Pocos cuentistas hispanoamericanos explicaron con tanta claridad el oficio de narrar como Juan Bosch, y pocos aplicaron con tanta precisión sus propias reglas como en La Nochebuena de Encarnación Mendoza.

En Apuntes sobre el arte de escribir cuentos, Bosch traza una serie de recomendaciones para quien se inicia en el mundo de contar cuentos.

En esos mismos apuntes incluye las palabras del crítico chileno Alone (Hernán Díaz Arrieta). Citamos:

«Junto al cuento tradicional, al cuento que puede contarse, con principio, medio y fin, el conocido y clásico, existen otros que flotan, elásticos, vagos, sin contornos definidos ni organización rigurosa. Son interesantísimos y, a veces, de una extrema delicadeza; superan a menudo a sus parientes de antigua prosapia; pero ¿cómo negarlo, cómo discutirlo? Ocurre que no son cuentos; son otras cosas: divagaciones, relatos, cuadros, escenas, retratos imaginarios, estampas, trozos o momentos de vida; son y pueden ser mil cosas más; pero insistimos, no son cuentos, no deben llamarse cuentos. Las palabras, los nombres, los títulos, calificaciones y clasificaciones tienen por objeto aclarar y distinguir, no oscurecer o confundir las cosas; por eso al pan conviene llamarlo pan. Y al cuento, cuento».

Vamos a analizar el cuento La Nochebuena de Encarnación Mendoza, de Juan Bosch, incluido en su libro Cuentos escritos en el exilio.

Juan Bosch nos dice que el cuento debe iniciarse con el protagonista en acción física o psicológica, pero acción; además, el principio no debe hallarse a mucha distancia del meollo mismo del cuento, a fin de evitar que el lector se canse.

Veamos el inicio:

«Con el sensible ojo de prófugo Encarnación Mendoza había distinguido el perfil de un árbol a veinte pasos, razón por la cual pensó que la noche iba a decaer. Anduvo acertando en su cálculo; donde empezó a equivocarse fue al sacar conclusiones de esa observación. Pues como el día se acercaba era de rigor buscar escondite, y él se preguntaba si debía internarse en los cerros que tenía a su derecha o en el cañaveral que le quedaba a la izquierda. Para su desgracia, escogió el cañaveral. Hora y media más tarde el sol del día 24 alumbraba los campos y calentaba ligeramente a Encarnación Mendoza, que yacía bocarriba, tendido sobre hojas de caña».

Desde la primera línea, Bosch coloca al protagonista en plena tensión narrativa, cumpliendo uno de los principios esenciales que él mismo formula en Apuntes sobre el arte de escribir cuentos: el personaje debe aparecer en acción, física o psicológica, desde el inicio.

La frase “Para su desgracia, escogió el cañaveral” funciona como una prolepsis narrativa que anticipa la tragedia y crea una inmediata tensión dramática, obligando al lector a avanzar en busca de esa desgracia anunciada.

Bosch continúa en Apuntes sobre el arte de escribir cuentos:

«A partir del principio, el cuentista debe ser implacable con el sujeto de su obra; lo conducirá sin piedad hacia el destino que previamente ha trazado; no le permitirá el menor desvío».

Y añade:

«Horacio Quiroga afirma que un cuento es una flecha disparada hacia un blanco, y ya se sabe que la flecha que se desvía no llega».

Encarnación Mendoza sabía que, donde se moviera, lo iban a reconocer. En el cañaveral se sentía seguro.

«Cuando el destino comenzó a jugar en su contra».

Bosch refuerza la intriga mediante una advertencia velada del destino, recurso que sostiene la expectativa y profundiza la sensación de fatalidad que acompaña todo el relato.

«Pues a esa hora la madre de Mundito pensaba igual que el prófugo: nadie pasaría por las trochas en la mañana […]. La madre de Mundito tenía unos cuantos centavos […]. Con esos centavos podría mandar a Mundito a la bodega para que comparar harina, bacalao y algo de manteca. Aunque lo hiciera pobremente, quería celebrar la Nochebuena con sus seis hijos pequeños, siquiera comiendo frituras con bacalao».

Bosch no introduce elementos casuales; cada acción prepara silenciosamente el desenlace.

Desarrollo

Mundito, en el camino, recogió un perrito para que le sirviera de compañero.

Bosch articula cuidadosamente cada elemento narrativo, pues se supone que un perrito es juguetón y comenzará a correr y curiosear por el campo.

«Y así empezó el destino a jugar en los planes de Encarnación Mendoza».

Otra frase que pretende enganchar al lector. Indiscutiblemente, el lector quiere saber qué pasará con ese hombre.

Azabache —era el nombre del perrito— se metió en el cañaveral y encontró a Encarnación Mendoza, quien se hizo el dormido, pero Mundito creyó que era un muerto. Aquí se produce un giro en la narrativa.

Ya vimos que lo de Azabache no era fortuito.

Mundito salió huyendo despavorido hacia el pueblo a dar aviso. El sargento del puesto estaba en la bodega y vio la desesperación del niño.

Era día de Nochebuena y el juez de La Romana no estaría dispuesto a hacer el levantamiento. El sargento salió con varios hombres hacia el lugar.

Develando razones

«El propósito de Encarnación Mendoza era pasar la Nochebuena con su mujer y sus hijos. Escondiéndose de día y caminando de noche, había recorrido leguas y leguas, desde la primera estribación de la cordillera en la provincia de El Seibo, rehuyendo todo encuentro y esquivando bohíos, corrales, cortes de árboles o quemas de tierras. En toda la región se sabía que él había dado muerte al cabo Pomares, y nadie ignoraba que era hombre condenado desde que se le encontrara».

Se videncia que Bosch posterga la revelación del conflicto central para sostener la tensión narrativa.

«Necesariamente debía ver a su mujer y a sus hijos. Era un impulso bestial el que le empujaba a ir, una fuerza ciega a la cual no podía resistirse. Con todo y ser tan limpio de sentimientos, Encarnación Mendoza comprendía que al deseo de abrazar a su mujer y de contarles un cuento a los niños iba confundida una sombra de celos».

«Nunca deseaba nada malo y se respetaba a sí mismo. Por respeto a sí mismo sucedió lo del día de San Juan, cuando el cabo Pomares le faltó pegándole en la cara, a él, que por no ofender no bebía y que no tenía más afán que su familia. Sucediera lo que sucediera, aunque el mismo Diablo hiciera oposición, Encarnación Mendoza pasaría la Nochebuena en su bohío».

En su decálogo, Juan Bosch expresa:

«El cuentista avezado sabe que su tarea es llevar al lector hacia ese hecho que ha escogido como tema; y que debe llevarlo sin decirle en qué consiste el hecho».

Eso ocurre aquí con maestría: casi a la mitad del cuento es cuando el autor devela las razones de la muerte del cabo Pomares.

La revelación tardía del motivo de la huida prolonga eficazmente la tensión narrativa y evita que el conflicto principal se agote prematuramente.

Profesor Juan Bosch

Intensidad dramática

Cuando llegaron al cañaveral no encontraron nada y el niño se vio en apuros. De todas maneras, la experiencia del sargento lo hizo rebuscar la zona. En una de esas, el niño lo vio cruzar de un tablón de caña a otro. Alertó al sargento y comenzó la cacería.

Con la persecución en el cañaveral, el relato entra en su punto de máxima intensidad dramática, donde el destino anunciado desde el inicio se vuelve irreversible.

«Encarnación Mendoza no era hombre fácil. Pero a eso de las tres, en el camino que dividía el cañaveral de los cerros, esto es, a dos horas del batey, un tiro certero le rompió la columna vertebral al tiempo que cruzaba para internarse en la maleza. Se revolcaba en la tierra, manando sangre, cuando recibió catorce tiros más, pues los soldados iban disparándole a medida que se acercaban».

El sargento decidió entregarle ese regalo de Pascua al capitán de Macorís. Comenzó a llover. Buscaron un animal, que resultó ser un burro, y atravesaron el cadáver sobre el lomo.

El desenlace posee una fuerza devastadora

Comenzaron la travesía por caminos difíciles. Ya de noche, las lluvias continuaban.

A lo lejos divisaron unas lucecitas. Se dirigieron en esa dirección y llegaron a una casucha.

—Desamarren ese muerto y tírenlo ahí adentro, que no podemos seguir mojándonos.

«Cuando el cuerpo estuvo suelto llamó a la puerta de la casucha justo a tiempo para que la mujer que salió a abrir recibiera sobre los pies, tirado como un perro, el cuerpo de Encarnación Mendoza».

«La mujer miró aquella masa inerte; sus ojos cobraron de golpe la inexpresiva fijeza de la locura; y llevándose una mano a la boca comenzó a retroceder lentamente, hasta que a tres pasos paró y corrió desolada sobre el cadáver al tiempo que gritaba:

—¡Ay, mis hijos; se han quedao güérfanos… han matao a Encarnación!

Entonces se oyó una voz infantil en la que se confundían llanto y horror:

—¡Mamá, mi mamá!… ¡Ese fue el hombre que yo vide hoy en el cañaveral!»

En resumen

Bosch decía que el final sorprendente no era una condición imprescindible en el buen cuento; lo importante era que el final resultara natural como debe tener su principio.

Este final es cerrado y sorpresivo. Bosch deja al lector pensando más allá de la lectura del cuento.

Este cuento narra la situación de un hombre, que después de cometer un crimen contra un soldado, huye. Unos meses después se ve en la necesidad de pasar la nochebuena con su familia, pero es descubierto y asesinado por el sargento de la comunidad.

Es un final cerrado y sorprendente, el cual deja al lector con un pensamiento que va más allá de la lectura misma del cuento.

Bosch confirma aquí su absoluto dominio del género breve: cada escena, cada silencio y cada revelación responden a una arquitectura narrativa rigurosamente calculada.

Por otro lado, en el cuento hay algo parecido a la la teoría del iceberg de Ernest Hemingway «donde el relato muestra solo la superficie de la historia, dejando su verdadero significado implícito»:  deja ver el compromiso y la responsabilidad familiar de un esposo y padre que tiene la necesidad de pasar la Nochebuena con su familia. De un hombre bueno que, por respeto a sí mismo, decidió defender su honra.

En La Nochebuena de Encarnación Mendoza, Juan Bosch no escribió simplemente un cuento memorable; escribió una lección viva sobre cómo debe construirse un cuento verdadero.

josedespinosa@gmail.com

José D. Espinosa Féliz

Ingeniro y escritor

José D. Espinosa Féliz es ingeniero civil, escritor, conferencista. magister ejecutivo en gestión de proyectos. Tiene especialidad en Alta Gerencia, diplomados en relaciones públicas, en maestría de ceremonias y en oratoria. Además, es Locutor profesional. Por más de veinte años ha sido articulista de temas técnicos, sociales y políticos. Libros publicados: Fundamentos básicos y guía en la construcción de carreteras, El éxito integral, una obra de autoayuda; A corazón abierto, libro de poemas; La extraña obsesión de Waldo Tenerife, (Novela); Héroes en tiempos de coronavirus (cuentos, Decisiones extremas (novela); “Espermatozoides con inteligencia artificial” (cuentos) y “Olor a ti” (poemas). josedespinosa@gmail.com

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