"Debajo de cualquier yagua vieja sale tremendo alacrán". Del refranero popular dominicano

  1. ¿Puede un hombre llevar una vida más monótona que la de Immanuel Kant?

Nunca se casó.

Nunca abandonó su ciudad natal, Königsberg.

Caminaba todos los días a la misma hora por las mismas calles hasta el punto de que los vecinos regulaban sus relojes cuando lo veían pasar.

Comía lo mismo, trabajaba lo mismo, dormía a la misma hora.

Durante décadas, casi nada alteró el ritmo de su existencia. Ni un susto ni una sorpresa.

Y, sin embargo, ese hombre de vida casi mecánica protagonizó una de las mayores revoluciones intelectuales de la historia.

La paradoja merece detenernos.

Solemos imaginar que las grandes transformaciones de la historia nacen de vidas aventureras. Pensamos en Alejandro, Napoleón o Darwin embarcado en el Beagle.

Kant nunca cruzó un océano. Apenas cruzó las fronteras de su ciudad. Pero recorrió un territorio mucho más vasto: el de la razón humana.

  1. Hasta entonces, la filosofía europea parecía atrapada en un callejón sin salida. Los racionalistas confiaban en que la razón podía alcanzar la verdad por sí sola; los empiristas sostenían que todo conocimiento procedía de la experiencia.

Entre estos últimos destacaba el escocés David Hume, cuya crítica al principio de causalidad sacudió los fundamentos mismos de la ciencia. Si nunca observamos la causa, sino únicamente la sucesión de los hechos, ¿cómo podemos afirmar que existe una conexión necesaria entre ellos e, incluso, establecer una causalidad temporal?

La pregunta era devastadora. Ponía en duda la posibilidad de un conocimiento universal y necesario.

Décadas más tarde, Kant confesaría que David Hume lo había despertado de su “sueño dogmático”. Pocas veces un filósofo reconoció con tanta franqueza la deuda contraída con otro. Ese reconocimiento lo humaniza.

Por demás, había comprendido que el problema no consistía en elegir entre razón o experiencia, sino en explicar cómo ambas hacen posible el conocimiento.

III.a Esa intuición dio origen a la Crítica de la razón pura (1781), una de las obras más influyentes de la historia de la filosofía.

Kant sostuvo que la mente no recibe pasivamente la realidad: la organiza mediante formas y categorías —como el espacio, el tiempo y la causalidad— sin las cuales ninguna experiencia sería inteligible.

La llamada "revolución copernicana" consistió precisamente en invertir el problema: no es la mente la que se adapta pasivamente al mundo; el mundo conocido aparece siempre bajo las condiciones del sujeto que conoce. El espacio, el tiempo y la causalidad no son simplemente propiedades descubiertas en las cosas, sino formas mediante las cuales nuestra inteligencia hace posible toda experiencia.

A partir del sigiloso profesor de filosofía, el conocimiento dejó de depender únicamente de lo que vemos, percibimos o experimentamos. La propia mente participa activamente en la construcción de la experiencia. No contemplamos el mundo como un espejo pasivo; lo comprendemos mediante categorías —como el espacio, el tiempo o la causalidad— que hacen posible toda experiencia.

Fue una revolución comparable, en filosofía, a la que Newton había producido en la física.

Después de Kant dejó de ser posible pensar como antes.

III.b  Pero su influencia fue todavía mayor en la ética.

En una época en que la moral podía depender de la religión, de las costumbres o del interés, Kant buscó un fundamento que no cambiara con las circunstancias. Su propuesta fue tan sencilla como exigente.

Antes de actuar, pregúntese: ¿podría querer que la regla que guía mi conducta se convirtiera en una ley válida para todos?

Ese es el célebre imperativo categórico.

No pregunta qué resulta útil. Ni qué produce más felicidad. Ni qué conviene políticamente. Preguntaba qué puede sostenerse racionalmente como norma universal, es decir, para todo ser humano.

El ejemplo clásico sigue siendo el de la mentira.

Si todos mintiéramos cuando nos conviene, la propia idea de decir la verdad desaparecería. Las promesas dejarían de tener sentido, los contratos perderían valor y la confianza sería imposible. Pero una regla que destruye las condiciones que la hacen posibledos siglos

no puede convertirse en ley moral.

Muchos objetaron inmediatamente que esa lógica conduce a situaciones extremas. ¿Debe decirse la verdad incluso a un asesino que pregunta dónde se esconde su víctima? La respuesta de Kant sigue provocando controversias más de dos siglos después.

Sin embargo, incluso quienes discrepan de él suelen reconocer otra intuición decisiva: ningún ser humano debe ser tratado únicamente como un medio para alcanzar los fines de otro. Cada persona posee una dignidad que no depende de su riqueza, de su utilidad, de su inteligencia, de su nacionalidad ni de su poder.

Esa idea se convirtió en uno de los pilares filosóficos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de las constituciones democráticas y de buena parte de la ética contemporánea.

Muchísimas personas nunca han leído una página de Kant y, sin saberlo, viven dentro del universo moral que él ayudó a construir.

Si la Crítica de la razón pura preguntó qué podemos conocer y la Crítica de la razón práctica (1788) cómo debemos actuar, Hacia la paz perpetua (1795) formuló una tercera cuestión: ¿pueden también las naciones someterse a la razón?

III.c  Kant respondió afirmativamente.

La paz no dependería de la buena voluntad de los gobernantes, sino de instituciones capaces de limitar el poder, garantizar el derecho y convertir la guerra en una excepción jurídica y no en la condición normal de la política. Ideó, dos siglos antes de las Naciones Unidas, una federación de Estados libres, un derecho cosmopolita y una ciudadanía fundada, en última instancia, en la común dignidad de todos los seres humanos.

No era ingenuidad. Era la convicción de que la razón debía gobernar también las relaciones entre los Estados, del mismo modo que debía gobernar la conducta de los individuos.

Hoy, cuando las guerras en Ucrania, Gaza, Sudán, Irán o el deterioro del orden internacional parecen desmentir aquel optimismo, conviene recordar que Kant nunca prometió una paz inevitable.

Lo que sostuvo fue algo más exigente: que la paz no surge espontáneamente de la naturaleza humana; debe ser construida mediante instituciones, leyes y ciudadanos capaces de reconocer en el otro un fin en sí mismo y no un simple instrumento de poder.

En ese sentido, Hacia la paz perpetua sigue siendo menos una utopía que un programa político inacabado. Quizás, por eso su pensamiento resulta hoy más actual que nunca.

  1. Vivimos rodeados de algoritmos que deciden por nosotros qué noticias leemos, qué productos compramos, qué rutas seguimos y hasta con quién conversamos. La inteligencia artificial ya interviene en decisiones médicas, judiciales, económicas y educativas. La política suele justificar sus actos por la eficacia; las empresas, por la rentabilidad; las redes sociales, por la atención que consiguen captar.

Frente a ese mundo, Kant no preguntaría qué es más útil y eficiente ni qué produce mejores resultados. Formularía una cuestión mucho más incómoda: ¿podría la regla que guía esta decisión convertirse en una ley válida para todos?

Esa sola pregunta basta para poner en aprietos a gobiernos, empresas tecnológicas, jueces, científicos y ciudadanos. Porque obliga a examinar no solo la eficacia de nuestros actos, sino también su legitimidad moral. Y recuerda que ningún ser humano puede reducirse a un instrumento, un dato, un consumidor o un perfil estadístico.

De pronto, el viejo profesor de Königsberg deja de parecer un personaje del siglo XVIII para convertirse en uno de nuestros contemporáneos. Mientras Napoleón conquistaba Europa con ejércitos, Kant conquistó la modernidad con una pregunta y sigue siendo uno de nuestros contemporáneos.

Todo indica que, el hombre más aburrido del mundo, fue quien mejor comprendió la enfermedad de una época que ha confundido el pensamiento con la información, la libertad con la elección instantánea y la vida con el entretenimiento fugaz.

Fernando Ferran

Educador

Profesor Investigador Programa de Estudios del Desarrollo Dominicano, PUCMM

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