Existen libros que parecen esperar pacientemente a sus lectores. Permanecen durante años en un lugar discreto del canon mientras otras obras concentran la atención de la crítica. Tablero: doce cuentos, de Aída Cartagena Portalatín, me produjo esa sensación desde sus primeras páginas. Resulta paradójico que una obra de semejante riqueza literaria haya recibido menos atención crítica de la que merece. Leída desde el presente, sorprende comprobar hasta qué punto anticipa preocupaciones que hoy ocupan un lugar central en los estudios literarios: la representación de la experiencia femenina, el racismo, la migración, la memoria, la desigualdad social y la libertad para transgredir las fronteras entre los géneros. Quizá esa sea una de las razones para volver a ella.

Esta impresión adquiere una dimensión aún mayor si se recuerda quién fue Aída Cartagena Portalatín. Su nombre suele asociarse al hecho de haber sido la única mujer que integró La Poesía Sorprendida, uno de los movimientos literarios más influyentes de la República Dominicana durante la dictadura de Trujillo. Sin embargo, ese dato biográfico apenas alcanza a explicar la singularidad de una escritora que desbordó los convencionalismos de su época. Cartagena Portalatín no escribió para demostrar que una mujer podía ocupar un espacio reservado a los hombres; escribió porque necesitaba encontrar una forma propia de mirar y de contar el mundo. Su verdadera audacia no estuvo únicamente en abrirse paso dentro de un medio predominantemente masculino, sino en construir una escritura que se negó a obedecer las formas establecidas. Quizá por eso Tablero sigue resultando una obra tan moderna: más que un libro adelantado a su tiempo, parece un libro que el tiempo apenas comienza a alcanzar.

En Tablero, el cuento dialoga con el ensayo, el monólogo interior se fusiona con la prosa poética y la memoria se entrelaza con la reflexión histórica hasta conformar una voz inconfundible. Esa libertad formal no constituye un simple recurso estilístico. Cartagena Portalatín parece desconfiar de las formas rígidas de narrar porque también desconfía de las formas rígidas de comprender la realidad. Cada relato parece contener otro relato que permanece oculto bajo la superficie. Mientras un personaje cuenta su historia, otra historia (la del país, la de la memoria o la de las relaciones de poder) comienza a desplegarse silenciosamente. Esa capacidad para construir un mundo dentro de otro mundo constituye una de las mayores singularidades narrativas de la autora. Mucho antes de que esta hibridez se convirtiera en una práctica frecuente dentro de la narrativa contemporánea, Tablero ya proponía una escritura abierta, capaz de sugerir más de lo que explica y de confiar en un lector dispuesto a completar los silencios del relato.

Fue precisamente esa forma de narrar la que me condujo a observar con mayor detenimiento la construcción de sus personajes femeninos. Comprendí entonces que Cartagena Portalatín no los utiliza para demostrar una idea ni para defender una tesis. Les permite vivir, equivocarse, resistir y cargar con una historia que termina revelándose a través de ellos. En esta obra, las mujeres casi nunca cambian el rumbo de la historia. Sin embargo, son ellas quienes cargan sobre su cuerpo las consecuencias de la dictadura, la migración, la pobreza, el racismo o la explotación laboral. No porque sean más frágiles, sino porque la autora convierte sus vidas en el lugar donde la historia deja sus huellas.

Aurora, en La llamaban Aurora, constituye uno de los ejemplos más elocuentes. El racismo no aparece mediante un discurso explícito, sino en los gestos cotidianos, en la forma de nombrar y en las relaciones de poder. La señora Sarah intenta borrar la identidad de la joven llamándola "Aurora", como si pudiera sustituir el nombre con el que ha construido su propia existencia. Pero la protagonista comprende que la violencia comienza precisamente allí: en el intento de arrebatarle aquello que la identifica. Por eso afirma: «No voy a perdonarle esa risa burlona que mastica cuando me llama Aurora, discriminándome, porque quien me puso así "nunca ha visto amanecer".» Su decisión de marcharse no transforma el orden social, pero constituye un acto silencioso de dignidad. Cartagena Portalatín demuestra que la resistencia también puede expresarse en los pequeños gestos con los que una persona se niega a aceptar la identidad que otros intentan imponerle.

Algo semejante ocurre con Prebis, en La fuerza aniquilada. La migración no aparece como una promesa de prosperidad, sino como un proceso de desgaste físico y emocional. El trabajo, la distancia y la precariedad terminan instalándose en el cuerpo de una mujer que descubre que ni el sacrificio garantiza el reconocimiento ni el regreso devuelve aquello que se perdió durante la ausencia. En uno de los momentos más conmovedores del relato, Prebis confiesa: «Ay, hijo del alma, las penas me van apagando y gastando el cuerpo y la Calandria bailando en un cabaret, y tú más indiferente ahora.» La historia de este personaje revela que los grandes procesos económicos y políticos terminan manifestándose en los cuerpos concretos de quienes apenas figuran en las estadísticas. No hay heroísmo: Prebis no fracasa porque sea incapaz, sino porque el desgaste termina convirtiéndose en una forma de existencia.

Aída Cartagena Portalatín

Beatriz, la mujer de La del piso 7, lleva esta idea todavía más lejos. Cartagena Portalatín construye a este personaje mediante ausencias: no tiene biografía, apenas nombre, y su vida se reduce a los gestos mínimos de la rutina doméstica. La autora evita juzgarla; prefiere mostrarla desde sus silencios, permitiendo que el lector complete aquello que el relato apenas insinúa.

En este punto resulta evidente que Cartagena Portalatín no construye mujeres ejemplares ni heroínas destinadas a transmitir una lección moral. Sus personajes sienten rabia, desean, fracasan, envejecen y, en ocasiones, toman decisiones discutibles. Son mujeres contradictorias, como lo son las personas reales. Esa renuncia a la idealización impide que el lector las reduzca a simples símbolos y explica por qué continúan resultando tan cercanas. Cada una encarna un problema histórico dominicano.

Por eso considero que la mayor aportación de Tablero no consiste únicamente en haber otorgado un lugar central a los personajes femeninos. Su verdadera originalidad radica en convertir la experiencia de esas mujeres en una manera de leer la historia dominicana. Cartagena Portalatín desplaza la mirada desde los grandes protagonistas hacia quienes sostienen silenciosamente el peso de cada transformación social.

Es menester precisar que a pesar de la riqueza de su propuesta estética y de la profundidad con que representa experiencias que hoy siguen ocupando un lugar central en la reflexión literaria, continúa siendo una obra menos leída y comentada de lo que merece. No porque haya perdido vigencia, sino, precisamente, porque su modernidad apenas empieza a reconocerse. Cartagena Portalatín no se adelantó a su tiempo únicamente por los temas que abordó; se adelantó porque encontró una forma distinta de narrarlos.

Al terminar la lectura, queda claro que la historia también puede leerse en una mujer que cambia de nombre para sobrevivir, en otra cuyo cuerpo se agota lejos de su tierra o en aquella que envejece rodeada de silencios. Allí, donde casi nunca miran los relatos oficiales, ella encontró el verdadero pulso de una nación escrito en los cuerpos de sus mujeres.

María Isabel Echavarría

Estudiante de letras

María Isabel Echavarría Montero, es estudiante de Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Se interesa por la crítica literaria y el análisis de los clásicos desde su vigencia en la sociedad contemporánea. mariaisabelechavarriamontero@gmail.com

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