Todo auténtico poeta es la resonancia de una verdad mayor que se dice de a poco, como si se fuera develando un rompecabezas que en su totalidad no podríamos resistir. Y cada resonancia tiene su modo de afectarnos, de poseernos, atravesarnos y dejarnos temblando en su ecosistema de misterios. Cada poeta genuino es una manifestación inédita de la poesía que, de modo inmanifiesta, ya estaba en el lector… Y es así como, asomado hacia lo que se dice a través de Emmanuelle Taveras, se nos muestra una poética que se levanta como una de esas raras arquitecturas del espíritu que parecen haber sido edificadas simultáneamente por el silencio y la revelación. Su palabra no nace del mundo visible sino de una región anterior al lenguaje, allí donde la conciencia todavía conserva el asombro primordial de las primeras preguntas y donde el ser humano, enfrentado a la inmensidad del misterio, descubre que toda existencia es apenas una vibración fugaz en el tejido infinito del cosmos… No resulta extraño que Manuel Mora Serrano, al aproximarse a la obra de este signatario del ideal estético taocuántico, reconociera en ella “una extraña madurez y un derroche de densidad inusitado, pues desde sus primeros versos advertimos una voz que parece haber atravesado largos corredores interiores antes de manifestarse en la palabra poética. No se trata de una poesía de superficie ni decorativa; es una poesía de profundidad ontológica, una poesía que interroga el origen y el destino, la sombra y la luz, el tiempo y la eternidad, el cuerpo y aquello que secretamente lo trasciende.

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Emmanuelle Taveras.

Desde el poema inaugural, Silencio(p. 15), de su libro Metamorfosis de la sombra”, se asoma la madurez de un creador en quien se empina íntimo el natural sentido de la poesía. Veamos a continuación de cuerpo entero el citado texto: 

Vasta es la hierba de la noche blanca / donde pastan mis inquietudes antiguas, / de mi techo vacío cargo el peso del misterio consciente / que me observa, pero sólo soy eco cifrado / de una estrella que parte sin vestigios. // El ebrio indicio me llama por mi nombre / y me invita a pescar en el infinito / ¿Pero de qué le sirve a un extranjero una morada / cuando ya es un suspiro, / cuando ya es sombra y ceniza, / cuando ya es viento y hoja otoñal / que terminarán juntos en el recuerdo de la tarde?

 Se percibe en este una de las constantes fundamentales de su orbe creativo: la conciencia de la condición transitoria del ser humano. Cuando escribe: “Vasta es la hierba de la noche blanca / donde pastan mis inquietudes antiguas”, el poeta no nos sitúa en un paisaje físico sino en una geografía espiritual. La noche blanca constituye una paradoja reveladora: oscuridad iluminada, sombra atravesada por la claridad, vacío fecundado por la conciencia. Allí pastan las inquietudes antiguas, como si los pensamientos fueran criaturas errantes alimentándose en los prados del misterio. El yo poético no se presenta como una entidad sólida ni como una identidad cerrada; por el contrario, se reconoce apenas como “eco cifrado / de una estrella que parte sin vestigios”. Esta imagen resume gran parte de la poética de Emmanuelle Taveras. El hombre no es centro sino resonancia; no es permanencia, sino tránsito; no es origen, sino reflejo de una realidad más vasta e insondable.

La estrella que parte sin dejar huellas introduce una de las intuiciones más profundas de esta escritura: la fugacidad. Todo cuanto existe parece hallarse sometido a una ley de transformación permanente. Ninguna forma permanece idéntica a sí misma. Todo cambia, todo fluye, todo se metamorfosea. De ahí que el sujeto poético se interrogue: “¿Pero de qué le sirve a un extranjero una morada / cuando ya es un suspiro, / cuando ya es sombra y ceniza…?”. La pregunta no busca respuesta; constituye una iluminación. El ser humano aparece como extranjero en el universo, habitante provisional de una realidad cuya naturaleza última desconoce. La casa, símbolo tradicional de estabilidad y del anhelado regreso, pierde sentido frente a la evidencia de la impermanencia. El hombre es viento, hoja otoñal, recuerdo futuro de una tarde que todavía no termina de extinguirse… Y esta conciencia del tránsito alcanza una de sus expresiones más bellas en “Confesión de otoño” (p. 20), poema donde la identidad poética se diluye en una serie de metamorfosis sucesivas. Citamos:

Los nenúfares  cubren la desnudez de la tarde / mientras sorprendo la primera estrella. // Mi vuelo nocturno / hereda de la noche su silencio, / nadie sabe que soy sombra incorpórea / en la vela sideral, / nadie sabe que soy ángel de carne / que viaja en vibraciones por la niebla / absorbiendo el perfume /de las flores que sudan su último rocío / antes de nacer el verso / de la raíces ancestrales / de los cuerpos de piedras y epígrafes. / Conozco la canción del viento. / Su vuelo sonoro se parece / a las tardes tristes / que traen en sus manos / los últimos restos / de caracoles. // Soy la piedra insomne / de lagos verdosos, / la estatua de párpados inmóviles / que suela bajo la lluvia de idealidades”.

En esta parte, el poeta declara a modo de sentencia: «nadie sabe que soy sombra incorpórea / en la vela sideral”, para luego afirmar: “nadie sabe que soy ángel de carne”. La coexistencia de ambas imágenes revela una de las claves esenciales de esta poética: la unidad de los contrarios. Carne y espíritu, materia y energía, sombra y luminosidad dejan de oponerse para integrarse en una misma corriente de existencia. El poeta se percibe como una frecuencia vibratoria desplazándose por la niebla del universo, absorbiendo perfumes, recogiendo memorias ancestrales, escuchando las voces ocultas que emanan de las raíces del mundo. Aquí es notable cómo la naturaleza deja de ser mero paisaje para convertirse en lenguaje metafísico. Los nenúfares, las estrellas, los lagos, el viento, los caracoles, las lluvias y las piedras participan de una misma respiración cósmica. Todo parece hallarse conectado por vínculos invisibles. El universo entero se transforma en una vasta red de correspondencias. La piedra sueña, el viento canta, la niebla transmite memorias, las flores custodian revelaciones. Esta visión recuerda que para Emmanuelle Taveras la realidad visible constituye apenas una manifestación parcial de dimensiones más profundas. El poeta escucha aquello que el ruido cotidiano suele silenciar.

En el referenciado texto, y de manera particularmente significativa, resulta novedosa la afirmación: “Conozco la canción del viento”, dice el poeta. No se trata de una manida metáfora, sino de una declaración de principios estéticos. Conocer la canción del viento significa haber desarrollado una sensibilidad capaz de escuchar lo aparentemente inaudible, aquello que late tras el espesor del silencio. La poesía surge precisamente de esa escucha. El poeta no inventa el misterio: lo percibe, lo habita. No fabrica el canto: lo recibe, resuena en él como cuenco de aire. Su tarea consiste en traducir al lenguaje humano las vibraciones ocultas que atraviesan el universo… Así mismo, en “Anhelo” (p. 24), texto también contenido en “Metamorfosis de la sombra”, se empinan los rasgos que perfilan la voz poética de su creador. Lo citamos íntegramente a continuación:

Sí mi vida se llenara de hastío / y mi canto poético / cruzará el umbral del olvido / en su voz de elegía degradada, / no me cierren la puerta sideral, / déjenme vagar / en el pasto brillante / origen de mi canto”.

Se trata también aquí, de uno de los caracteres identitarios de su voz. Y en cuanto a tal, se revela sin tropiezo la poética de Emmanuelle Taveras, en la que alcanza una desnudez expresiva conmovedora. Los versos son breves, pero contienen una extraordinaria intensidad espiritual. Cuando se da a decir: “no me cierren la puerta sideral, / déjenme vagar / en el pasto brillante / origen de mi canto”, asistimos a una declaración de fidelidad absoluta a la fuente originaria de su creación. Incluso si la vida se llenara de hastío o el canto cruzara “el umbral del olvido”, permanecería intacta la necesidad de regresar al lugar primordial donde nace la palabra. La poesía aparece entonces como una forma de retorno. Un retorno hacia la energía original del Ser. Y esta dimensión existencial alcanza un tono singularmente dramático en su poema bajo el título  “Último diálogo” (p. 30). Citamos:

Las aves emigran, / dejando pétalos de lágrimas en mis ojos. // -Nadia, la noche es demasiado grande / para enjaular su silencio, ) toca mis huesos, / antes que mis cenizas se esparzan / en el cielo gris de la humanidad”.

Las aves emigran dejando “pétalos de lágrimas” en los ojos del hablante. Con esto logra que la imagen fusione naturaleza y emoción en una misma experiencia de pérdida. La emigración de las aves simboliza el alejamiento de todo cuanto amamos, mientras el llamado (en modalidad enunciativa), dirigido a Nadia introduce una dimensión profundamente humana. Sin embargo, incluso en medio de la intimidad afectiva, la reflexión trasciende lo personal para alcanzar una resonancia universal, cuando dice: “La noche es demasiado grande / para enjaular su silencio”. Estamos ante una verdad que desborda el ámbito individual. El silencio posee una amplitud cósmica imposible de aprisionar. La existencia humana apenas puede rozarlo antes de disolverse en él… Mientras que en el enunciado “Serenata astral” (p. 32), aparece otra característica fundamental de la poética de Emmanuelle: la transmutación. Veamos:

“–Abigail, hoy una caracola / transmutó el viento en su interior y se hizo canción. // Un libro cubierto en capas de piel / guarda en su interior una flor marchita / con aroma a melancolía, / vestida del color que poseen / cuando se pierde el sentido del latir. // El vuelo en ondas de misioneros pájaros / visten de mañana el canto enjaulado / citado en el verso donde murió la flor / sí, la misma flor del libro de capas de piel / con aroma a melancolía / sí, la que aún está vestida con color de la muerte. // Abril siempre será la mejor época para morir, / y transmutar en el sonido de un ave / que despierta los vestigios del Sol; / justo al  opuesto donde yacen desnudos  / los rostros de mis recuerdos de carne. // Si sueñas observando los ojos que te observan / y despiertas en la nebulosa de un campo solitario / deja correr tus pasos / deja abrir tus alas / deja fluir tú cuanto / pues, ya eres poesía”.

Y es así: nada permanece inmóvil. Todo se transforma en otra cosa. Una caracola se convierte en canción, en antiguo rumor del mar, incluso en pétrea espiral del tiempo. Una flor marchita conserva el perfume de la melancolía, un recuerdo que sin fatigarse desea permanecer. El dolor muta en poesía. La realidad entera participa de un proceso incesante de transformación energética. Por eso el poeta afirma que abril es la mejor época para morir y transmutar en sonido. No habla de desaparición sino de metamorfosis. Morir equivale a cambiar de frecuencia, a desplazarse hacia otra forma de existencia. Y la flor, cuya presencia atraviesa todo el poema, constituye uno de los símbolos más reveladores de la obra. Es memoria, pérdida, belleza efímera y persistencia espiritual al mismo tiempo. Aunque marchita, continúa irradiando significado. Aunque asociada a la muerte, conserva su perfume, su aura de enigma. En ella se sintetiza la visión poética de Emmanuelle Taveras: toda desaparición encierra una forma secreta de permanencia… Entonces, el cierre del poema resulta profundamente revelador cuando expresa: “deja correr tus pasos / deja abrir tus alas / deja fluir tu canto / pues, ya eres poesía”. Aquí se encuentra condensada toda una filosofía creadora. La poesía deja de ser un género literario para convertirse en un estado del Ser. No es algo que se escribe; es algo que se encarna. El poeta auténtico no produce poemas; se transforma él mismo en poema viviente, en vivencia que se dice sola, en la respiración que atraviesa el enigma que pulsa en todas las cosas. La existencia entera deviene en acto poético.

En conjunto, la poética de Emmanuelle Taveras puede entenderse como una exploración permanente de las relaciones entre conciencia, naturaleza, tiempo y trascendencia. Sus imágenes no buscan describir el mundo sino revelar las fuerzas invisibles que lo sostienen. Su lenguaje avanza mediante símbolos de gran densidad espiritual, creando una atmósfera donde la reflexión metafísica y la emoción lírica convergen en un mismo cauce expresivo. Nos encontramos ante una poesía que no teme dialogar con el misterio, que convierte la sombra en conocimiento y el silencio en revelación. En ella, cada hoja otoñal, cada estrella fugitiva, cada flor marchita y cada ave migratoria participan de una misma sinfonía cósmica donde el ser humano descubre que su verdadera morada no es la tierra que pisa, sino la infinita vibración de conciencia que lo une al Ser de todas las cosas.

Ramón Antonio Jiménez

Poeta

Ramón Antonio Jiménez, natural de Valparaíso, San Francisco de (RD). Creador del ideario estético taocuántico cofundador y director de La Comunidad Literaria Taocuántica.

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