José Martín Paulino es un hombre de provincia. Con una bondad que raya en lo ingenuo por momentos, pero con un vasto conocimiento de lo mejor y más relevante de la literatura universal y dominicana de todos los tiempos. Por eso, al leer su obra debem9s desprendernos de la persona y buscar al autor que elabora una narrativa acabada, con niveles de forma y contenido que iluminan al lector abriendo cauces que invocan la combinación mítico-realista en su contenido y en sus personajes. En tal virtud no busquemos al hombre sino al autor y su obra.
Si lo observamos en perspectiva literaria, la obra se inscribe en una tradición de realismo psicológico con tintes de gótico moderno. Martín utiliza una narrativa en primera persona que funciona como una confesión agónica.
Así podemos afirmar que, encontrar su Metáfora del Violín, el instrumento no es solo un objeto; es el doble (doppelgänger) de Fedora, la transmutación final del arco en espada y del violín en el cadáver de la mujer marcando un punto de inflexión donde el lenguaje literario se funde con lo onírico y lo fantástico.
Otra cualidad que se resalta es un nivel de teatralidad en que la escena inicial/final frente a un espejo sugiere la imposibilidad del sujeto de escapar de su propia imagen "despreciable", dice el autor, donde el espejo no refleja la realidad, sino la construcción subjetiva del odio y la culpa.
En su estructura narrativa y su temporalidad el autor de estos relatos se organiza a partir de una retrospectiva que reconstruye las causas del presente narrativo. En la afirmación “Había decidido no permanecer por más tiempo en este mundo” instala una temporalidad suspendida, donde el presente está saturado por el pasado. Las analepsis permiten comprender la degradación progresiva del personaje, particularmente en su relación con Marlene que “nunca lo había querido y que se le había entregado solo por hacerle un favor”, haciendo de esta revelación que actúe como núcleo traumático.
José Martín desarrolla un conflicto central de carácter interno, pero que se articula a través de relaciones interpersonales. Algunos de sus protagonistas reconocen que “solo esa mujer podía devolverle el sentido a su existencia”, con lo cual se deja evidenciar una dependencia afectiva extrema.
Por otro lado, el personaje de Digna introduce un contrapunto ético: “inútilmente quiso que él le encontrara a su vida un sentido”, dice el autor. Sin embargo, su compasión no logra revertir la autodestrucción.
Cuando leemos desde una perspectiva psicológica, encontramos que aparece en estos cuentos un narcisismo marcado por la herida y la psicosis que envuelve, por momentos a algunos de personajes que protagonizan o rivalizan dentro de esta obra.
Merecen estos cuentos una lectura clínica, donde los protagonistas exhiben rasgos de un trastorno obsesivo-compulsivo y características de una personalidad narcisista con un desenlace psicótico.
La erotomanía y el desprecio del "amor" no es hacia Fedora, sino hacia la posesión de su voluntad. Al no ser correspondido y sentirse "un Quasimodo", su ego se fragmenta, despersonalizándolo en el acto final donde el violín se convierte en Fedora y sugiere un brote psicótico. El narrador proyecta su violencia hacia el instrumento (su única pasión previa) para lidiar con el trauma del asesinato real, intentando convencerse de que fue una "operación en contra de su voluntad".
Un elemento necesario a tomar en cuenta en la narrativa de Martín es la función que juega la música como metáfora estructural. Vemos su referencia a “La consagración de la primavera”, lo cual no es casualidad. La música funciona como correlato del caos interior: “La música proyectaba las imágenes de inmensos edificios que rugían como enormes monstruos aprisionados”, observándose aquí que la imagen de los “monstruos aprisionados” traduce visualmente la tensión sonora de la obra de Stravinsky, y al mismo tiempo, el estado psíquico del protagonista.
Juega el autor con una estética de la disonancia. El contraste entre la “música culta y la música popular” (colocamos esta diferencia entre comillas, ya que lo culto o lo popular ha sido más para una diferenciación de clases, donde una es posesión propia de élites “estudiosas” y otra de los “seres vulgares”) aparece claramente cuando dice: “una salsa, un merengue o una dolorida bachata”, haciendo de esta oposición no algo meramente cultural, sino simbólica: donde se revela la fractura interna del personaje.
En su búsqueda del sentido de la existencia José Martín, a través del narrador se encuentra con el absurdo pirandeliano o camusiano de una forma más directa que aquellos autores que hallaron esta característica desde su obra. Como si saliera de un Sísifo cansado vemos que la afirmación “sentía que su vida carecía de sentido” lo sitúa en esa tradición existencialista donde el personaje no encuentra razones para vivir más allá del amor, lo que lo condena a la desesperación.
Así lo vemos transitar entre ilusión y percepción cuando en uno de sus desenlaces introduce una dimensión cuasi alucinatoria: “veía que el rostro de la mujer que estaba frente a él no era el de Digna, sino el de Marlene”… colocándonos en una confusión perceptiva que sugiere una disolución del yo. Aparece de pronto la imagen final que nos narra que “su risa parecía el sonido de un montón de vidrio” condensando la estética del relato entre fragmentación, dolor e imposibilidad de recomposición.
Este es el absurdo que algunos filósofos contemporáneos, como el argentino Darío stansraber reconocen como “Existencialismo Maligno”, colocando al texto en un permanente diálogo con conceptos de la filosofía de la existencia y la ética. Esa Dialéctica del Amo y el Esclavo: El pacto de "inmoralidad" donde la mujer se divide entre dos hombres es un intento fallido de racionalizar el deseo. El narrador se somete a la "tiranía de sus carnes", perdiendo su autonomía existencial (su música) por lo que él mismo nombra una "mórbida pasión".
En algunos momentos de estos relatos vemos un protagonista que llama a la espada "redentora", colocando una visión nihilista donde la única salida a la "burla" de la existencia y al fracaso del amor romántico es la aniquilación del ser y del objeto del deseo. En el relato, titulado "Ciudad cómplice", se ofrece una radiografía cruda de la descomposición social y la psicología de las masas. De este se podría, desde una visión y práctica académica algún día podríamos contar con un estudio sociológico de este que analice las dinámicas de poder, la violencia estructural y la complicidad colectiva que están presentes en la obra, contrastándolas con referentes literarios dominicanos y universales.
En este sentido nos encontramos aquí con el Teatro de la Crueldad donde el texto nos presenta tres ejes fundamentales: primero observamos la descomposición del contrato social, donde la relación entre los individuos, uno que se hace acreedor y otro deudor, no se resuelve mediante las instituciones (justicia, policía), sino a través de la violencia primitiva. La policía aparece como un actor impotente, "mantenida a raya" por un solo hombre armado, lo que sugiere un Estado fallido o una anomia social donde las leyes civiles han sido reemplazadas por la "ley del más fuerte". Cuando hablamos de Estado Fallido nos referimos de manera clara al fracaso de todas sus instituciones ante la corrosión que lo ha poseído siendo sólo un instrumento de poder para favorecer solo a unos pocos.
Segundo, vemos la gran masa como un ente patológico de morbosidad colectiva en el cual el elemento más perturbador es la multitud. El autor la describe como una "legión carnavalesca" y una "jauría de perros", remitiéndonos a la pérdida de la individualidad en la masa. En este caso, el pueblo no intenta detener la tragedia, sino que la consume como espectáculo.
El tercer elemento es la complicidad, con la que vemos que la multitud se destruye a sí misma por el dinero lanzado por uno de sus personajes. Esto nos remite al famoso Ogro escuchando el “No te tomes la molestia, solo obsérvalos. Ellos se destruyen solos”. La "Ciudad cómplice" lo es porque valida la violencia y participa en el caos por codicia.
Entre los factores sociológicos que se desprenden al analizar la cuentíatica de José Martín Paulino es una mezcla de victimización y un heroísmo distorsionado, donde vemos a alguien que siente "satisfacción" al matar y cree que el pueblo lo verá como un "héroe". En esta forma pervertida de valores, el sobrevivir a una ejecución se convierte en un estatus social, y la deuda de sangre se vuelve más real que la deuda monetaria.
Volviendo al cuento “Rumor de violines”, en este se despliega una intensa exploración de subjetividad desgarrada. —“Colocó con firmeza el arma contra la sien, dispuesto a efectuar el disparo liberador”— sitúando al lector en un horizonte trágico donde la muerte aparece como única salida posible. Esta apertura no solo establece la tonalidad, sino que anticipa el eje filosófico del relato: la crisis del sentido.
Sin lugar a dudas, nos encontramos con una voz que cuestiona, desde la función narrativa, la violencia de género. Nos hallamos aquí como episodio en que “ella se negó y él la abofeteó delante de los presentes” evidenciando una dinámica de pleno dominio y control del “macho”. Este acto no es aislado, sino parte de un patrón de conducta.
La mujer, por su parte, encarna una forma de resistencia pasiva: “empezó a ejercitarse en una misericordia hacia él” lo que nos muestra, que con esta actitud puede interpretarse como una internalización del rol de cuidado.
En estos relatos vemos uno de los protagonistas que se describe indirectamente como alguien que “empezó a frecuentar tabernas y bares” y que abandonó su vocación artística, reflejándonos su propio proceso de marginalización social y cultural.
Cuando iniciamos en este breve esbozo mencionando la búsqueda universal de Martín, ya como lector, así también nos encontramos con unos vasos comunicantes que se reflejan en su formación de narrador. El tormento psicológico de los protagonistas recuerda a los personajes de Dostoievski, particularmente por la intensidad de su culpa, cuando en Crimen y castigo, en el que Rodión Raskólnikov, refleja su culpa a través de un intenso tormento psicológico, aislamiento social y deterioro físico
La idealización amorosa frustrada nos vincula con Flaubert, el cual en Madame Bovary nos retrata la desilusión como un choque brutal entre las fantasías alimentadas por la literatura romántica y la asfixiante y monótona realidad, mientras que la relación entre arte y decadencia remite a Thomas Mann, en su Doctor Faustus, donde se nos refleja una alegoría del colapso espiritual y nos ilustra de cómo la búsqueda de la originalidad absoluta conduce a la deshumanización, el aislamiento extremo y hasta un pacto diabólico
La dimensión absurda y la falta de sentido los personajes de Martín dialogan con Camus, especialmente en la imposibilidad de encontrar redención que vemos en Sísifo o en El extranjero.
Podríamos concluir diciendo que en estos cuentos se construye una poética de la destrucción donde el amor, la música y la memoria convergen en una experiencia límite. Con la expresión “llevándose el sonido de La consagración de la primavera” se sugiere que incluso el arte, lejos de salvar, se disuelve junto con la conciencia del artista, asumiendo artista como creador. Estos son una parte de los cuentos de José Martín Paulino. En ellos quizás no se refleje todo el autor, pero destaca un creador narrativo-po|tico de una basta cultura lectora que nos deja, desde ya, una huella imborrable en nuestra literatura.
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