Hay historias de amor que sobreviven porque sus protagonistas consiguen permanecer juntos, y otras que sobreviven precisamente porque no pudieron hacerlo. La dama de las camelias, publicada por Alejandro Dumas hijo en 1848, pertenece a estas últimas. Marguerite Gautier es una cortesana parisina acostumbrada al lujo, a las fiestas y a los hombres capaces de pagar por su compañía. Armand Duval, sin embargo, se enamora de ella de una manera diferente.
Por primera vez, Marguerite descubre la posibilidad de una vida en la que no tenga que encarnar el personaje que los demás esperan de ella. Se enamora, abandona parte de su antigua existencia y comienza a imaginar que también ella puede aspirar a una vida sencilla y auténtica.
Pero el pasado tiene una característica cruel: aunque nosotros consigamos alejarnos de él, no siempre los demás están dispuestos a dejarnos hacerlo. El padre de Armand visita a Marguerite y le pide que abandone a su hijo. La relación amenaza la respetabilidad de la familia y, particularmente, el futuro de la hermana de Armand. Marguerite acepta. Renuncia al hombre que ama y, para cumplir su promesa, permite incluso que Armand crea que lo ha abandonado por otro. Él, ignorando la verdad, la juzga y la hiere. Cuando finalmente comprende la magnitud de su sacrificio, Marguerite está muriendo y el tiempo que necesitaban ya no existe.
Sin embargo, reducir La dama de las camelias a una historia de amor imposible sería dejar fuera su pregunta más incómoda: ¿quién decide qué personas merecen una segunda oportunidad?
La sociedad que condena a Marguerite es la misma que hizo posible su existencia. Los hombres pueden buscarla, admirarla, desearla y participar de su mundo, pero después regresan tranquilamente a una respetabilidad que a ella le está prohibida. Ellos pueden entrar y salir de aquel espacio sin perder su lugar en la sociedad; Marguerite, en cambio, queda definida por él. Su pasado no se considera una etapa de su vida, sino su identidad completa.
Quizás por eso la novela sigue siendo tan actual. Hemos cambiado las camelias, los carruajes y los salones parisinos, pero seguimos colocando etiquetas sobre las personas y comportándonos después como si esas etiquetas fueran biografías completas. Decimos: “Ella es esto; él hizo aquello; yo sé qué clase de persona es”, y con unas cuantas palabras convertimos años de existencia, contradicciones, errores, aprendizajes y transformaciones en una sentencia. Pero una reputación no necesariamente revela el carácter.
El carácter suele aparecer precisamente cuando nadie está mirando, cuando hacer lo correcto no traerá aplausos y cuando incluso puede costarnos algo. Marguerite realiza su acto de mayor nobleza sabiendo que probablemente nadie se lo reconocerá. Protege el futuro de otra mujer, renuncia a su propia felicidad y acepta quedar como culpable ante la persona cuyo juicio más le importa. Paradójicamente, cuando la sociedad continúa considerándola indigna, es cuando ella demuestra mayor dignidad.
Tal vez ahí se encuentre una de las enseñanzas más hermosas de Dumas: lo que hemos sido no tiene por qué determinar para siempre lo que somos capaces de llegar a ser. Todos cargamos versiones anteriores de nosotros mismos. Hemos tomado decisiones que hoy tomaríamos de otra manera, hemos permanecido demasiado tiempo en lugares equivocados, hemos confiado en quien no debíamos, hemos reaccionado desde el miedo, la necesidad, la inmadurez o simplemente desde el desconocimiento. Vivir también significa acumular versiones de uno mismo que, con el tiempo, dejamos atrás.
El problema comienza cuando los demás se enamoran de nuestra versión antigua porque les resulta más conveniente que reconocer nuestra transformación. Perdonamos con sorprendente facilidad nuestros propios cambios: “yo ya no pienso así, yo aprendí, yo era diferente entonces”. Sin embargo, a los demás muchas veces les negamos precisamente ese privilegio. Los dejamos detenidos en el peor capítulo de su historia mientras nosotros continuamos escribiendo la nuestra.
Y quizás esa sea una forma silenciosa de injusticia. Dar una segunda oportunidad no significa negar el pasado, justificar todo comportamiento ni renunciar a las consecuencias de nuestros actos. Significa comprender que una persona es más grande que el peor momento de su vida. Significa dejar abierta la posibilidad de que alguien haya aprendido, cambiado o haya encontrado finalmente una manera diferente de caminar por el mundo.
Marguerite no necesitó convertirse en otra persona para adquirir dignidad. La dignidad ya estaba en ella. Lo que cambió fue la oportunidad de demostrarla. Por eso quizá deberíamos ser más cuidadosos cuando creemos conocer a alguien de manera definitiva. Hay personas con reputaciones impecables, incapaces de hacer un sacrificio por otro, y personas señaladas por la sociedad, capaces de una generosidad extraordinaria. Las apariencias pueden construir prestigio; solo las decisiones revelan el carácter. Y hay algo todavía más importante: nuestra transformación no necesita la aprobación de quienes se niegan a verla para ser verdadera.
Tal vez nunca podamos controlar por completo la historia que otros cuentan sobre nosotros. Siempre habrá quien prefiera recordarnos por aquello que fuimos, por el error cometido, por el rumor escuchado o por la versión que mejor acomoda sus propios prejuicios. Pero sí podemos decidir quiénes seremos a partir de ahora, porque, al final, una vida no debería juzgarse solo por sus primeros capítulos y ninguna persona debería ser condenada a permanecer para siempre dentro de una versión de sí misma que ya tuvo el valor de abandonar.
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