Hay acontecimientos culturales que terminan cuando se cierran sus puertas. Otros dejan preguntas abiertas y, sobre todo, enseñanzas que trascienden el acontecimiento que los originó.
“El Prado en nosotros” pertenece a esta segunda categoría.
Más que una exposición itinerante, constituye una experiencia de gestión cultural que merece ser valorada por lo que representa para la República Dominicana: la posibilidad de llevar el arte a distintos territorios, acercarlo a públicos diversos y construir, mediante alianzas, una experiencia cultural de alcance nacional.
La iniciativa, impulsada por la Fundación Eduardo León Jimenes y el Centro León, junto al Museo Nacional del Prado de España y la Fundación Amigos del Museo del Prado, ha contado con el respaldo de diversas instituciones y empresas. Su recorrido ha incluido Santiago, la Ciudad Colonial de Santo Domingo, Punta Cana y Baní.
Pero reducir esta experiencia a una exposición de reproducciones de obras maestras sería desconocer su verdadero alcance.
Lo verdaderamente significativo es que el arte ha salido al encuentro del ciudadano. Las reproducciones a escala real de grandes obras del Museo del Prado han llegado a espacios culturales y públicos, permitiendo que personas que quizás nunca hayan visitado aquella institución madrileña puedan acercarse a obras que forman parte de la historia universal del arte.
En ese sentido, democratizar la cultura no consiste únicamente en abrir las puertas de una institución. También significa reducir las distancias geográficas y sociales que separan a la ciudadanía de las grandes expresiones artísticas.
En Baní esta concepción alcanza una dimensión particularmente interesante. La experiencia parte del Centro Cultural Perelló y se extiende hacia la Plaza de la Identidad Banileja, la Gobernación y el Parque Infantil La Avenida. Incluso los mototaxis locales, conocidos como “margaritas”, se incorporan a la propuesta llevando reproducciones de las obras por las calles.
El arte, de esta manera, deja de estar confinado a una sala y se incorpora al paisaje de la ciudad.
Hay que reconocer en esta iniciativa la visión de María Amalia León, presidenta de la Fundación Eduardo León Jimenes y del Centro León, y su capacidad para articular voluntades alrededor de un proyecto cultural de gran dimensión.
Lo importante no es solamente haber traído al país una experiencia vinculada al Museo del Prado. Lo verdaderamente significativo es haber comprendido que podía convertirse en un proyecto de alcance nacional.
Para conseguirlo ha sido necesario establecer alianzas entre instituciones culturales, fundaciones, empresas y actores locales. Esa es una de las grandes lecciones que deja El Prado en nosotros: la cultura contemporánea necesita alianzas.
Ninguna institución tiene por sí sola todos los recursos, espacios y capacidades para desarrollar grandes proyectos nacionales. Cuando esas capacidades se unen alrededor de un propósito común, la cultura adquiere una dimensión mucho mayor.
También resulta importante la participación de los centros culturales privados y de los gobiernos locales. Los centros culturales conocen sus comunidades, sus públicos y sus territorios. Los ayuntamientos, por su parte, pueden convertir los espacios públicos en escenarios para la cultura.
La combinación de ambos puede generar una poderosa herramienta de descentralización cultural.
La República Dominicana ha padecido históricamente una excesiva concentración de sus actividades culturales en Santo Domingo. Por eso resulta tan estimulante que una iniciativa de esta magnitud haya recorrido diferentes ciudades.
Santiago, la Ciudad Colonial de Santo Domingo, Punta Cana y Baní no son simplemente estaciones de una gira. Son territorios que se incorporan a una experiencia cultural común.
Cada ciudad tiene su propia identidad y sus propios públicos. Llevar hasta ellas propuestas de esta calidad significa reconocer que el acceso a la cultura no puede depender exclusivamente del lugar donde una persona vive.
El país necesita avanzar hacia una verdadera circulación nacional de la cultura. Y El Prado en nosotros demuestra que es posible.
Pero también demuestra que la descentralización no tiene que ser responsabilidad exclusiva del Estado. Las instituciones privadas pueden asumir un papel extraordinario; las empresas pueden aportar recursos; los ayuntamientos pueden facilitar espacios y convocar a sus comunidades; los centros culturales pueden aportar conocimiento y experiencia; y el Ministerio de Cultura puede convertirse en un gran articulador de estos esfuerzos.
Por eso, más que celebrar el éxito de El Prado en nosotros, deberíamos procurar que experiencias como esta se repitan y alcancen a muchas otras comunidades del país.
Sería deseable que los centros culturales privados pudieran establecer una alianza permanente para promover exposiciones y proyectos itinerantes que recorran nuestras ciudades. Y sería todavía más importante que a este esfuerzo se incorpore el Ministerio de Cultura, no para sustituir la iniciativa privada, sino para sumarse como facilitador, articulador y amplificador de este tipo de proyectos.
La experiencia podría servir de base para construir un verdadero circuito nacional de exposiciones itinerantes, aprovechando las capacidades existentes en los centros culturales, las empresas, los ayuntamientos, las instituciones educativas y las organizaciones comunitarias.
Tenemos los artistas, los centros culturales, empresas con capacidad de apoyar, gobiernos municipales e instituciones educativas. Lo que necesitamos es articular esas capacidades dentro de una visión cultural de alcance nacional.
Hay, además, un elemento que no debemos pasar por alto: El Prado en nosotros no se limita a exhibir obras. Existe una importante dimensión educativa, con recorridos mediados dirigidos a centros educativos, familias y comunidades, así como propuestas interactivas como “Una Obra MÍA” y “Reinterpreta El Prado”, concebidas para estimular la creatividad y el pensamiento crítico.
Esto convierte la exposición en algo más que una experiencia visual. La convierte en una experiencia de aprendizaje.
Y ahí reside buena parte de su valor social
Porque cuando un niño descubre una obra de arte, cuando un joven aprende a observarla, interpretarla y cuestionarla, la cultura deja de ser entretenimiento y se convierte en formación.
Ese es el tipo de cultura que necesitamos promover: una cultura que eduque, sensibilice, genere pensamiento, fortalezca nuestra identidad y llegue a todos.
Al final, la gran enseñanza de El Prado en nosotros quizás no esté solamente en haber acercado el Museo del Prado a los dominicanos. Está en haber demostrado que es posible hacer circular la cultura por el territorio nacional mediante alianzas entre instituciones privadas, empresas, gobiernos locales y comunidades.
La experiencia ha beneficiado a muchos ciudadanos y ha demostrado que existe interés por propuestas culturales de calidad cuando estas salen al encuentro de la gente.
Por eso debemos desear que continúe. Que se repita. Que llegue a nuevas ciudades. Que se incorporen nuevos centros culturales. Que los ayuntamientos asuman un papel cada vez más activo y que el Ministerio de Cultura encuentre en esta experiencia una oportunidad para sumarse a una política de descentralización y circulación cultural.
Porque El Prado en nosotros no debería ser solamente el nombre de una exposición. Debería convertirse en una manera de entender la cultura.
Una cultura que no espera. Una cultura que se mueve. Una cultura que cruza fronteras geográficas. Una cultura que sale de sus espacios tradicionales para encontrarse con la ciudadanía.
Y quizás esa sea la verdadera lección que nos deja esta magnífica experiencia:
Cuando la cultura sale al encuentro del país, el país también comienza a encontrarse consigo mismo.
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