(Primera parte)
Presentación
La noche del 13 de mayo, en la sala Carlos Piantini del Teatro Nacional Eduardo Brito, tuvo lugar el memorable encuentro cultural Conversaciones con el Maestro Molina, encabezado por Margarita Miranda de Mitrov, presidenta de la Fundación Sinfonía; el maestro José Antonio Molina; y el doctor José Joaquín Puello Herrera, junto a la Orquesta Sinfónica Nacional de la República Dominicana, orgullo cultural y una de las expresiones artísticas más elevadas que posee nuestro país.
Deseo agradecer, en primer lugar, a Carlos Veitía, por su gentil invitación y sus atenciones. Del mismo modo, a Margarita Miranda de Mitrov, por la valoración, importancia y excelente coordinación de este inolvidable encuentro.
Lo que inicialmente parecía una actividad cultural alrededor de la música terminó convirtiéndose en una profunda reflexión sobre el cerebro humano, la memoria, la sensibilidad, el arte, la educación, la conciencia y el misterio mismo de la existencia.
La densidad humana, filosófica y neurocientífica de aquella noche me llevó a desarrollar estas reflexiones en una serie ensayística dividida en tres entregas, intentando aproximarme, desde una mirada humanista y cultural, a las múltiples ideas y emociones que fueron emergiendo durante aquel inolvidable encuentro.
Cuando la música deja de ser entretenimiento
Obertura a Yaya, compuesta y dedicada a Maridalia Hernández.
Fantasía Dominicana, compuesta por el maestro Molina a los 24 años, por sugerencia de doña Aída Bonnelly de Díaz.
Hay noches en que un encuentro cultural deja de ser una simple actividad artística y se transforma silenciosamente en una experiencia de revelación humana.
La noche vivida junto a Margarita Miranda de Mitrov, el maestro Molina y el doctor José Joaquín Puello fue una de esas raras ocasiones en que el pensamiento, la emoción, la ciencia y el arte parecieron sentarse juntos a dialogar sobre uno de los grandes misterios de la existencia: la música.
Todo comenzó con una solemnidad casi ritual.
Antes del inicio de las conversaciones, el maestro José Antonio Molina dirigió dos piezas musicales que envolvieron la sala en una atmósfera de concentración y recogimiento: Obertura a Yaya, dedicada a Maridalia Hernández, y Fantasía Dominicana, obra compuesta por el propio Molina a los 25 años, a sugerencia de doña Aída Bonnelly de Díaz.
No fue simplemente una apertura protocolar.
Desde los primeros acordes se percibía una intensidad emocional que parecía preparar espiritualmente al público para el viaje intelectual y humano que vendría después.
La orquesta no solo ejecutaba música: construía un estado interior colectivo.
Cada movimiento del director, cada silencio suspendido entre las notas, iba creando la sensación de que aquella noche estaría habitada por algo más profundo que una simple actividad cultural.
Y quizás el primer indicio de ello apareció inmediatamente después de que el maestro Molina concluyera la dirección de aquellas dos piezas y recibiera una intensa y prolongada ovación del público. Entonces se dirigió al pódium y comenzó a reflexionar sobre una pregunta aparentemente sencilla, pero profundamente compleja: ¿qué es realmente la música?
Fue allí cuando pronunció una frase que parecía desmontar, de golpe, toda pretensión académica o racional de apresar el fenómeno musical:
“Es imposible definir la música.”
La frase cayó en la sala no como una negación, sino como una apertura.
Porque vivimos en una civilización obsesionada con definirlo todo. Queremos definir el tiempo, el amor, la belleza, la conciencia, la felicidad e incluso el alma.
Necesitamos convertir las experiencias en conceptos para que el intelecto sienta que posee algún dominio sobre ellas.
Pero Molina comenzaba justamente desmontando esa ilusión de control.
Definir la música, nos decía que responde a un impulso profundamente humano de objetivar aquello que, quizás, solo puede ser vivido.
Y entonces ocurrió algo extraordinario: el encuentro empezó a desplazarse lentamente desde el territorio de las definiciones hacia el territorio de la experiencia.
La música como experiencia interior
Conversaciones con el Maestro Molina.
“La música es una vivencia”, afirmaba Molina.
Y probablemente allí residía una de las claves esenciales de toda la noche.
Porque el sonido puede explicarse físicamente: tiene frecuencia, intensidad, duración y vibración.
Pero la música pertenece a otro territorio.
Un territorio donde intervienen la memoria, la emoción, la historia íntima, la conciencia y las zonas invisibles del alma humana.
El sonido puede medirse.
La música, no.
Tal vez por eso Molina insistía en que el pensamiento organiza la música durante los ensayos, pero jamás logra contenerla plenamente.
La técnica ordena; el misterio trasciende.
El ensayo estructura la obra, pero el instante verdadero de la música ocurre en otro lugar: en una dimensión donde el cálculo ya no basta para explicar lo que sucede entre el ejecutante, el sonido y quien escucha.
Aquella reflexión me golpeó profundamente, quizás porque como hombre de teatro he sentido muchas veces esa frontera invisible donde el ensayo deja de ser solamente disciplina y comienza a convertirse en algo imposible de explicar del todo.
Uno puede organizar movimientos, entradas, silencios, tensiones y ritmos escénicos.
Pero siempre llega un instante imprevisible donde la representación comienza a respirar por sí sola y aparece algo que ya no pertenece únicamente a la técnica.
Eso mismo parecía sugerir Molina sobre la música.
El pensamiento construye el andamiaje.
Pero el arte verdadero siempre termina desbordándolo.
“La música no vive en este mundo”
Y entonces el maestro pronunció una de las frases más memorables de toda la noche:
“La música no vive en este mundo.”
Confieso que desde ese instante sentí que el encuentro había abandonado definitivamente el terreno de la conferencia convencional.
Entrábamos en una zona cercana a la filosofía, a la metafísica y, por momentos, a una espiritualidad estética difícil de nombrar.
Molina hablaba del sonido como fenómeno físico, pero inmediatamente establecía una diferencia esencial: el sonido no es todavía la música.
El sonido pertenece a la materia.
La música, en cambio, parece pertenecer a una región invisible donde convergen memoria, tiempo, emoción, nostalgia, deseo, pérdida y conciencia humana.
Entonces formuló una pregunta extraordinaria:
“Cuando termina una obra… ¿a dónde fueron a parar esos sonidos?”
Qué pregunta tan sencilla y tan abismal al mismo tiempo.
Después de la última nota, el sonido desaparece físicamente. Se evapora. No puede tocarse ni retenerse.
Y sin embargo permanece dentro de nosotros.
¿Dónde permanece?
En la memoria.
En la emoción.
En ese territorio invisible donde ciertas experiencias continúan viviendo aun después de haber desaparecido materialmente.
Tal vez por eso el teatro y la música comparten una naturaleza profundamente humana: ambos son artes perecederos.
Una función termina.
Un concierto termina.
Y lo único que realmente sobrevive es la huella emocional dejada en quienes estuvieron allí.
La música aparecía entonces no solamente como belleza, sino también como metáfora de la propia existencia humana.
Cada nota decía Molina que nace, crece y muere.
Y de pronto comprendimos que incluso en las composiciones más alegres habita también una secreta conciencia de la muerte.
La música ríe y llora simultáneamente porque así vive también el ser humano.
Ninguna emoción verdadera es completamente pura.
En toda alegría profunda existe una sombra de pérdida.
Y en toda tristeza auténtica sobrevive alguna forma de esperanza.
Aquella noche, mientras escuchábamos al maestro hablar, tuve la sensación de que la música dejaba de ser entretenimiento para revelarse como uno de los lenguajes más complejos y misteriosos de la condición humana.
Epílogo
Pero lo más extraordinario estaba aún por venir.
Porque cuando el encuentro parecía ya internarse en territorios puramente filosóficos y espirituales, apareció entonces la neurociencia para revelar que el cerebro humano posee también una relación profunda, íntima y todavía misteriosa con la música.
Y fue allí donde aquella noche comenzó a abrir otra puerta fascinante: la del cerebro musical, abordada por el eminente neurocirujano doctor José Joaquín Puello Herrera.
(Continuará…)
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