Para quienes estudiamos Psicología en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) en la década de los setenta, la influencia del profesor Enerio Rodríguez nos resulta profunda e imborrable. Era un sabio y un maestro exponiendo los principios y teorías psicoanalíticas de Sigmund Freud, tanto como el análisis experimental del comportamiento de B. F. Skinner y los avances sobre el pensamiento, el aprendizaje y otros procesos mentales. Explicaba los temas con profundidad y detalle, al igual que los planteamientos críticos de sus opositores. Era un apasionado de la verdad más que de las teorías.

Estudió Filosofía en la UASD y Psicología en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Fruto de sus relaciones en esa prestigiosa universidad, vinieron a impartirnos clases de psicología talentosos docentes mexicanos, quienes junto al profesor Enerio nos motivaron a conocer los hallazgos de los psicólogos en el pasado y a informarnos sobre las tendencias contemporáneas en el mundo mediante lecturas en inglés, el idioma del poder y la ciencia hasta ahora.

El profesor era ferviente devoto de Dios. Desde mozalbete estudió en un seminario católico conducido por los jesuitas y militó en la Juventud Revolucionaria Cristiana. Sus creencias religiosas y la doctrina social de la Iglesia las defendió siempre, aun a riesgo de su vida, tanto en el Liceo Juan Pablo Duarte —la Normal— como en la universidad.

A la muerte de su hijo Konrad Lorenz, en 1996, iba cada sábado al cementerio a rezar en su tumba. Y cada 16 de enero celebrábamos una misa en su memoria, hasta que llegó la pandemia del covid-19. En medio de esas circunstancias, se desligó de la docencia presencial porque no creía en la enseñanza virtual. En su condición de cristiano, se manifestaba muy solidario y compasivo con sus semejantes. Era un filósofo, un científico y un ciudadano cabal.

En línea con el criterio del filósofo Immanuel Kant, cumplía las tres reglas para ser feliz: tener algo que hacer, alguien a quien amar y algo por lo cual ilusionarse.

Se mantenía siempre ocupado. No usaba máquina de escribir ni computadora. Redactaba a mano sus notas de clases y exámenes, así como sus libros y ensayos. Nunca condujo un vehículo de motor. Por años iba a pie a sus clases o en vehículo público. Cada día se ejercitaba: durante un tiempo subía y bajaba escaleras, y luego caminaba alrededor de una hora por la mañana y otra por la tarde.

Aunque ya había cumplido 87 años, asistía a sus labores como presidente de la Comisión Central Electoral de la UASD, funciones que desempeñó brillantemente durante dieciséis años hasta el primero de mayo, cuando se le diagnosticó el virus del covid-19. Durante la enfermedad, se mantuvo totalmente lúcido, hasta que lo embargó la inconsciencia y la muerte.

Solo se le conoció una mujer: doña Lidia Ortiz, con quien procreó a sus hijos Konrad y Jenny. Le profesaba un respeto de padre a su hermano mayor, el médico Abraham, y de hijo, al general Ramón Alcides Rodríguez Arias.

Recitaba largos discursos de Cicerón en latín, idioma que leía y traducía, al igual que el inglés, con la misma fluidez con que manejaba el español. Un día, en el aula, llenó la pizarra con los nombres de treinta y tres autores en inglés, latín y español. Recibió decenas de placas y diplomas de reconocimiento.

En sus últimos días, corregía un libro sobre lógica que será publicado por el Archivo General de la Nación como parte de sus obras completas, labor que alternaba con la lectura de Proceso a Jesús y El síndrome de Zeus, los discursos de Cicerón y la revista Rayo de Luz.

Paz al alma de ese maestro, formador e inspirador de generaciones.

¿Habrá perdido América Latina y la sociedad dominicana a otro intelectual y humanista de la talla de Pedro Henríquez Ureña?

El pueblo y las instituciones nacionales sabrán rendirle a su vida y a su obra los homenajes que les corresponden.

William Galván

Profesor de psicología y antropología de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Investigador académico y consultor de empresas.

Ver más