabes; y cuando no sabes algo, admitir que no lo sabes; esto es conocimiento". Esta enseñanza encierra una advertencia contra el conformismo y la soberbia intelectual, porque creer que ya sabemos suficientemente equivale a detener el pensamiento, clausurar la curiosidad y renunciar a la maravillosa aventura del descubrimiento. El primer indicio de nuestra ignorancia aparece cuando presumimos de poseer conocimientos incuestionables, cuando proclamamos con excesiva seguridad cuanto hemos aprendido y cuando convertimos nuestras adquisiciones intelectuales en motivo de vanagloria. Saber algo nuevo no debería conducirnos a la arrogancia, sino a reconocer cuánto nos falta todavía por conocer. Sin embargo, abundan quienes confunden el dominio parcial de una disciplina con la posesión de una sabiduría universal, olvidando que incluso los pensamientos más esclarecidos se encuentran limitados por las circunstancias históricas, culturales y personales que condicionan nuestra comprensión de la realidad. El pensamiento verdaderamente fecundo no se alimenta de la autosuficiencia, sino de la duda creadora, de la inconformidad y de esa permanente sospecha de que siempre existen otras explicaciones posibles. Allí donde alguien proclama que lo sabe todo, probablemente comienza a manifestarse la más peligrosa de las ignorancias: aquella que desconoce su propia existencia.  

Creer que sabemos definitivamente acerca de algo puede convertirse, además, en una forma particularmente peligrosa de desconocimiento. No porque los conocimientos adquiridos carezcan de valor, sino porque la presunción de considerarlos completos e inalterables nos impide continuar aprendiendo. El saber, entendido en su dimensión más profunda, no consiste únicamente en acumular informaciones, memorizar conceptos o repetir teorías, sino en mantener despierta la necesidad de interrogar, investigar, comprender y revisar nuestras propias convicciones. Llegar a cierto estadio de conciencia intelectual y creer que allí termina nuestro recorrido constituye una ilusión tan seductora como engañosa. Empecinarse en demostrar que sabemos, como si el conocimiento fuera un trofeo destinado a exhibirse ante los demás, representa una de las manifestaciones más vacuas de la soberbia humana. Quien convierte su saber en una posesión definitiva corre el riesgo de transformar su inteligencia en una prisión y sus conocimientos en obstáculos para descubrir nuevas verdades. Porque la inteligencia no alcanza su plenitud cuando se encierra en sus propias afirmaciones, sino cuando adquiere la valentía necesaria para someterlas a discusión y reconocer sus posibles equivocaciones. Cuántas veces una idea considerada irrefutable termina siendo desplazada por otra que revela aspectos anteriormente ignorados de la realidad. Y cuántas otras el orgullo de haber aprendido algo nos impide advertir que aquello que defendemos con tanta vehemencia necesita ser revisado, ampliado o corregido. En consecuencia, la humildad intelectual no debería entenderse como una renuncia al conocimiento, sino como una condición indispensable para su permanente desarrollo.  

Porque el conocimiento no es una realidad inmóvil ni una estructura petrificada que podamos conservar intacta para siempre. Es movimiento, transformación, contradicción, búsqueda y revisión permanentes. Aquello que hoy consideramos verdadero puede ser ampliado, corregido o incluso refutado mañana por nuevas investigaciones, experiencias y descubrimientos. De ahí que resulte tan absurdo enorgullecerse desmedidamente de lo aprendido, como si la inteligencia humana hubiera alcanzado una cima desde la cual pudiera contemplarlo todo. El saber supone una acción incesante, una disposición a reconsiderar lo conocido y a enfrentarse con sus propios límites. Su naturaleza cambiante lo convierte en un horizonte atravesado por la duda, la interrogación y la incertidumbre. Y es precisamente esa condición la que nos impulsa a continuar buscando el dato preciso, la cita idónea, la información certera y la explicación que todavía se nos escapa. Quien pierde la capacidad de dudar comienza también a perder la posibilidad de aprender. No se trata, desde luego, de negar la existencia de conocimientos suficientemente fundamentados, sino de comprender que incluso las certezas más sólidas pertenecen a un proceso histórico de construcción, contrastación y perfeccionamiento. El conocimiento adquiere verdadera significación cuando permanece abierto a la crítica razonada y al diálogo con otras perspectivas. De poco sirve defender una afirmación con obstinación si no poseemos la sensibilidad necesaria para examinar sus fundamentos. Por eso, aprender también significa desaprender, desprenderse de prejuicios arraigados y abandonar concepciones que alguna vez consideramos definitivas. En ese ejercicio de renovación constante reside una de las manifestaciones más elevadas de la inteligencia humana.  

Hay, sin embargo, quienes hacen de sus conocimientos una especie de jerigonza intelectual destinada a impresionar a los demás. Hablan desde la aparente superioridad de sus saberes, exhiben conceptos, multiplican referencias y se complacen en demostrar cuánto creen dominar, sin advertir que la verdadera sabiduría no necesita proclamar constantemente su existencia. Confunden erudición con profundidad, información con comprensión y acumulación de datos con auténtica inteligencia. Se sienten dueños de verdades que apenas han comenzado a conocer y utilizan el lenguaje del saber como instrumento de prestigio, distinción o vanidad. Ignoran que la cultura intelectual no debería servir para levantar barreras entre los seres humanos, sino para ampliar nuestra comprensión del mundo y enriquecer el diálogo con los demás. Mientras el arrogante presume de respuestas, el auténtico pensador continúa formulándose preguntas. Y mientras aquel se complace en la contemplación de cuanto cree poseer, este reconoce humildemente la inmensidad de aquello que desconoce. No faltan quienes convierten cada conversación en una exhibición de superioridad, como si escuchar las ideas ajenas disminuyera el valor de las propias. Hablan mucho, sentencian demasiado y reflexionan poco sobre la posibilidad de estar equivocados. A menudo consideran que el desacuerdo constituye una amenaza contra su prestigio intelectual, cuando en realidad podría representar una extraordinaria oportunidad de aprendizaje. Así terminan prisioneros de una apariencia de sabiduría que les impide descubrir la riqueza del pensamiento ajeno. Porque una cosa es conocer determinadas cuestiones y otra, muy distinta, poseer la madurez intelectual necesaria para comprender que nadie tiene el privilegio exclusivo de la verdad.  

El lenguaje mismo, instrumento privilegiado de la conciencia y vehículo esencial de nuestros conocimientos, puede convertirse también en un recurso para encubrir la ignorancia bajo una apariencia de profundidad. Hay quienes creen que cuanto más complicadas sean sus expresiones, más elevado será su pensamiento, y terminan construyendo discursos repletos de términos rebuscados, formulaciones innecesariamente oscuras y conceptos cuya significación ni siquiera alcanzan a comprender plenamente. Esa jerigonza del saber, revestida de solemnidad y presunta autoridad, suele producir una ilusión de erudición que desaparece cuando intentamos descubrir el contenido real de sus afirmaciones. No todo discurso difícil es profundo, ni toda expresión sencilla revela pobreza intelectual. Muchas veces ocurre exactamente lo contrario: detrás de una terminología aparatosa se oculta una comprensión insuficiente, mientras que una formulación clara puede expresar el resultado de prolongadas meditaciones. El verdadero dominio del conocimiento no debería medirse por la dificultad de las palabras empleadas, sino por la capacidad de establecer relaciones significativas entre las ideas y comunicar con precisión aquello que se piensa. La palabra adquiere dignidad cuando sirve al esclarecimiento de la realidad, no cuando se utiliza para deslumbrar, intimidar o aparentar superioridad. De ahí que la claridad intelectual constituya también una responsabilidad ética frente a los demás. Quien realmente comprende una cuestión debería procurar hacerla comprensible, sin necesidad de sacrificar su complejidad. Porque el conocimiento que deliberadamente se encierra en la oscuridad expresiva corre el riesgo de convertirse en una representación vanidosa del pensamiento y no en una manifestación auténtica de la inteligencia.  

No existe, por consiguiente, contradicción alguna entre adquirir conocimientos y reconocer nuestra ignorancia. Al contrario, ambas experiencias deberían acompañarse necesariamente, porque cuanto más aprendemos, mayores posibilidades tenemos de comprender la complejidad de los fenómenos que nos rodean. La ignorancia reconocida puede convertirse en una fuerza creadora, en un estímulo para la investigación y en una expresión saludable de humildad intelectual. Lo verdaderamente lamentable no es desconocer determinadas cuestiones, sino carecer de conciencia acerca de nuestras limitaciones y pretender que nuestra visión del mundo constituye la única interpretación posible de la realidad. Ningún libro contiene todas las respuestas, ninguna disciplina agota su objeto de estudio y ninguna inteligencia, por excepcional que parezca, puede apropiarse de la totalidad del conocimiento humano. La sabiduría comienza, precisamente, cuando dejamos de considerar nuestra ignorancia como una vergüenza y comenzamos a reconocerla como una condición inevitable de nuestra existencia. Y esa aceptación debería conducirnos, además, a una relación más respetuosa con quienes piensan de manera diferente, porque nadie posee un conocimiento tan completo que pueda prescindir de las experiencias y reflexiones ajenas. Aprendemos también cuando escuchamos, cuando admitimos nuestros errores y cuando permitimos que otras perspectivas cuestionen las certezas que hemos construido. No hay verdadera grandeza intelectual en humillar a quien sabe menos sobre determinado asunto, como tampoco existe mérito alguno en utilizar los conocimientos para establecer jerarquías de superioridad humana. La inteligencia alcanza una dimensión más noble cuando se convierte en instrumento de comprensión, solidaridad y enriquecimiento colectivo.  

Otra de las grandes ilusiones humanas consiste en confundir la cantidad de información acumulada con la profundidad del conocimiento adquirido. Podemos leer innumerables libros, memorizar extensas teorías, conservar abundantes referencias y disponer de extraordinarios recursos para consultar informaciones sin que ello garantice una comprensión auténtica de cuanto hemos estudiado. La memoria puede almacenar datos que el pensamiento todavía no ha logrado interpretar, del mismo modo que la repetición de una idea no demuestra necesariamente su asimilación. Saber no es simplemente recordar lo que otros han dicho, sino establecer relaciones, examinar fundamentos, descubrir contradicciones y elaborar juicios propios mediante un ejercicio responsable de la razón. Por eso resulta pertinente preguntarnos cuántas de nuestras supuestas certezas proceden de reflexiones verdaderamente personales y cuántas constituyen apenas reproducciones de opiniones aceptadas sin suficiente examen. A veces repetimos conceptos con una seguridad admirable, pero cuando alguien nos invita a explicar sus implicaciones descubrimos que nuestra comprensión era mucho más limitada de lo que imaginábamos. También ocurre que el transcurso del tiempo modifica nuestra manera de interpretar aquello que creíamos haber entendido, porque la experiencia introduce matices que ninguna lectura aislada consigue proporcionarnos. Así, la vida misma termina convirtiéndose en una escuela interminable, donde cada acontecimiento puede confirmar, enriquecer o desmentir nuestras antiguas convicciones. De ahí que el verdadero aprendizaje requiera mucho más que memoria y erudición: exige discernimiento, sensibilidad, autocrítica y una permanente disposición a reconsiderar lo que pensamos.  

Todo saber resulta insignificante si lo comparamos con la inmensidad de aquello que permanece desconocido. Frente a esa totalidad inalcanzable, nuestras certezas parecen aproximarse a la nada, al vacío y a su inquietante oquedad. Pero esa aparente insuficiencia no debería conducirnos a despreciar el conocimiento, sino a comprender su carácter siempre provisional e inacabado. En el mismo momento en que creemos haber alcanzado una explicación definitiva de cuanto deseábamos comprender, corremos el peligro de interrumpir nuestra búsqueda cognoscitiva. Cesar de querer saber constituye una de las señales más evidentes del estancamiento intelectual. La curiosidad, en cambio, mantiene viva nuestra relación con el universo, despierta nuevas inquietudes y nos obliga a reconocer que siempre habrá preguntas pendientes. La grandeza del pensamiento no reside en alcanzar una supuesta omnisciencia, sino en sostener, contra todas las limitaciones, el deseo permanente de continuar aprendiendo. Porque el saber, cuando se comprende como una experiencia creadora, no termina en la satisfacción de haber encontrado una respuesta, sino que renace continuamente de las interrogantes que esa misma respuesta provoca. Hay una especie de inquietud interminable en toda conciencia que se resiste a conformarse con lo inmediatamente conocido. Esa inconformidad puede resultar dolorosa, pero constituye también una fuente de enriquecimiento espiritual e intelectual. Y es que pensar exige cierta valentía: la de reconocer nuestras insuficiencias, enfrentarnos con nuestras dudas y aceptar que muchas de las explicaciones que buscamos podrían permanecer para siempre fuera de nuestro alcance.  

Y aunque jamás lleguemos a saber cuanto queremos, deberíamos permanecer en esa dulce agonía de desear eternamente el conocimiento. Dulce, porque aprender constituye una de las experiencias más enriquecedoras de la existencia; agonía, porque cada conquista intelectual nos enfrenta con nuevas carencias y nos recuerda cuanto todavía ignoramos. Vivimos entre la satisfacción de descubrir y la inquietud de no comprenderlo todo, entre la esperanza de encontrar respuestas y la certeza de que innumerables interrogantes permanecerán abiertos. Así transcurre nuestra existencia: leyendo, estudiando, reflexionando, preguntando, equivocándonos y corrigiendo nuestros errores. Y cuando finalmente nos corresponda abandonar este mundo, acaso comprendamos que nos marchamos sin haber conocido siquiera una mínima parte de lo que hubiéramos deseado aprender. Esa conciencia de nuestras limitaciones debería acompañarnos durante toda la vida, no como una condena humillante, sino como una invitación a pensar con mayor libertad, profundidad y responsabilidad. Porque aprender también significa reconocer la fragilidad de nuestras certezas y comprender que la existencia humana se encuentra atravesada por interrogantes que probablemente nunca alcanzaremos a resolver. ¿Cuántas cosas habremos dejado de conocer por falta de tiempo, de oportunidades o de capacidad para comprenderlas? ¿Cuántos descubrimientos aparecerán después de nuestra desaparición y cuántas verdades que hoy defendemos serán revisadas por quienes nos sucedan? Estas preguntas no pretenden desalentarnos, sino recordarnos que nuestra relación con el conocimiento está inevitablemente condicionada por la brevedad de la vida. Frente a esa realidad, la presunción intelectual pierde buena parte de su sentido, pues nadie podrá llevarse consigo la totalidad de los saberes que alguna vez imaginó poseer.  

En conclusión, no sabíamos, no sabemos ni llegaremos a saberlo todo. Nuestro destino intelectual consiste en buscar permanentemente aquello que nunca podremos poseer en su totalidad. Somos seres incompletos, habitantes transitorios de un universo que nos desborda y sujetos a una interminable sucesión de preguntas, respuestas provisionales y nuevos desconocimientos. Somos, sencillamente, criaturas movidas por una curiosidad insaciable, impulsadas por el deseo de comprender cuanto nos rodea y condenadas, paradójicamente, a descubrir nuevas dimensiones de nuestra ignorancia cada vez que conquistamos algún conocimiento. Por eso, ningún saber debería convertirse en motivo de arrogancia, vanagloria o pretendida superioridad intelectual, pues incluso las inteligencias más esclarecidas apenas alcanzan a descifrar fragmentos de una realidad infinitamente más compleja de lo que imaginamos. La verdadera sabiduría no reside en proclamar cuánto sabemos, sino en reconocer, sin fingimientos ni falsas modestias, la inmensidad de cuanto desconocemos. Quizás nuestra mayor conquista intelectual consista, precisamente, en comprender que somos aprendices perpetuos, seres que avanzan entre certezas relativas, dudas inevitables y descubrimientos siempre inacabados. Y si alguna enseñanza definitiva pudiera desprenderse de esta interminable aventura del pensamiento, sería la de no confundir jamás el conocimiento adquirido con la posesión absoluta de la verdad. Porque cuanto más conocemos, más claramente advertimos la profundidad de nuestra ignorancia. Y acaso sea esa conciencia, antes que cualquier acumulación de saberes, la expresión más elevada de la inteligencia humana: saber lo suficiente para comprender que nunca sabremos lo suficiente.

Confucio.

Pedro Ovalles

Escritor y gestor cultural

Pedro Ovalles (Moca, 1957). Escritor, educador y gestor cultural. Cuenta con más de cuarenta años de trayectoria en la docencia y la literatura. Licenciado en Educación, Mención Letras, por la UFHEC —donde fue Decano de la Facultad de Letras— y con Maestría y Posgrado en Gestión de Centros Educativos por la PUCMM, ha publicado trece poemarios y varios ensayos, y sus textos figuran en numerosas antologías nacionales y extranjeras. Ha recibido reconocimientos de instituciones como la Academia Dominicana de la Lengua, el Ayuntamiento de Moca, el Ministerio de Cultura, entre otras. Es coordinador del taller literario Triple Llama de Moca.

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