Bienvenidos a Jalonga.
Un letrero pequeño y mal pintado indica donde está la parada de guaguas de un muy humilde y rural batey al este de la isla.
El primer timbrazo del liceo todavía no ha sonado y Yonatan ya está contando dinero. Quince billetes de mil pesos descansan sobre el pupitre, ocultos entre un cuaderno de matemáticas y una hoja llena de fórmulas.
Elvis los cuenta otra vez.
—Quince.
Yonatan mira hacia la puerta.
—Baja la voz.
—¿Tú crees que alguien está pendiente?
Elvis guarda los billetes en el bolsillo. Su teléfono vibra. Una nueva notificación. Pago recibido. RD$5,000. Sonríe.
—Diecinueve.
Marilú aparece en la puerta del aula.
—Tenemos otro.
Detrás de ella viene Brayan, pálido, con una mochila colgada de un solo hombro.
—¿Otro qué?
—Cliente.
Marilú les muestra el teléfono. En la pantalla aparece una conversación de WhatsApp. Una mujer pregunta: “¿De verdad puede ayudarme?”
Elvis toma el teléfono. Escribe: “Kalunga ve lo que otros no pueden ver.” Envía.
Los cuatro se miran. Durante un segundo nadie habla.
Después Elvis rompe a reír. —Coño. Esto sí funciona.
El profesor entra al aula. Todos esconden los teléfonos. La clase comienza.
En la pizarra el maestro escribe: La verdad en la era digital.
—Hoy vamos a hablar de cómo una mentira puede convertirse en verdad cuando suficientes personas deciden creerla.
Yonatan levanta la mirada. Elvis lo mira. Marilú también. Brayan permanece inmóvil. El profesor continúa hablando, pero el sonido comienza a quedar lejos.
Debajo del pupitre, Elvis abre la cámara. Brayan lo descubre. —¿Qué haces?
—Grábalo.
—¿Qué cosa?
—La voz.
Brayan niega con la cabeza. —No.
Elvis acerca el teléfono. —Hazla.
—Aquí no.
—Hazla bajito.
Brayan mira al profesor. Después a la cámara. Respira. Su voz cambia. —Los muertos escuchan…
Elvis contiene la risa. Marilú toma el teléfono y empieza a editar. La voz se vuelve más grave. Más lenta. Un eco artificial comienza a envolver las palabras.
Los muertos escuchan…
Yonatan observa la pantalla. —Eso no parece humano.
Elvis sonríe. —Precisamente.
El timbre del recreo explota en los pasillos. Los estudiantes salen. Los cuatro se reúnen detrás del edificio, donde el ruido del liceo llega amortiguado. Marilú les enseña las estadísticas. Ciento ochenta reproducciones. Cuatrocientas. Mil doscientas. —Mira esto —dice.
Elvis le quita el teléfono. Un comentario acaba de aparecer. “¿Dónde puedo contactar al maestro?”
Otro: “Necesito ayuda urgente.”
Y otro: “Él trabaja con los muertos.”
Elvis levanta la mirada. —Tenemos negocio.
Brayan no parece compartir la emoción. —La gente se lo está creyendo.
—Ese es el punto —responde Elvis.
Yonatan mira las notificaciones acumulándose. Una tras otra. Como pequeñas gotas golpeando un techo de zinc. Entonces llega un mensaje distinto.
“Quiero que alguien pague por lo que me hizo.” Debajo aparece una cifra. RD$15,000.
Elvis deja de sonreír. Mira a Yonatan. —¿Qué hacemos?
Yonatan observa el mensaje. Después mira el dinero que todavía sobresale de su bolsillo.
—Aceptamos.
Brayan lo mira sorprendido. —¿Aceptamos qué?
Yonatan tarda un instante en responder. —El trabajo.
Elvis sonríe. Marilú no. El ruido del liceo continúa alrededor de ellos. Pero algo ha cambiado. Ya no parece un juego.
Más tarde, en el baño, colocan una vela sobre el lavamanos. El espejo devuelve cuatro rostros iluminados por una llama inestable.
Marilú encuadra. Elvis prepara el teléfono. Yonatan revisa las instrucciones del cliente.
Brayan permanece frente a la cámara. —¿Qué tengo que decir?
Yonatan lee el mensaje. —Que Kalunga ha escuchado su petición.
Brayan mira el espejo. Por un instante parece no reconocerse. La vela parpadea.
—¿Y después?
Yonatan levanta los ojos. —Después dices que los muertos también quieren justicia.
Brayan traga saliva. Marilú pulsa grabar. Brayan acerca el rostro a la cámara. —Los muertos escuchan…
La llama se inclina. Nadie la toca. Brayan se detiene.
Elvis mira la vela.—Sigue.
Brayan vuelve a hablar.
—Y los muertos… cobran.
Silencio. Marilú baja lentamente el teléfono. Nadie se ríe. Afuera, en el pasillo, alguien golpea la puerta del baño. Tres golpes. Todos se quedan quietos.
Otro golpe.
Elvis abre.
No hay nadie.
Solo el pasillo vacío.
Al fondo, un estudiante desaparece doblando la esquina.
Elvis vuelve a cerrar. —Terminemos el video.
La cámara sigue grabando.
Brayan vuelve a acercarse. —Los muertos escuchan…
Su voz sale baja, casi susurrada. —Y los muertos… cobran.
Marilú detiene la grabación. —Ya.
Elvis toma el teléfono. —Lo voy a mandar.
Yonatan permanece mirando la vela. La llama vuelve a moverse. Esta vez hacia la puerta.
—¿Tú sentiste eso? —pregunta Brayan.
Elvis resopla. —¿Sentir qué?
Brayan no responde.
Salen del baño. El pasillo permanece vacío.
Las aulas comienzan a quedarse en silencio. El recreo terminó hace rato y los últimos estudiantes regresan a sus salones.
Elvis camina delante.
—Esta noche cobramos los quince.
Marilú lo sigue. —¿Y después?
—Después hacemos otro.
—¿Y si la gente sigue creyendo?
Elvis se detiene. —Mejor.
Yonatan mira a Marilú. Ella no parece convencida. Su teléfono vibra. Un mensaje nuevo.
Los tres miran la pantalla. “Quiero hablar con el maestro.” Debajo aparece otro. “Es urgente.”
Yonatan responde: “Diga qué necesita.”
La respuesta llega casi inmediatamente. “No por aquí.”
Los cuatro se miran. —¿Quién es? —pregunta Brayan.
Yonatan pulsa sobre el perfil. No hay fotografía. No hay nombre. Solo una imagen negra.
Elvis se encoge de hombros.
—Otro loco.
Guarda el teléfono.
—Nos vemos mañana.
CONTINUARÁ…
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