“Tu corazón acoge 

todo tipo de pájaros, 

como una palma hospitalaria.”  

(Aquiles Julián) 

 En "Pájaro que hace cantar al árbol", obra merecedora del Premio Anual de Poesía Salomé Ureña de Henríquez 2023, Aquiles Julián (nació en el Seibo, Rep. Dom., 1953. Publicista, poeta, cuentista, dramaturgo, ensayista, teatrista y cineasta); pues en dicho poemario construye una poética de la interioridad en la cual el amor, la memoria, la ausencia y el desarraigo aparecen como distintas manifestaciones de una misma búsqueda existencial. Publicado por la Editora Nacional del Ministerio de Cultura de la República Dominicana, el poemario se sostiene en una expresión aparentemente sencilla, pero cargada de resonancias filosóficas. El poeta no procura deslumbrar mediante la ornamentación verbal, sino descubrir la extrañeza escondida en las experiencias cotidianas. Desde el título, el pájaro y el árbol se convierten en símbolos complementarios: uno representa el impulso, el canto y la movilidad; el otro, la permanencia, la raíz y la acogida. Sin embargo, el hallazgo poético consiste en sugerir que no solo canta el pájaro, sino que su presencia despierta la música secreta del árbol.  

La escritura de Aquiles Julián se caracteriza por la brevedad de los versos, la nitidez de las imágenes y una disposición espacial que obliga al lector a demorarse en cada palabra. Las pausas, los encabalgamientos y las interrogaciones no constituyen simples recursos formales, sino que reproducen el movimiento vacilante de una conciencia que busca comprender su lugar en el mundo. En versos como: “¿Cuántas pisadas / caben en un pie? / ¿Cuántos lugares?” (pág. 28), la fragmentación del discurso amplía el sentido de la pregunta y concede a cada término una particular intensidad. Lo pequeño contiene lo inmenso; el pie guarda los caminos y la palabra breve puede albergar una extensa meditación. La aparente desnudez del lenguaje es, por tanto, una forma de concentración poética: el autor elimina lo accesorio para que la imagen, la pregunta y el silencio alcancen mayor poder expresivo.  

La imagen aviaria alcanza una significativa intensidad en el poema donde el corazón de la persona amada se representa como un espacio hospitalario, abierto a múltiples presencias: “Tu corazón acoge / todo tipo de pájaros, / como una palma hospitalaria” (pág. 15). Ese corazón es, al mismo tiempo, árbol, refugio y mundo; en él conviven “los multicolores, / los cantores” y también “los que graznan” (pág. 15). La diversidad de las aves sugiere la multiplicidad de afectos, recuerdos y experiencias que habitan en el ser humano. Pero la delicadeza inicial se transforma al final en una imagen perturbadora, cuando el poeta confiesa que las aves “echan a volar / cuando yo entro en él / con mi escopeta” (pág. 15). La escopeta introduce el peligro, los celos o la voluntad posesiva dentro del espacio amoroso. Así, el amor no aparece idealizado: junto con la ternura lleva consigo la amenaza de herir aquello mismo que desea conservar. 

Uno de los temas esenciales del libro es la imposibilidad de poseer íntegramente al otro. La persona amada se encuentra presente, pero esa presencia nunca resulta completa, porque todo ser conserva una dimensión inaccesible. De ahí la pregunta: “¿Por qué si llegas siento / que todavía te aguardo?” (pág. 22). La llegada no termina con la espera, pues el amor aspira también a conocer lo que la persona fue y aquello que todavía no ha llegado a ser. Cuando la voz expresa: “Me faltan la que fuiste, la que serás mañana, / para tenerte entera” (pág. 22), reconoce que la identidad se extiende a través del tiempo y que nadie puede ser reducido a su instante presente. Amar significa, entonces, aceptar una totalidad siempre aplazada, una existencia que continúa formándose y que no puede encerrarse en una imagen definitiva.  

El motivo del destierro amplía esa imposibilidad y convierte la separación amorosa en una experiencia ontológica. No se trata únicamente de estar lejos de alguien, sino de perder la patria interior que esa persona representa:

“Desterrado de ti, / quedo sin patria. / Exiliado de ti, / pierdo raíces” (pág. 25). La amada adquiere así la condición de territorio, raíz y fundamento del ser. Fuera de ella, el sujeto queda extraviado, privado de una pertenencia que le permita reconocerse. La afirmación “sigo extraviado, / sin existir en ti / que es cuando existo” (pág. 25) resume una de las tensiones centrales del poemario: el yo solo parece alcanzar plenitud cuando encuentra morada en el otro. Aquiles Julián transforma el lenguaje amoroso en una reflexión acerca de la identidad, pues la pérdida del vínculo equivale a la pérdida de uno mismo.  

Junto con el destierro afectivo aparece el viaje como forma de conocimiento. En uno de los poemas más logrados por su concisión, el poeta pregunta:

“¿Cuántas pisadas / caben en un pie? / ¿Cuántos lugares?” (pág. 28). La interrogación convierte una parte mínima del cuerpo en depósito de caminos, desplazamientos y territorios. Aunque el mundo ofrece las rutas, corresponde al ser humano recorrerlas: “El mundo aporta los senderos, / pero es mi pie quien anda” (pág. 28). Esta declaración contiene una ética de la responsabilidad personal. La vida proporciona posibilidades, pero cada individuo debe asumir sus decisiones, emprender su camino y dejar sus propias huellas. En ese sentido, el viaje de "Pájaro que hace cantar al árbol" no es solamente geográfico: es también amoroso, espiritual y creador. 

Aquiles Julián.

La mirada existencial se profundiza cuando el hablante reconoce que vive separado de sí mismo:

“Vivo fuera de mí, a la intemperie, / despojado de mí y en la frontera” (pág. 66). La intemperie representa la ausencia de amparo, mientras que la frontera simboliza una identidad suspendida entre dos territorios sin pertenecer plenamente a ninguno. El sujeto desea regresar, pero teme encontrar únicamente “escombros de lo que era” (pág. 66). Esa incertidumbre revela que volver al pasado o al propio centro no garantiza recuperar lo perdido. El poema plantea, además, que el exceso de reflexión puede inmovilizar al ser humano: “Dilemas, / me estanco en ellos, / mientras pierdo la vida / que me queda” (pág. 66). La conciencia, necesaria para comprenderse, puede convertirse también en una prisión cuando impide vivir. 

Frente a esa soledad, el poemario propone el amor y el silencio como formas de comunicación. El hablante reconoce que los seres amados no siempre son contemplados tal como existen, sino como el deseo los imagina: “Los que quiero no son como son, / sino como los quiero” (pág. 67). La frase admite la inevitable intervención de la subjetividad en toda relación humana. El amor inventa, presiente, interpreta y completa al otro desde su propio anhelo. No obstante, el vínculo puede superar la insuficiencia de las palabras, pues “aprendemos que se habla más que con las palabras, / con los silencios; / con ellos dialogamos” (pág. 67). Aquiles Julián concede al silencio una función creadora: no es vacío ni incomunicación, sino una lengua profunda mediante la cual dos seres pueden encontrarse más allá de lo expresado. 

La memoria familiar constituye otro refugio frente a la pérdida. En el poema dedicado a la madre ausente, la muerte no significa una desaparición absoluta, sino un desplazamiento desde el mundo exterior hacia la intimidad del hijo: “Se fue de afuera, / para quedarse adentro. / Se fue para adentrarse hondo, / así lo siento” (pág. 81). La paradoja expresa con sobriedad cómo la ausencia física puede intensificar una presencia espiritual. La madre continúa mirando, abrazando y hablando desde la memoria, hasta ocupar plenamente el ámbito afectivo: “Mamá me cupo entera / en el corazón / y allí me espera” (pág. 81). La palabra poética cumple aquí una función reparadora: no niega la muerte, pero rescata de ella una voz, una mirada y una ternura que permanecen vivas en la conciencia.  

La relación entre fugacidad e inmortalidad constituye otra corriente profunda de la obra. El ser humano se sabe transitorio, expuesto a la desaparición y al olvido; sin embargo, encuentra en la memoria y en la palabra una posibilidad de permanencia. Esta preocupación se manifiesta cuando Helena aparece dividida entre “el decoro / y la inmortalidad” (pág. 89). La poesía puede preservar aquello que el tiempo destruye, pero esa permanencia no es gratuita: nace de una elección, de una pérdida o de una herida que la escritura transforma en experiencia compartida. En el universo de Aquiles Julián, el poema funciona como una segunda existencia, pues los seres desaparecidos, los amores distantes y los personajes antiguos vuelven a respirar dentro del lenguaje. La inmortalidad poética no vence materialmente a la muerte, pero impide que esta posea la última palabra. 

En su conjunto, "Pájaro que hace cantar al árbol" presenta al ser humano como una criatura en permanente tránsito entre la presencia y la ausencia, el arraigo y el exilio, la palabra y el silencio. Incluso cuando el poeta se define como “el extraño, / el exiliado” y como aquel “que ignora / su lugar en el mundo” (pág. 85), la poesía le ofrece una forma de residencia. El poema se convierte en la patria posible de quien no encuentra otro territorio estable. Esta intuición alcanza una imagen de honda desolación en el deseo de “ser la ola / que regresa / y no encuentra / la costa” (pág. 84). La ola sin costa representa un movimiento condenado a no hallar reposo; sin embargo, su regreso persistente también contiene una afirmación: aunque el destino sea incierto, el ser continúa buscando el lugar donde reconocerse. 

La riqueza del libro reside, además, en su capacidad para relacionar la experiencia íntima con la tradición cultural. En el poema sobre Helena, Aquiles Julián vuelve a la materia homérica para interrogar los vínculos entre la elección individual, la tragedia y la inmortalidad. Helena debe decidir entre las comodidades de la corte y una fuga capaz de provocar el “huracán de ira y odio de Menelao”, humillarlo hasta hacer “que brame por venganza, / que hunda a toda una ciudad” (pág. 89). No obstante, la interpretación más sugerente aparece cuando el poeta responde a la pregunta acerca de lo que pudo impulsarla a huir: “No defraudar a Homero, que aguarda su gesto / para hilvanar sus versos, / y que por ellos su nombre perviva para siempre” (pág. 89). De esta manera, la poesía no se limita a conservar los hechos: los transforma, les concede duración y convierte a sus personajes en símbolos que atraviesan los siglos.  

El reconocimiento otorgado a "Pájaro que hace cantar al árbol" mediante el Premio Anual de Poesía Salomé Ureña de Henríquez 2023 encuentra fundamento en la coherencia de su universo simbólico, en la economía expresiva de sus versos y en la profundidad de sus interrogaciones. Aquiles Julián consigue que el amor, la pérdida, el viaje, la madre, el exilio y la tradición dialoguen dentro de una misma arquitectura espiritual. Su poesía parte de palabras accesibles, pero las conduce hacia zonas de intensa significación. Cada motivo particular se vincula con una pregunta mayor acerca de la existencia: dónde encontrar morada, cómo regresar a uno mismo, de qué manera conservar a quienes han partido y mediante qué palabras puede nombrarse aquello que el silencio guarda. 

 Al terminar la lectura, y concluyendo, comprendemos que el pájaro del título puede ser el amor, la memoria, el deseo o la propia poesía; y que el árbol es el ser humano, aparentemente inmóvil, que necesita una voz exterior para descubrir la música guardada en sus ramas. La obra de Aquiles Julián nos recuerda que cantar no consiste solamente en expresar una emoción individual, sino también en despertar la resonancia de cuanto nos rodea. El pájaro canta, ciertamente, pero su mayor prodigio consiste en hacer que también cante el árbol. En ese intercambio entre la voz que llega y la materia que responde se encuentra uno de los sentidos más perdurables del poemario: la poesía transforma la soledad en diálogo, la ausencia en presencia y el desarraigo en una nueva forma de pertenencia. 

Pedro Ovalles

Escritor y gestor cultural

Pedro Ovalles (Moca, 1957). Escritor, educador y gestor cultural. Cuenta con más de cuarenta años de trayectoria en la docencia y la literatura. Licenciado en Educación, Mención Letras, por la UFHEC —donde fue Decano de la Facultad de Letras— y con Maestría y Posgrado en Gestión de Centros Educativos por la PUCMM, ha publicado trece poemarios y varios ensayos, y sus textos figuran en numerosas antologías nacionales y extranjeras. Ha recibido reconocimientos de instituciones como la Academia Dominicana de la Lengua, el Ayuntamiento de Moca, el Ministerio de Cultura, entre otras. Es coordinador del taller literario Triple Llama de Moca.

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