El pasado 2 de octubre de los corrientes participé, en el Faro a Colón, y junto a varios académicos, diplomáticos, directores y colaboradores de museos, de un acto que —más allá del orden retórico que dicta el protocolo— me dejó reflexionando sobre la importancia que reviste el estudio de la cartografía histórica. Ese día, viernes para ser más exactos, la Embajada de la República de Türkiye en República Dominicana, por conducto de la excelentísima señora embajadora Emriye Bagdagul Ormanci, donó a nuestro país una réplica del célebre mapa confeccionado en 1513 por Piri Reis.
A falta de estudios locales sobre el autor y la pieza, pretendo aprovechar estas breves líneas para explicar, con mayor detalle del que puede llegar a permitir un discurso de ocasión, tanto los motivos por los cuales dicho documento ocupa un lugar privilegiado en la historia de la cartografía universal, como las razones por las qué su llegada a este pequeño rincón del Caribe no deja de estar salpicadas por cierta dosis de lógica poética.
Para empezar, Piri Reis, cuyo nombre completo era Hacı Ahmed Muhiddin Piri, no fue un cartógrafo al uso. Arraez, corsario y navegante, vio la primera luz en Galípoli, capital del distrito de Kaymakamlik, en fecha aún desconocida. Sobrino del legendario Kemal Reis, ingresó desde joven en la armada otomana, participando junto a su tío en campañas contra España y Venecia —ambas potencias mediterráneas— y ascendiendo en la carrera de armas hasta alcanzar el almirantazgo. Sin embargo, por una de esas extrañas casualidades que dicta la vida, su destino quedó sellado tras un revés militar a mano de portugueses, frente a las costas de Ormuz.
Hay que reconocer, no obstante, que el legado más conocido y perdurable de Reis no alude a ninguna batalla naval. Se trata, más bien, de dos documentos: la carta de 1513 y el Kitab-ı Bahriye ("Libro del Mar"), un extenso portulano del Mediterráneo, integrado por más de 200 dibujos y descripciones, con sus derroteros, puertos, corrientes y bajíos, que circuló en distintas versiones y siguió sirviendo de manual de referencia a generaciones de marinos otomanos, aún después de la muerte de su autor.
Partiendo de estas sencillas ideas, la obra de Reis debe entenderse dentro del contexto mediterráneo del siglo XVI, con la expansión marítima de los otomanos como telón de fondo, bajo la atenta férula de los sultanes Selim I y Solimán el Magnífico. En aquellos años remotos, el Imperio Turco, convertido ya en potencia naval, competía activamente y con buena parte de los estados europeos, por el control de las principales rutas mercantiles. Valga recordar, igualmente, que el acopio de información constituía una prioridad absoluta para los gobiernos (y el otomano no era la excepción), ya que el conocimiento de nuevas regiones, territorios e itinerarios hacía parte fundamental de las estrategias de expansión. No hay que olvidar, tampoco, que la empresa marítima europea (es decir la ruta portuguesa alrededor de África, en primera instancia, y la conquista del Atlántico, en última) representaba una amenaza directa al control que ejercían los otomanos sobre las rutas comerciales tradicionales.
Lo curioso es que el mapa de 1513 ofrece el bosquejo de un territorio que los otomanos apenas empezaban a conocer: el Nuevo Mundo. En 1517, luego de un razonable esfuerzo, Piri Reis logró presentarlo a Solimán en El Cairo, como una especie de síntesis de todo el conocimiento geográfico que hasta el momento se tenía.
De momento, lo que distingue a este ejemplar de otros portulanos del siglo XVI —género dominado casi por completo por cartógrafos mallorquines, genoveses, venecianos o portugueses— es algo poco habitual en obras de su tiempo y su tipo: el rigor metodológico. En los márgenes del documento, Piri Reis anotó meticulosamente el origen de cada información: cuatro mapas portugueses, un mapa árabe de la India, un mapa antiguo de origen griego-ptolemaico, y —la fuente que más ha fascinado a los historiadores— un mapa dibujado por Cristóbal Colón. Según el testimonio del propio Piri Reis, su tío Kemal capturó una nave española cerca de Valencia, entre cuyos tripulantes figuraba un marino que decía haber navegado tres veces con el almirante genovés y llevaba consigo esa carta, todo lo cual nos habla de una amplia y heterogénea serie de fuentes.
Por desgracia, el presunto esbozo de Colón que inspiró a Reis, se ha perdido. De hecho, no se conoce ningún registro cartográfico, de puño y letra del primer “almirante de la mar océana”, que haya sobrevivido hasta nuestros días, lo que convierte al espécimen de Piri Reis en el testigo visual más cercano que existe de cómo Colón recreó el litoral que acababa de explorar. Tanto es así que, para ver con los ojos de Colón tenemos, forzosamente, que mirar a través de los ojos de un turco que nunca alcanzó a cruzar el Atlántico. Al margen del rigor histórico, hay algo de anecdótico en el hecho de que ambos hombres, Piri y Colón, compartiesen el mismo título, pues "Reis" en turco y "Almirante" en castellano significan lo mismo.
Volviendo sobre nuestros pasos, la descripción que hace Reis de los recursos, los pueblos y los descubrimientos no debe verse como algo fortuito. Son datos de inteligencia pura y dura, y vienen a demostrar que el Imperio Otomano, que se había empezado a perfilar como un actor de primera línea en la carrera global de expansión y empleaba ya la cartografía como una herramienta de acción estatal, no era en absoluto una entidad aislada.
El mapa es, en sí mismo, parte de la historia que cuenta. Dibujado en piel de bóvido —un soporte más resistente que el pergamino convencional—, constituye apenas un fragmento del original de 1513: aproximadamente un tercio de lo que debió ser un mapamundi completo, con la costa occidental de África, la península ibérica y el litoral atlántico del continente americano, incluyendo el arco antillano, al que pertenece la isla Española o de Santo Domingo. El resto, si alguna vez existió, se perdió.
La parte que conocemos permaneció extraviada entre los archivos del Palacio de Topkapı durante más de cuatro siglos, hasta el año de 1929, en que el gobierno de la nueva república turca, bajo el régimen de Mustafá Kemal Atatürk, convirtió el antiguo palacio imperial en museo. El hallazgo en cuestión fue obra de un orientalista alemán, llamado Paul Kahle quien, revisando materiales por encargo del Ministerio de Educación turco, lo encontró, identificó y catalogó. Atatürk, de su lado, consciente del valor simbólico del instrumento, ordenó su reproducción en facsímil, publicada en 1933. De ahí en más, la imagen se ha convertido en motivo de orgullo nacional para Turquía, al punto de que fue reproducida en los billetes turcos de diez millones de liras entre 1999 y 2005, y en los de diez liras hasta 2009.
Vale apuntar, adicionalmente, que el de 1513 no fue el único mapamundi elaborado por Piri Reis. Poco después, en 1528, nuestro protagonista completó una segunda versión, menos célebre pero más precisa, que incorporaba el resultado de las últimas exploraciones europeas en el Atlántico. Ambos documentos, leídos en conjunto, permiten observar la evolución profesional de un cartógrafo que va corrigiendo y actualizando su propio trabajo a medida que va entrando en contacto con la información que fluía desde el otro lado del mundo. Se trata, a todas luces, de un ejercicio protocientífico de revisión, que se anticipa a los métodos que hoy damos por sentados.
Ahora bien, es natural que un documento con estas características (fragmentario, recuperado por azar y vinculado a Colón) estuviese llamado a generar, también, especulación. Desde mediados del siglo XX circulan teorías, desestimadas tiempo ha por el canon académico, que interpretan ciertos trazos de la obra como una representación temprana de la costa antártica libre de hielo, lo cual exigiría la consulta de fuentes cartográficas inexistentes para 1513. Lo esencial de esta exposición es que, como representantes de una institución museística, nos corresponde ser claros y objetivos: la rigurosidad histórica no depende de lecturas especulativas para sostener el valor de ningún documento o pieza. La carta de Piri Reis es extraordinaria por lo que efectivamente es, una síntesis erudita, honesta en sus fuentes, de la cartografía disponible en un periodo de transición entre el mundo medieval y la modernidad temprana y no por lo que la imaginación posterior ha querido proyectar sobre él. Esa posición fue planteada por Svat Soucek, autor del estudio académico de referencia, que sostiene gran parte de lo ahora sabemos con certeza sobre el origen del mapa y su factura.
Que una réplica de este mapa llegue hoy al Faro a Colón no constituye, pues, una casualidad menor. Que sea precisamente allí, en el monumento que guarda la memoria del primer almirante de Indias, donde se exhiba una réplica del documento que quizás conserva el reflejo más fiel de su propia cartografía, cierra un círculo histórico de más de cinco siglos: un mapa turco, hecho con fuentes españolas, que retrata estas tierras caribeñas, regresa ahora a las costas que representa.
Este obsequio también nos habla del presente. Confirma, una vez más, que la diplomacia cultural construye puentes igual de duraderos que los acuerdos comerciales y políticos. Y recuerda, además, que el patrimonio cartográfico, aún el nacido en cortes distantes y lejanas termina perteneciendo a todos los que habitamos las costas que ese papel intentó, con los medios de su época, poner en valor.
Desde la Dirección General de Museos, celebramos el gesto de la Embajada de la República de Türkiye y nos comprometemos a que esta donación reciba el tratamiento museográfico que merece, no como curiosidad exótica para la fotografía de turistas, sino como uno de los documentos más estudiados, y mejor razonados, de toda la cartografía del siglo XVI. Esperamos que pueda ser analizado a profundidad por los investigadores y contemplado durante generaciones por visitantes dominicanos y extranjeros, como lo que verdaderamente representa: un puente entre dos pueblos, trazado, literalmente, sobre un mapa.
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