Entre violines afinándose y el murmullo contenido de una sala expectante, la noche del martes comenzó a tomar forma en la Sala Carlos Piantini del Teatro Nacional Eduardo Brito. El escenario, vestido por un intenso fondo rojo que contrastaba con el negro impecable de los músicos, anunciaba que no sería una velada cualquiera. El concierto Todo Dominicano prometía un recorrido por la identidad musical del país y el maestro Amaury Sánchez estaba listo para conducirlo.
Antes de iniciar la velada, Sánchez explicó al público el concepto del concierto. “Decidimos hoy que este concierto iba a ser interactivo. Por eso no hay programa de mano, porque vamos a estar interactuando con ustedes. Vamos a estar diciéndoles cosas porque la música dominicana amerita eso, sobre todo en una noche de gala como esta”, expresó desde el escenario.
Minutos después, la afinación de la orquesta marcó oficialmente el inicio de la primera presentación del año del director junto a la Orquesta Filarmónica de Santo Domingo. Con movimientos precisos de su batuta, Sánchez abrió el repertorio con “Yoamicana”, composición de Darwin Aquino inspirada en los toques de los Congos de Villa Mella.
La pieza, con una sonoridad cercana a las bandas sonoras cinematográficas, envolvió la sala en una atmósfera solemne y vibrante. Sánchez aprovechó para destacar el valor de la obra contemporánea dentro del repertorio nacional.
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“Acabamos de escuchar una composición moderna de Darwin Aquino, orgullo nuestro. Está basada en los toques de Villa Mella. Quisimos abrir con ella porque la música es una; la diferencia son los genios”, comentó ante la audiencia expectante.
Le siguió Vals Santo Domingo, de Bullumba Landestoy, en una presentación dinámica donde el director fue compartiendo detalles y anécdotas sobre las piezas interpretadas. La experiencia se construyó desde la escucha y la conversación espontánea entre el escenario y la audiencia.
Antes de presentar al saxofonista Samuel Hernández, el director recordó al maestro Bienvenido Bustamante y la relación que construyó junto a él durante sus inicios en la música.
“Para mí es de grata recordación. Cuando yo empezaba a hacer arreglos le preguntaba: ‘Maestro, ¿cómo usted arregla los cornos?’, y él me decía: ‘Esto aquí, esto allá’. En el devenir de los tiempos tuvimos una gran amistad”, relató Sánchez con visible nostalgia.
También destacó el privilegio de presentar una obra que considera de relevancia internacional. “Esta noche para mí es un honor tener a Samuel Hernández, excelente saxofonista y clarinetista, para interpretar el concierto para saxofón y orquesta de nuestro gran e inolvidable Bienvenido Bustamante. Tiene tres movimientos. Disfrutémoslo porque es una obra dominicana de trascendencia internacional”, expresó antes de ceder el protagonismo al músico invitado.
Entonces el saxofón comenzó a abrirse paso entre la orquesta. Hernández interpretó fragmentos del Concierto para saxofón y orquesta, dejando que las melodías cálidas y envolventes flotaran sobre las cuerdas y los metales. Cada intervención provocaba aplausos inmediatos y, al finalizar, el público respondió con una ovación prolongada.
Desde las filas de la orquesta, la violinista Angélica González también vivió la presentación con emoción.
“Una experiencia maravillosa que atesoraré por siempre en mi corazón. Para mí es un gran privilegio y un honor tener la oportunidad de tocar con uno de los directores más importantes de mi país”, expresó al finalizar el concierto, agradecida por formar parte de la gala sinfónica.
Tras un breve interludio, la velada cambió de ritmo. El tono solemne dio paso a la alegría tropical. Sánchez regresó al escenario con una sonrisa cómplice y la orquesta comenzó a transitar por mangulinas, merengues y arreglos sinfónicos de clásicos dominicanos.
Las piezas de Julio Alberto Hernández marcaron ese giro festivo con Magulina y El primer beso. Entonces el director con una frase que provocó risas y asentimientos entre los asistentes: “¿Verdad que el merengue se oye bien sinfónico, eh?”. La respuesta llegó en forma de aplausos.
La energía terminó de encenderse con Compadre Pedro Juan, de Luis Alberti, en arreglo sinfónico del propio director, y con Bilirrubina, de Juan Luis Guerra. Las palmas del público comenzaron a acompañar el ritmo y por momentos la sala parecía debatirse entre el protocolo clásico y el impulso natural de bailar.
Al concluir la presentación, las asistentes Sofía Piantini y Paola Sturla destacaron la conexión que logró el repertorio con el público.
“Desde el principio dijimos que iban a tocar y adivinamos por lo menos el 90%. Sin saber. Van a tocar de amante, van a tocar todo eso. Fue muy bonito, no hubo desperdicio. Ojalá y se repita y sigan haciendo cosas así, resaltar la música de nosotros, tanto la música clásica sinfónica como la música folclórica”, comentaron.
El cierre llegó con Caña Brava, de Toño Abreu. Ya para entonces la música había roto toda distancia entre escenario y espectadores. Entre aplausos y ovaciones, la audiencia despidió de pie una noche que reunió merengue, vals, mangulina y música de concierto en una misma experiencia.
Con Todo Dominicano, Amaury Sánchez volvió a apostar por llevar la música criolla al formato sinfónico sin perder su esencia popular. Y durante más de dos horas, la Sala Carlos Piantini confirmó que los sonidos dominicanos también pueden sentirse monumentales a través de sinfonías.