«Si llego a los cien años, haré al menos un mole de guajolote», responde Elena Poniatowska a los comentarios molestos de dos periodistas. Acaba de cumplir 94 el pasado 19 de mayo y está como siempre: entrañable, cariñosa, lúcida. Deseo en silencio que no los invite y, sobre todo, que interrumpan lo menos posible.
Ella también es periodista, lo suyo es hacer preguntas, no responderlas, les advierte, pero este par se empeña en llevarla a la cancha de la política. «No hay nadie más derechizada que yo, soy la tataratataranieta del último rey de Polonia», comenta con humor. Sus maneras finas (y republicanas) le impiden mencionar que desde la cuna gozaba del título de princesa, precedido por una recia serie de nombres y apellidos: Hélène Elizabeth Louise Amélie Paula Dolores Poniatowska Amor.
Pícaramente aclara que el talento de su pariente Estanislao Poniatowski no era político sino amatorio. Catalina de Rusia lo invitó primero a su cama y después a gobernar. Tampoco menciona el libro donde lo cuenta, El amante polaco, ni el Premio Cervantes que le concedieron en 2013, ni los otros reconocimientos, como el homenaje en el Palacio de Bellas Artes, Elenísima 90 años.
En cambio, alude a su infancia en un colegio de monjas, donde los rezos eran obligatorios por los pecados que aún no cometían. Un barco que zarpaba desde Bilbao, el Marqués de Comillas, en plena guerra. Ella, su madre y su hermana, con destino al país que haría suyo, México. No hablaba español; había nacido en París en 1932, agrega mientras acaricia a su gato llamado Váis, guiño doble a su amigo de aventuras, Carlos Monsiváis.
Reportera en un mundo saturado de pantalones, conoce cada rincón de la ciudad de México, cárceles incluidas, y entonces empieza a contar de Buñuel, al que acompañaba a Lecumberri a visitar a Álvaro Mutis. Siqueiros usaba dos celdas, una para pintar y la otra para dormir, y concluye con la carta que le escribió un preso.
Salta con estilo entre recuerdos, anécdotas e historias, como la de María Félix y Jorge Negrete, que eran sus vecinos, y revela uno que otro secreto familiar: «En mi casa, el nombre de Diego Rivera estaba prohibido», nada más por haber pintado desnuda a su tía Pita Amor. Por eso, el día que fue a entrevistarlo, su mamá la acompañó, pero se quedó esperándola en el coche, agrega con desenfado. Igualmente, habla de su admiración por Zapata, pese a que a su familia también le enfurecía la mención del revolucionario. «Se quedó con la mitad de nuestras haciendas», la regañaban y ella, para defenderse, citaba el principio de la tierra es del que la trabaja…
Siempre le ha gustado platicar con el prójimo; sus relatos sobre personas comunes salen cada domingo en el diario La Jornada. Me acuerdo cuando fue a dar una charla a la universidad donde estudiaba, y yo, snob y pretencioso, compré su libro más conocido, La noche de Tlatelolco, con la única intención de que me lo firmara. Por supuesto, sigo sin leerlo; solo veo de vez en cuando las fotos y uno que otro testimonio de la represión de los estudiantes del 68 y, claro, su firma luminosa.
En fin, Elena sabe protegerse de las preguntas repetidas. Así, sin perder la sonrisa, comparte sus planes a partir de los noventa años: escribir y ganar tiempo. Por pura elegancia, olvida que los que ganamos somos todos nosotros, sus lectores.
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