Hay realidades geográficas que la política puede administrar, pero jamás suprimir. La vecindad entre la República Dominicana y Haití no es un mero accidente de mapa, sino un destino insular compartido donde la crisis, la historia y la supervivencia humana se cruzan a diario desde nuestros orígenes.
En momentos en que el Caribe asiste a nuevos despliegues de contención militar frente a las bandas armadas, al fantasma del colapso humanitario y al debate sobre el futuro migratorio regional, la magnitud del desafío exige superar la improvisación y la mirada cortoplacista. Este ensayo en tres partes propone una lectura profunda: despojada de odios viscerales, firme en la defensa de la soberanía y lúcida en el reconocimiento de nuestros desafíos y responsabilidades.
Desde la metáfora de dos hermanos siameses que comparten un mismo cuerpo geográfico hasta la urgencia de construir una verdadera política de Estado para nuestra frontera, se invita a repensar el drama dominico-haitiano con rigor histórico, densidad literaria y agudeza crítica. Una lectura indispensable para entender por qué la defensa de lo propio exige, antes que el miedo, inteligencia de Estado y verdad histórica.
La isla en llamas: violencia, intervención y “El reino de este mundo”
Dos corazones, dos cerebros y un mismo cuerpo
Hay realidades geográficas que terminan convirtiéndose en destinos históricos. La relación entre Haití y la República Dominicana es una de ellas. Dos naciones, dos pueblos, dos lenguas, dos culturas y dos trayectorias históricas diferentes habitan una misma isla del Caribe. Cada país posee su propia identidad, sus instituciones, sus aspiraciones y su derecho soberano a decidir su futuro. Sin embargo, ambos comparten un territorio insular cuyas condiciones geográficas, ambientales y humanas hacen imposible que sus destinos se desarrollen en un aislamiento absoluto.
Podríamos imaginar esta realidad como la de dos hermanos siameses: dos corazones, dos cerebros, dos identidades, pero unidos por un mismo cuerpo. Cada corazón late a su propio ritmo. Cada cerebro interpreta el mundo desde su experiencia. Pero ambos comparten una estructura física cuya salud social y económica depende, en parte, de que ninguno ignore lo que ocurre en el otro. Compartir una isla impone una realidad geográfica que la política puede administrar, pero nunca suprimir.
El espejismo del orden: Bukele, la geopolítica de Washington y la ilusión de la fuerza
En las últimas semanas, la atención internacional sobre la crisis haitiana ha alcanzado un nuevo punto crítico tras el despliegue extraordinario de fuerzas de élite ordenado por el gobierno de El Salvador. El envío de más de dos millares de efectivos —incluyendo el Comando Especial Antiterrorista y el Batallón de Paracaidistas— responde al ataque y secuestro de cuatro soldados salvadoreños de la misión multinacional en la convulsa zona de Croix-des-Bouquets.
Frente a la parálisis institucional, sectores de la opinión pública observan con fascinación el llamado "modelo Bukele", esperando que el carisma y la alta popularidad construida por el mandatario salvadoreño tras su exitosa cruzada contra las pandillas en su país se traduzcan en una solución para el infierno haitiano. Sin embargo, creer que la fuerza por sí sola puede domesticar un polvorín de esta magnitud es ignorar la cruda realidad geopolítica.
Ninguna acción militar de esta envergadura sería viable en el territorio haitiano sin el concurso absoluto del soporte logístico, la inteligencia satelital y la alta tecnología de los Estados Unidos. Del mismo modo, esta operación es indisociable del respaldo táctico y las facilidades de espacio aéreo otorgadas por el gobierno del presidente Luis Abinader, apostado en una frontera custodiada.
Pero el problema de fondo es aún más radical: si la acción militar no responde a una estrategia permanente de ocupación y tutela orientada a instaurar un gobierno legítimo bajo la sombrilla de un masivo Plan Marshall de reconstrucción institucional, no se resolverá absolutamente nada. Un despliegue de fuerza sin cimientos estructurales en un Estado fallido es apenas un fuego artificial que, una vez apagado, dejará intactas las cenizas de la anarquía.
Las metamorfosis de la opresión: de Henri Christophe a las pandillas
Para comprender la naturaleza real del colapso que asfixia a Puerto Príncipe no se debe recurrir al prejuicio ni a la estigmatización. La violencia que hoy devora a Haití es el resultado de un proceso histórico de desarticulación estatal, alimentado tanto por factores políticos y económicos como por profundas inercias idiosincrásicas y sistemas de creencias populares —cargados de un fuerte sincretismo y fatalismo— que han condicionado históricamente la relación del pueblo haitiano con el poder, la autoridad y el destino colectivo.
En su magistral novela El reino de este mundo (1949), Alejo Carpentier desentrañó la tragedia del poder en Haití al narrar cómo la hazaña libertadora de rebeldes como Mackandal y Boukman terminó desembocando en la tiranía cruenta de Henri Christophe. Aquel rey negro, obsesionado con imitar la fastuosidad europea, sometió a su propia gente a un trabajo forzado más feroz que el colonial para erigir la colosal fortaleza de La Ferrière. Carpentier nos dejó una lección imperecedera: la libertad no es un logro definitivo, sino una lucha continua y terrenal contra las mutaciones de la opresión.
La historia contemporánea de Haití repite ese esquema trágico. Tras el fin de la dictadura de la familia Duvalier en febrero de 1986, Haití experimentó una larga sucesión de gobiernos provisionales, juntas militares, golpes de Estado y administraciones constitucionales —desde el Consejo Nacional de Gobierno de Henri Namphy y el breve mandato de Leslie Manigat, pasando por el general Prosper Avril y la presidencia provisional de Ertha Pascal-Trouillot, hasta las convulsas gestiones de Jean-Bertrand Aristide, derrocado y restituido en distintos momentos de su historia—. A lo largo de estos decenios, los sucesivos gobernantes y centros de poder recurrieron recurrentemente al paramilitarismo y a milicias privadas.
Así operó François Duvalier al crear a los célebres Tonton Macoute, concebidos como fuerzas de élite orientadas no a defender las fronteras ni a la población, sino a proteger con mano de hierro los intereses políticos y la supervivencia de la cúpula gobernante. Del mismo modo, Jean-Bertrand Aristide armó a los Chimères de Familia Bala, y en tiempos más recientes, sectores de la élite económica y el difunto presidente Jovenel Moïse terminaron tolerando o impulsando el empoderamiento de coaliciones y redes criminales. Hoy en día, este paramilitarismo ha mutado en carteles urbanos consolidados bajo figuras como Jimmy Chérizier (alias "Barbecue"), líder de la coalición G9 an Fanmi e Alye y de la alianza Viv Ansanm; Wilson Joseph (alias "Lanmò San Jou"), cabecilla de los 400 Mawozo en Croix-des-Bouquets; Vitel’Homme Innocent; Johnson André (alias "Izo"); y Renel Destina, quienes controlan gran parte de Puerto Príncipe y desafían abiertamente la soberanía del Estado.
Cuando la comunidad internacional promovió el desarme y la disolución del ejército haitiano tras las intervenciones de fines del siglo pasado, destruyó la columna vertebral del Estado que ejercía el monopolio legítimo de la fuerza, cometiendo un error similar al perpetrado años más tarde en Irak. Dejó a un cuerpo policial precario y desbordado frente a grupos irregulares armados con mayor capacidad de fuego, financiados por redes criminales y amparados en las trágicas brechas del propio sistema.
La asfixia humanitaria y la indiferencia internacional
Mientras la violencia se concentra en un 80% alrededor de la capital y el eje fronterizo —manteniendo aisladas y en relativa paz a comunidades rurales del norte como Cap-Haïtien o poblados fronterizos como Sabanbón—, el costo humano lo paga la población civil. Haití atraviesa una crisis atroz con más de dos millones de desplazados internos, hospitales colapsados por ataques armados, el aeropuerto internacional bajo constante asedio y la mitad de su población sumida en la inseguridad alimentaria.
A este cuadro de desolación se suma un factor ineludible: el país que ha venido absorbiendo y soportando de manera directa el impacto devastador de esta crisis ha sido la República Dominicana, cargando en solitario con la presión migratoria, la tensión en los servicios de salud y el costo presupuestario de una vecindad en colapso.
A ello se añade la sombra de las decisiones judiciales en Estados Unidos que decretan el fin del Estatus de Protección Temporal (TPS), amenazando con deportaciones masivas de miles de haitianos hacia una nación en escombros. Resulta profundamente contradictorio que las potencias occidentales y la comunidad internacional pretendan exigir estabilidad a la región mientras eluden un compromiso financiero y logístico de gran calado —un verdadero Plan Marshall— para la reconstrucción institucional y social de Haití, dejando todo el peso de la vecindad sobre los hombros del Estado dominicano.
La crisis haitiana nos obliga a mirar hacia el otro lado de la frontera, pero también a mirarnos a nosotros mismos. Nos exige reconocer que la defensa de la soberanía dominicana no puede reducirse a la vigilancia territorial ni a la retórica del miedo, del mismo modo que la recuperación de Haití no vendrá de la mano de soluciones milagrosas ni de discursos maniqueos.
Como el siamés que no puede ignorar el deterioro del cuerpo que comparte, la República Dominicana debe asumir que su estabilidad depende de una política de Estado inteligente, firme y con perspectiva histórica.
(Continuará)
En la próxima entrega examinaremos cómo la doctrina geopolítica de La isla al revés de Joaquín Balaguer moldeó nuestra mirada insular, y por qué la verdadera defensa de la soberanía dominicana no reside en la paranoia, sino en superar el abandono presupuestario histórico con que la democracia ha castigado a nuestra propia frontera.
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