Hay conversaciones que comienzan sin pretensiones y terminan dejando una pregunta dando vueltas en la cabeza.
Hace unos días, durante una de esas madrugadas en las que dos amigos de larga trayectoria cultural conversan sobre libros, memoria y país, surgió el tema de cómo la sociedad dominicana dialoga con sus creadores fundamentales.
Mi interlocutor es también un protagonista de la cultura dominicana de las últimas seis décadas: escritor, periodista y conocedor profundo de nuestra literatura. No hablábamos de listas ni de certámenes. Hablábamos, simplemente, de la necesidad de que determinadas obras continúen siendo estudiadas, leídas y valoradas por la sociedad.
En algún momento apareció un nombre: Haffe Serulle.
Coincidimos. Y entonces surgió una interrogante: ¿Hemos dimensionado con suficiente perspectiva la densidad y el alcance de su producción artística?
Poner una obra bajo la mirada pública y preguntarnos qué lugar ocupa en nuestra historia cultural es un ejercicio necesario. Hablar de Haffe Serulle es hablar de un dramaturgo, novelista, poeta, ensayista, director teatral y maestro cuya trayectoria se ha extendido durante décadas. Pero, más allá de los géneros, Haffe ha convertido la creación en un método pedagógico y de pensamiento.
El dramaturgo que convirtió el teatro en pensamiento
Si tuviera que señalar el territorio donde Haffe Serulle ha realizado una de sus mayores contribuciones, no tendría dudas: el teatro. No solo por la extensión de su dramaturgia, sino porque en su concepción la escena es un espacio para interrogar la realidad.
En sus piezas aparecen el poder, la violencia, la identidad, la memoria y las contradicciones sociales. Haffe no ha entendido el teatro únicamente como espectáculo, sino como una forma de pensamiento crítico. Su obra demuestra que una pieza teatral puede emocionar y, al mismo tiempo, provocar una reflexión incómoda y duradera.
Una obra transgresora de géneros
Intentar encasillar a Haffe Serulle en una sola disciplina suele ser un error. Es dramaturgo, pero también novelista y poeta; director, pero también teórico de la escena y profesor.
Más importante que enumerar sus publicaciones es reconocer la constante que las atraviesa: una preocupación permanente por el ser humano y por el devenir del país. Haffe escribe desde la historia para preguntarnos de dónde venimos, qué hemos hecho con la memoria y qué nos falta por comprender. Su producción exige ser examinada como una trayectoria intelectual coherente.
El maestro: la pedagogía como legado
Existe una dimensión indispensable para comprender su figura: el maestro. Un escritor deja libros; un dramaturgo, textos; un director, montajes. Pero un pedagogo deja algo más complejo de cuantificar: creadores formados bajo una ética de trabajo.
Haffe ha dedicado gran parte de su vida a la enseñanza universitaria y teatral. Quienes pasaron por sus aulas comprendieron que el actor no es un mero repetidor de textos ni el director un organizador de desplazamientos, sino investigadores de la condición humana. Cuando esa concepción se transmite a varias generaciones, el legado se multiplica más allá de los catálogos bibliográficos.
Las obras permanecen
Hay un recuerdo personal que vuelve a mi memoria cuando pienso en la relación entre la creación y su trascendencia.
En 1998, Mario Vargas Llosa estuvo en la República Dominicana y asistió a una representación de La Chunga, pieza suya que llevamos a escena. Tras la función, abordamos el tema del reconocimiento internacional y los premios literarios. Su respuesta fue escueta:
“Eso no depende de mí. Depende de mis obras.”
Años después, en un aula de la Escuela de Arte Dramático, conversaba con Haffe Serulle rodeado de estudiantes. Hablábamos de la trascendencia del arte y de cómo la posteridad juzga a los autores. Haffe expresó una idea idéntica:
“Danilo, eso no depende del creador. Depende de las obras escritas y del legado en el teatro y la narrativa.”
Ambos coincidían en una certeza fundamental: el escritor no crea para obtener validaciones externas. Escribe porque necesita cuestionar la realidad. Lo que ocurra después corresponde a la crítica, a las instituciones, a la academia y al tiempo.
Una responsabilidad colectiva
Tras una trayectoria tan extensa, la tarea no pertenece al autor, sino a la comunidad cultural: a los lectores, teatristas, críticos e instituciones. Reconocer a un creador significa estudiarlo, editarlo, llevarlo a escena y discutirlo. Una sociedad que no analiza a sus maestros termina dependiendo del testimonio oral, el cual es valioso pero insuficiente.
Haffe Serulle ha escrito durante décadas, uniendo la literatura con la escena y formando a generaciones de artistas. Su producción está ahí, integrada al patrimonio cultural de la nación.
Por eso vale la pena cerrar con la misma interrogante con la que inició aquella conversación de madrugada: ¿Estamos preparados como país para abordar, estudiar y revalorizar en toda su dimensión una obra que lleva décadas construyéndose ante nuestros ojos?
La respuesta no está en el debate público. Está en sus páginas y en sus escenarios.
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