El estudio de las manifestaciones populares ha transitado, históricamente, por una senda que a menudo reduce el rito a la categoría de espectáculo o curiosidad folclórica. Sin embargo, desde la antropología crítica y los estudios culturales contemporáneos, el Carnaval Dominicano considerado el primado de América se revela como un complejo dispositivo de producción de conocimiento.
Aunque el carnaval es también una catarsis colectiva y una estructura cognitiva donde el "hacer" precede al "decir". Abordar una epistemología del carnaval implica un acto de ruptura con el canon del pensamiento eurocéntrico, validando aquellos saberes que nacen de la periferia, del tacto y de la memoria del barrio y del pueblo. En este escenario, la manifestación se transforma en un laboratorio de "saberes" que desafían la hegemonía de la academia formal, proponiendo una verdad técnica, histórica, ética y política que se escribe con el cuerpo, se moldea con el barro, se baila en las calles y se expresa en su más alta dimensión.
Para desentrañar esta dimensión, resulta fundamental acudir a lo que Boaventura de Sousa Santos denomina las "Epistemologías del Sur", categoría de estudio decolonial que en otros momentos también hemos analizados en nuestras reflexiones en esta columna.
El carnaval dominicano se erige como un espacio de resistencia frente al "epistemicidio", aquel proceso histórico de invisibilización de los saberes populares bajo la etiqueta hispanófila seudo cristiana que denominan como superstición. La creación de la careta, por ejemplo, constituye una verdadera Tecné en el sentido más profundo del término, un concepto de la Antigua Grecia que significa arte, oficio, destreza o habilidad práctica basada en el conocimiento. No solo implica la producción técnica (hacer algo), sino que conlleva un saber especializado, enseñable y racional para transformar materiales o situaciones con un fin específico
El maestro caretero de Santiago, La Vega, Santo Domingo o San Juan, el verdadero artesano de la tradición, no solo manipula materiales; posee un dominio científico sobre la densidad de la tierra, la elasticidad del papel y la química de los aglutinantes orgánicos, lo que se convierte en un saber que se "toca" y se "siente", una epistemología del tacto donde la mano del artesano resuelve problemas volumétricos que la geometría plana no alcanza a explicar.
Este fenómeno encuentra eco también en otros carnavales de la región como el Carnaval de Jacmel en Haití, donde la maestría en el uso del papel maché se convierte en una herramienta de crítica social y política, transformando materiales humildes en crónicas visuales de la resistencia histórica de un pueblo que se niega a ser silenciado.
Al comparar la experiencia dominicana con otros contextos regionales, observamos que nuestra festividad destaca por un carácter de síntesis y "bricolage" epistemológico. Siguiendo a Claude Lévi-Strauss en El pensamiento salvaje, el carnavalero actúa como un bricoleur que organiza fragmentos de historias fragmentadas para construir un sistema de signos coherente.
Mientras que, en el Carnaval de Oruro, en Bolivia, el saber está profundamente anclado en una cosmovisión andina y católica de larga data, o en el Carnaval de Negros y Blancos en Pasto, Colombia, donde la técnica del barniz de Pasto y la carrocería monumental dictan la norma, en la República Dominicana el carnaval es una historiografía encarnada.
El dominicano no necesita archivos coloniales para saber quién es; lo sabe porque "se pone" la historia. La aparición de los "Tiznaos" o los "Indios" por ejemplo no es una representación estética, es un ejercicio de memoria viva que confronta el olvido institucional, similar a las comparsas del Carnaval de Santiago de Cuba, donde la "tumba francesa" y el toque del tambor son reservorios de una identidad afrocubana que se ha mantenido técnica y ritualmente intacta frente a los embates de la modernidad simplificadora.
Asimismo, debemos considerar la dimensión kinestésica y fenomenológica de este conocimiento. Como advertía Maurice Merleau-Ponty, el cuerpo es la condición de posibilidad de todo saber. En el contexto dominicano, el dominio del foete, el vejigazo o el ritmo del baile del diablo cojuelo implican una comprensión intuitiva de la física del sonido y la cinemática corporal que se transfiere por ósmosis cultural. No hay manuales para la vibración del parche o el movimiento de la cadera en el Carnaval de Martinica, donde las figuras del "Vaval" representan una cosmogonía propia que solo se entiende desde la presencia física y el sudor. Ante esto, es que realmente estamos ante una "epistemología de la presencia" donde el conocimiento es inseparable del sujeto que lo ejecuta, convirtiendo al carnavalero en un intelectual orgánico que piensa con los pies y reflexiona a través del movimiento.
En estos días, cuando la República Dominicana se sumerge en su punto álgido de carnaval con el Desfile Nacional que tiene categoría de único en Latinoamérica, es imperativo mirar más allá del brillo de las lentejuelas, la estridencia de la musicalidad, el colorido o el impacto del vejigazo. Debemos entender esta expresión en su esencia política y filosófica más radical: como esencia del carnaval, momento en que el pueblo reclama su derecho a producir su verdad de forma expresiva, burlesca, al revés, a su manera y no pasa nada.
El Desfile Nacional funciona como una síntesis epistemológica donde dialogan los saberes del papel maché de Bonao, las hojas de plátano de Cotuí y el cuero de Montecristi, los brujos de San Juan, las Marimantas de Yerba Buena, los Macaraos, Taimáscaraos de Puerto Plata, las Cachuas de Cabral, los diablos, Robalagallina, la muerte integrada con la vida como una sátira política en todas sus dimensiones incluyendo montada en Jepp o tomándose una cerveza al lado de la monja y el personaje del obispo, el Califé, las multitudinarias comparsas de Alí-Babá, la fantasía, la historia, tradición, caretas, música y el baile, junto a los personajes cimarrones, tainos y español, interpretación del pueblo al resultado de la riqueza cultural dominicana, trazando un mapa cognitivo, una cartografía que la nación ha convertido en una pedagogía del carnaval.
En el carnaval el pueblo no solo siente, el pueblo piensa, diseña y ejecuta sistemas complejos de representación. Por esta razón desde la epistemología validar estos saberes es reconocer una forma de intelecto popular que ha logrado sobrevivir y sofisticarse al margen de lo moderno, demostrando que la alegría, cuando se estructura como técnica y como rito, constituye una de las formas más elevadas de conocimiento humano. Sigamos bailando en las calles de noche y de día y que nadie invente con el carnaval dominicano.
Referencias
De Sousa Santos, B. (2009). Epistemologías del Sur. México: Siglo XXI Editores.
Lévi-Strauss, C. (1964). El pensamiento salvaje. México: Fondo de Cultura Económica.
Martín-Barbero, J. (1987). De los medios a las mediaciones: Comunicación, cultura y hegemonía. Barcelona: Gustavo Gili.
Merleau-Ponty, M. (1945). Fenomenología de la percepción. París: Gallimard.
Ortiz, F. (1973). Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar. Barcelona: Ariel.
Zapata Olivella, M. (1997). La rebelión de los genes: El sentimiento de identidad del negro en América. Bogotá: Altamir Ediciones.
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