Recientemente, durante la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo, José Mármol me autografió un ejemplar de El ojo del arúspice. El encuentro ocurrió en el pabellón dedicado a su vida y su obra. Me llevé un libro firmado por su autor y el recuerdo de haber compartido con él un momento de aquella celebración.

Al acercarse el 21 de octubre, Día Nacional del Poeta, vuelvo a ese encuentro. Una dedicatoria guarda la memoria de una ocasión; la lectura permite que la relación con una obra continúe. A veces regresamos a un libro después de años y nos detenemos en una página que antes apenas habíamos advertido. Nuestra experiencia ha cambiado y, al volver a esas palabras, descubrimos en ellas nuevos sentidos.

La fecha, que honra el natalicio de Salomé Ureña, invita a reconocer a quienes han enriquecido nuestra manera de nombrar el mundo. También plantea una responsabilidad para quienes recibimos ese legado: leerlo y procurar que otros puedan conocerlo. Una celebración literaria cumple parte de su propósito cuando alguien sale de ella con deseos de abrir un libro.

El homenaje a Mármol puede prolongarse de esa manera. Los pabellones se desmontan y cada visitante regresa a sus ocupaciones. Los libros quedan sobre una mesa o junto a la cama, a la espera de que encontremos tiempo para ellos. Lo que ocurra después, en la intimidad de cada lectura, dará al reconocimiento una continuidad que ninguna programación cultural puede asegurar por sí sola.

Su trabajo como poeta y ensayista me hace pensar en la relación entre sensibilidad y pensamiento. Un ensayo puede desarrollar una pregunta a lo largo de muchas páginas; un poema puede dejarnos ante ella mediante una imagen difícil de olvidar. Leer exige en ambos casos una atención que debemos cultivar. Hace falta aceptar una pausa, incluso cuando la respuesta no llega de inmediato.

Mientras trabajo en mi novela Siniestro, esa necesidad de atención aparece en Johnny, su protagonista: un hombre que atraviesa deudas, ausencias y cansancio, y procura sostener su vida mediante decisiones pequeñas. Escribirlo me lleva a observar a quienes cumplen con sus responsabilidades mientras enfrentan una pérdida o responden que están bien porque no encuentran cómo explicar lo que les ocurre. Desde esa preocupación me acerco también a la poesía: ¿qué puede revelar una palabra sobre lo que alguien lleva en silencio?

Vuelvo entonces al ejemplar que Mármol me firmó. El encuentro con un autor despierta curiosidad por su obra, pero corresponde al lector hacer el recorrido. Cada lector se acerca a un poema desde lo que ha vivido. Puede reconocer una ausencia, detenerse en una pregunta o disfrutar de la belleza de un verso sin necesidad de convertirlo en una enseñanza. Esa libertad merece respeto.

Celebrar al poeta supone facilitar esas lecturas. En las aulas podemos dedicar tiempo a un poema completo, escucharlo y conversar sobre lo que despierta, sin apresurarnos a imponer una interpretación. Las bibliotecas y los espacios culturales pueden ofrecer ocasiones para que alguien se acerque por primera vez a un poemario. Así, el homenaje alcanza a personas que quizá no asistieron a la feria ni conocen todavía al autor.

Con motivo de este 21 de octubre, quiero reconocer en José Mármol al poeta y al escritor cuya obra sigue convocando lectores. Guardo con gratitud la memoria de aquel encuentro en su pabellón. Ahora tengo entre mis manos El ojo del arúspice. Abrirlo y concederle tiempo será mi manera de prolongar el homenaje.

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno

Educador

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno es académico, investigador y servidor público. Doctor en Educación por Nova Southeastern University (EE. UU.), ha desarrollado una trayectoria orientada al fortalecimiento de la calidad educativa, la formación docente y la articulación de iniciativas nacionales vinculadas a la educación técnico-profesional. Posee una sólida experiencia en procesos de gestión académica, diseño y actualización curricular, así como en proyectos de desarrollo institucional y en la mejora continua. Su pensamiento integra una mirada ético-espiritual centrada en la responsabilidad pública, la esperanza y la dignidad humana. También escribe bajo el seudónimo literario Benjamín Amathís, desde el cual desarrolla poesía, narrativa y textos de sensibilidad espiritual. Es columnista del diario Acento, donde aborda temas de ética, ciudadanía, vida pública y educación en la columna El Grano de Mostaza.

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