Pensar filosóficamente lo híbrido exige abandonar las separaciones rígidas mediante las cuales durante siglos se intentó ordenar la realidad. Naturaleza y sociedad, sujeto y objeto, cuerpo y técnica, espacio físico y ciberespacio, realidad y virtualidad se concibieron como ámbitos diferenciados. La expansión del mundo cibernético ha vuelto cada vez más difícil sostener estas fronteras. Esta transformación puede comprenderse mediante una articulación entre el pensamiento complejo de Edgar Morin y la filosofía de los híbridos de Bruno Latour. Morin proporciona una lógica capaz de pensar elementos diferentes en sus relaciones, interacciones y dependencias; Latour cuestiona la separación moderna de naturaleza, sociedad y técnica. Es a partir de esta convergencia que planteo la concepción de que mundo y cibermundo forman un híbrido planetario.
Morin parte de una crítica al pensamiento simplificador y sostiene que conocer una realidad implica comprender las relaciones, interacciones, retroacciones y dependencias que participan en su constitución. La complejidad surge cuando elementos heterogéneos forman una unidad sin perder sus diferencias. Su pensamiento se apoya, entre otros, en tres principios fundamentales: el dialógico, el recursivo y el hologramático.
El principio dialógico permite articular términos distintos, incluso antagonistas, dentro de una misma organización: «[…] Hay una dialógica análisis/síntesis, inseparable de una dialógica digital/analógica, que rige las operaciones perceptivas, desde los analizadores sensoriales hasta la constitución de una representación sintética»(Morin, 1994, p. 109); el principio recursivo muestra que los productos pueden actuar sobre aquello que los produjo: «La idea de bucle recursivo es […] un proceso en el cual los efectos o productos al mismo tiempo son causantes y productores del proceso mismo» (ibid., pp. 111-112); y el principio hologramático vincula la parte con el todo y el todo con la parte: «Las partes tienen su singularidad cada una, pero no por ello son puros elementos o fragmentos del todo; al mismo tiempo son micro-todo virtuales» (ibid., p. 113).
La complejidad designa una forma de pensamiento que rechaza la reducción de lo múltiple a componentes aislados y propone comprender la realidad desde las relaciones, interacciones e interdependencias que articulan sus diversas dimensiones. Desde esta concepción, los fenómenos dejan de explicarse mediante fragmentos separados y pasan a entenderse como configuraciones abiertas en las que convergen elementos distintos, incluso aparentemente opuestos. Lo real y lo virtual, el orden y el desorden, lo determinado y lo indeterminado, así como el mundo y el cibermundo, forman parte de un mapa conceptual cuya comprensión exige pensar desde la complejidad (Merejo,2008).
En La esperanza de Pandora. Ensayo sobre la realidad de los estudios de la ciencia (1999), Bruno Latour profundiza su crítica a las separaciones rígidas entre sujetos y objetos, sociedad y naturaleza, humanos y entidades técnicas. Desde esta concepción, lo híbrido surge allí donde esas fronteras dejan de explicar la constitución efectiva de la realidad. Esta idea adquiere una nueva intensidad en el cibermundo, donde sujetos, dispositivos, algoritmos, plataformas virtuales, bases de datos, redes, infraestructuras informáticas y sistemas de inteligencia artificial participan conjuntamente en la producción de acciones y relaciones. Un sujeto cibernético conectado a un teléfono inteligente, por ejemplo, ya actúa dentro de una composición en la que intervienen interfaces, programas, códigos, servidores, datos y decisiones automatizadas. Lo híbrido designa así una configuración relacional formada por elementos humanos y no humanos cuyas capacidades se modifican al entrar en asociación.
Desde esta mirada, la hibridación permite comprender la trama sociotécnica cibernética que articula cuerpos, información, conocimientos, algoritmos, dispositivos, instituciones, plataformas, redes de comunicación y prácticas sociales. El mundo cibernético aparece entonces como una composición híbrida sostenida por electricidad, minerales, (mundo) centros de datos, cables, satélites, máquinas y trabajo humano. A su vez, estas estructuras cibernéticas transforman la comunicación, la memoria, la educación, el trabajo, las relaciones afectivas y las formas de percepción. Lo híbrido adquiere así un sentido más profundo que el de una simple mezcla: expresa una forma de existencia constituida por interdependencias entre lo humano, lo técnico, lo material y lo cibernético.
Morin y Latour llegaron a conocerse y sus trayectorias intelectuales se cruzaron, aunque sus enfoques metodológicos siguieron por caminos propios: Morin elaboró una epistemología de la complejidad centrada en las relaciones, interacciones, retroacciones y articulaciones entre dimensiones heterogéneas; Latour cuestionó las separaciones modernas entre naturaleza y sociedad, sujetos y objetos, humanos y no humanos, mostrando que la realidad se constituye mediante asociaciones, mediaciones y redes sociotécnicas. Esta cercanía temática permite establecer una convergencia conceptual, aunque se trate de una articulación posterior y no de una propuesta elaborada entre ambos autores.
Ambos encarnan un nuevo paradigma que asume la complejidad del mundo y rechaza los determinismos reduccionistas y los conceptos cerrados del antiguo paradigma, que todavía no ha sido completamente superado en la mayoría de las áreas y métodos científicos (Lorenzi,2023)
Desde esta convergencia, Morin ofrece una lógica para comprender cómo elementos diferentes pueden formar una unidad compleja sin perder sus particularidades, mientras Latour permite observar cómo esas relaciones se materializan en configuraciones híbridas. Esta articulación resulta especialmente fecunda para pensar el cibermundo en estos tiempos transidos de policrisis y permacrisis, marcados además por un cambio climático que incendia territorios, prolonga sequías, multiplica las inundaciones, acelera el deshielo, eleva el nivel de los océanos y expulsa poblaciones de sus lugares de vida.
En esta trama cibernética convulsa: cuerpos, dispositivos, algoritmos, plataformas virtuales, bases de datos, redes, inteligencia artificial e inteligencia humana, guerra y ciberguerra interactúan y se organizan mediante relaciones complejas e híbridas, donde la crisis ecológica atraviesa la técnica, la economía, la política y la existencia cotidiana.
Los referidos filósofos recorren caminos teóricos diferentes, aunque convergen en una crítica profunda al reduccionismo. Morin cuestiona el conocimiento que fragmenta los fenómenos hasta perder las relaciones que los constituyen. Latour muestra cómo las divisiones modernas ocultan los ensamblajes que efectivamente configuran la realidad. El primero proporciona una epistemología de la complejidad; el segundo desarrolla una ontología y una sociología de las asociaciones híbridas. Su articulación permite sostener que lo híbrido es complejo porque reúne dimensiones heterogéneas y que la complejidad adquiere expresión material cuando esas dimensiones se relacionan, se transforman y producen nuevas formas de existencia.
Morin destaca la interconexión de diversos flujos temporales que coexisten en el ser humano y en el cosmos. Él afirma: «El gran tiempo del Devenir es sincrético, una mezcla de tiempos diversos que coexisten e interfiere en el ser vivo; este sincretismo rico incluye el tiempo del evento, el tiempo de la reiteración y el tiempo de la estabilización, todos inscribiéndose en la hemorragia irreversible del cosmos» (Morin, 1981, p. 108). Esta perspectiva de Morin se encuentra en consonancia con las ideas de Latour, quien también subraya la importancia de entender la realidad como un entramado complejo de interacciones entre actores humanos y no humanos, sugiriendo que nuestra comprensión del mundo debe reconocer la hibridación y el sincretismo inherentes a la experiencia humana.
Esta articulación permite avanzar hacia una concepción más amplia del vínculo entre mundo y cibermundo. Desde el discurso de la Latour, los híbridos emergen de asociaciones entre naturaleza, sociedad, ciencia y técnica. En el enfoque que propongo, esta concepción adquiere una configuración histórica y cibernética específica: el mundo físico, social e histórico ha producido un cibermundo que retorna sobre él, reorganiza múltiples dimensiones de su funcionamiento y establece con él una relación cada vez más inseparable. Lo híbrido deja entonces de aparecer únicamente como mezcla de entidades y pasa a comprenderse como un proceso dinámico de transformación recíproca.
Un teléfono inteligente constituye un ejemplo revelador. Su aparente unidad técnica concentra minerales extraídos de la naturaleza, procesos industriales, conocimientos científicos, trabajo humano, algoritmos, sistemas operativos, redes de telecomunicación, mercados globales, regulaciones, prácticas culturales y decisiones políticas. El dispositivo que cabe en una mano contiene una trama planetaria de relaciones. Su materialidad remite a territorios y recursos naturales; su funcionamiento depende de infraestructuras cibernéticas; su uso modifica comportamientos, vínculos afectivos, actividades económicas y formas de percepción. El objeto técnico se convierte así en un nodo donde mundo y cibermundo se intersectan.
La relación cuerpo–tecnología profundiza todavía más esta transformación. Relojes inteligentes, teléfonos, sensores, prótesis, interfaces y sistemas biométricos incorporan procesos cibernéticos a la experiencia corporal. El cuerpo continúa siendo biológico y material, mientras sus actividades pueden ser registradas, traducidas en datos, procesadas algorítmicamente y reintegradas a su vida cotidiana mediante recomendaciones, alertas o decisiones automatizadas. Lo biológico y lo informacional forman una configuración en la cual cada dimensión conserva rasgos propios, pero ninguna puede comprenderse enteramente al margen de la otra.
Lo mismo sucede con el espacio. El territorio físico permanece, aunque se encuentra atravesado por redes de información, sistemas de geolocalización, plataformas de transporte, vigilancia, cartografías cibernéticas y dispositivos conectados. Las ciudades tienen calles, edificios, cuerpos y vehículos, al tiempo que funcionan mediante flujos de datos, sensores, cámaras, algoritmos y redes digitales. El espacio físico y el ciberespacio dejan de presentarse como dominios independientes y pasan a formar una espacialidad híbrida.
Por esta razón, la categoría de híbrido planetario permite ir más allá de una descripción tecnológica. Expresa una transformación de la forma en que existe y se organiza la realidad humana. Mundo y cibermundo forman dimensiones diferentes y, a la vez, recursivamente vinculadas. La materialidad terrestre sostiene las redes cibernéticas; las redes intervienen sobre la manera en que administramos territorios, recursos, cuerpos, conocimientos, relaciones sociales y conflictos. La interdependencia alcanza una escala en la que separar radicalmente ambos dominios conduce a una comprensión fragmentaria.
La categoría de lo híbrido adquiere entonces una profundidad filosófica específica, que permite comprender una realidad cuya unidad se produce mediante diferencias, relaciones y transformaciones recíprocas. Morin ofrece la lógica para pensar esa multiplicidad organizada; Latour muestra cómo esta se materializa en asociaciones concretas; la concepción del mundo y el cibermundo como híbrido planetario desplaza ambas contribuciones hacia la configuración cibernética de nuestra existencia.
Referencias
Latour, B. (1999). La esperanza de pandora. Gedisa.
Lorenzi, B. R., & Andrade, T. H. N. (2023). The paradigm of complexity in Edgar Morin and the Latourian epistemology: An attempt to approach. Transversal: International Journal for the Historiography of Science, 14, 1–16. https://doi.org/10.24117/2526-2270.2023.i14.04
Merejo, A. (2008). La complejidad en el ciberespacio:https://revistaglobal.org/la-complejidad-en-el-ciberespacio-3/
Morin, E. (1981). El método I: La naturaleza de la naturaleza. Cátedra.
Morin, E. (1994). El método III: El conocimiento del conocimiento. Cátedra.
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