A Fraylin Esteban Pérez

En esta parte, no pretendemos definir el tiempo ni someterlo al rigor geométrico de un concepto que lo clausure en fórmulas, sino sentirlo, como quien deja una huella de luz sobre el agua, una intuición que se sabe verdadera no por demostración, sino por resonancia. Y esto no postula: escucha. No delimita: se deja atravesar. Hablaré del tiempo no como categoría mensurable ni como flecha irreversible que hiere la voz del futuro desde las orillas del pasado, sino como experiencia plástica en el acto poético, como una vibración que la conciencia modula cuando se abre al enigma. El tiempo, en la poesía, no es aquello que pasa: es aquello que se densifica, que se curva en bucles que se demoran o se aceleran según la respiración perceptiva… Desde una visión taocuántica, en la que el fluir del Tao se entrelaza con la indeterminación cuántica y la plasticidad neuronal, el tiempo se revela como una pulsación de la conciencia, una impregnación instantánea de probabilidades frecuenciales que se actualizan en el instante en que el lenguaje arde. No se trata, pues, de decir qué es el tiempo, sino de intuir cómo se vuelve maleable cuando el poema lo habita en palpitaciones… No nos ocupamos de cosas como definir o capturar el tiempo en la red de la razón. Esa no es tarea de la poesía. En ella no hay centro ni bordes: en su anatomía cualquier punto es equidistante de sus iguales; de manera que si se insiste en buscar en la redondez el centro y el borde, veremos que todas las partes tienen vocación  para ambas cosas.

Cuando decimos que definir el tiempo no es algo de lo que se deba ocupar la poesía, estamos afirmando algo muy profundo sobre la naturaleza misma del lenguaje poético. Definir implica delimitar, imponer contornos, establecer fronteras conceptuales. La definición pertenece al territorio de la filosofía, de la física, de la metafísica sistémica. Definir es trazar una línea alrededor de algo y decir: “esto es y no otra cosa”. Es un acto de precisión racional. Pero la poesía no trabaja así. La poesía no clausura: abre; no delimita: expande; no captura: evoca… Definir el tiempo comprende necesariamente convertirlo en un concepto. Y cuando la poesía lo tasta, el tiempo se vuelve experiencia. La poesía hace que el tiempo ocurra. Cuando un verso logra que el pasado arda en el presente, cuando un recuerdo se vuelve punzante ahora mismo, cuando una imagen anticipa lo que aún no sucede, la poesía está mostrando la plasticidad del tiempo sin definirlo… Definirlo no es adentrarse en la esencialidad del tiempo, sólo lo muestra como algo estático; mientras que la poesía lo revela en su fluir, en su naturaleza entretejida con el espacio y el acontecer de las cosas… Definir es cerrar una puerta. Poetizar es estar sin puerta… Además, ¿quién soy yo para decir lo que es el tiempo? ¿Quién podría con suerte diseccionar el tiempo, separarlo en sus partes, para penetrar y entender su biología, su estructura interna y dinámica?… Por lo menos, a quien creo ser no se le hace posible, porque el tiempo no es ni en su estar separado de nada, no sólo del espacio; también se procedería sin suerte al pensar que sea algo posible de aislar para un estudio en su naturaleza total: el tiempo está tejido a todo, como la humedad al agua, y es por lo que de él sólo percibimos la impresión de que acontece, de un fluir, hacia el cambio; desde la hoja que madura de amarillo hasta una puesta de Sol… Yo también estoy hecho de tiempo. Y eso me hace extraño a mí mismo.

El taoísmo, cuya raíz se ahonda en el silencio de la mirada que no interfiere, nos sugiere que toda forma es tránsito y que todo tránsito es retorno, en los atajos interiores del fuego que regresa todo al origen, para, como el polen, volver a empezar en otros atavíos. En el Tao no hay antes ni después: hay ritmo. El agua no corre hacia el mar porque el mar esté delante; corre porque su naturaleza es fluir. De igual modo, el tiempo no avanza porque exista un futuro que lo llama, sino porque la conciencia lo experimenta como movimiento. En el acto poético, esa experiencia se libera de la cronología y entra en la respiración circular del Ser… El verso suspende la linealidad, pliega el instante sobre sí mismo, hace que la infancia irrumpa en la vejez y que la muerte respire dentro del nacimiento. El poema no narra el tiempo: lo reconfigura. Lo vuelve dócil a la intuición. Lo transforma en material dúctil, como arcilla luminosa que el poeta amasa con la memoria y la expectativa. La plasticidad del tiempo en la poesía es, entonces, la evidencia de que el tiempo no es una estructura externa, sino una vibración íntima que puede expandirse o contraerse según la profundidad de la mirada poética.

La física cuántica establece que la realidad no es una sustancia sólida, sino un campo de probabilidades que se actualiza al ser observado. El electrón no “está” en un lugar fijo antes de la medición; es una nube de posibles presencias que colapsa en un punto cuando la conciencia interviene. Si trasladamos esta intuición al ámbito de la experiencia temporal, podríamos decir que el tiempo tampoco “está” previamente determinado como línea rígida, sino que es un campo frecuencial que se actualiza en el acto perceptivo. La poesía, en este sentido, es un laboratorio de colapsos luminosos: cada metáfora es un acto de observación que condensa infinitas posibilidades temporales en una imagen vibrante. El pasado no queda atrás; se reactualiza. El futuro no espera adelante; late como potencialidad presente. El ahora no es un punto microscópico entre dos abismos, sino una expansión donde convergen todas las frecuencias… El tiempo, así entendido, no es una flecha, sino una respiración cuántica que la conciencia modula con su atención.

En una pasada entrega, “La memoria: autonarrarse” (1-2-26, acento.com), desde un enfoque propio de la neurociencia, vimos ya que el cerebro no registra el tiempo como un reloj homogéneo, sino como una construcción dinámica que depende de la emoción, de la memoria, del contexto. Un instante que nos amenaza o que no sea de nuestro agrado puede dilatarse hasta volverse eterno; en cambio, ese mismo instante, pero en estado de gozo, puede evaporarse como un suspiro. La percepción temporal es plástica porque el cerebro, su operatividad neuronal es plástica: la plasticidad de su naturaleza es atemporal. Las redes neuronales se reconfiguran según la experiencia, y con ellas se reconfigura la noción de lo que llamamos tiempo… En el acto poético, esa plasticidad alcanza su máxima intensidad: la palabra activa circuitos de memoria, despierta imágenes dormidas, entrelaza pasado y presente en una sentida simultaneidad. Cuando el poeta escribe “era la mañana de mi infancia”, el cerebro no traduce esa frase en una línea cronológica, sino en un paisaje sensorial donde el olor, la luz y la emoción se hacen presentes aquí y ahora. En la poesía el tiempo no es externo al sujeto, sino una construcción viva que se reorganiza con cada evocación. Así, el poema no describe el tiempo: lo reprograma.

La psicología profunda, al explorar los estratos de la psique, ha descubierto que el inconsciente no distingue con claridad entre lo que fue y lo que es. Un recuerdo reprimido puede influir en el presente con la misma intensidad que un acontecimiento actual. El tiempo psíquico es toroidal, simbólico, mítico. En el sueño, los siglos se mezclan; en el trauma, el pasado se repite como si aún estuviera ocurriendo; en la esperanza, el futuro se experimenta como certeza anticipada. La poesía participa de esa lógica simbólica: crea un espacio donde las dimensiones temporales se entrelazan sin jerarquía. La metáfora es una bisagra que une instantes distantes; la imagen poética es un puente donde el ayer y el mañana se reconocen como variaciones de una misma vibración. Cuando el poeta nombra, no señala un punto en la línea del tiempo; abre una frecuencia donde múltiples planos del tiempo resuenan simultáneamente. La plasticidad temporal en la poesía es la manifestación estética de una verdad psíquica: el tiempo es maleable porque la conciencia lo es.

La filosofía, por su parte, oscila entre concebir el tiempo como devenir irreversible y como eternidad encubierta. Sin embargo, más allá de las categorías, la experiencia íntima sugiere que el tiempo es una tensión entre permanencia y cambio. En la poesía, esa tensión se vuelve perceptible: el poema fija un instante, lo inmoviliza en palabras, y, al mismo tiempo, lo hace fluir en cada lectura, ser otro y el mismo: el mismo cuando está en reposo; y otro cada vez que haya su lector. El texto permanece; la experiencia cambia. Cada vez que se lee un verso, el tiempo se reactualiza. No hay repetición idéntica; hay recreación. El acto poético es una intercepción donde la duración se condensa y se expande, donde la eternidad se insinúa en lo efímero. Desde esta perspectiva, la plasticidad del tiempo no es una ilusión subjetiva, sino la manifestación de que el ser humano participa en la configuración de la temporalidad. No somos mero contenido de una corriente que nos arrastra; somos co-creadores de la forma que esa corriente adopta en nuestra conciencia.

Hablar de una visión taocuántica con relación al tiempo y plasticidad en la poesía, es reconocer que el fluir del Tao y la indeterminación cuántica convergen en una misma intuición: la realidad no es rígida, sino dinámica; no es lineal, sino ondulatoria. El tiempo, en este horizonte, es onda antes que flecha. Es vibración antes que trayecto. La poesía taocuántica capta esa naturaleza ondulatoria y la traduce en ritmo, en cadencia, en pausa, en sentido que no cesa en su vocación para la multivosidad que entraña y la verdad poética que devela. En ella, el verso no avanza como una locomotora; oscila como una respiración. Cada palabra es un pulso que altera la frecuencia del lector. La experiencia temporal del poema depende de esa oscilación: se ralentiza en la contemplación, se acelera en la intensidad, se detiene en el silencio entre dos imágenes. El silencio, precisamente, es la prueba más luminosa de la plasticidad temporal: en él, el tiempo parece suspenderse, pero en realidad se expande. El vacío no es ausencia; es potencialidad pura. Así como el espacio cuántico está lleno de energía latente, el silencio poético está cargado de duración implícita… Decir que el tiempo es una impregnación instantánea de probabilidades frecuenciales significa reconocer que cada instante contiene más de lo que aparenta. El ahora no es un punto indivisible, sino un campo vibrante donde convergen memorias, expectativas, percepciones y deseos. La conciencia selecciona, organiza, jerarquiza esas probabilidades y las experimenta como secuencia. Pero en el fondo, esa secuencia es una interpretación. La poesía desestabiliza esa interpretación y nos devuelve a la riqueza del campo de las infinitas probabilidades. Al leer un poema, sentimos que el tiempo se espesa, que adquiere textura, que deja de ser abstracto para volverse casi táctil. La imagen poética es una cristalización de frecuencias: en ella se condensa la energía de múltiples instantes. Por eso un verso puede acompañarnos toda la vida; porque el tiempo en él se ha vuelto compacto, disponible, siempre actualizable.

En esta perspectiva, el pasado no está muerto ni el futuro es inexistente. Ambos son dimensiones de una misma vibración que la conciencia puede sintonizar. La memoria no es archivo; es recreación. La anticipación no es fantasía; es ensayo de realidad. El poema es el instrumento que afina esa sintonía. Al escribir, el poeta no se limita a registrar lo que ha ocurrido; explora lo que podría haber ocurrido y lo que podría ocurrir. Se mueve en un espacio de superposición donde los tiempos coexisten. La plasticidad del tiempo en la poesía es, en última instancia, la evidencia de que la realidad no está cerrada, sino abierta a la interpretación creadora. El acto poético es un acto de libertad temporal: nos libera de la tiranía de la cronología y nos introduce en la danza de las posibilidades… Así, el tiempo no es una línea que se extiende desde un origen hacia un destino ni una flecha que atraviesa el vacío con dirección única, sino pulsación de la conciencia, un latido que se expande y se contrae, una vibración que se actualiza en cada percepción. En la poesía, esa pulsación se vuelve consciente de sí misma. El poema es el espejo donde el tiempo descubre su maleabilidad. Y al descubrirla, nosotros también nos descubrimos como seres capaces de modelar nuestra experiencia temporal. No dominamos el tiempo como quien domina un objeto; lo habitamos como quien habita un ritmo. La plasticidad del tiempo en la poesía es, definitivamente, una invitación a vivir de otro modo: a sentir que cada instante es un cruce de infinitas frecuencias, que cada palabra puede alterar la textura de la duración, que cada silencio puede abrir un espacio donde el pasado, el presente y el futuro se reconocen como variaciones de una misma luz vibrante que nos descubre.

Ramón Antonio Jiménez

Poeta

Ramón Antonio Jiménez, natural de Valparaíso, San Francisco de (RD). Creador del ideario estético taocuántico cofundador y director de La Comunidad Literaria Taocuántica.

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