Cuando por azar de la vida una jovencita como yo, nacida en una época en que todavía eran muy fuertes los prejuicios sobre la situación de la mujer, tuvo en sus manos un ejemplar de tres tomos de El ser y la nada, la alegría y el asombro fueron inmensos, aun sin entender mucho de lo que leí. Yo tenía amigos y amigas cultos, y es probable que ya antes me hubieran impresionado hablándome de la atractiva vida de Sartre y Simone de Beauvoir. Recuerdo que aún no tenía veinte años cuando me llegó la noticia de que Sartre no solo padecía de estrabismo (gloriosa bizquera), sino que además era agudamente revolucionario y que había rechazado el Nobel para que el sistema no lo atrapara.
Pasando el tiempo, cuando conocí mejor la vida de Simone, me enteré también de que ambos habían pactado una relación libre que les permitía ensayar una comunicación tan transparente que podían entablar relaciones amorosas con otras personas y, no obstante, su convivencia no se alteraba ni se daba por terminada, aunque en ocasiones se enturbiara con celos, enojos y heridas. Todo eso, naturalmente, impresionaba a una joven de mi generación. No tengo hoy a mano todas las razones que entonces me arrojaban, ávida y curiosa, hacia esa vida y hacia esas lecturas, pero ahora veo que en ello había un deseo muy profundo de realizarme con un pensamiento propio e independiente, en una época en que la mirada de los otros me hacía sentir, y ellos mismos creían, que ciertas búsquedas mías eran excesos.
Me parece que, así como Sartre y Simone llegaron a mi vida, así siguen llegando todavía hoy a la vida de muchas personas, sobre todo a la de los jóvenes. Nos llegaron muchas veces en forma de consignas, anécdotas, rumores y escándalos. Nos llegaron envueltos en historias sensacionalistas que no dejaban de ocultar verdades mucho más importantes. Por eso considero que hay que volver a Sartre. Y cuando digo Sartre, Simone siempre está también ahí, porque ella no solo estuvo a su lado, sino dentro del horizonte de sus preocupaciones, de sus debates y de sus desvelos.
La relación entre estos dos filósofos, tantas veces reducida a chismes o definida superficialmente como un pacto extravagante (pacto morganático), fue más seria de lo que supusimos, e incluso más seria de lo que ellos mismos pudieron prever. Muy a pesar de que Sartre y Simone no creían en la necesidad como fundamento metafísico del amor —para Sartre, la necesidad parecía pertenecer más al cine que a la vida—, en medio del imperio de la contingencia que dominaba su pensamiento aplicaron de algún modo esta tensión a su propia relación: podrían existir y compartirse amores contingentes sin ocultamiento, pero querían que su vínculo principal no se volviera por ello innecesario. En esa apuesta hubo una seriedad filosófica y existencial que hemos trivializado demasiado. Las heridas causadas a terceros y la dificultad ética de esos arreglos no deben esconderse; pero tampoco debemos reducir todo aquello a bohemia escandalosa. La ética de esos triángulos o de esas libertades amorosas merece otro artículo. Algún día escribiré sobre ello, pues en ocasiones llegan a mis oídos los comentarios de personas ansiosas de demostrar con ellos que han leído existencialismo, sobre si Simone era lesbiana, si pervertidora de menores, si Sartre irredento mujeriego, etc.
Mi propósito aquí es otro. Quiero reforzar la idea de que hemos recibido a Sartre con demasiada banalidad. Durante mucho tiempo, una parte del existencialismo sartreano fue consumida como moda, como leyenda, como provocación juvenil o como eslogan. En mis años de juventud, antes de la Revolución de Abril, cuando la libertad era una verdadera añoranza, la frase estamos condenados a ser libres no fue para mí solamente un aforismo filosófico: fue casi un lema de vida. Pero con el tiempo he comprendido que esa recepción emotiva, aunque comprensible y hasta históricamente significativa, no basta para hacer justicia al pensamiento de Sartre.
Álvaro Zamora Castro ha insistido con razón en que la famosa fórmula sartreana la existencia precede a la esencia no debe repetirse como un simple lema de libertad individual. Su sentido solo se comprende bien cuando se la conecta con la fenomenología, con la ontología, con la temporalidad y con sus consecuencias éticas. Esa observación me parece decisiva, porque ayuda a desmontar la trivialización de Sartre y a mostrar que su pensamiento no desemboca en el nihilismo.
Si decimos que estamos condenados a ser libres o que la existencia precede a la esencia, no basta con repetirlo como un lema. Hay varios aspectos, según Zamora, que conviene tener presentes. El primero es que el ser humano no recibe una naturaleza determinada de antemano, sino que va haciéndose por sus actos. El segundo es que esta precedencia no debe entenderse de manera superficial, como si se tratara solo de voluntarismo, porque remite a la estructura temporal misma de la existencia humana: somos proyecto, pasado asumido, presente vivido y porvenir abierto. El tercero es que la conciencia no es una cosa ya hecha, ni un yo compacto y cerrado, sino una apertura intencional al mundo; el ego, en Sartre, no es el fundamento interior de la conciencia, sino algo derivado, sedimentado, incluso objetivable. Y el cuarto es que todo esto tiene consecuencias éticas: si no existe una esencia humana ya dada, tampoco existe una tabla de valores fija que nos dispense del peso de elegir. Precisamente por eso la responsabilidad se vuelve ineludible. Si aplicamos estos aspectos a las restantes o a muchas de las categorías sartreanas, ipso facto dejaríamos de recepcionar a un Sartre caricaturizado.
Aquí se encuentra, a mi juicio, una de las mayores deformaciones en la recepción de Sartre. La trivialización de su pensamiento difundió la idea de que era un filósofo nihilista, como si negar una esencia humana fija y rechazar una trascendencia divina implicara negar también toda responsabilidad, toda verdad y toda posibilidad ética. Yo sostengo lo contrario. Y creo que otros estudiosos, entre ellos Zamora, ayudan, problematizando, a mostrarlo. De la ontología sartreana se desprende una estructura de responsabilidad que atraviesa sus categorías fundamentales. No se trata de una responsabilidad garantizada por Dios ni por una naturaleza humana eterna, pero sí de una responsabilidad inseparable de la libertad, de la situación y de la relación con los otros.
Por eso no me convence la imagen simplista de un Sartre nihilista. Sartre fue un pensador de la contingencia, sí; de la angustia, sí; de la libertad, sí; del amor conflictivo, sí. Pero también fue un pensador del compromiso, del proyecto, de la responsabilidad y de la imposibilidad de escapar del peso de nuestras elecciones. Incluso me atrevo a sostener que, precisamente por esa estructura de responsabilidad, su ontología puede dialogar con ciertos universales contrastables de pensamientos cristianos, aunque no comparta su fundamento teológico. No digo con esto que Sartre se vuelva cristiano ni que desaparezcan las diferencias. Digo algo más modesto y más importante: que su filosofía no se agota en la negación, en el vacío o en el cinismo moral.
Hay que volver, pues, a Sartre sin banalidad. Volver a Sartre no para repetir las anécdotas que tanto nos impresionaron de jóvenes, aunque esas anécdotas también forman parte de la historia de su recepción. Volver a Sartre no para quedarnos en la fascinación por su vida con Simone, por su estrabismo o por su sensual fealdad, por su rechazo del Nobel o por su celebridad escandalosa. Volver a Sartre para leer mejor lo que hay detrás de todo eso: una ontología exigente, una fenomenología rigurosa y una reflexión ética que no puede seguir siendo reducida a consignas. Y volver también a Simone, porque ella no solo acompañó esa aventura intelectual, sino que ayudó a darle cuerpo, tensión y porvenir.
Referencia Zamora Castro, Á. (2020). La preeminencia existencial. Azur. Revista Centroamericana de Filosofía, 1(2), 25–37.
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