A partir de la década de los años ochenta (hay quienes dicen que antes: en la década de los sesenta) se inició, en nuestro país y en buena parte del hemisferio —y he comprobado que también en España—, una tendencia sostenida a disminuir el lirismo en la poesía y a equilibrar la configuración del discurso poético entre el concepto y la imagen. Este desplazamiento no ocurrió como una ruptura radical ni como una consigna estética explícita, sino como el resultado de un proceso gradual de transformación en la sensibilidad de los creadores y de los lectores. La poesía comenzó a responder a nuevas exigencias culturales, donde el sujeto ya no se conformaba con la emoción inmediata ni con el desbordamiento expresivo, sino que demandaba una escritura capaz de articular pensamiento, conciencia crítica, vuelo anecdótico con sabor a lo cronológico, y lectura del mundo. En ese tránsito, la función del lenguaje poético se expandió: ya no solo debía sugerir, conmover o provocar arrebato lírico, sino también interpretar, problematizar y, en cierto modo, explicar la complejidad de la experiencia contemporánea.
En este contexto, el lenguaje poético fue adoptando una contención expresiva que contrastaba con la exuberancia de períodos anteriores, particularmente aquellos dominados por el Romanticismo, Modernismo, o por ciertas corrientes de la vanguardia. La metáfora, que había sido durante mucho tiempo el eje articulador de la experiencia poética, comenzó a perder centralidad como recurso dominante. Sin embargo, esta disminución no debe interpretarse como una desaparición ni como un empobrecimiento: falta de lecturas, de rigor epistemológico, de vocación literaria (que en algunos casos puede ser posible), sino como una reconfiguración de su función dentro del discurso. La palabra poética empezó a organizarse desde una economía más rigurosa, donde cada término debía responder no solo a una intención estética, sino a una necesidad conceptual, a una estructura de pensamiento que buscaba mayor claridad y densidad reflexiva. En lugar de una acumulación de imágenes, se impuso una selección más consciente y una disposición más estratégica de los recursos expresivos.
A partir de la década de los noventa, y con mayor intensidad en los inicios del siglo XXI, esta tendencia se consolidó como una de las marcas distintivas de la literatura contemporánea. La poesía comenzó a integrarse de manera más evidente con otros discursos —filosóficos, ensayísticos, narrativos, anecdóticos— generando una hibridez textual que amplió sus posibilidades, pero que también modificó su naturaleza. En este nuevo escenario, el poema dejó de ser exclusivamente un espacio de evocación para convertirse también en un espacio de pensamiento. La reflexión polifacética, el cruce de saberes y la conciencia crítica se instalaron como elementos centrales, desplazando en muchos casos la intuición lírica hacia un plano menos dominante, aunque no necesariamente menos significativo.
Este proceso no puede comprenderse sin atender a los hábitos de lectura de las nuevas generaciones, que han crecido en medio de una pluralidad discursiva sin precedentes. El lector contemporáneo transita con naturalidad entre géneros y formatos: consume crónicas, anécdotas, diarios de viajes y de otra índole; así como ensayos, relatos breves, textos filosóficos, publicaciones digitales, fragmentos de experiencias cotidianas compartidas en las redes sociales. Esta exposición constante a múltiples formas de escritura ha incidido en la manera en que se concibe lo poético, desplazando el énfasis desde la emoción pura hacia una sensibilidad más analítica, más consciente de sus propios mecanismos. La poesía, en consecuencia, se ha visto impulsada a dialogar con esa diversidad, incorporando estructuras y procedimientos que antes le eran ajenos.
Las redes sociales, en particular, han desempeñado un papel decisivo en esta transformación.
Al facilitar el acceso inmediato a una cantidad casi ilimitada de información, imágenes y discursos, han contribuido a una democratización del conocimiento, pero también a una saturación perceptiva que afecta directamente la experiencia estética. El asombro, que históricamente ha sido uno de los motores esenciales de la poesía, se ve debilitado en un contexto donde todo parece estar disponible, explicado o anticipado. Esta disminución del asombro no implica su desaparición, pero sí su transformación: ya no surge con la misma intensidad ni con la misma frecuencia, lo que incide en la forma en que el sujeto se relaciona con el lenguaje poético.
Esta tendencia hacia la precisión no contradice la dimensión simbólica, sino que la refuerza, al ofrecer un soporte material sobre el cual se proyectan significados más amplios.
En este escenario, el sujeto contemporáneo parece experimentar una reducción de su capacidad de arrebato. La imaginación no se extingue, pero se reorganiza: se vuelve más funcional, más dirigida, menos expansiva en términos visionarios. Esta condición repercute directamente en la escritura, que tiende a privilegiar formas más discursivas, más explicativas, donde la claridad del pensamiento adquiere un valor central. Como ha señalado Basilio Belliard, el creador contemporáneo —poeta o narrador— se inclina hacia una factura donde el componente anécdotico, narrativo, conceptual, predomina sobre la intuición lírica. La palabra deja de ser únicamente un vehículo de evocación para convertirse en una herramienta de indagación y de cuestionamiento.
No obstante, sería un error asumir que esta transformación implica la desaparición de los recursos tradicionales de la poesía o que responde exclusivamente a una supuesta falta de lectura de los clásicos. Aunque en algunos casos pueda existir una relación entre la disminución de la metáfora y una menor familiaridad con las tradiciones literarias, no puede afirmarse que esta sea la causa única ni determinante. Sostenerlo de manera categórica equivaldría a simplificar un fenómeno complejo y a desestimar la diversidad de prácticas poéticas actuales. La poesía contemporánea no es homogénea, ni responde a un único modelo estético, sino que se configura como un campo plural donde coexisten múltiples tendencias, búsquedas y formas de expresión.
En realidad, más que una pérdida de la metáfora, lo que se advierte es un desplazamiento hacia otras formas de significación, particularmente hacia el símbolo. Se percibe un renovado interés por procedimientos propios del Simbolismo, donde los elementos concretos adquieren una densidad significativa que remite a ideas abstractas sin perder su anclaje en lo circunstancial. A ello se suma una recuperación de la musicalidad del lenguaje, de la ambigüedad sugerente y de la libertad compositiva, rasgos que permiten que el poema mantenga su capacidad de evocación incluso dentro de una estructura más conceptual. El símbolo, en este sentido, no sustituye a la metáfora, sino que la complementa y, en ciertos casos, la desplaza como eje organizador del sentido.
Paralelamente, pueden identificarse procedimientos que remiten a una sensibilidad cercana al Parnasianismo, especialmente en el uso de un lenguaje preciso, descriptivo y visual, donde la imagen concreta adquiere una función estructural. Esta tendencia hacia la precisión no contradice la dimensión simbólica, sino que la refuerza, al ofrecer un soporte material sobre el cual se proyectan significados más amplios. De este modo, la poesía contemporánea se configura como un espacio de convergencia entre distintas tradiciones: lo conceptual, lo anecdótico, lo simbólico y lo descriptivo coexisten y se articulan en una dinámica compleja que redefine el lugar de cada uno de estos elementos.
En este marco, la metáfora no desaparece, sino que se reubica dentro de un sistema más amplio de significación. Su función ya no es necesariamente la de estructurar el poema, sino la de integrarse de manera más sutil en el tejido del discurso, acompañando el desarrollo del pensamiento en lugar de dominarlo. La complejidad del poema contemporáneo no reside tanto en la acumulación de imágenes como en la densidad conceptual que las sostiene y en la interacción entre sus distintos niveles de sentido.
Este proceso no invalida la tradición literaria anterior, sino que la reinterpreta desde nuevas coordenadas históricas y culturales. La poesía no ha dejado de ser emoción, pero ha incorporado con mayor fuerza la dimensión reflexiva como parte constitutiva de su estructura. La llamada “desnudez” del lenguaje contemporáneo no implica una carencia, sino una elección estética que privilegia la sobriedad, la precisión y la transparencia como formas de construcción del sentido.
Sin embargo, esta transformación plantea interrogantes fundamentales sobre el futuro de la experiencia poética. La reducción del arrebato, la reconfiguración de la metáfora y el desplazamiento hacia el símbolo y el concepto abren preguntas sobre los límites y posibilidades de la poesía en el presente. ¿Puede sostenerse lo poético sin la intensidad de lo metafórico tradicional? ¿Hasta qué punto la claridad conceptual puede sustituir la ambigüedad fecunda de la imagen? ¿Es el símbolo una forma de compensación o una evolución natural del lenguaje poético?
Tal vez el desafío más importante de la poesía contemporánea consista en encontrar un equilibrio entre estas dimensiones: entre pensamiento e intuición, entre concepto, símbolo y metáfora, entre razón y misterio. No se trata de elegir entre una u otra, sino de integrarlas en una poética capaz de dialogar con su tiempo sin renunciar a la complejidad que ha definido históricamente a la literatura.
En última instancia, la historia de la poesía es la historia de sus transformaciones. Cada época redefine sus formas de decir, sus recursos y sus prioridades.
Lo que hoy puede percibirse como una disminución del lirismo es, en realidad, una reconfiguración de sus modos de expresión. Y en ese movimiento continuo, la poesía —aunque cambie de tono, de ritmo, de configuración lingüística, de intensidad— sigue siendo una de las manifestaciones más profundas de la experiencia humana, un espacio donde el lenguaje no solo comunica, sino que revela, interroga y transforma.
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