Que enarmorarse, “engrifar[se], ante la firme convicción, “pensar”, de una auténtica y desgarradora ontología, implicatoria de la ingente e inexorable “labor”, o descomposición, fétida, de una rata, vinculada, “maridaje”, a las brozas cotidianas de un basurero, “zafacones”, plantea, de igual manera, una sobria y honda reflexión, verse, sobre la brutalidad de nuestra ronda fortuita, consciente y absurda de ser.

Y es que, ciertamente, en su poema Rata, del galardonado poemario Morir es verse, el autor, Eloy Alberto Tejera, reputado poeta contemporáneo, intuye, leve, que la existencia de todo lo creado, el cosmos, se dispersa, desvanece, ¿irrecobrable?, muy a pesar de las angurrias, “sobras”, que, aun “ingurgitadas”, la apetencia, intrépida, o el “hambre” apremiante de la nutria, acarrea con prisa a la boca en su puro afán, insaciable y voraz, de embuche.

Así, la rata, el hombre, quien refrena muy poco o nada de lo que sucede, arrastra consigo, “carga [a] su nombre”, en virtud de su culpabilidad de origen, “pelaje”, o pecado hereditario, los excesos, desafueros o despojos, “el sucio”, de los que en absoluto podrá sobreponerse, “superar”, en cuanto a su inherente propiedad de plaga. Mordaz, miserable y ahíta.

Eloy Alberto Tejera, autor de "Morir es verse"

Rata

Engrifa pensar su labor de zafacones,

su maridaje con el desperdicio.

Por más sobras que cargue

o se lleve con insistencia a las fauces,

ingurgitadas con épica y hambre,

nunca podrá, ella y su pelaje, superar el sucio

que carga su nombre.