La política sin proyecto de nación y el pacto por el futuro
La conversación con don Alberto Perdomo fue pasando de los recuerdos a las preocupaciones del presente. Al comparar la República Dominicana de ayer con la de hoy, terminamos hablando de política, educación y cultura, y de cómo el populismo ha ido ganando espacio en nuestra vida pública.
No teníamos un cuestionario ni pretendíamos llegar a conclusiones definitivas. Las ideas surgían espontáneamente, unas llevaban a otras, y en ese intercambio aparecía una inquietud compartida: ¿estamos construyendo un proyecto de nación o nos hemos acostumbrado a vivir entre promesas electorales?
Del ciudadano al elector
Al recordar las campañas políticas de distintas épocas, advertimos cuánto espacio ocupan hoy las promesas de soluciones inmediatas.
El populismo prospera cuando las necesidades de la gente se convierten en instrumentos para conquistar votos. Se anuncian respuestas rápidas, se alimentan expectativas y, con frecuencia, se dejan de lado los problemas que requieren planificación y perseverancia.
No se trata de restar importancia a las necesidades urgentes, sino de preguntarnos por qué la política parece tener más facilidad para prometer que para transformar.
Una escuela que funciona, una educación de calidad y una ciudadanía bien formada no producen resultados espectaculares de un día para otro. Exigen trabajo sostenido, menos propaganda y mayor compromiso con los resultados.
La democracia no debería agotarse en el acto de votar. También requiere ciudadanos capaces de observar la gestión pública, cuestionar las promesas incumplidas y distinguir entre la popularidad de un dirigente y su capacidad para gobernar.
La confianza y la responsabilidad política
También hablamos de la confianza en las instituciones y de la dificultad de mantener políticas públicas cuando cambia el gobierno.
Parece que cada administración necesita empezar de cero, como si reconocer algo positivo de la gestión anterior significara concederle una victoria política.
Esa práctica tiene un costo. Se interrumpen iniciativas, se desperdician experiencias y se aplazan soluciones. Naturalmente, hay programas que deben revisarse o eliminarse, pero la evaluación debería pesar más que la rivalidad partidaria.
La confianza pública también se resiente cuando las normas parecen aplicarse de manera desigual. En esas circunstancias, el ciudadano termina dudando no solo de quienes gobiernan, sino de la capacidad de las instituciones para actuar con justicia.
Una administración responsable debería poder reconocer los avances de sus antecesores y corregir sus errores sin convertir cada decisión en una disputa partidaria. El país necesita continuidad donde haya resultados y cambios donde sean necesarios.
Los intelectuales ante la responsabilidad colectiva
La conversación nos llevó a reflexionar sobre el papel de los intelectuales y los artistas frente al poder político.
La relación entre cultura y poder siempre ha planteado preguntas difíciles. Los artistas necesitan espacios, recursos y oportunidades para desarrollar su trabajo. La dificultad aparece cuando esos vínculos afectan la libertad de expresar una opinión o examinar críticamente las decisiones de quienes gobiernan.
Tampoco la distancia con el gobierno garantiza independencia de criterio. Aplaudirlo todo o rechazarlo todo son actitudes que pueden terminar sustituyendo el análisis por la conveniencia.
Hablamos también de quienes han ocupado cargos en los ministerios de Educación y Cultura y, después de dejar sus funciones, cuestionan problemas que conocieron desde dentro. Su experiencia puede enriquecer el debate, siempre que incluya una mirada honesta sobre lo realizado y aquello que quedó pendiente.
No se trata de negarles el derecho a disentir, sino de reconocer que la experiencia pública también ofrece lecciones y exige autocrítica.
En el ámbito cultural, sería igualmente valioso dedicar más esfuerzos a fortalecer las bibliotecas, promover la lectura y ampliar el acceso al arte, en lugar de concentrar tanta atención en los reconocimientos y las disputas de prestigio.
La función del pensamiento no consiste en aplaudir automáticamente al poder ni en rechazarlo por principio. Consiste en examinar sus decisiones, reconocer sus aciertos y señalar sus errores con argumentos.
En un país como el nuestro, necesitamos espacios donde educadores, investigadores, escritores, artistas y ciudadanos puedan debatir los problemas nacionales sin convertir las diferencias en enemistades personales.
La independencia intelectual se demuestra en la capacidad de pensar con criterio propio, aun cuando las conclusiones resulten incómodas para quienes gobiernan o para quienes se les oponen.
Un pacto para el futuro
De estas preocupaciones surgió la idea de un Pacto Nacional por la Educación y la Cultura.
No como otra declaración solemne, sino como un acuerdo que comprometa a los gobiernos y a los principales sectores de la sociedad con objetivos verificables.
Entre sus prioridades deberían figurar la comprensión lectora, el razonamiento matemático, la formación artística, el fortalecimiento de las bibliotecas y el acceso a los libros en las comunidades. También sería necesario establecer mecanismos de evaluación y seguimiento que permitan conocer los resultados y corregir las deficiencias.
Un acuerdo así no eliminaría las diferencias políticas. Pondría a prueba la capacidad de los partidos para reconocer que existen asuntos nacionales que no deberían quedar subordinados a cada campaña electoral.
La dificultad estaría en pasar de la firma al cumplimiento, de la promesa a la evaluación y del entusiasmo inicial a la continuidad.
El pacto tendría que involucrar también a las universidades, las familias, los educadores, las instituciones culturales y las organizaciones sociales. No bastaría con que el Gobierno lo anunciara; sería necesario que la sociedad pudiera conocer sus avances y reclamar los compromisos asumidos.
La educación y la cultura no pueden depender exclusivamente de la voluntad de un funcionario ni de las prioridades de una administración. Requieren una visión compartida y una disposición real a sostenerla en el tiempo.
La nación que todavía podemos formar
Al repasar aquella conversación, comprendí que nuestra comparación entre el pasado y el presente no respondía simplemente a la nostalgia. Nos preguntábamos qué habíamos aprendido como sociedad y por qué ciertos problemas seguían reapareciendo bajo nuevas formas.
La República Dominicana ha experimentado cambios importantes, pero persiste una contradicción: mientras el discurso político promete progreso, la educación y la cultura no siempre reciben la atención sostenida que necesitan.
El populismo ofrece respuestas sencillas a problemas complejos. Su atractivo reside, en parte, en que permite aplazar las preguntas difíciles: qué estamos enseñando, qué oportunidades culturales ofrecemos y qué capacidades desarrollan las nuevas generaciones para comprender su realidad.
No encontramos respuestas definitivas aquella tarde. La conversación tampoco pretendía ofrecerlas. Pero nos dejó una pregunta que merece permanecer abierta:
¿Puede un país construir un proyecto de futuro si su política se concentra en conquistar votos y descuida la formación de sus ciudadanos?
Quizás esa sea la cuestión que debemos seguir discutiendo, más allá de las diferencias partidarias y de la nostalgia por lo que fuimos.
Porque el país de mañana también dependerá de lo que hoy decidamos enseñar, leer, preservar y cambiar.
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