La lluvia comienza a caer sobre Jalonga antes de la medianoche, golpeando los techos de zinc con una intensidad que obliga a levantar la voz para conversar. Desde la ventana de su habitación, Yonatan observa cómo el agua arrastra el polvo del camino y forma pequeños ríos entre las piedras, mientras en la pantalla de su teléfono continúa brillando el mensaje recibido en el liceo: MAESTRO KALUNGA: TENEMOS UN TRABAJO PARA TI. Debajo, una dirección y una hora. El cementerio. Medianoche. Lleva varios minutos intentando convencerse de que alguno de sus compañeros está detrás de aquello, una broma de Elvis, quizá una manera de asustar a Brayan después de lo ocurrido, pero hay algo que no encaja: el mensaje ha llegado a los cuatro al mismo tiempo y ninguno conoce el número que lo envía. Además, la cuenta desde la que recibieron la solicitud ya no existe.
En otra parte del batey, Elvis está contando el dinero que ha conseguido durante los últimos días. Lo distribuye sobre la cama, separa los billetes por denominación y hace cálculos en una libreta escolar, imaginando cuánto podría reunir si el negocio continúa creciendo. La lluvia no consigue borrar su sonrisa, aunque cada cierto tiempo vuelve a mirar el teléfono, donde el mensaje permanece abierto. Cuando Yonatan lo llama, responde al segundo timbrazo.
—¿Tú mandaste eso? —pregunta Yonatan.
—¿Mandarte qué?
—El mensaje del cementerio.
Elvis deja de contar.
—Yo también lo recibí.
—¿Y vas a ir?
Del otro lado se escucha un trueno y después un silencio que dura demasiado.
—Si alguien quiere contratarnos, que pague primero.
Yonatan cuelga sin despedirse. Sabe que Elvis irá, aunque no lo admita, porque para él cualquier amenaza puede convertirse en una oportunidad si consigue ponerle precio.
Brayan, en cambio, lleva casi una hora sentado al borde de su cama, con los pies descalzos sobre el piso de cemento y la espalda apoyada contra la pared. Su madre duerme en la habitación contigua. Cada vez que un vehículo pasa por el camino, los faros atraviesan las rendijas de la persiana y proyectan sombras alargadas sobre el techo. En su teléfono reproduce el audio que grabaron en el baño del liceo. La voz artificial de Kalunga llena la habitación, grave y distante, y cuando llega a la frase final, Brayan detiene la reproducción. No quiere escucharla otra vez, pero tampoco consigue borrar el archivo. Abre el mensaje del desconocido y escribe: «¿Quién eres?». La respuesta aparece casi inmediatamente.
«TÚ SABES QUIÉN SOY».
Brayan deja caer el teléfono sobre la cama.
A las once y cuarenta y cinco, los cuatro se encuentran junto al camino que conduce al cementerio. Marilú ha llevado una linterna y una batería portátil; Yonatan, una mochila donde guarda los teléfonos y una pequeña computadora; Elvis llega con una sombrilla que el viento amenaza con arrancarle de las manos. Brayan aparece al final, empapado, sin levantar la mirada. Ninguno pregunta por qué han venido. La respuesta está en sus teléfonos, en el dinero que han ganado y en aquella sensación incómoda de que alguien conoce una parte de ellos que nunca han mostrado públicamente.
El cementerio recibe la lluvia con un silencio extraño. El agua resbala por las lápidas, se acumula en las hendiduras de las cruces y convierte los senderos en barro. La linterna de Marilú ilumina las tumbas una por una hasta encontrar la pequeña lápida que Yonatan recuerda de la primera grabación. El nombre del niño sigue siendo ilegible, cubierto por una costra de humedad y tierra. Sin embargo, sobre la piedra hay algo que no estaba allí antes: una vela nueva, protegida dentro de un vaso de cristal, con la llama encendida pese a la lluvia.
Elvis se acerca y examina el recipiente.
—Alguien vino antes que nosotros.
—O alguien nunca se fue —murmura Brayan.
Elvis se vuelve hacia él, dispuesto a burlarse, pero la expresión del muchacho lo detiene. Brayan no está actuando. Mira el espacio detrás de la tumba como si esperara encontrar a alguien allí.
El teléfono de Yonatan vibra. Ha llegado un mensaje con una fotografía: los cuatro aparecen de espaldas, entrando al cementerio unos segundos antes. La imagen está tomada desde una posición elevada, entre las ramas de un árbol que se encuentra al otro lado del muro. Yonatan levanta la linterna hacia el follaje, pero solo encuentra hojas sacudidas por el viento y oscuridad. Envía una pregunta al remitente. La respuesta no tarda en llegar.
«EL TRABAJO ES SENCILLO. QUIERO QUE DEVUELVAN LO QUE ROBARON».
Marilú lee por encima de su hombro.
—¿Qué se supone que robamos?
Otro mensaje aparece.
«LA FE DE LOS QUE NO TIENEN NADA MÁS».
Elvis suelta una risa breve, demasiado alta para aquel lugar.
—Esto es alguien queriendo asustarnos.
—Pues sabe dónde estamos —responde Marilú— y tiene fotos nuestras.
Yonatan intenta rastrear el número, pero la señal desaparece y la pantalla queda congelada. Por unos segundos, el único sonido es la lluvia sobre las hojas y el agua corriendo entre las tumbas. Entonces Brayan se acerca a la vela y descubre, debajo del vaso, un papel doblado. Lo recoge con cuidado. La tinta se ha corrido, pero todavía pueden distinguirse unas palabras escritas a mano: «NO HAGAN OTRO VIDEO».
Nadie habla. La advertencia resulta más inquietante que cualquier amenaza, porque solo alguien que conoce su actividad podría saber que están planeando grabar otra vez. Yonatan guarda el papel en el bolsillo y ordena que se marchen, pero Elvis insiste en que no pueden permitir que un desconocido los controle. Saca su teléfono, abre la cuenta de Kalunga y comienza a grabar un mensaje desafiante, asegurando que el maestro no le teme a nadie. Marilú intenta detenerlo; Brayan se aleja de la tumba y Yonatan le arrebata el teléfono justo cuando Elvis termina de hablar.
—¿Tú no entiendes? —le dice Yonatan—. Esto ya no es un juego.
Elvis lo mira con rabia, aunque no encuentra respuesta. En ese momento, desde algún punto detrás del muro, se escucha una voz masculina que pronuncia el nombre de Kalunga. No parece venir de un teléfono. Suena cerca, como si alguien estuviera caminando entre los árboles.
Los cuatro se vuelven hacia la entrada. Una figura cruza lentamente el camino, cubierta por una capa oscura o quizá por una simple chaqueta empapada. La lluvia impide distinguir su rostro. Yonatan enciende la linterna y dirige el haz hacia la silueta, pero la luz solo alcanza a revelar un brazo levantado y una mano que sostiene un teléfono. La pantalla brilla durante un instante.
Después, la figura desaparece detrás del muro.
Elvis sale corriendo para alcanzarla. Yonatan lo sigue, mientras Marilú permanece junto a Brayan, que ha vuelto a mirar la tumba del niño. Cuando los dos muchachos regresan, no han encontrado a nadie. El camino está vacío y la lluvia ha borrado las huellas del barro.
A la mañana siguiente, el liceo vuelve a llenarse de voces, uniformes húmedos y estudiantes que se pasan los teléfonos de mano en mano. Durante el recreo, Marilú descubre que alguien ha publicado un nuevo video en una cuenta llamada LOS BRUJOS DE JALONGA. La grabación muestra el cementerio durante la noche, la vela encendida y a los cuatro frente a la tumba. Ninguno recuerda haber grabado esas imágenes. El encuadre es estable, como si la cámara hubiera permanecido inmóvil durante toda la conversación, pero hay un detalle que los obliga a acercarse a la pantalla: en el último segundo, justo antes de que termine el video, una quinta figura aparece detrás de ellos.
La publicación tiene miles de reproducciones.
Debajo, un comentario acaba de aparecer.
«YA PAGUÉ. ¿CUÁNDO VAN A VENIR POR MI HIJO?»
Yonatan siente que el ruido del patio se aleja. Marilú intenta abrir el perfil de quien escribió el comentario, pero la cuenta desaparece ante sus ojos. Elvis guarda el teléfono y mira hacia la verja del liceo. Al otro lado, una mujer permanece inmóvil bajo un paraguas negro, observándolos.
Brayan la reconoce antes que los demás.
Es la mujer que aparece en uno de los primeros mensajes de sus clientes, aquella que les preguntaba si Kalunga podía ayudarla.
La mujer levanta una mano y señala directamente a Brayan.
Luego se lleva un dedo a los labios.
Y sonríe.
FIN DEL EPISODIO 2.
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