Educar es sembrar armonía
En la primera parte de esta conversación recorrimos los años fundacionales de José Manuel Cueli: el niño que descubrió la música casi por azar, el estudiante que encontró en La Salle una forma de entender la vida, el discípulo del Hermano Alfredo Morales y el joven que, junto a otros compañeros, dio origen al Coro Estudiantil.
Pero esa historia apenas explicaba el nacimiento de una vocación.
La que sigue explica su madurez.
Porque, con el paso de los años, José Manuel comprendió que dirigir un coro era mucho más que formar voces afinadas. Era construir ciudadanos, fortalecer comunidades y educar personas capaces de vivir en armonía consigo mismas y con los demás.
El coro como escuela de ciudadanía
Quise preguntarle qué aprende realmente un joven cuando forma parte de un coro.
Su respuesta fue inmediata.
"Que el orden, la armonía y la fraternidad son posibles. Que donde no llego como individuo, lo alcanzo en grupo. Aprende autocontrol, disciplina y a valorar el costo de la calidad."
Hay respuestas que parecen sencillas, pero contienen toda una filosofía educativa.
José Manuel entiende el coro como una metáfora de la sociedad.
Cada voz conserva su identidad.
Pero ninguna intenta imponerse sobre las demás.
Le pregunté entonces por qué cantar juntos ayuda a construir comunidad.
Su explicación va mucho más allá de la música.
"La palabra comunidad viene de comunión: trabajar con otros para una misión común. El coro es un modelo de comunidad. Tiene un objetivo que siempre se dirige hacia los demás. Necesita una mística casi familiar donde se comparte mucho más que el acto de cantar."
Mientras lo escuchaba pensé que esa definición podría aplicarse también a una escuela, una familia o incluso a una nación.
Toda comunidad necesita aprender a escuchar antes de hablar.
Toda comunidad necesita armonía.
La juventud y la esperanza
José Manuel ha convivido durante más de cincuenta años con adolescentes y jóvenes.
Le pregunté qué había aprendido de ellos.
Su respuesta me sorprendió por su ternura.
"Pienso que un joven que no quiere cantar, o le duele la garganta o le duele el corazón. Los jóvenes son lo más puro de la sociedad. No han tenido tiempo de dañarse gravemente. Sus necesidades siguen siendo las mismas: ser reconocidos, expresar sus sentimientos, amar y construir. Estar entre ellos ha sido un privilegio que me mantiene alegre, ilusionado y esperanzado."
Difícilmente podría encontrarse una mirada más esperanzadora sobre la juventud.
En tiempos donde abundan los discursos pesimistas, José Manuel continúa viendo posibilidades.
No idealiza a los jóvenes.
Confía en ellos.
También le pregunté qué diferencias observa entre la juventud de ayer y la actual.
Su respuesta introduce una reflexión que trasciende la educación.
"Los jóvenes de hoy están mucho más expuestos a las megatendencias que influyen en nuestra sociedad. Por eso debemos educarlos para que fortalezcan sus raíces y cimienten su vida sobre roca firme, capaces de resistir los vientos que llegan desde ciertos medios de comunicación, algunas redes sociales y determinados tipos de música que poco ayudan a construir la persona."
No habla desde la nostalgia.
Habla desde la responsabilidad.
Su preocupación nunca es condenar una época.
Es preparar mejor a quienes deberán vivirla.
Educar es mucho más que enseñar
Años después de haber sido alumno, José Manuel regresó al Colegio Dominicano De La Salle como director.
Quise saber qué significó ocupar ese lugar.
"Fue una oportunidad providencial. Me permitió comprender los ciclos de la vida. Vi la educación desde otra perspectiva, como si la contemplara desde un dron. Traté de hacer el mayor bien posible a toda la comunidad educativa."
Entonces le hice una pregunta esencial.
¿Cuál es la diferencia entre enseñar y educar?
Su respuesta merece ser leída con detenimiento.
"Suelo contar una historia que termina diciendo: 'Yo enseñé a hablar a mi perro, pero él no aprendió'. Nadie enseña realmente; es el otro quien aprende. Educar significa alimentar interiormente a la persona para su crecimiento o ayudarla a sacar lo mejor que ya posee. El estudiante no llega vacío a la escuela. Ya lleva dentro la semilla de su aprendizaje."
Esa respuesta resume siglos de pensamiento pedagógico.
Pero José Manuel la expresa con la sencillez de quien la ha vivido durante toda una vida.
Cuando le pregunté cuáles principios lasallistas considera más necesarios en el mundo actual, respondió citando al Hermano Miguel Campos.
"Una fe vivida como presencia de Dios en los pobres; una fraternidad expresada en solidaridad con los más necesitados; y un servicio comprometido con la justicia. Esos valores intento vivirlos cada día."
No era una respuesta académica.
Era una profesión de vida.
La música frente al ruido

Uno de los momentos más profundos de nuestra conversación surgió cuando abordamos la educación dominicana.
José Manuel no habló primero de programas ni de presupuestos.
Habló de crisis.
"Vivimos una crisis de la atención, una crisis del individualismo y una crisis del silencio, de la belleza y del dolor. El ruido domina nuestras vidas. Lo bello se ha convertido en objeto de consumo y todo parece medirse por los 'me gusta'."
Le pregunté entonces cuál era el lugar de la música en medio de esa realidad.
Su respuesta es una de las páginas más hermosas de toda esta conversación.
"La música une, eleva el espíritu, alegra el alma y permite expresar nuestros sentimientos. La música es lo contrario al ruido. Necesita del otro. Nos conduce al silencio verdadero, nos hace accesible la belleza y se convierte en alivio para el dolor."
"La música es lo contrario al ruido."
Pocas veces una frase tan breve explica con tanta claridad la misión del arte.
Cultura, ciudadanía y nación
La conversación se desplazó naturalmente hacia el país.
¿Puede existir una nación fuerte sin educación ni cultura?
José Manuel respondió con absoluta claridad.
"La educación despierta la conciencia de las personas. La cultura es el alma de un pueblo. Sin ambas, una nación se debilita y se convierte en una masa fácilmente manipulable por intereses ajenos."
Cuando le pregunté cuál es el papel de artistas, educadores y gestores culturales respondió con otra imagen memorable.
"Son puentes. También sembradores. Personas que tienen fe en la cosecha futura de la semilla que esparcen cada día mediante su trabajo."
Más adelante confesó qué admira del pueblo dominicano.
"Su alegría, su espontaneidad, su hospitalidad y ese profundo sentido de pertenencia por lo suyo."
Pero también expresó su preocupación.
"Me inquieta la contaminación de nuestra identidad por elementos foráneos que encuentran muy poco contrapeso en nuestros sistemas educativos y culturales."
Finalmente le pregunté qué país sueña para las nuevas generaciones.
Su respuesta tiene la fuerza de una esperanza.
"Sueño un país más justo y fraterno, iluminado por una fe que dé sentido a la vida. Tal vez parezca una utopía, pero esa debe ser la dirección que señalen la educación y la cultura."
El tiempo y el legado
Después de más de cinco décadas formando generaciones, quise saber qué había cambiado en su manera de mirar la vida.
"Hoy tengo una mirada más abierta y comprensiva. Trato de contemplar las personas y las circunstancias como las vería el mismo Jesús."
¿Y qué le produce mayor satisfacción?
"Haber sido puente para otros en el recorrido de su propio camino."
Recordó también un episodio aparentemente ajeno a la música.
"Subir por primera vez al Pico Duarte cambió mi perspectiva de la vida. Allí terminé de descubrir mi verdadera vocación."
Le pregunté qué siente cuando se encuentra con antiguos alumnos o antiguos integrantes del coro.
Su rostro pareció iluminarse.
"Alegría genuina. Gratitud a Dios por tanto amor recibido."
Y cuando le pedí resumir lo aprendido sobre el éxito, el servicio y la trascendencia, respondió con la serenidad que dan los años.
"El éxito es estar satisfecho con uno mismo; el servicio da sentido a la vida; la trascendencia es nuestra esperanza frente al porvenir."
Epílogo
Al finalizar nuestra conversación le hice una última pregunta.
¿Cómo quisiera ser recordado?
No habló de premios.
No mencionó conciertos.
No recordó cargos.
Simplemente respondió: "Solo como una persona buena que quiso entregar, a quien le fuera útil, su historia transformada por la fe en Jesús, a través del canto y las clases."
Luego añadió que le gustaría que algún día pudieran decir de él las mismas palabras pronunciadas ante el féretro de su querido maestro, el Hermano Alfredo Morales:
"La muerte lo encontró vivo con un corazón lleno de los nombres de quienes hizo tanto bien."
No encontré mejor manera de cerrar esta conversación.
Durante más de cincuenta años, José Manuel Cueli ha dirigido coros, formado educadores, acompañado jóvenes y servido silenciosamente a la comunidad. Sin embargo, su verdadera obra no puede medirse por el número de conciertos ofrecidos, las distinciones recibidas o las instituciones que dirigió.
Su obra está escrita en la memoria de miles de antiguos alumnos y coristas que aprendieron, gracias a él, que cantar también es escuchar; que enseñar también es servir; y que educar consiste, sobre todo, en ayudar a que cada persona descubra la mejor versión de sí misma.
Al despedirnos comprendí que el legado de José Manuel Cueli no cabe en un pentagrama.
Habita en la vida de quienes encontraron en él un maestro, un amigo y un sembrador de esperanza.
Y quizás esa sea la forma más alta de trascendencia: dejar este mundo con el corazón lleno de nombres y con la certeza de haber hecho el bien a través de la música, de la educación y del servicio.
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