Para todos mis compañeros de Primero H en La Perito (Liceo secundario Víctor Estrella Liz)

El cantante Alex Bueno y yo fuimos cuasi absolutamente contemporáneos. No obstante, dicha contemporaneidad solo alcanzaba a ser cierta en términos etarios: él había nacido en 1963; yo vine al mundo en 1964. Pero, aunque nos espigábamos en la común adolescencia, él crecía hacia la fama nimbado por las luces de los proyectores en los escenarios, mientras que yo me hundía en la grisura metafísica de la pregunta por el ser. Él entraba con tronido de aplausos bajo el haz de un cono reflector; yo zozobraba en la negrura de mis continuas aflicciones por perseguir quimeras, amores más que impropios, sentimientos abisales en ciertas noches con lunas en menguante y un cuaderno. En la escuela secundaria yo descubrí a la vez la pena y la poesía, las discotecas y la invariable falta de dinero. Bebía un cóctel fatal, del cual pedí dos tragos, ambos con bastante hiel(o).

La primera vez que lo vi fue en el Teatro Agua y Luz, en el verano de 1982. Él tenía casi dieciocho años; yo tenía diecisiete, acercándome a los dieciocho. Se trataba de la fiesta de graduación conjunta de dos promociones del bachillerato: 78-81, 79-82, y conseguimos que las llamadas horas bailables fueran interpretadas por El Equipo del maestro Dioni Fernández (con un novísimo Sergio Vargas secundando a Charlie Rodríguez) y por la orquesta de Fernando Villalona (con un novísimo Alex Bueno acompañando coros y un solo merengue en su haber grabado: "Piel canela", del inmortal Bobby Capó).

Lo vi, pues, en aquella celebración al son de congas y güira. Tímido, sencillo, endeble en su mediana estatura. Bailarín no tan dotado, con un bigote en formación —igual que el mío. Y me hice de inmediato alexbuenista. Comencé a padecer las calenturas del síndrome Alex Bueno, aunque ignorase aún los síntomas, diagnóstico y tratamiento. Era imposible no identificarme con él, de tan cercano a nosotros: flaco como Henry Súper Hueso, espigado como Antonio Estrella, tratable como Guillermo Martínez, inocente como José Mecha. Tenía caché, como Andrés Peguero; carácter y entereza, como Dominicano; pantalones campana y afro, como yo. Elegí mi prototipo: quise ser como Alex Bueno.

Pero había algo más. Siempre lo hay. Alex Bueno emergió como contraste de Fernandito Villalona y, vaya contrasentido, precisamente junto a él, Mayimbe y Mayimbito. Se trataba de elegir entre tabaco y ron, pedirle a Juanita que te meciera en su hamaquita o preguntarle, con voz acongojada, ¿quién te eriza el pelo, quién te ama de noche, quién te dice "te quiero"? Eran dos islas o una isla partida en dos, como la nuestra. Figuras dispares, aunque cantaran a dúo Amada mía.

En plena adolescencia, andábamos en busca de una definición de la masculinidad, de armar el puzle de nuestra identidad con diferentes arquetipos: padres, hermanos, amigos, figuras de cine o televisión. ¿Con cuál de ellos dos yo podría coincidir? Con Fernandito no: yo era el tipo de muchacho que azotaba los jardines del vecindario camino de la escuela decapitando flores para entregarlas a las chicas. A Fernandito las mujeres lo derribaban para robarle un beso (yo rogaba porque en el juego la botellita se detuviera justo frente a mi musa para poder besarla en la mejilla). Fernandito transpiraba feromonas (yo transpiraba lástima, transpiraba de verdad para pedir que aquella me diera amores).

No existe el síndrome de Fernandito: ese es más bien el tópico del macho cabrío del cuadrante, el tíguere gallo dominicano, el que mea más lejos que todos los demás. Abunda. Es el modelo. Es el que se desabrocha la camisa hasta el último botón, muy cerca del ombligo. El que suda mientras canta como quien hace el amor. El que mueve su pelvis como aludiendo a un acto íntimo, a la vez que simula un bulto enhiesto en la pretina de su pantalón. El que hacía desmayar a las muchachas. El que sabía tirar el puño. El que todos querían ser.

Del síndrome Alex Bueno, en cambio, pecamos unos pocos. Alex Bueno era el poeta, quien podía hablar bonito. La voz de Villalona era explosiva, la de Alex un susurro sincopado. Así cantaba, para no romperse; parecía de cristal como un gorrión al despuntar el día. Su languidez era tan visible como las hojas de calco, como las salamanquejas. Tenía fisonomía de serenatero: atravesé la noche hasta tu casa / partí la luna en dos / como muestra de amor / te doy mi serenata… y me lo juego todo, ¡cuidao! Villalona, en cambio, era como el mecánico de brazos gruesos, el carpintero semental del barrio, un cernícalo voraz de codornices. Y uno que prefería verse un poco frágil, hambriento de mal de amor, parecer necesitar ser protegido, salvado de una herida: Si tú supieras como quisiera / estar contigo día tras día / para entregarte mi vida entera / y tenerte atada a la vida mía.

Y así se fue imponiendo al Mayimbe el Mayimbito: por una vez ganaba el derivado, por lo menos para mí. Su registro melódico aparecía en todas partes, su trino melifluo. Con Colegiala, en el colegio, ávidos por comer del fruto prohibido, aunque tuviera por alma un corazón de madera. ¡Qué cara más bonita tiene esa niña! Me muero por ella, pero no sé cómo decirle que la quiero, que muero por ella. ¡Ay, Dio mío! ¿Qué?

Alex Bueno sonaba en las cocinas, en un burdel, en los puestos callejeros de discos de la Duarte con París, en la televisión. También en las gargantas de mi hermano Tico y yo cantando a vozarrón Querida sobre una escalera mientras pintábamos la casa de tía Consuelito en el Ensanche Ozama. Y su canto era un gorjeo en tus orejas sin aretes (ahora lo recordarás, amor de entonces) cuando te susurraba, con la sangre en llamas, te necesito, como las nubes al viento, como las aves sus alas para volar.

Recompongámonos, poniéndonos ahora formales y teóricos: jamás se debería subestimar la sustantiva capacidad de la cultura popular para moldear la personalidad de los sujetos en formación. Todo es muy serio durante la adolescencia. Todo es cuestión de vida o muerte. Para la educación sentimental nos sirven más Lolita y José José que Schopenhauer y André Breton —aunque haya escrito El amor loco. Como dice en un poema Blanca Andreu, el cianuro Cioran viene sobre las diez (las diez de la noche de la vida, añado yo), pero antes anduvo transitando las arterias el veneno de un bolero. Las muchas cosas que aprendes en los libros necesitan tener un cable a tierra, una canción, un merengue bailado pegadito con un paisaje al fondo.

Hechos hombres, volvimos a encontrarnos de la peor forma posible. En un invierno de los 90, saliendo de casa de Alexis Gómez Rosa, me dirigía a bajo cero a la parada del metro 1 en la 168 Street, Manhattan. Mi método de supervivencia al frío extremo caminando era entrar a calentarme a cuanta casilla telefónica encontrara. Entré de repente en una, y allí estaba Alex Bueno, envuelto en nubes de marihuana y con la vista totalmente perdida. Cerré despacio. Salí. Mi síndrome Alex Bueno se había curado.

Él también se curó después, vicio por vicio, de todo. Y ahora, libre de lacras, se ha muerto.

La vida es como una ruleta, cantó Alex Bueno alguna vez.

León Félix Batista

Escritor

León Félix Batista (Santo Domingo, República Dominicana, 1964), ha publicado El Oscuro Semejante (1989), Negro Eterno (1997), Vicio (1999), Burdel Nirvana (2001, Premio Nacional de Poesía “Casa de Teatro”), Mosaico Fluido (2006, Premio Nacional de Poesía “Emilio Prud'Homme 2005”), Pseudolibro (2008, Premio Nacional de Poesía “Universidad Central del Este 2006”), Un minuto de retraso mental (2014, Premio Nacional de Poesía “Emilio Prud'Homme 2013”) y Música ósea (Cascahuesos, Perú, 2014). Existen varias ediciones, excrituras y antologías de algunos de estos libros: Se borra si es leído, poesía 1989-99 (2000); Crónico –segunda edición de Vicio– (Tsé-Tsé, Buenos Aires, 2000); Prosa del que está en la esfera (Tsé-Tsé, Buenos Aires, 2006, Universidad Autónoma de Santo Domingo, 2007); Inflamable (La Propia, Montevideo, 2009), Delirium semen (Aldus, México, 2010), Caducidad (Amargord, Madrid, 2011), Sin textos no hay paradiso (Gamar Editores, Colombia, 2012), el libro electrónico Joda poética completa (antología personal, 2013), El hedor de lo real en la nariz imaginaria (Ruido Blanco, Quito, 2014), Duro de leer (Viento y Borra, Santo Domingo, 2015), Próximo pasado (Editorial Praxis, México, 2018) y Prosa de fabricación casera (Casa Vacía, Virginia, 2018). En 2003 se publicó en Brasil la antología español-portugués Prosa do que está na esfera (Olavobrás, Sao Paulo, traducción de Claudio Daniel) y en 2014 la versión al portugués de Mosaico Fluido (Lumme Editores, Sao Paulo, traducción de Adriana Zapparoli). Aparece incluido en una veintena de antologías de poesía publicadas en diversos países, entre ellas Zur Dos (última poesía latinoamericana, Bartleby, Madrid, 2005), Jardín de Camaleones (la poesía neobarroca en América Latina, Iluminuras, Brasil, 2005), Cuerpo Plural (antología de la poesía hispanoamericana contemporánea, Pretextos, Valencia, 2010), Poesía esencial dominicana (Visor, Madrid, 2011), y País imaginario (Ruido Blanco, Ecuador, 2011; Amargord, Madrid, 2014). Ha sido parcialmente traducido al inglés, sueco, alemán, italiano e hindi. Es Máster en Gestión de las Industrias Culturales y Creativas. Dirigió la Editora Nacional y el Festival Internacional de Poesía de Santo Domingo.

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