El templo de deseo de la poeta mocana Mikenia Vargas, trae dos enormes regalos a las letras dominicanas actuales. El segundo, una edición que dejará en nuestras bibliotecas personales un ejemplar hermoso, de extraña y femenina delicadeza en estos tiempos propensos a la destrucción banal de la belleza. Por eso, celebro la publicación de este libro por la Comunidad Literaria Taocuántica, y destaco la diagramación y diseño de Melanie R. Núñez, quien supo absorber el sentido estético, el ardor, la intensidad de un libro que multiplica sus afluentes. Los colores de la cubierta, la elección de la tipografía, el espaciado con el que respira cada página se hace cómplice de la entrega: como se prepara un altar para que ardan en el fuego todos los fuegos, así ha sido preparada esta edición.
El primer regalo es cada poema y cada verso. Sorprenden, en igual grado, la madurez poética, la densidad tropológica, la capacidad de crear un universo propio alejado de pirotecnias técnicas y verbales o de excentricismos temáticos. Este libro es Mikenia. Ella es una casa sobre el agua, como lo dijo en la dedicatoria para el libro que me entregó, (nada fue casualidad, querida amiga) y su reflejo tiene una profunda vitalidad. Creo que la conoceremos más por estos versos que por cualquier entrevista que leamos o por cualquier ensayo que se escriba de ella. Es su tercer libro. Ha sido precedido por Silencio y carne (2015) y Rumor sagrado (2022), que fue finalista del Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística. Y de pronto aparece este libro: El templo del deseo, lleno de certezas y no atisbos, de versos escritos con silencio, destierro y astucia (las armas de la buena literatura) y no textos desiguales o titubeantes. Y, sobre todo, que emerja así, con una voz tan única, de factura impecable, de una sensualidad perturbadora, ríos que dan a un mar abrasivo, a imágenes singulares, de envidiable destreza lírica.
Celebramos la irrupción de una voz distintiva porque resuena con acentos muy personales, alejados del feminismo catastrófico que derivó en wokismo y de la militancia social que ha producido tanta literatura que envejece apenas se publica. Los asideros de este poemario no están tampoco en el deseo de echar por tierra tradiciones estéticas ni en militar en grupos de autores que hallan su placer en cometer parricidios literarios. La voz de Mikenia Vargas parece suspendida en un tiempo que es todos los tiempos, en una estación que es todos los días, que es nunca y siempre. El mapa que recorre es el del alma que se reparte y se reconoce en la pluralidad de lo vivido.
Borges decía que el que besa a una mujer es Adán. La mujer es Eva. Todo ocurre siempre por primera vez. Mikenia invierte el orden para hallar la misma verdad. La que besa a un hombre es Eva. El hombre es Adán. Todo ocurre siempre por primera vez. Eva (Mikenia) es todas las mujeres. Ella es “el mar que todas las mujeres ha guardado”, “una herida que se quiere abrir entera”, “una máquina de sal y presagio que despierta si tu lengua invoca mi carne”. Esta multiplicidad no solo es visible en un poema como “Las mil mujeres”, sino incluso en los textos que parecen desnudar otras voces y otras polifonías. Para darle la razón a la sentencia de Spinoza: “La esencia del ser humano es el Deseo”.
La verdadera proeza de este libro está en su incesante juego de espejos: cuerpo y alma, la unión mística de la doble llama. La carne despierta alucinaciones filosóficas, viajes a la memoria, a lo profundo del Yo, el cuerpo es rito y fascinación de la esencia. El alma arde con sus crepitaciones, el alma es sangre y lengua y pechos y humedad y orgasmo y rosa y cacería.
La estructura de El templo del deseo es singular y adecuada. A manera de “Prólogo”, la autora trae un Credo, una linterna mágica que anuncia lo que vendrá después, sin agotarlo: “Creo que el poema es cuerpo, es rito, es acontecimiento, que no escribo la poesía solamente, ella me encarna, me arde, me habita”. Esta es la brújula para poder, más que leer, experimentar este libro como el que se sube a una ola o desciende a un abismo. Luego, secciones cruzadas por versos aislados que entretejen una parte con otro, como mesetas breves entre orgasmos que son palabras, viñetas, ilustraciones y luego XVII brevísimos textos a la sombra o a la otra voz del cuerpo, como tituló esa parte final del libro.
La ductilidad para adaptar el lenguaje a diversas densidades, dicho de otro modo, de abarcar poemas largos y breves con la misma eficacia, es simplemente admirable. La capacidad de interrogar el mundo, de disentir sin victimizarse, sin manipulaciones de orden moral, sin manierismos, es luminosa. Mientras la leía (y Mikenia tiene la virtud ya difícil de encontrar, de que uno al leer sus textos los escuchamos con su voz) encontraba una raigambre de diversos sedimentos poéticos: la democrática y expansiva fluidez del versículo whitmaniano, la solidez metafórica de la poesía española de sus mejores siglos, el erotismo trascendental del Cantar de los cantares, la sabiduría expresar sus propias libaciones. Un erotismo que irrumpe desde el primer poema, que dice; “Se abrirá mi carne sobre la tuya, y vendrá el fin del mundo”, y se entroniza hasta el último texto, que defiende como tesis lo que, en el mundo de hoy, de reguetoneros y tiktokers, sería un oxímoron: que el deseo es una forma de la pureza.
La voz de Mikenia es música (ella canta hermoso, pero no lo digo por eso), sino por la cuidadosa y armónica disposición de sus versos. El gran Lezama Lima decía que la prueba definitiva de si un poema es bueno, es su lectura en voz alta. Creo que el libro es erótico y místico también en este aspecto y eso es un plus a su favor: la evasión a las asonancias fáciles (tan comunes en la mayoría de los poetas jóvenes dominicanos) y el uso de cadencias interiores construyen una armonía compositiva que fundamenta la identidad de El templo del deseo.
Hostias negras / Tus ojos, /campana mínima, /llamando al rito de mi nombre. /Centro y conjuro donde se oficia la liturgia del deseo. /Pero nada se consume /si no regreso a tu mirada: /dos órbitas que concentran /la columna de luz, /un eje invisible donde asciende /el espíritu en su hambre, /abismo y altar, /Claustro que consagra mi cuerpo. /Tus pupilas /son hostias negras, /centro y eje, /donde el cuerpo se convierte en sacramento, /borde del misterio, /puerta de mi hambre, /lámpara de aceite. /Dos soles ocultos en la tiniebla, /dos estrellas que giran en mi pecho. /No queda cuerpo, /no queda voz: /sólo la unión extática, /la disolución en tu misterio, /el vértigo de ser un silencio que arde, /Mas todo retorna a tu mirada: /dos abismos donde caigo, /donde me hallo sin nombre.
Estoy seguro de que, al final, no recordaremos los poemas de ningún libro, sino versos, los versos memorables de esos libros que nos habitaron. Por eso, quiero dejar como un primer sorbo de vino algunos versos de este libro que fueron escritos con un venablo de fuego. “Si me rozas, escucharás el canto de mis cuerpos, el agua que amó antes del nombre”. O “la lluvia que dice en su sonar tus ojos”. O “todo tú me cabe en esta herida abierta”. O “tu cuerpo de “Solo pido la mitad de tu boca”. Así amanece este poemario, como “un milagro que nos reconoce”.
Mientras leía El templo del deseo, pensaba que Mikenia y yo deberíamos tener una lectura conjunta. Ella, con este libro. Yo, con mi poemario La hora de despertarnos juntos. Creo que los lectores, especialmente las parejas, tendrían noches espléndidas después de nuestras lecturas, con vinos, mar, música y pieles enfebrecidas. Y los solitarios espantarían con sus manos el humo de la otra carne. En este momento, sin embargo, mis palabras ya sobran. Entremos a este libro como a una fiesta, pero también como se entra a un templo. Porque asistimos a una celebración de libertad bajo Palabra, y al descubrimiento de una voz ya ineludible en la nueva poesía dominicana.
Mikenia Vargas
De Moca. Magister en Estudios de Museos, Licenciada en Comunicación Social. Fue directora del Museo 26 de Julio, Moca y en la actualidad Encargada de Gestión Medioambiental de la (OPRET), Oficina Para el Reordenamiento del Transporte. Autora de tres libros de poesía: Silencio y carne, 2015, Rumor sagrado, 2022, y El templo del deseo, 2025. Cofundadora de la Comunidad Literaria Taocuántica, trabajo para La Academia Dominicana de la Lengua y figura como colaboradora en la confección del Diccionario Fraseológico Dominicano, 2016.
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