Festival de Bayreuth, 10 de abril de 2026. Luego de ver y escuchar El holandés errante, se representa Parsifal, la Leyenda del Grial, de Richard Wagner. Quien esto escribe, todo ojo y todo oído, está ante la pantalla del televisor y, a través de Medicis TV, escucha estremecido.
Gran preludio orquestal. Metales, trompas, cuerdas suspendidas en sus tonalidades más altas. Vuela un pájaro de fuego. Es el leitmotiv principal:Parsifal se encuentra en un jardín encantado, rodeado por bellas y seductoras doncellas-flores. Le llaman y le abrazan, mientras le riñen por haber herido a sus amantes. Luchan entre ellas para ganar los favores de Parsifal. Justo en el instante en que se le van a escapar, escucha una voz que le llama:
«¡Parsifal!». Es el nombre que su madre usa cuando le llama en sueños. Las doncellas-flores retroceden y le insultan; le llaman loco, idiota, tonto, mientras huyen y le dejan solo con Kundry, la hechicera, que aparece bellísima y seductora.Wagner nos cuenta esta historia de Parsifal en tres actos, basándose en el ciclo de novelas y relatos sobre el Rey Arturo, a partir del poema épico medieval Parsifal, escrito por el poeta alemán Wolfram von Eschenbach. Este es considerado el relato con la estructura más innovadora y la mejor caracterización de los personajes, en comparación con las otras dos versiones conocidas: la del poeta francés Chrétien de Troyes y la más cristianizada de todas, la de Robert de Boron.Wagner concibió Parsifal en 1857 y lo terminó veinticinco años después. La partitura exige una orquesta enorme, con una nutrida selección de metales, cuerdas y trompas, y un cuerpo orquestal reforzado con la presencia de múltiples campanas.
Es la partitura más difícil para un coro. Requiere grandes intérpretes que superan en número a las sopranos y contraltos que normalmente se utilizan en el cuerpo coral, colocados justo en la sala del Grial o en el salón de las maravillas, tanto en el primer acto como en el tercero.
Las tesituras son muy altas y las voces se desdoblan en eco, formando estereofonía, creando tonalidades nuevas, cromatismos y circuitos armónicos que abren las puertas de la música a nuevas sonoridades y a un color orquestal inusitado y novedoso.Wagner, influenciado por Schopenhauer, se interesa por el budismo y las filosofías orientales, en especial por el Vedanta Advaita y las enseñanzas de Shankaracharya.
A partir de estas lecturas escribe un primer ejercicio musical que denomina Die Sieger (Los victoriosos, 1856), basado en la vida del Buda. Ahí aparecen los leitmotivs que luego serán explorados en Parsifal: la reencarnación, la compasión, la iluminación.Wagner, al cambiar el libreto original de Wolfram von Eschenbach —en donde el Grial era una piedra filosofal capaz de satisfacer todos los deseos de los caballeros del Santo—, se apoya en la cristianización del mito, como cuenta la versión de Robert de Boron, en donde por primera vez se habla del Grial y no de la piedra preciosa de múltiples colores.
Estos cambios que realiza Wagner en el libreto provocan la irritación de Nietzsche, molestia que venía acumulándose en su relación antes amistosa con Wagner, lo que lo lleva a escribir: «Insoportable beatería wagneriana». Humano, demasiado humano, pág. 122.
Sin embargo, estas pequeñeces en el libreto no impiden que la música de Parsifal, la Música del Santo Grial, inaugure sensibilidades nuevas en la música, en la narrativa y en el arte contemporáneo.
No es por mágico azar que La tierra baldía de Eliot, Finnegans Wake y el Ulises de Joyce, La montaña mágica y Los Buddenbrook de Thomas Mann sean historias diurnas que se sostienen en los sueños arquetípicos de los mitos artúricos y las mitologías griegas, judeocristianas, celtas y germánicas.
Basta como ejemplo aludir al título del poema más significativo del siglo XX, La tierra baldía de T. S. Eliot, nombre con el que coincide con los capítulos en donde se describe la tierra baldía que rodea el castillo de las maravillas en la versión de Wolfram von Eschenbach.
El período culminante de los relatos artúricos coincide exactamente con las construcciones de las catedrales, el maravilloso siglo que va del 1150 al 1250, como nos lo cuenta Fulcanelli en su fabuloso y alquímico libro El misterio de las catedrales.
En estos periodos tenemos dos mágicas Europas que sirven como germen, semilla y sustento de estas dos grandes expresiones: la Europa de Grecia y Roma y la Europa de los celtas y germánicos.
La historia de los celtas y los germánicos son las fuentes en las que se sostiene toda la obra musical de Wagner, y los mitos artúricos, en donde un caballero es llamado a la aventura y se pierde por bosques mágicos y oscuros hasta encontrar el Castillo de las Maravillas, en donde el caballero se convierte en el amante de la reina de las hadas, que le da de beber una pócima mágica, luego piedra alquímica y luego el Santo Grial. Y al beber, el caballero llega al éxtasis, a un infinito placer y gozo. Habitante del templo del deseo, y allí el caballero se convierte en un rey infinito y allá solo se respira gozo y más gozo. De tal manera que este relato se convierte en el imaginario de Occidente, en donde los relatos de caballerías cabalgan junto al caballero de la Chanson de Roland, el Cid Campeador, hasta llegar a la risa con armadura abollada del hidalgo Don Quijote de la Mancha.
Encantamiento y desencantamiento del mundo es el tema del Grial, y encantamiento y desencantamiento del mundo es La tierra baldía de Eliot.
En el relato del Grial, la esterilidad del mundo se simboliza con la imagen de una tierra baldía: un hechizo ha sido arrojado sobre el páramo estéril de un mundo hueco y vacío. T. S. Eliot aplica este motivo para caracterizar nuestra época:«Somos los hombres huecos, somos los hombres rellenos de paja…».
Como nos describe en un poema anterior: «Nuestras voces resecas, cuando susurran juntas son tranquilas y sin significado, como viento en hierba seca o patas de rata sobre cristales rotos en nuestra seca bodega de provisiones».«Figura sin forma, sombra sin color. Fuerza paralizada, gesto sin movimiento…». «Madame Sosostris, famosa vidente, la mujer más sabia de Europa con una perversa baraja». (La tierra baldía, versos 42-46 y Los hombres huecos).
Es Kundry, la hechicera perversa de Parsifal, la mujer más sabia de Europa, el espíritu de la tierra en El anillo de los nibelungos, la negra hechicera y creadora del fuego negro en Parsifal: «Aquí está la Bella Donna, la Señora de las piedras, la Dueña de las situaciones… Aquí está el hombre de los Tres Bastos y aquí la rueda y aquí el mercader tuerto, y esta carta que está en blanco es algo que lleva en la espalda que me está prohibido ver, no encuentro al hombre ahorcado… Veo multitudes de gente dando vueltas en círculo…».Estos textos de La tierra baldía de Eliot son los personajes del Grial, contados con las imágenes del Tarot y los Arcanos mayores y menores. Ahí están el hombre de los tres bastos (Odin), el mercader tuerto es Wotan, señor de las iniciaciones, los caminos y el mercado, y también Hermes el griego, el dios que se crucifica a sí mismo en el Árbol Cósmico, que es lo que lleva en la espalda.«Quiero decir de modo bastante claro —escribe Eliot en correspondencia con Ezra Pound— que yo asocio al hombre de bastos al propio Rey Pescador de Parsifal». (Cartas a Pound, pág. 233).
Asociar el relato del Grial con parte de los subtextos que se esconden en Finnegans Wake de Joyce y su Ulises, con lo oculto en Los Buddenbrook de Thomas Mann, y los arquetipos vivos en La tierra baldía, es descubrir una de las claves más importantes en la literatura contemporánea del siglo XX.
James Joyce y Thomas Mann transforman la novela naturalista del siglo XIX, aparte de sus novedades técnicas, en un vehículo secular de sabiduría mitológica e iniciación simbólica.
Thomas Mann ha señalado en su ensayo Sufrimiento y grandeza de Richard Wagner, escrito en ocasión del cincuentenario de la muerte de Wagner (10 de febrero de 1937):
«Wagner no solo libera a la ópera de sus limitaciones históricas y tecnológicas, abriéndola al mito, al punto que al escucharlo —escribe Mann— se podría creer que la música no fue creada para nada más y nunca podría prestarse a otra cosa que servir al mito».
La facultad creadora de Wagner trasciende la simple historia del libreto.«Brota de la música, del mito y el mito de la música, simultánea creación». Esta música está meditada, calculada y es extremadamente inteligente y certera, y su concepción no es menos literatura que musicales son sus textos.
Descompuesta en sus componentes básicos, la música aparece al servicio de ideas míticas. La inquietante escala de la “Muerte de Amor”. El flujo musical del Rin. Los 7 bloques fundamentales de los acordes constituyen el Valhalla, como el Tannhäuser de Wagner es el Venusberg, donde los años pasan como agua y donde no existe la vejez». (Mann, Richard Wagner).
Síntesis de música y mitología es Parsifal de Wagner, Tristán e Isolda y toda la tetralogía de El anillo de los nibelungos. El mito produce el vínculo entre los incidentes del mundo diurno y el reino de los sueños arquetípicos. Saber leer mitos, tarea del poeta en el tiempo baldío y desacralizado en que vivimos. Es revelar en los textos las epifanías cotidianas de Joyce, el asombro de Eliot, la montaña mágica de Mann, el éxtasis estético de Schopenhauer…
«La tarea de descubrir los mitos nuevos y viejos por el ojo del artista fresco y vivo como la forma de este o aquel hecho: como una pauta que no es tal pero que está presente en cada cosa de una forma completamente nueva», escribe Joseph Campbell en su enorme tratado sobre Mitología creativa, tomo 4, Las máscaras de Dios.«Vuelve a mirar los arduos borradores… —escribe Borges—. ¿Habrá sentido que no estaba solo y que el Arcano, el increíble Apolo, le había revelado un arquetipo, un ávido cristal que apresaría cuanto la noche cierra o abre el día: dédalo, laberinto, enigma, Edipo?». (Un poeta del siglo XIII. Obras completas).
Festival de Bayreuth. 1 de abril de 2026. Eleva el Grial sostenido por la música. Flota atravesando la pantalla del televisor y, suspendido sobre la cabeza del que escribe, bebe la música y a comulgar convida. Se derrama música de alegría y tristeza por el aliento. Mi corazón es una flauta que Él ha tocado. Yo soy Parsifal. La música del Grial.
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