Tuve la oportunidad hace un par de años de visitar el Museo del Violino en Cremona, que alberga una gran colección de instrumentos. Incluso asistí a un recital n el que se utilizó uno de sus violines Stradivari. Fue una gran experiencia, pero lo que más me llamó la atención fue el inusual protocolo alrededor del instrumento.
La violinista no entró al escenario con el violín. Un guardia de seguridad entró a la sala con el violín en su estuche, abrió el estuche y lo colocó encima de un piano. Después de eso, la violinista entró y realizó un recital. Al final, la violinista colocó el violín encima del piano, y el guardia de seguridad lo volvió a poner en su estuche y salió de la sala con él. Toda esta experiencia me resultó realmente extraña. La violinista no tiene acceso regular al instrumento para practicar diariamente. La violinista llega, hace un pequeño calentamiento con el instrumento y realiza un recital completo de una hora con un instrumento que probablemente no conoce tan bien.
Después del concierto, nos llevaron a la exposición, donde me sentí como Charlie en la fábrica de chocolate. Y noté justo en ese momento el mismo violín que había escuchado minutos antes, de vuelta en su vitrina de cristal.
No creo haber considerado nunca qué sucede con los instrumentos históricamente significativos una vez que dejan de ser instrumentos de uso cotidiano. Después del viaje, me me embarqué en una investigación sobre el mundo del coleccionismo y las inversiones que rodea a estos instrumentos.
Entonces, ¿cómo funciona el mercado de los instrumentos caros o históricos? En 2025, el Stradivarius "Baron Knoop" fue vendido a un comprador anónimo por $23 millones de dólares. Este instrumento había pertenecido anteriormente a David L. Fulton, quien es violinista, coleccionista e informático. Lo compró originalmente en 1992 por 2.75 millones de dólares.
Cuando se trata del mercado de instrumentos de alta gama, el violín se lleva la corona. La parte más alta de este mercado está dominada por instrumentos fabricados por lutieres italianos históricos, particularmente la familia Amati, Antonio Stradivari y Giuseppe Guarneri del Gesù. La familia Amati ayudó a establecer la tradición cremonesa de fabricación de violines, y tanto Stradivari como Guarneri estuvieron influenciados por la escuela Amati. Con el tiempo, sin embargo, Stradivari y Guarneri se convirtieron en dos de los nombres más buscados en el mundo de los instrumentos de cuerda. De estos tres, Stradivarius sería el nombre que domina el mercado. Algunos de los nombres más importantes de la música clásica han tocado instrumentos Stradivari, incluyendo a Jascha Heifetz e Itzhak Perlman en el violín, y a Yo-Yo Ma y Mstislav Rostropovich en el violonchelo. La Filarmónica de Viena también tiene su propia colección de instrumentos Stradivarius.
Los comienzos del mercado de instrumentos de alta gama son difíciles de identificar. Las ventas internacionales, la inmigración y el surgimiento de los museos afectaron la manera en que las personas adquirían y vendían instrumentos. Cuando se trata de instrumentos de cuerda, hay un nombre que aparece como uno de los primeros: Luigi Tarisio, un comerciante y coleccionista italiano de violines.
De 1827 a 1846, Tarisio reunió una gran colección de violines auténticos de algunos de los mejores fabricantes de Italia. Los llevó a Londres y París y obtuvo ganancias con sus ventas, mientras conservaba algunos para su propia colección. Para cuando murió, había coleccionado más de 24 Stradivari y otras 120 piezas italianas, incluyendo uno de los violines Stradivarius más importantes, el “Mesías”.
Tarisio encontró este instrumento completamente sin uso. Stradivari nunca lo vendió y, en cambio, lo conservó durante toda su vida. Luego, en 1775, su hijo Paolo Stradivari se lo vendió al conde Cozio di Salabue. Cozio continuó con la tradición de no tocar el instrumento; eventualmente llegó a manos de Tarisio. El “Mesías” se encuentra expuesto en el Museo Ashmolean desde 1939. Sus coleccionistas, Alfred y Arthur Hill, estipularon que este violín sería únicamente para fines de preservación y que no se volvería a tocar jamás.
Se cree que Stradivari fabricó 1,116 instrumentos de cuerda, y que solo 650 han sobrevivido. Es extraño imaginar que existen 650 de estos instrumentos alrededor del mundo. Podrías pensar que ese viejo violín que tu abuelo solía tocar y que está en algún depósito podría ser una reliquia valorada en 20 millones de dólares. Pero hay una mayor probabilidad de que simplemente sea un instrumento de fábrica cualquiera, especialmente porque la mayoría de estos Stradivari son propiedad de coleccionistas privados y no de músicos que realmente los toquen.
El mercado de coleccionistas no se trata únicamente de un pasatiempo o de una pasión estética. Los instrumentos musicales pueden clasificarse como inversiones y activos tangibles. La Dra. Angela Ortiz Muñoz, en su tesis doctoral Investigating the potential of investing in fine stringed instruments as an alternative investment asset, encontró que “los instrumentos de cuerda de alta calidad ofrecen un aumento anual constante de los rendimientos reales de entre 3,7 % y 6,9 %”. También encontró que “la baja correlación entre los violines y otras clases de activos financieros, incluyendo el arte, sugiere que invertir en violines es una estrategia inteligente dentro de una cartera diversificada”.
Los instrumentos musicales ofrecen una combinación de importancia cultural, histórica y financiera. La “naturaleza de nicho de este mercado también significa que la liquidez puede ser menor que en otras inversiones, y que las transacciones a menudo se realizan de manera privada a través de subastas o distribuidores especializados”.
Entonces, si los coleccionistas controlan el mercado de instrumentos finos, ¿qué utilizan los intérpretes? Fácil: todo vuelve a esa palabra con la que estamos tan acostumbrados a lidiar, la filantropía. Anne Akiko Meyers toca el Guarneri "Vieuxtemps", que está en préstamo de por vida por parte de un coleccionista anónimo que compró el instrumento en 2012 por una suma estimada de 16 millones de dólares.
Anne Akiko Meyers no es la única beneficiaria de un préstamo. Augustin Hadelich, Ray Chen, Pablo Ferrández, entre muchos otros músicos, tocan instrumentos prestados por coleccionistas privados y fundaciones.
Cuando pienso en aquel recital en Cremona, siempre me pregunto si disfruté el recital por el instrumento o por la violinista. ¿Realmente un instrumento valorado en millones de dólares hace que el intérprete suene mejor?
En 1975, la BBC realizó una prueba de escucha a ciegas con Isaac Stern, Pinchas Zukerman y Charles Beare. Durante esta prueba, tocaron para ellos cuatro violines: un Stradivarius, un Guarneri, un Vuillaume (un luthier francés del siglo XIX muy respetado) y un Ronald Praill (un luthier moderno). Resultó que dos de ellos no pudieron reconocer sus propios instrumentos entre los cuatro; y ninguno de ellos pudo identificar correctamente cuál era cuál. Un estudio de 2014 publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences, tomó a 10 solistas de renombre y puso a prueba a ciegas seis violines italianos antiguos (cinco de ellos Stradivari) y seis violines nuevos. Los resultados encontraron que 6 de cada 10 de estos músicos preferirían tocar uno de los instrumentos más nuevos en un concierto hipotético.
Entonces, cuando un coleccionista paga 23 millones de dólares por un violín, o un museo encierra un instrumento en una vitrina de cristal, ¿qué están preservando exactamente? ¿Su sonido o su legado? ¿Estarían Stradivari o Guarneri contentos de que sus instrumentos fueran preservados como activos financieros, en lugar de producir la hermosa música que podrían crear con ellos?
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