Hay noches en que uno asiste a un espectáculo y sale con la sensación de haber vivido algo más que un concierto. La del viernes 21 de agosto fue una de ellas.
En la Sala Carlos Piantini del Teatro Nacional Eduardo Brito se celebró la Gala de Grandes Intérpretes, organizada por la Fundación Sinfonía —que dirige Margarita Miranda— y dedicada a la memoria de Margarita Copello. La cita reunió a dos figuras de primer nivel del canto lírico internacional: la soprano Nadine Sierra y el tenor Xabier Anduaga, acompañados por la Orquesta Sinfónica Nacional bajo la maestría del director José Antonio Molina.
Sin embargo, para mí aquella velada comenzó mucho antes de que se levantara la batuta. Comenzó con mi hija menor, de 12 años. Desde que supo que me acompañaría, la curiosidad se apoderó de ella: «¿Cómo es el concierto? ¿Qué es la ópera? ¿Qué voy a escuchar?». Yo intentaba explicarle, pero comprendí que hay experiencias que desafían a las palabras; necesitan ser vividas. Por eso, minutos antes de cruzar las puertas del Teatro Nacional, me limité a decirle:
-Ahora vas a saber qué es la ópera.
El encuentro de dos voces
Escuchar juntos a una soprano y a un tenor es asistir al encuentro de dos dimensiones que se complementan de manera extraordinaria. La soprano asciende e ilumina, elevándose sobre la orquesta; el tenor aporta fuerza, calidez y solidez. Cuando sus registros se cruzan, no solo se produce un contraste vocal: nace un diálogo apasionado sobre el amor, la esperanza, el sufrimiento y la despedida.
Aquella noche, Sierra y Anduaga no se limitaron a cantar: encarnaron. Cada aria escondía una psicología; cada dúo, una historia viva. Mientras la música construía la escena, yo miraba de reojo a mi hija Dara. Las respuestas a sus preguntas matutinas estaban ocurriendo justo frente a sus ojos.
El programa tejió un viaje impecable por la música escénica. Transitó desde la emotividad de La Bohème, de Puccini, hasta el garbo de la zarzuela española con piezas de Las bodas de Luis Alonso, Los Gavilanes y La tabernera del puerto. Tras el intermedio, la noche cambió de piel para adentrarse en el universo del teatro musical norteamericano con extractos de My Fair Lady, Candide y West Side Story. Más que una sucesión de arias, fue una lección magistral sobre las distintas formas de narrar la condición humana a través del canto.
Técnica, emoción y legado
Nadine Sierra reconfirmó el peso de una trayectoria que ha deslumbrado en el Metropolitan Opera, el Teatro Real de Madrid y la Wiener Staatsoper. A su lado, Xabier Anduaga —ganador del prestigioso certamen Operalia 2019— demostró por qué abandera a la nueva generación de tenores. Pero sobre el escenario las credenciales pasaron a segundo plano: la entrega de ambos eclipsó sus currículums. Si la trayectoria explica quién es un artista, el escenario demuestra de qué está hecho.
A sus espaldas, la Orquesta Sinfónica Nacional no fue un mero acompañamiento, sino una voz narrativa esencial. La batuta de José Antonio Molina esculpió las atmósferas con un delicado equilibrio que permitió a los solistas brillar sin competir con la masa orquestal.
Este despliegue fue el tributo perfecto para Margarita Copello. Los verdaderos homenajes no consisten únicamente en recordar, sino en perpetuar lo construido. Una sala llena, una orquesta vibrante y dos voces excepcionales fueron la prueba de que su legado sigue latiendo. Y en medio de ese público, una niña de 12 años descubría ese mundo por primera vez. Pocas formas hay más hermosas de honrar una vida dedicada a la música que abriéndole la puerta a las nuevas generaciones.
La lección del arte
Con cada cierre, las ovaciones se volvían más prolongadas. Los artistas entregaron su arte, el público recibió el impacto y devolvió el favor en forma de un aplauso cerrado y generoso.
Pero mientras la sala retumbaba, mi verdadera experiencia consistía en mirar a mi hija escuchar. Me preguntaba qué estaría descubriendo en su fuero interno. Tal vez comprendió que la ópera no es un artefacto distante para eruditos, sino un espejo de la vida misma. Yo había intentado explicárselo con teoría, pero la música lo estaba haciendo por mí con infinitamente mayor elocuencia.
Al salir al aire de la noche, no hizo falta hacer un examen de lo aprendido. Ella había estado allí. Había sentido el peso de Puccini, el color de la zarzuela y la energía de Bernstein. Había descubierto que una historia también puede contarse cantando.
Quizás con el paso de los años olvide el repertorio exacto o los nombres de los intérpretes. Pero conservo la certeza de que recordará lo esencial: que a los 12 años su padre la llevó de la mano al Teatro Nacional, y que antes de entrar le dijo: «Ahora vas a saber qué es la ópera». Porque hay cosas que un padre no puede explicar con palabras; solo puede guiar a su hija hasta el lugar donde ocurre el arte y dejar que la música responda por él.
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