Las Marolas nacieron del luto, la flor y el negro. Danilo de los Santos lo confesó él mismo en su libro de memorias Danicel: Anotaciones de un joven pintor (1979). Para esa fecha ya era un artista hecho que había sentado las bases de sus mujeres voluminosas. Por eso existen abismos entre las Marolas texturales de los años setenta y las últimas de su producción, como Chica Mastercard y Marola Olimpia. No enumeró ciclos pictóricos en vida, de modo que la división presentada en las siguientes líneas es una propuesta que hago para ordenar su producción. Los ciclos que van de 1967 a 1976 son de fechas aproximativas y están basados en sus referidas memorias, en tanto que los ciclos que van de 1977 a 2018, también de fechas aproximativas, los sustento en análisis de obras del artista.
Los antecedentes más inmediatos de las Marolas se remontan al primer ciclo, que corresponde a los años que van de 1967 a 1968. Aquí el pintor ya utilizaba el color negro como eje central de sus figuras. Para entonces su lenguaje pictórico era textural. Él mismo lo anota: «Hacía empastes conseguidos con una mezcla de arena, cola, blanco de España y pintura. La textura predominó sobre el color a través de gruesas líneas que sin quererlo le daban a mis lienzos aspectos de toscos vitrales». Se destacan de este ciclo: Lavanderas y Mujeres y hombres.
El tema de las Marolas se define con el segundo ciclo: las mujeres, que corresponde a los años que van de 1969 a principios de 1970. Aquí se centra de forma casi exclusiva en la creación de figuras femeninas larguiruchas, inspiradas en el activismo patriótico dominicano de 1965. Son figuras casi siempre sin rostro y de un color negro muy intenso. El propio artista dice que en este ciclo «el tema se ajusta a una figuración casi siempre lograda en un fondo unidimensional y tan tenso como monocromático y difuminado». Además, añade: «En este primer ciclo de las mujeres en mi pintura cuidaba mucho la composición. La planeaba simétricamente para lograr una rítmica visiblemente ordenada». Se destacan de este conjunto Ritual de la mañana, Mujeres de luto, Mujeres enterrando y Mujeres y canastas.
El tercer ciclo corresponde a los años que van de finales de 1970 a principios de 1971. El artista evoluciona hacia una dirección en la que incorpora por primera vez la flor y la asimetría. Es el ciclo que da lugar a las Marolas propiamente dichas. Se caracteriza por el uso de la flor como símbolo en los trajes y la asimetría en figuras de «mujeres voluminosas, ataviadas, con colores contenidos y poses provocativas». Se destacan Mujeres ataviadas, Marola, vendedora de margaritas, Marola asediada, Marola entre mujeres llorando, Marola ascendiendo del cielo a la gloria y Marola absorta.
El cuarto ciclo corresponde a los años que van de finales de 1971 a 1972. El artista evoluciona hacia un nuevo enfoque de las Marolas: el uso del collage, del desnudo y del erotismo. «A Peña Defilló», dice, «debo el entusiasmo por el collage», el cual encontró como «motivo o pretexto para numerosos trabajos de papel encolado y cera». Este ciclo se caracteriza por una «pintura de volúmenes provocativos, de un dibujo deformado arbitrariamente, pero sobre todo desconcertante». Las Marolas de este ciclo presentan sus partes íntimas deliberadamente desproporcionadas y marcadas con el símbolo de una flor gigante en la entrepierna. Se destacan Marola trapera, Floración de Marola, Las tres gracias, Olimpia, Marola insólita y, por ser una de las primeras referencias a su tema del erotismo, el dibujo titulado Referencia.
El quinto ciclo corresponde a los años que van de 1973 a 1975. Aquí la evolución en la serie de las Marolas es notable, pues el artista emplea por primera vez la abstracción y los colores rojo y azul. Además, dice que realiza «trabajos donde las manos, el gesto, la ocultación trágica, son el verdadero signo de lo que he querido expresar». El propio artista era consciente de que este es un ciclo de mayor madurez en su trayectoria, pues anota: «El color y el dibujo poseen mayor firmeza, las Marolas resultan más engalanadas, tal vez más frívolas, pero mejor tratadas plásticamente. El aumento del color y del dibujo es consecuencia de una mayor seguridad y de una actividad pictórica más insistente, más continua y más recluida». Para entonces da inicio a la creación de las Marolas más conocidas como las Raciales, que por lo general recrean los peinados criollos de las mujeres de la época y constituyen «figuraciones sometidas a una separación orgánica lograda a dos colores, sometidas a una deformación a base de invertir planos, sombrear partes, distorsionar unas y hermosear otras». Son piezas claves de este ciclo las tituladas Marola asediada por formas circulares, Infanta delgada y La infanta.
El sexto ciclo corresponde a los años que van de 1976 a 1979. Es el ciclo de la creación de las Melopeas. Aquí Marola aparece sin turbante, pues por primera vez la cabeza está cubierta únicamente de hojas, flores y pétalos. Se trata de uno de los ciclos más significativos de su producción. Pese al color negruzco de las Melopeas, la evolución estética aquí contrasta tanto con algunos de los aspectos básicos de su constante pictórica, que algunos críticos afirman que las Melopeas no son parte de la serie de las Marolas. Sin embargo, el mismo artista las considera un tipo de «Marola cuya cabeza se cubre de una flor o de un velo de pétalos». Escribe que la idea de las Melopeas le surgió en Puerto Rico, pero el tipo de color lo concibió en Cuba. «Esta serie de trabajos», escribe, «se emborracha en una insistencia cromática, de tonos suaves y apastelados, y se vuelve transparente». Buena muestra de ello son Melopea, Melopeas aglutinadas y Melopea, melopeya.
El séptimo ciclo corresponde a los años que van de 1980 a 1990. En este ciclo —cuyas líneas, como las siguientes, no están sustentadas en Danicel: Anotaciones de un joven pintor—, el artista desarrolla el enfoque de las Marolas ancladas en el paisaje. Luego de un viaje a Puerto Plata, desde donde divisó las montañas del Diego de Ocampo, se inspiró en los paisajes y la geografía dominicana, dotando así a las Marolas de características propias de la naturaleza costera, la flora tropical y el sol ardiente. Esto hizo que en los fondos de las Marolas predominara el amarillo encendido. Destacan de este ciclo, entre otras, Marola bajo la sombra y Marola Costa Paisaje.
El octavo ciclo corresponde a los años que van de 1991 a 2018. Las Marolas evolucionan hacia una renovación conceptual con influencias de la hibridez de razas, la diáspora dominicana en Estados Unidos, la globalización, los fenómenos migratorios, el capitalismo global y los símbolos de consumo masivo. Une lo folclórico y místico con lo urbano y la nueva idiosincrasia de la dominicanidad. Utiliza en este ciclo materiales terrosos y colores neutros y opacos. Incluso les da en ocasiones un revestimiento de corte taíno. Las piezas más importantes de este ciclo son la serie New Dominican, Marola Olimpia y Chica Mastercard.
No es que estos ocho ciclos sean los únicos del artista, ni que las fechas aquí sean absolutas. Los ciclos pueden aumentar si se toma en cuenta la constante renovación de Danilo de los Santos desde los años noventa hasta su muerte. Y es natural que las fechas se solapen, pues en un artista fecundo, los ciclos se alternan y se yuxtaponen a lo largo de la carrera artística. He tratado, sin embargo, de ser lo más fiel posible a las fechas y los datos que el propio artista facilitó en Danicel: Anotaciones de un joven pintor, un libro escrito con la sinceridad y la celeridad de un joven que ya se sabía maestro. En todo caso, el propio pintor estuvo desde el inicio enteramente consciente de la evolución estética de las Marolas, que pasó de los empastes texturales de finales de la década de los sesenta hasta la simbiosis de carácter posmoderna de sus últimas piezas. Por eso las Marolas no son solo flores y negritud; son el archivo visual de cómo un pintor dominicano inventó un símbolo nacional desde el luto, la tierra y el cuerpo.
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