Las cartas del General Charles Victor Emmanuel Leclerc  son una de las fuentes primarias para estudiar el fracaso de la expedición francesa a Saint Domingue en 1802. La correspondencia fue recogida en un volumen  titulado Lettres du Général Leclerc commandant en chef de l’armée de Saint-Domingue en 1802, París, 1937, Bibliotheque d Histoire Coloniale.  No se trata de memorias elaboradas en la calma del retiro, sino de comunicaciones urgentes, despachos escritos en medio del fragor de la campaña, con la ansiedad de un hombre que se siente asediado por enemigos visibles e invisibles. La correspondencia cubre desde el desembarco de Leclerc en Cap-Français, el 9 de febrero de 1802, hasta su última carta del 7 de octubre de ese mismo año, apenas unas semanas antes de sucumbir a la fiebre amarilla. En total, suman 127 cartas: 32 dirigidas al Primer Cónsul Bonaparte, 91 al Ministro de la Marina, 2 al de Guerra, 1 al de Hacienda y 1 al Ministro del Interior. Es decir, un cuerpo documental que refleja tanto la estrategia política de Francia como las angustias personales del jefe expedicionario.

Charles Victor Emmanuel Leclerc (17721802), fue ascendido por el Primer Consul a General de División en 1799. Como oficial del ejercito francés habia participado en las campañas del Rin, en Italia, en Toulon y en las Ardenas. En 1797 se casa con Pauline Bonaparte, la hermana menor de Napoleón.De esa unión, nace en1798 Dermide, ahijado del Primer Consul. Figura entre los participantes en el XVIII Brumario ( 9 de noviembre).Participó en campañas en el Rin, Italia, Toulon, Ardenas y Alpes. El 24 de octubre de 1801, fue nombrado Comandante en la Colonia de Saint Domingue. Una menudencia novelesca: Napoleón había enviado a Louis Fréron, antiguo diputado que había sido amante de Pauline, a Saint Domingue, para deshacerse de él. El ambito de muerte no permitió lucubraciones, Freron murió de fiebre amarilla, como sub prefecto de Saint Domingue, a los dos meses de su llegada.

Las cartas enviadas por el general Charles Leclerc a Napoleón Bonaparte entre finales de 1801 y los primeros meses de 1802 constituyen uno de los testimonios más reveladores del derrumbe de la ambición imperial francesa en las Antillas. En ellas, con una sinceridad casi brutal, se transparenta la precariedad material de un ejército que pretendía restituir el dominio absoluto de Francia en la colonia más rica del mundo, y que acabó reducido, en proporción trágica, por el hambre, la enfermedad y la insubordinación.

El arribo de la escuadra expedicionaria a las costas del nordeste —desde la rada de Samaná hasta el puerto de Santo Domingo— fue acompañado por un epistolario donde Leclerc, sin disimulos, se lamentaba ante el Primer Cónsul de Francia de la carencia de los más elementales recursos de guerra: pantalones, zapatos, vino y bizcochos. Era aquella una tropa enviada a conquistar un imperio de azúcar y café, y que, sin embargo, padecía de la miseria de un ejército mendicante. El oro que debía alimentar la empresa apenas llegaba, y la indisciplina se incubaba en los estómagos vacíos y en la podredumbre de los víveres almacenados.

Las tropas franceses constituían una impresionante  demostración de fuerza. La expedición  incluía   86 fragatas y navíos de línea para la fase inicial. Un número total de 408 barcos con refuerzos posteriores. La estampa del comandante general Leclerc en la proa del buque de guerra más grande y armado de la época, una plataforma de 150 cañones, era, sencillamente, impresionante.

Mas el aspecto material era sólo el preámbulo de un drama mayor. Una vez establecido en Santo Domingo, Leclerc debió enfrentar la paradoja que encerraban los documentos políticos de su misión. Por un lado, las proclamas de Napoleón a los habitantes de la isla, redactadas con la retórica de la fraternidad republicana, que buscaban disimular la verdadera intención de la expedición: someter a los generales negros y mulatos a la obediencia de Francia. Por el otro, la sombra del Tratado de Basilea (1795), cuyas promesas y concesiones todavía agitaban los ánimos de los habitantes de la parte española de la isla, y que servían de argumento para reclamar la vigencia de antiguos derechos frente a las nuevas imposiciones.  Tras su llegada a la rada de Samaná, escribe el 9 de febrero: “Tomé la decisión de enviar de inmediato a Santo Domingo dos fragatas con 450 hombres a bordo, comandadas por el general Kerverseau: le di a este general una instrucción conforme a la que usted mismo me había dado” (Lettres… pág. 67)

Pero el nudo más grave lo constituía la Constitución de 1801, elaborada por Toussaint Louverture. Ese texto, sin declararse formalmente independiente, instituía de facto una autonomía política y económica que amputaba el poder metropolitano. Leclerc comprendió pronto que su verdadera misión —jamás confesada abiertamente en sus cartas, aunque latente en cada línea— no era otra que la de desarmar, por medios militares y políticos, aquel edificio constitucional que hacía de Saint-Domingue una república encubierta bajo la máscara del vasallaje. Napoleón había enviado a su cuñado a restituir el orden colonial, y el propio Leclerc, aun reconociendo la capacidad de Louverture para gobernar, debía destruirlo en nombre de la autoridad imperial.

La misión fue cumplida en 4 meses

Desde el inicio, Leclerc asumió con celo inflexible la tarea confiada por Bonaparte: sofocar la insurrección negra y devolver a Francia la joya perdida de su imperio caribeño. En menos de cuatro meses, su genio militar pareció dar frutos. Cap-Français, Port-au-Prince, Léogâne y la mayor parte de la parte española quedaron sometidos. Christophe, Maurepas y hasta el indomable Dessalines se rindieron, integrándose a las filas francesas. La captura de Toussaint Louverture, en junio de 1802, parecía sellar el triunfo.

En esas primeras cartas, Leclerc se muestra con la serenidad del vencedor. Expone planes administrativos, esboza reformas judiciales, habla de reorganizar el comercio y la agricultura, y se atreve a declarar “ estoy feliz,  que usted me haya escogido para una expedición que puede asegurar la felicidad de la cuarta parte de la población de Francia“  (Lettres du Comandant Leclerc … pág. 55)

La irrupción de un enemigo invisible

La expedición de Leclerc en Saint-Domingue (1802-1803) fue el mayor desastre militar francés en las Antillas. De unos 58,000 hombres, murieron entre 35,000 y 52,000, en su mayoría por enfermedades tropicales (fiebre amarilla, disentería, paludismo).

La mortalidad superó el 90% en algunos cálculos, con cifras superiores incluso a Waterloo.

Informes contemporáneos y modernos coinciden en estimar entre 50,000 y 60,000 muertos. Murieron 19 generales franceses, incluido Leclerc, cuñado de Napoleón, víctima de fiebre amarilla en noviembre de 1802.  También perecieron unos 750 miembros  del  cuerpo médico. Los recursos sanitarios de la época eran inútiles frente a la fiebre amarilla. Los hospitales improvisados eran cementerios anticipados. Los médicos, diezmados, llegaron a recurrir a curanderos locales en busca de remedios milagrosos. La epidemia no distinguía jerarquías: generales, jefes de brigada y cirujanos perecían por centenares.

Leclerc mismo cayó enfermo a finales de octubre. Sus cartas finales están marcadas por un tono sombrío y resignado: reconoce que su ejército está destruido, que sus refuerzos son “inexistentes” y que la colonia se perderá para Francia si no se envían hombres y millones de francos. El 7 de octubre, en su última comunicación, reitera esa advertencia. “ Durante estos momentos difíciles, la moral de mis tropas estaba aniquilada; incluso mis oficiales generales no pensaban más que en curarse o en protegerse de la enfermedad; y llegué al punto en el que estoy sin haber podido impedirlo." 

Menos de un mes después, el 2 de noviembre de 1802, expiraba  en la isla de La Tortuga, adonde había ido huyéndole a la peste.

Antes de morir, Leclerc se preocupó por su esposa, Pauline Bonaparte, y su hijo Dermide. Le recomendó regresar a Francia, para escapar del espectáculo macabro de la epidemia. Pauline, modelo de coraje, permaneció junto a él hasta el final y, tras su muerte, repatrió sus restos. En esas disposiciones íntimas se percibe no solo el hombre público derrotado por la historia, sino también el esposo y padre que intentaba asegurar el destino de los suyos

Los Estados Unidos, por su parte, desempeñaban un papel ambivalente. Jefferson había asegurado a Napoleón su simpatía hacia la expedición, pero Leclerc sospechaba —y con razón— que armas y víveres pasaban de contrabando a los insurgentes. La política de Washington oscilaba entre el temor a una “República Negra” y el interés de ver debilitada la influencia francesa en Luisiana.

Sobreviene , entonces, una sucesion de desgracias encadenadas:

El 22 de julio de 1802: Informa oficialmente al Ministro de la Marina que la mortandad no cesaba en los hospitales a un ritmo superior a los cincuenta muertes cada día;  el 9 de agosto de 1802 advierte del gravísimo error del General Richepanse que había restablecido la esclavitud en la isla de Guadalupe, la noticia se regó como polvora en Saint Domingue y desató una rebelión generalizada; los esclavos se alzaron nuevamente en a armas empujando a los franceses a las ciudades costeras; comienzan entonces las deserciones masivas en los batallones de polacos y alemanes entre el 30 y el 50%  se unieron a las tropas rebeldes. Leclerc, entregado a la más rotunda desesperación,   reclamaba 12,000 hombres y fuertes sumas de dinero, pero los refuerzos eran “inexistentes”. El  7 de octubre de 1802, En una de sus últimas cartas, admite que su ejército estaba “destruido” y sin posibilidad de recuperación.  Escribe “ el abandono en que me dejáis, es cruel”.

A la peste se unieron las garras de la geopolítica. La Royal Navy, dueña del mar Caribe, hostigaba constantemente los convoyes franceses, impidiendo el arribo de socorros y pertrechos. Tras la ruptura del Tratado de Amiens, el bloqueo británico fue total, convirtiendo a la escuadra expedicionaria en prisionera de las costas haitianas.

En conclusión, la correspondencia de Leclerc constituye un documento de excepcional valor para comprender no sólo la expedición de 1802, sino la imposibilidad histórica del proyecto colonial francés tras la Revolución Haitiana. En ellas se condensa el drama de un ejército vencido no tanto por las armas de los esclavos insurgentes, sino por la enfermedad, el hambre y la fuerza moral de una libertad conquistada. La fiebre amarilla, el bloqueo inglés y la rebelión de los polacos son las notas finales de esta sinfonía trágica que convirtió a Saint-Domingue en la tumba de la ambición imperial de Napoleón. El 1789, era Saint Domingue la colonia más rica del continente; en 1802, cuando concluyen estas cartas  de Leclerc era un vasto cementerio, muy superior a Waterloo.

Referencias

  • Ardouin, B. (1853). Études sur l’histoire d’Haïti (Tomo V). Paris: Dezobry et E. Magdeleine.
  • Leclerc, C. (1802). Correspondance militaire avec le Premier Consul (recogida en Ardouin, 1853).
  • Madiou, T. (1847/1988). Histoire d’Haïti (Tomo III). Port-au-Prince: Henri Deschamps.
  • Lettres du Général Leclerc commandant en chef de l’armée de Saint-Domingue en 1802, París, 1937, Bibliotheque d Histoire Coloniale.Final del formulario
  • ◦ Dubois, Laurent (2004). Avengers pf the New World: The Story of the Haitian Revolution.
  • ◦ Fick, Carolyn E. (1990). The Making of Haiti: The Saint Domingue Revolution from Below.
  • ◦ Geggus, David Patrick (2002). Haitian Revolutionary Studies.
  • ◦ Girard, Philippe R. (2011). The Slaves Who Defeated Napoleon: Toussaint Louverture and the Haitian War of Independence 1801–1804.
  • ◦ James, C.L.R. (1989). The Black Jacobins: Toussaint L’ouverture and the San Domingo Revolution.
  • ◦ Moya Pons, Frank (1974, 2001). Historia colonial de Santo Domingo y Historia del Caribe.

Manuel Núñez Asencio

Lingüista

Lingüista, educador y escritor. Miembro de la Academia Dominicana de la Lengua. Licenciado en Lingüística y Literatura por la Universidad de París VIII y máster en Lingüística Aplicada y Literatura General en la Universidad de París VIII, realizó estudios de doctorado en Lingüística Aplicada a la Enseñanza de la Lengua (FLE) en la Universidad de Antilles-Guyane. Ha sido profesor de Lengua y Literatura en la Universidad Tecnológica de Santiago y en el Instituto Tecnológico de Santo Domingo, y de Lingüística Aplicada en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Fue director del Departamento de Filosofía y Letras de la Universidad Tecnológica de Santiago y fue director del Departamento de Español de la Universidad APEC. Autor de numerosos textos de enseñanza de la literatura y la lengua española, tanto en la editorial Susaeta como en la editorial Santillana, en la que fue director de Lengua Española durante un largo periodo y responsable de toda la serie del bachillerato, así como autor de las colecciones Lengua Española y Español, y director de las colecciones de lectura, las guías de los profesores y una colección de ortografía para educación básica. Ha recibido, entre otros reconocimientos, el Premio Nacional de Ensayo de 1990 por la obra El ocaso de la nación dominicana, título que, en segunda edición ampliada y corregida, recibió también el Premio de Libro del Año de la Feria Internacional del Libro (Premio E. León Jimenes) de 2001, y el Premio Nacional de Ensayo por Peña Batlle en la era de Trujillo en 2008.

Ver más