Espacios de reflexión
Después de andar por el mundo de las ideas, postulados e incluso dogmas —religiosos, marxistas, científicos, gnósticos, metafísicos, espiritualistas, entre otros— y de encontrar en cada uno de ellos explicaciones, certezas, dudas e incertidumbres, comprendí algunas de las posibilidades del ser humano como parte de la conciencia universal. Pero esa comprensión tenía ropajes de utopía; mientras más cerca se está, más lejos se ve. Sin embargo, lo más importante de todo (con el espíritu borgiano) fue la enseñanza de cómo caminar, correr e incluso volar. Cuando se llega al culmen, las ansias de continuar dan sentido a la existencia, sondeando las ideas existencialistas de Friedrich Nietzsche (1844-1900) y Søren Kierkegaard (1813-1855). Todo exento de prejuicios filosóficos, ideológicos y políticos.
La pregunta clave, ante ciertos conocimientos limitados por diferentes naturalezas, incluidos los límites del lenguaje y de la construcción cultural, era qué hacer desde el arte. ¿Cómo se camina, se corre y se vuela desde la experiencia artística? En este caso, desde la poesía (luego pudimos comprobar que se puede aplicar a todas las manifestaciones artísticas), como un acto de expresión, reflexionando sobre la dimensión trascendente de la sociedad actual, impactada por el llamado posmodernismo. El contexto social, principalmente de Occidente —en el cual nos desarrollamos—, se ve marcado por las ideas de Nietzsche, como uno de sus precursores; de Jean-François Lyotard, Jacques Derrida, Gianni Vattimo y Noam Harari, que empujan la idea de que lo trascendente no es una verdad absoluta ni divina universal, sino una construcción lingüística, cultural y subjetiva. Son ventanas que SE abrieron las dos últimas centurias, que dan acceso a un paisaje de espejos y soles, capaces de construir nuevas visiones de lo real y de la realidad, de sí mismo y del mundo en sociedad, introduciendo nuevas variables en el contexto, como lo son: el fin de las ideologías, la tecnología, el ambiente, la desacralización (que ya venía del Modernismo), las teorías del universo, entre otras.
La reflexión obligada ante el estadio actual de la humanidad y el desarrollo del pensamiento, el desplome de las ideas metafísicas (Heidegger, M., 2020), filosóficas, el humanismo como filosofía ética —Michel Foucault y Jacques Derrida (estructuralismo y posestructuralismo), Martin Heidegger, Karl Marx, la Escuela de Frankfurt y el psicoanálisis de Jacques Lacan—, sociales (políticas), históricas, cósmicas, entre otras, que sostenían los pilares sobre los que descansaban ciertas tradiciones, conmina a los seres humanos a prolongar los espacios contemplativos, reflexivos y críticos sobre el hombre y la sociedad.
Aunque puede haber múltiples perspectivas y enfoques, desde la filosofía, lo trascendente es aquello que va más allá de los límites y de la comprensión mediante el conocimiento (Kant, I., 1998). Lo religioso se asocia con la conexión con un ser superior, como Dios, y con una conciencia elevada o considerada crística en algunas creencias (como la de Paramahansa Yogananda). El humanismo es todo lo que gira en torno al ser humano, a sus valores, a su cultura y a su potencial (Aullón de Haro, P., 2010). En ese mismo orden, esta perspectiva experimenta un giro importante en su fundamentación. En el Renacimiento, el ser humano se convirtió en el centro de todo, sustituyendo la visión teocéntrica del Medioevo por una antropocéntrica (Cassirer, 2009). Ya en el estadio posmoderno, el humanismo pretende, sin embargo, descentrar al ser humano como medida absoluta y cuestionar las verdades universales (Lyotard, J.-F., 1987).
Para conceptualizar la perspectiva psicológica, por ejemplo, a Sigmund Freud «no le interesa ningún signo de trascendencia susceptible de manifestarse en la vida humana» (Zilboorg, S/F). Si rescatamos a Carl Gustav Jung, este consideraba la trascendencia como una integración consciente del inconsciente y veía las crisis como oportunidades de evolución personal (Jung, C. G., 2011). El concepto de trascendencia, que etimológicamente significa «ir más allá del límite”, es regularmente asociado a lo divino, aunque en la teología cristiana Dios también se concibe como inmanente, porque lo divino es inherente al universo y se hace presente en todas partes (Aquino, T. 1265-1274).
Sobre poesía y trascendencia
¿Qué hace trascendente a un poema? ¿Trasciende el poema o los palacios luminosos, rodeados de jardines con estanques de millares de nenúfares multicolores y de sonidos subliminales que emanan de su interior? ¿Trasciende por el contexto en que se genera, por la lengua, por la tradición, la historia y la cultura en sentido general? ¿Quién lo hace trascendente? ¿Trasciende por su relación con lo divino? Son muchas las preguntas que no pretendemos responder; surgen como un parto de cuestionamientos según el método socrático. Cada una de ellas permite reflexionar sobre la poesía y eso es lo importante en el presente ejercicio.
Siempre se seguirá preguntando para qué sirve la poesía; las respuestas sobrarán y después seguirán otras preguntas. Esa cuestión de «para qué sirve» permite inferir la utilidad de la poesía y encontró varios adeptos y cultores que la establecieron como herramienta social, entre ellos, Pablo Neruda, Bertolt Brecht y Gabriel Celaya, con el poema: «La poesía es un arma cargada de futuro». El caso contrario lo encontramos en Antonio Machado, con su personaje Juan Mairena, que se manifestó en contra de la poesía utilitaria o ideológica (Machado, A., 2009), y en Joan Maragall, quien sostenía que la poesía no debía subordinarse a la ciencia ni a la utilidad del arte. Entonces, ¿una poesía útil es trascendente?
La postura del presente texto es que lo trascendente se encuentra, aparte del ideal clásico, en la filosofía clásica y neoplatónica. Ejemplos: Platón (El Banquete y Fedro) y Plotino (Enéadas), Homero, Virgilio, Ovidio, así como en otras obras de similar consideración. Amplia es la literatura que analiza el ideal clásico con un sentido de trascendencia (Winckelmann, Gadamer, Tatarkiewicz). Así lo hicieron quienes abordaron la estética y la tradición clásica, o quienes abogaron por la estética idealista alemana, como Hegel y Nietzsche.
Todo lo anterior sirve para expresar que el ideal poético clásico, centrado en la armonía y la belleza formal, con raíces profundas en la tradición grecolatina, tiene en lo mítico una columna que lo sostiene y recurre a los mitos como símbolos universales. Lo místico se expresa mediante símbolos, alegorías y el amor, a través del lenguaje, en su vínculo con lo absoluto.
Algunas preguntas
Los ideales poéticos clásicos, modernos y contemporáneos plantean enfoques distintos para el análisis de una poesía trascendente. ¿Seguirá el escritor de poesías un pensamiento de la obra trascendente a partir del ideal clásico, moderno o contemporáneo? Eso es pura elección. ¿Desentrañar, encubrir y recrear mitos, arcanos, palimpsestos, códigos secretos es función de los poetas actuales? Quizá la reflexión y la recreación de los mismos abren espacios para la poesía actual. ¿Tiene espacio la poesía utilitaria? ¿Aquella que es «un arma cargada de futuro» en los ámbitos político, social y económico? ¿Tienen el poeta y la poesía compromisos con posiciones dogmáticas, de cualquier naturaleza; con causas y consecuencias de un estadio de la humanidad?
Cada época o contexto configura su propio ideal poético, sentando las bases para futuros giros expresivos. Los poetas del posmodernismo se encuentran en el collage y el pastiche, elementos fundamentales de su poesía, en la que se reflejan la fragmentación del ser humano y la sociedad de la época, la pérdida de originalidad y la mezcla de culturas. Además, «originada por la crisis de los macrorelatos modernos, hija del nihilismo decimonónico, la posmodernidad actúa ahora como nómada sin brújula, se pierde para encontrarse, se expresa en una multiplicidad de situaciones ambiguas, contradictorias y contingentes en todos los ámbitos.» (Fajardo, C., 2001). A la vez, la poesía está abierta a la conclusión del discurso por parte del propio lector. Aunque no es nuevo, los ismos literarios tradicionales y sostenedores del nuevo discurso expresivo se resquebrajan; el horizonte del ideal poético contemporáneo ni siquiera se busca; se aleja como una metáfora utópica vestida de novia a la que el amante no le hace caso. La búsqueda del «número áureo poético» desinteresa a los cultores; las disrupciones se han convertido en un selfi que retrata el vacío atómico de la «sustancia poética», la sustancia misma de la realidad sostenida por José Lezama Lima.
La dispersión
La dispersión temática y del yo, el desinterés conceptual (de escritores y lectores), las nuevas ventanas tecnológicas de acceso al conocimiento, el derrumbe de los pilares estéticos clásicos y modernos impactan en las creaciones poéticas. No es solo lo heredado del ideal modernista, que, en cierta forma, sigue gravitando en el modelo posmoderno, con la desaceleración de lo místico y lo mítico, unidos a la otrora desacralización y a un desinterés por todo. Inevitablemente, esto desemboca en la negación de cualquier canon, práctica que se observa cuando se producen rupturas en la expresión poética y el nacimiento de nuevas corrientes estéticas.
¿Qué hacer ante este mundo occidental que va abriendo los ojos y está viendo su vestimenta, que, como camisas de fuerza, ha propiciado el sometimiento, la discriminación y hegemonías deleznables? ¿Qué rumbo tomará la expresión artística y, en este caso, la poética, ante la nueva realidad en la que lo virtual es otra puerta tan real como imaginaria para la interpretación? ¿Quién se atreve a sostener un movimiento estético ante el derrumbe o el abandono de castillos místicos y profanos, de una dispersión material y espiritual que funciona como metáfora semejante al discurso sobre la expansión del universo?
El intimismo o el exteriorismo tendrían que mejorar sus ecosistemas, modificar sus estructuras reflexivas ante las nuevas realidades. Si se plantan en ideales transitados y que sirvieron para la evolución material y espiritual del individuo humano, se avanzará muy poco. Quizá ciertos actos disruptivos no sean apropiados por el momento, pero otros sí. Por ejemplo, el sendero de la contemplación y la reflexión filosófica sobre el ser (aunque ese mismo ser esté sujeto a estrangulamientos) permanecería vigente, sin quedar petrificado en postulados conceptuales dogmáticos. La poesía no es una simple escritura de versos ni inspiración ni locura divina, como aseguraba Platón (Platón, ca. 370 a. C./2009).
El efluvismo reflexiona sobre todas estas cosas, sobre lo poético y lo prosaico en la vida humana; sobre las maneras de construir un lenguaje adaptado a las nuevas realidades, con una poesía abierta, sin atadura canónica específica, en plena expansión lingüística. No tiene la idea de buscar respuestas a algunos problemas existenciales, sino de transitar por espacios de libertad creativa, de la expresión del ser, del individuo y de la sociedad.
(Continuará)
Domingo 26 de julio 2026
Publicación para Acento No. 185
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