La vida fluye con suavidad o violencia. Las rocas se mueven sobre nosotros dado que las placas tectónicas se acomodan, según los geólogos u otros que explicarán que dichas placas se frotan por los efectos del poder de la subducción de la pesadez de la placa oceánica que es más densa que la continental para retocar los puentes entre los océanos y los continentes.
En ese arte, el poder de la tierra explota las posibilidades para encontrar nuevos refugios y crear diálogos que puedan crear formas híbridas destinadas a transformar los llamamientos de los bosques y detener la fuerza del poder de la flecha.
Los caminos suelen llevar a los ríos y la filosofía enumera los puntos de vistas para explicar la misteriosa fuerza de los símbolos proponiendo la armadura para repeler la guerra y las formas autoritarias de dirigir el mundo. La vida es una acuarela de múltiples colores que se abre a las horas de las luciérnagas.
En este ámbito de los entendimientos puedo mirar los matorrales húmedos, las ciénagas, el polvo del camino y los cascos de los barcos que se hunden frente al horizonte. Esa vieja guerra del siglo XX o las nuevas conflagraciones son manos fuera del marco pictórico de la humanidad que no ondean lienzos de paz.
La vida social y cultural es una temporalidad que se sostiene en un territorio que responde a los procesos de poder que encumbran y sostienen una tradición con unos rostros inexplicables apegados a una cascada de pensamientos, sueños, mantas que ocultan los sentimientos y acciones que obedecen a jerarquías que desplazan y aparcan a otros.
En esos tratados ocultos de la cultura hay fisuras y como todo lo que corresponde a la vida social suelen germinar semillas que van a correr y saltar por todos los valles del mundo creando bosques y neutralizando la peste de lo vetusto con nuevas fragancias que llenarán de encanto los caminos que conducen a la liberación de la vida.
El arte es un camino que abre los juegos de lo que se esconde, exponiendo la tachadura de lo que ya ha destrozado el tiempo. En el lienzo se muestran los azules y las aguas siguen bajando por las laderas y cuencas refrescando los cuerpos territoriales del planeta.
Esos encantos superan las malas escenas que ofrecen tan solo armaduras, cerraduras, hierros oxidados y modalidades que no ofrecen el verdadero sentido del cuerpo, tan solo pueden mostrar el rostro envejecido de Dorian Gray.
En el retrato el personaje se acoraza en un tiempo. Una y otra vez el pintor aborda las modalidades de la representación, a través de la magia del pincel. Yo me pregunto si existe la posibilidad de recrear, crear o modelar un objeto teórico que pueda exhibir la verdadera máscara de lo grutesco con que se amparan los sicofantes de la historia.
La teoría ayuda, pero qué nos falta a la humanidad para que la gente que camina en las calles se den cuenta que estos diálogos que envuelven a la máscara/persona, a la máscara/pintura, a la máscara/colectivo puedan exigir y encarar el poder del retrato y las posibilidades del cambio social para que nos inunda de colores de paz.
En verdad se necesita una nueva cartela para registrar una historia distinta donde la paz y el verde maternice la tierra y las aguas corran para abrazar un nuevo renacimiento.
El planeta necesita sueños y el suspiro de jóvenes enamorados por los cielos vespertinos. Hoy más que nunca es un buen deseo que se puedan ver todos los caminos y las escuchas para que la oquedad se quede atrás y la vida ofrezca los distintos cromatismos que tocan la piel y levantan el polvo del camino y se dirijan con nuevos dispositivos a romper los caminos de la guerra.
La paz no está agotada, los horizontes están frente a nosotros. Esos que sostienen la guerra y la hacen presente en el planeta son los que acabarán mal por esos caminos marchitos de bombas y desilusiones. Los puentes están llenos de aventuras, auroras y cielos con un paciente corazón. Las aguas de las Islas Aleutianas no sollozan bajo el frío ártico. Están allí recordándonos que el musgo sigue verde.
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