"El hombre puede hacer lo que quiere,
pero no puede querer lo que quiere."
Arthur Schopenhauer
Durante siglos, la filosofía occidental había depositado una confianza extraordinaria en la razón.
Desde los griegos hasta Leibniz y Kant, los grandes filósofos de la modernidad habían intentado comprender las leyes que gobiernan el mundo y establecer los límites dentro de los cuales podía actuar nuestra inteligencia.
Arthur Schopenhauer (1788-1860) llegó para formular una sospecha devastadora. ¿Y si detrás del hombre que piensa hubiera otro que simplemente desea?
Schopenhauer fue contemporáneo de J.G.F. Hegel, pero convirtió su filosofía en una respuesta casi frontal al optimismo racionalista de su época. Mientras Hegel veía en la historia el despliegue progresivo de la razón, Schopenhauer contemplaba la existencia y encontraba algo menos tranquilizador: sufrimiento, lucha, deseo y una fuerza que nunca parece descansar.
Su gran obra, El mundo como voluntad y representación, publicada en 1818, fue ignorada durante décadas.
La ironía no podía ser más apropiada.
Schopenhauer pasó buena parte de su vida deseando el reconocimiento que no llegaba. Cuando finalmente alcanzó la fama, ya había aprendido que satisfacer un deseo no significa necesariamente alcanzar la felicidad.
Justo ahí surge la intuición de su pensamiento filosófico. En el plano de la experiencia humana, es decir, del ciclo psicológico, esa voluntad de índole metafísica se manifiesta como deseo. Deseamos porque algo nos falta; y cuando finalmente lo conseguimos, la satisfacción dura demasiado poco. Entonces aparece un nuevo deseo. Y volvemos a empezar.
Schopenhauer fue el heredero más incómodo de Kant. Kant había mostrado que no conocemos la realidad tal como podría existir independientemente de nosotros. Conocemos el mundo bajo las condiciones de nuestra sensibilidad y de nuestro entendimiento.
Schopenhauer aceptó aquella revolución epistemológica, pero quiso saber qué había detrás de ese mundo que conocemos.
Su respuesta fue sorprendente.
El mundo es representación: todo cuanto conocemos aparece ante un sujeto, organizado mediante formas como el espacio, el tiempo y la causalidad. Pero existe una vía para aproximarnos a algo aún más profundo. Nuestro propio cuerpo.
Puedo observar mi cuerpo como observo cualquier otro objeto. Puedo medirlo, pesarlo, estudiarlo científicamente. Pero también puedo sentirlo desde dentro.
Tengo hambre. Siento dolor. Deseo. Temo. Me impulso hacia algo antes incluso de haber explicado racionalmente por qué. Esa experiencia interior llevó a Schopenhauer a identificar la realidad más profunda con la voluntad.
No se trata de la voluntad consciente que dice ‘quiero comprar esto’ o ‘quiero hacer aquello’, sino de una fuerza metafísica anterior a la deliberación racional: ciega, irracional e insistente. Los deseos conscientes serían, en cierto sentido, manifestaciones particulares de esa voluntad o fundamento metafísico, siempre más profundo que sus manifestaciones concretas.
Así, resulta que la razón explica. La voluntad empuja. Y es ahí donde aparece la contrariedad.
Tal vez no razonamos para decidir lo que queremos. Tal vez razonamos para justificar lo que ya queremos. La inteligencia, en lugar de ser soberana, podría ser una excelente abogada de nuestros deseos.
La concepción de Schopenhauer resulta especialmente incómoda en una época que ha convertido la razón en una máquina de calcular. En verdad, nunca habíamos medido tanto.
Contamos pasos, calorías, pulsaciones, horas de sueño, productividad, ingresos, riesgos, preferencias y niveles de atención. Las empresas convierten nuestros hábitos en datos. Los algoritmos intentan predecir nuestras decisiones. La inteligencia artificial descubre patrones que ningún ser humano podría procesar por sí solo.
Todo parece susceptible de convertirse en una cifra. Vivimos, casi sin advertirlo, dentro de una gigantesca operación de cuantificación. Y es aquí donde Schopenhauer vuelve a resultar sorprendentemente actual. Porque para él medir una conducta no equivale necesariamente a comprenderla.
Podemos saber cuánto tiempo permanece una persona frente a una pantalla sin saber por qué necesita mirar.
Podemos predecir qué producto comprará sin comprender qué significa para ella poseerlo.
Podemos registrar una emoción en el cerebro y describir sus mecanismos biológicos sin haber respondido todavía qué significa experimentar esa emoción.
El número describe. Pero la existencia desborda la descripción.
Schopenhauer no rechazaba la ciencia. Su crítica era de fondo: la ciencia explica las relaciones entre los fenómenos, pero no necesariamente alcanza aquello que constituye su fundamento último.
Por eso desconfiaría de manera visceral del mito moderno según el cual, una vez que algo ha sido medido, explicado y convertido en un modelo, ya ha sido comprendido.
No todo problema humano se resuelve convirtiéndolo en un asunto técnico. Podemos estudiar científicamente el amor. Pero todavía queda una pregunta: ¿qué significa e implica amar?
La cuestión adquiere una dimensión nueva en la era de los algoritmos. La tecnología contemporánea no solamente observa lo que hacemos. Aprende de ello. Descubre nuestras preferencias. Calcula probabilidades. Anticipa comportamientos.
La publicidad ya no necesita preguntarnos directamente qué queremos. Puede inferirlo de aquello que hacemos.
Las plataformas digitales no necesitan obligarnos a permanecer conectados. Les basta con descubrir qué estímulos consiguen mantener nuestra atención.
La máquina no necesita comprender metafísicamente nuestros deseos. Le basta con reconocer sus patrones. Solo que, en ese reconocimiento, Schopenhauer habría encontrado algo inquietante. La tecnología no inventa el deseo, solo encuentra una forma extraordinariamente eficaz de explotarlo.
Por eso vivimos rodeados de estímulos diseñados para producir otro estímulo. Una notificación conduce a otra. Una compra genera una nueva necesidad. Una recomendación produce otra. Un vídeo lleva al siguiente. Y así sucesivamente, de manera tal que la satisfacción dura cada vez menos porque el sistema necesita que el deseo vuelva a ponerse en movimiento.
La dinámica que Schopenhauer describió en términos metafísicos y psicológicos encuentra hoy una versión tecnológica particularmente eficaz: deseamos, obtenemos, nos acostumbramos y volvemos a desear.
El algoritmo simplemente ha aprendido a acelerar el ciclo.
No es necesario imaginar que aquel viejo pensador, tenido en su tiempo por huraño, sostendría hoy que un algoritmo manipula literalmente la “voluntad” schopenhaueriana. Basta reconocer una analogía inquietante: los mecanismos contemporáneos de estímulo y consumo han encontrado formas cada vez más eficaces de activar nuestros deseos, prolongar nuestra atención y mantener en movimiento el ciclo de la insatisfacción.
Y entonces surge la cuestión que atenta contra la estabilidad característica de nuestra época: ¿somos más libres porque tenemos más opciones o somos más dependientes porque tenemos más cosas que desear?
El pesimismo de Schopenhauer aparece al responder esa pregunta. No consiste simplemente en afirmar que la vida es mala. Su argumento es más preciso.
Si la voluntad se manifiesta como un impulso permanente a desear y querer, entonces ninguna satisfacción particular puede ser definitiva.
Cuando carecemos de algo, sufrimos por su ausencia. Cuando lo conseguimos, la satisfacción disminuye. Y cuando desaparece el deseo, aparece el aburrimiento.
La existencia humana oscila así entre dos extremos: el sufrimiento de no tener y el aburrimiento de tener.
Cierto, eso parece una visión excesivamente sombría. No obstante, basta observar nuestra época para encontrar una versión cotidiana de esa intuición.
Nunca hemos tenido tantos medios para entretenernos y, sin embargo, nos aburrimos con extraordinaria facilidad. Nunca hemos tenido tantas posibilidades de consumo y, sin embargo, necesitamos constantemente algo nuevo. Nunca habíamos tenido tantos mecanismos para satisfacer deseos inmediatamente y, sin embargo, la insatisfacción parece haberse convertido en una industria.
La economía moderna necesita que deseemos. La publicidad necesita que sintamos que todavía nos falta algo. Las redes sociales necesitan que volvamos. Los algoritmos necesitan nuestra atención. El sistema funciona mejor cuando la satisfacción nunca es definitiva.
Y aquí Schopenhauer deja de parecer un pesimista más de los del siglo XIX y XX para convertirse en un observador coetáneo a nosotros en el siglo XXI: hemos construido una civilización extraordinariamente eficiente para satisfacer una miríada de deseos insatisfechos.
A pesar de tal absurdo, Schopenhauer no termina en la desesperanza. Si el problema es el dominio de la voluntad, la liberación no consiste en satisfacer todos nuestros deseos, sino en aprender a desprendernos de ellos.
El arte ofrece una primera posibilidad.
Cuando contemplamos una obra, escuchamos música o nos detenemos ante un paisaje sin preguntarnos inmediatamente qué podemos obtener de ello, dejamos por un instante de mirar el mundo desde nuestros intereses particulares.
No queremos poseer. No queremos utilizar ni manipular. Simplemente contemplamos. Por unos instantes, la voluntad se calla y el deseo se transfigura en algo más que él mismo.
La segunda vía es todavía más importante: la compasión.
Si el egoísmo nace de sentirnos radicalmente separados de los demás, la compasión comienza cuando descubrimos que el sufrimiento ajeno no nos es completamente extraño.
Para Schopenhauer, la moral no se fundamenta únicamente en reglas racionales. Se fundamenta en la capacidad de reconocer el sufrimiento del otro como algo que también nos concierne. Y es así que aparece una paradoja hermosa.
El filósofo que desconfiaba tanto de la razón terminó colocando la compasión en el centro de la vida moral. Pudiera ser porque comprendió que una sociedad puede ser extraordinariamente racional y, al mismo tiempo, profundamente inhumana sin empatía ni comunión.
Por eso Schopenhauer tiene algo que decirle a una civilización obsesionada con la optimización.
Queremos trabajar mejor. Dormir mejor. Comer mejor. Producir más. Aprender más rápido. Administrar mejor nuestro tiempo. Y, dado que todo puede medirse, todo puede compararse, todo puede optimizarse, queda una pregunta que ningún algoritmo responde: ¿para qué?
Podemos perfeccionar los medios sin haber pensado suficientemente en los fines.
Podemos construir máquinas cada vez más inteligentes para satisfacer deseos que quizá nunca nos harán felices.
Podemos conocer con extraordinaria precisión cómo actuamos y seguir sin comprender por qué deseamos lo que deseamos.
Ahí se encuentra la verdadera actualidad de Schopenhauer. Leibniz soñó con una razón capaz de ordenar el mundo. Kant mostró que esa razón posee condiciones y límites. Schopenhauer dio un paso más y nos recordó que detrás del animal racional aristotélico hay un animal que desea.
Y quizá esa sea la gran contradicción de nuestra época.
Nunca habíamos sido tan capaces de calcular. Nunca habíamos conocido tantos datos sobre nosotros mismos. Nunca habíamos dispuesto de instrumentos tan sofisticados para anticipar nuestra conducta. Y, sin embargo, seguimos sin resolver la pregunta más sencilla y más difícil de responder: ¿qué merece la pena desear?
Admito que Schopenhauer me produce una impresión ambigua. En mis días de optimismo, me parece excesivamente pesimista. En los días menos optimistas, sospecho que quizá fui demasiado indulgente.
¿Por qué? Porque su filosofía obliga a mirar de frente algo que por lo común preferimos soslayar: no siempre somos los dueños racionales de nuestra propia vida.
Nos gusta creer que elegir entre muchas opciones significa ser libres. Pero Schopenhauer obliga a detenerse ahí.
Más opciones no significan necesariamente más libertad. Una voluntad que desea constantemente puede ser prisionera incluso cuando tiene miles de alternativas.
De modo que posiblemente la libertad no consista solamente en poder elegir; o bien, quizás consista también en aprender a no necesitar constantemente aquello que todavía no tenemos.
En última instancia, una civilización será tanto más libre cuanto menos necesite convertir cada deseo —por arbitrario que sea— en una necesidad.
Ahí termina el cálculo y ahí comienza la filosofía, al igual que una forma más exigente de libertad.
Bibliografía
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Magee, B. (1997). The Philosophy of Schopenhauer. Oxford University Press.
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Schopenhauer, A. (2000). The Two Fundamental Problems of Ethics. Cambridge University Press.
Safranski, R. (1990). Schopenhauer and the Wild Years of Philosophy. Harvard University Press.
Young, J. (2005). Schopenhauer. Routledge.
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