Leer a Simone de Beauvoir desde una mirada feminista permite reconocer problemas que solemos vivir como desgracias privadas, similares a los que se suelen experimentar en el matrimonio: sentirse desplazada en una pareja, temer el envejecimiento o descubrir que nuestros proyectos quedaron subordinados a los de otra persona. ¿Quién no ha padecido la inseguridad de sentir que su amante o esposo tiene un altarcito en la mente y el corazón consagrado a otra persona, sea familiar o no? En Malentendido en Moscú, esas experiencias aparecen dentro de una relación amorosa, advirtiendo a la agudeza feminista que mucho de nuestro sufrimiento tiene también una explicación social.
Esta lectura forma parte de mi solitario, aunque efectivo, trabajo como coordinadora de la Cátedra Filosofía y Género “Simone de Beauvoir”, de la Escuela de Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Mis ojos, viejos amantes de la sabiduría, se acercan, desde el feminismo, a las filósofas feministas para comprender sus argumentos y mostrar cómo sus obras ayudan a pensar la vida cotidiana. La literatura de Simone tiene mucho que decirnos sobre la libertad, el amor y sus obstáculos y, si quiere comprobarlo, lea Los mandarines, La invitada y La mujer rota, para referirme exclusivamente a una narrativa cuyas escenas y diálogos tan humanos, incluso no necesariamente experimentados o conocidos personalmente, nos hacen vibrar como si pertenecieran a nuestras historias.
La conferencia que dio origen a este artículo fue solicitada por una señora joven, hermana de mi amigo Ernesto Landestoy, hombre contestatario y nunca olvidado. Ernesto había fallecido años antes. Ella, cuya voz aún está viva en mi WhatsApp, moriría pocos días después de nuestra conferencia virtual. También hizo posible que el reconocido pintor Antonio Guadalupe, creador de una reconocida obra sobre Palma Sola, me regalara una hermosa sombrilla pintada, tan artísticamente realizada que no he dejado que ni el agua del cielo la toque.
Asocio este pintoresco recuerdo al dolor de su pérdida, aunque agradezco su iniciativa, que nos reunió para conversar sobre esta obra de Simone poco conocida.
Beauvoir escribió el relato para incluirlo en La mujer rota, pero lo sustituyó por La edad de la discreción. En este último retomó preocupaciones del primero, dejando fuera el contexto soviético. Malentendido en Moscú apareció después de su muerte. Su relación con las experiencias de Simone y Sartre permite situarlo, pero no debemos confundir los personajes de ficción con las personas que pudieron inspirarlos.
Nicole y André, profesores franceses jubilados, viajan a Moscú para visitar a Masha, hija de André. Él está feliz de reencontrarla y de que las dos mujeres se lleven bien. Masha organiza el recorrido y conversa extensamente con su padre sobre los problemas soviéticos. Nicole empieza a aburrirse y a sentirse excluida. Le molesta que Masha conduzca las actividades y que André parezca olvidar la intimidad de la pareja. Esta trama tan sencilla, sin embargo, reserva en su núcleo literario la complicada interacción de la relación amorosa de cualquier persona. Quizás debido a la vocación imperialista del afecto, todavía presa de un ego posesivo, yo, en el pasado, me he sentido particularmente afectada por esta problemática y ausculto su casi universalidad en casi todas las relaciones. El amor lo quiere todo y hace muy mal en esta aspiración de tragar la libertad del otro o de la otra.
Nicole observa la confianza y la espontaneidad entre ambos. Se compara con Masha y se siente insegura, menos valorada. No se trata de una rivalidad amorosa: Masha es la hija de André. Lo que está en discusión es el lugar de Nicole en una convivencia que parecía estable. La atención que André dedica a su hija despierta dudas sobre la atención que todavía reserva para su compañera. ¿André es libre o no de tener una predilección singular en algún aspecto, en este caso por una hija y no por una amante? La inseguridad de Nicole no constituye necesariamente una prueba de opresión patriarcal. André tiene derecho a expresar un afecto particular por su hija. El problema aparece cuando esa preferencia implica desconocer a Nicole como sujeto libre, excluirla de las decisiones y reducir su autonomía. No toda frustración amorosa constituye una forma de opresión.
El conflicto estalla cuando André anuncia que prolongarán diez días el viaje. Asegura que lo consultó con Nicole; ella sostiene que no. La discusión despierta sospechas y resentimientos anteriores. Nicole cree que André miente y que preferiría quedarse sin ella. Los celos son impredecibles e irracionales. Empieza a pensar que su amor ha sido un espejismo. Después de alejarse y beber, regresa y duerme. Al despertar, encuentra a André mirándola; el acercamiento permite aclarar el malentendido. Y este final feliz muchas veces es el prólogo de una vida en la que se sumarán otros malentendidos de otro tipo.
La reconciliación no vuelve insignificante lo ocurrido. La narración muestra la fragilidad del amor, la dificultad de comunicarse y el cansancio del rencor hacia alguien a quien se quiere. Que el amor arrastre rencores hacia el ser amado confirma su tensión entre odio y atracción en innumerables situaciones. También muestra cómo una discusión puede poner en duda toda una existencia compartida. Por eso digo que el amor puede ser un campo minado de malentendidos: cada persona interpreta desde sus temores lo que la otra dice o calla.
El tiempo y la vejez atraviesan esa experiencia. Aparecen el desgaste del cuerpo, las enfermedades, la preocupación por la memoria y el miedo a morir. En las mujeres, la vigilancia sobre la apariencia añade otra presión. Sin embargo, no debemos convertir la vejez femenina en una condena a la pasividad. Cada vez más, existen pruebas científicas y testimonios de mujeres valientes y plenamente sanas que confirman la vitalidad sexual y existencial de una mujer entrada en años. En La vejez, Beauvoir examina esta condición desde distintas disciplinas y muestra que constituye también un problema de justicia social.
El contexto soviético es parte de este relato e introduce otra inquietud: la distancia entre una promesa de emancipación y su realización. Las conversaciones de André y Masha dejan aparecer tensiones políticas y burocráticas. Sartre y Beauvoir conocieron la Unión Soviética y sus contradicciones. Para esta lectura me interesa especialmente el análisis de una supuesta igualdad entre los sexos: proclamarla no garantiza que las mujeres puedan ejercerla en sus relaciones y proyectos cotidianos. Precisamente, para Simone constituyó una gran decepción presenciar la estafa que, en este sentido, constituyeron los socialismos realmente existentes, en los cuales las mujeres siguieron siendo subordinadas. En una entrevista publicada en Le Monde el 10 de enero de 1978, Beauvoir manifestó su decepción al comprobar que la emancipación femenina no había acompañado al socialismo como ella había esperado. También reconoció avances en la independencia económica de las mujeres soviéticas, pero señaló que continuaban soportando el trabajo.
En Simone, vivir y escribir están estrechamente relacionados. Sus experiencias alimentan la reflexión, pero la escritura no se limita a reproducirlas. Al narrar, permite que distintas perspectivas entren en conflicto y que comprendamos sus razones. Nicole no es solamente un ejemplo de una teoría: es una mujer que siente, recuerda y se equivoca. Leerla desde el feminismo exige atender a esa complejidad y reconocer que la crítica de la desigualdad también puede formularse mediante situaciones que cualquier persona identifica en su propia vida, porque, si hay un laboratorio en el cual la opresión cruje y ahoga el grito, es en la vida privada, laberinto de la doble moral.
Esta perspectiva permite comprender por qué el amor no puede asegurar definitivamente lo que somos ni lo que otra persona será. Una relación tiene historia, pero también necesita decisiones presentes. Ningún pasado compartido elimina la posibilidad del desacuerdo. La incomunicación surge cuando suponemos conocer completamente a quien queremos y dejamos de preguntarle qué desea, qué le duele o qué espera todavía de su vida. Amar es una decisión de ser valientes y compartir serena y sabiamente nuestra libertad con la otra persona, no de dominarla.
Al analizar la obra, sugerí, convencida, que la base filosófica de estas preocupaciones es el existencialismo. Es necesario, para mayor claridad, echar mano de las categorías del existencialismo en el pensamiento de Simone para entender estas situaciones habituales, y aquí lo hago aforísticamente por falta de espacio y tiempo. La existencia precede a la esencia: no nacemos con un destino que determine de antemano quiénes debemos ser. Nos hacemos mediante elecciones y proyectos, dentro de circunstancias que no hemos escogido enteramente. La libertad exige responsabilidad y puede producir angustia. La mala fe aparece cuando intentamos ocultarnos esa libertad y tratamos nuestras decisiones como si fueran inevitables. Y todo esto nos obliga a recurrir a Simone desde Sartre: no todas las situaciones son iguales. Si es verdad que estamos obligados a ser libres, «Habrá que ayudar a las mujeres a liberarse, pues no pueden ejercer su libertad en condiciones de igualdad con los hombres». Demasiado claro, y esta claridad aumenta con la lectura de El segundo sexo. La mirada feminista de Beauvoir concreta esta filosofía al examinar la situación de las mujeres. En El segundo sexo, su investigación interdisciplinaria cuestiona que la biología justifique la opresión. La maternidad, por ejemplo, no puede convertirse en un destino obligatorio. Lo femenino se forma históricamente mediante la educación, las costumbres y la distribución del poder. La subordinación no es una necesidad natural: puede transformarse porque depende de relaciones humanas.
Las mujeres son trascendencia: pueden superar lo dado mediante proyectos propios. Las mujeres somos también proyectos, como los hombres y todos sus subgrupos: negros, ancianos, pobres, etc., pero el patriarcado restringe ese movimiento y las encierra en la inmanencia, en la repetición de tareas y obligaciones que sirven a proyectos ajenos. Esta distinción es central en mi lectura. No basta afirmar que todas las personas somos libres; debemos preguntar qué condiciones permiten ejercer esa libertad y cuáles la obstaculizan.
Aquí Beauvoir obliga a precisar la libertad sartreana en lo que decía arriba respecto a la situación, interpretando como mujer, dicha categoría. No niega su concepción de la libertad, sino que cuestiona la insuficiente atención a las condiciones concretas de su ejercicio. La libertad de una mujer se vive desde un cuerpo y una situación social concretos y desde posibilidades desiguales. Reconocer la libertad de una mujer no significa negar su opresión ni responsabilizarla de ella. Incluso cuando parece aceptar su subordinación, no podemos atribuirla necesariamente a la mala fe sin examinar sus condiciones sociales y económicas. El consentimiento no convierte una relación desigual en justa. Por ejemplo, una relación sexual entre una niña y un anciano no puede justificarse alegando el supuesto consentimiento de ella, dadas las desigualdades de edad, poder y madurez.
Beauvoir retoma la dialéctica del amo y del esclavo de Hegel, pero muestra que la subordinación de las mujeres tiene características particulares, pues históricamente los hombres no las han reconocido plenamente como sujetos iguales. En mi análisis de la obra, también recupero la dialéctica del amo y del esclavo de Hegel, que Beauvoir utiliza para pensar problemas de reconocimiento y dominación. Esta operación, presente en la obra hegeliana Fenomenología del espíritu, la apliqué una vez al cuento de Juan Bosch La mujer, en la presentación de un importante libro puesto en circulación por el talentoso sociólogo Rafaelito Núñez. La comparación permite examinar qué ocurre cuando una conciencia pretende afirmarse subordinando a otra. Aplicada a las relaciones entre los sexos, ayuda a comprender cómo la mujer queda situada como lo Otro y cómo sus proyectos pasan por la autoridad masculina. No constituye una equivalencia completa: la situación de las mujeres tiene características propias. A diferencia de otros grupos históricamente subordinados, las mujeres han encontrado particulares dificultades para invertir su posición frente al hombre, afirmarse como sujetos autónomos y conquistar el reconocimiento de su libertad. Este giro epistémico, mediante el cual la mujer deja de ser considerada lo Otro para constituirse en Sujeto, ha sido una conquista histórica difícil, que todavía hoy se realiza a golpes de espada.
Desde estas categorías recomendé leer el malestar de Nicole. Su inseguridad no se agota en los celos: alcanza la necesidad de ser reconocida como sujeto. Amar a André no debería impedirle participar en las decisiones ni conservar proyectos propios. La reconciliación importa, pero también importa comprender qué necesita cambiar para que la convivencia no vuelva a desplazarla. Solamente una lectura feminista invita a escuchar a Nicole sin ridiculizarla con la imagen de mujer celosa. El amor puede acompañar nuestra libertad cuando reconoce la de quien comparte nuestra vida.
Referencia bibliográfica
Beauvoir, S. de. (2014). Malentendido en Moscú (J. De Nys, Trad.; 2.ª ed.). Navona. (Trabajo original publicado en 1992).
Compartir esta nota
