Fui contratado por la Universidad Anáhuac para impartir el módulo de Países del Caribe dentro del Diplomado de Países de América que desarrolla su Facultad de Humanidades. La decisión era lógica: soy caribeño, vivo el Caribe, lo pienso, lo escribo y lo enseño. Pero lo que no imaginaba era que, mientras enseñaba, el Caribe también me iba a volver a enseñar a mí.
Antes de comenzar con contenidos, mapas o presentaciones, quise saber desde dónde partíamos. Propuse una lluvia de ideas con los saberes previos de los estudiantes: palabras que les venían a la mente cuando pensaban en el Caribe. Aparecieron, como era de esperarse, sol, playa, turismo, calor, fiesta. Guardamos esa nube de palabras como una fotografía inicial.
Al final del módulo volvimos a ella. Y ahí ocurrió algo hermoso: el Caribe ya no cabía en esas primeras palabras. Ahora aparecían historia, resistencia, mestizaje, colonia, independencia, música, lengua, poder, identidad, arte, geopolítica, mar, memoria. Ya no era solo un territorio de arena y sol, sino un espacio complejo, vivo, contradictorio y profundamente humano. Ese cambio de mirada fue, para mí, uno de los mayores logros del proceso.
Desde el inicio tuve claro un objetivo: no presentar el Caribe solo como postal turística, que también la tiene y la celebramos, sino como territorio histórico, cultural, político y simbólico. Mostrarlo desde la identidad, la memoria, la música, la lucha, la palabra y la estética.
Fueron semanas intensas. Semanas de música caribeña sonando en el aula, de ritmos que no solo se escuchaban, sino que se explicaban; de mapas que no solo mostraban islas, sino historias compartidas; de nombres que no eran datos, sino voces.
Una de las estrategias más importantes fue abrir la clase a otras voces caribeñas. No bastaba con hablar del Caribe: había que escucharlo. Por eso invité a especialistas de distintos territorios, no solo por lo que sabían, sino también por cómo hablaban. La intención era que los estudiantes pudieran percibir la diversidad del Caribe también en la lengua: distinguir un acento cubano de uno puertorriqueño, de uno dominicano, de las formas de hablar de otras islas. Que comprendieran que el Caribe también se expresa en la musicalidad del habla, en sus ritmos lingüísticos, en sus cadencias.
Miramos el Caribe desde la plástica, con figuras como Wifredo Lam e Iván Tovar; desde la literatura, revisando los grandes nombres y los premios Nobel de nuestra región; desde la danza, la música, la gastronomía, el patrimonio material e inmaterial. Cada país fue visto como un universo propio y, al mismo tiempo, como parte de una trama común.
Agradezco profundamente al historiador y antropólogo José Guerrero, director del Museo de Historia y Geografía y miembro de la Academia Dominicana de la Historia, quien nos llevó por la historia dominicana con rigor y sensibilidad. A la historiadora Mariela Heredia, que nos ofreció un recorrido fundamental por los pueblos originarios del Caribe, recordándonos que nuestra historia no empieza con la colonia. Al maestro Luis Ayala, historiador puertorriqueño, que nos habló de Puerto Rico desde su complejidad política, cultural e identitaria. También contamos con un invitado cubano que, al hablar de Cuba, generó, como suele pasar con Cuba, un diálogo intenso, crítico y apasionado, que enriqueció enormemente la clase. Mario Chong nos mostró el Caribe desde una mirada estratégica, como hub logístico y espacio clave en la geopolítica regional.
Quiero agradecer también a todos los invitados que se sumaron al proceso, incluyendo a la Fundación Iván Tovar, que amablemente nos facilitó materiales audiovisuales para comprender la dimensión y la obra de Iván Tovar como artista plástico caribeño.
Miramos el Caribe desde la plástica, con figuras como Wifredo Lam e Iván Tovar; desde la literatura, revisando los grandes nombres y los premios Nobel de nuestra región; desde la danza, la música, la gastronomía, el patrimonio material e inmaterial. Cada país fue visto como un universo propio y, al mismo tiempo, como parte de una trama común.
Analizamos líderes históricos y pensadores del Caribe como Fidel Castro, Eugenio María de Hostos, Juan Bosch, Trujillo, entre otros, no para mitificarlos, sino para comprender cómo el pensamiento caribeño se ha construido entre proyectos, tensiones, autoritarismos, utopías y luchas sociales.
Trabajamos una idea central: el Caribe como cuna del Nuevo Mundo. La isla La Española como sede de las primeras ciudades del continente americano. Hablamos de Cristóbal Colón, del colonialismo, de sus herencias visibles e invisibles, y de cómo todavía hoy esas huellas atraviesan nuestras estructuras sociales, culturales y económicas.
El patrimonio cultural, material e inmaterial, ocupó un lugar fundamental: las fiestas, los rituales, la oralidad, la música, la cocina, los oficios, los saberes populares, las formas de habitar y narrar el mundo.
Y no podía faltar el mar. El mar como presencia constante. El mar que define rutas, cuerpos, lenguajes y estéticas. El mar que se mueve en las caderas, en los tambores, en la pintura, en la poesía. El mar que también impone decisiones, porque el Caribe vive en una ruta climática de huracanes, tormentas y fenómenos atmosféricos que marcan su historia y su presente. Dedicamos un espacio especial a comprender cómo el mar atraviesa no solo la geografía, sino la imaginación caribeña.
Siendo yo escritor, quise que la escritura no fuera solo contenido, sino también atmósfera. Por eso, abríamos y cerrábamos muchas de las clases con poesía caribeña: versos que servían para inducir el tema del día y para cerrar con una emoción, con una imagen, con una pregunta. La poesía fue una puerta de entrada sensible al Caribe.
Además, dejé como recomendación obras literarias de escritores de cada país insular. Mi deseo era que el diplomado no terminara con la última clase, sino que siguiera vivo en sus lecturas. Que ellos continuaran conociendo el Caribe a través de sus artistas, de sus narradores, de sus poetas, de sus ensayistas.
Naturalmente, un tema que despertó mucho interés fue el turismo. Algunos participantes querían conocer el Caribe desde esa mirada, y también la trabajamos. Vimos playas, rutas, ciudades y lugares que recomiendo en cada país. Pero siempre intenté que no fuera un turismo vacío, sino un turismo con sentido: saber qué se pisa, qué se mira, qué se escucha, qué historia hay debajo de cada paisaje.
Otro eje fundamental fueron las festividades. Revisamos, país por país, las actividades culturales, artísticas y turísticas que se desarrollan a lo largo del año: carnavales, festivales de música, de teatro y de danza; ferias del libro; fiestas patronales; Semana Santa; grandes eventos como el Festival Presidente de música latina en Santo Domingo; los festivales de teatro; y, por supuesto, las bienales de artes visuales, que son claves para entender el pulso creativo del Caribe.
¿Por qué hicimos esto? Porque no se trataba solo de saber qué existe, sino de saber cuándo ir. Yo les fui compartiendo mis recomendaciones sobre los mejores momentos del año para visitar cada país y vivirlo en su máxima expresión cultural. Que no vengan solo a ver playas, sino a encontrarse con carnavales vivos, con ciudades en fiesta, con arte en las calles, con libros en las plazas, con música en cada esquina.
Y mientras yo enseñaba, aprendía. Aprendía a mirar de nuevo lo que creía conocer. Aprendía a escuchar otras versiones de mi propio territorio. Aprendía que el Caribe no es una idea fija, sino un movimiento constante.
Este módulo no fue solo una experiencia académica. Fue un acto de identidad. Fue decir: el Caribe no es solo sol y playa; es pensamiento, es historia, es política, es arte, es dolor, es gozo, es mezcla, es invención permanente.
Como caribeño, fue un privilegio representarlo. Como educador, fue una responsabilidad. Como aprendiz, fue un regalo. Porque al final, el Caribe que enseñé no fue exactamente el mismo Caribe que me llevé conmigo. Y eso, en educación, es una de las experiencias más hermosas que existen.
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