1
¿Qué es la crítica? ¿Para qué sirve? ¿Con qué se come eso? Así me preguntó, cierto día de lluvia un agricultor en Constanza, luego de que le leyera un artículo de prensa que llevaba como epígrafe «Crítica de cine».
Desde luego, aquel agricultor de Constanza ignoraba que cualquier diccionario, académico o no, suele definir la crítica —con algunas variantes— a partir de su raíz griega, vinculada al acto de discernir, separar, decidir o juzgar; de ahí su posterior asociación con el examen y valoración de una obra literaria, artística o intelectual.[1]
Las preguntas de aquel agricultor me las había formulado yo mismo a mediados de los años sesenta, cuando el estructuralismo estuvo a punto de apoderarse de buena parte de la intelligentsia de los países centrales. Eran los años de enorme gravitación intelectual de Jacques Lacan, Michel Foucault, Roland Barthes y, desde luego, Claude Lévi-Strauss, convertido entonces en referencia casi obligada. Desde aquellos centros de irradiación, sus planteamientos ejercían también una poderosa influencia sobre los ámbitos intelectuales periféricos.
Para entonces, la antigua noción de la crítica entendida simplemente como el ejercicio de juzgar una obra comenzaba a resultar insuficiente. El desarrollo de la lingüística, la antropología estructural, el psicoanálisis y las nuevas teorías del lenguaje obligaba a reconsiderar tanto la naturaleza de los objetos culturales como los procedimientos mediante los cuales estos podían ser interpretados.
Aquel panorama comenzó muy pronto a experimentar nuevas rupturas. Los movimientos contraculturales de los años sesenta coincidieron con profundas transformaciones del pensamiento europeo y norteamericano, mientras las propias bases del estructuralismo eran sometidas a revisión. Jacques Derrida, Gilles Deleuze, Julia Kristeva y otros pensadores abrieron territorios que posteriormente serían agrupados —no sin simplificaciones— bajo la denominación de posestructuralismo.
En 1966, Jacques Derrida presentó en la Universidad Johns Hopkins su célebre conferencia «La estructura, el signo y el juego en el discurso de las ciencias humanas» (La structure, le signe et le jeu dans le discours des sciences humaines).[2] Aquel texto se convirtió posteriormente en una referencia decisiva para la crítica del estructuralismo, al cuestionar, entre otras cosas, la idea de un centro estable capaz de organizar definitivamente las estructuras y sus significaciones. Las reglas del juego crítico comenzaron entonces a modificarse de manera sustancial.
Doce años después, el 27 de mayo de 1978, Michel Foucault pronunció ante la Sociedad Francesa de Filosofía una conferencia cuyo título recuperaba la pregunta esencial: «¿Qué es la crítica?».[3] Foucault no buscaba simplemente una definición disciplinaria, sino que examinaba la crítica como una actitud ante las formas históricas de autoridad, verdad y poder. La interrogación acerca de la naturaleza y función de la crítica atravesaba, desde perspectivas diferentes, buena parte del pensamiento contemporáneo.
Aquella alarma que provoqué cuando señalé a Diógenes Céspedes como uno de los iniciadores de una verdadera cultura crítica moderna en nuestro país —alejada de las benevolencias y los escarnios, de las complacencias hacia las logias y las cofradías— adquirió para mí, con el paso del tiempo, una significación todavía mayor.
Yo sabía, sin embargo, que aquella práctica crítica no se ejercía plenamente en nuestro país. Con frecuencia quedaba reducida a aquello que preocupaba a Raymond Williams: la crítica entendida como señalamiento de errores o como expresión de preferencias y valoraciones, sustentadas muchas veces en la autoridad del juicio del crítico.[4]
Por eso, en 1982 expresé algo que para muchos constituyó un atrevimiento, una apostasía e, incluso, una deslealtad hacia lo que entonces se consideraba la estructura crítica del país.
En mayo de aquel año publiqué en el diario La Noticia, dentro de «Lectura del domingo», un señalamiento acerca de la ausencia, en la República Dominicana, de una crítica literaria sustentada en un conocimiento cabal de la teoría literaria.[5] Sostenía, además, que buena parte de lo que aquí se practicaba bajo el nombre de crítica literaria no asumía, desde una perspectiva histórico-política, su relación con los procesos sociales y, por consiguiente, terminaba desvinculándose de la totalidad.
Aquella afirmación provocó rechazos, resentimientos y acusaciones. Pero lo que más pareció mortificar a quienes me calificaron de atrevido, apóstata y desleal fue otro de mis planteamientos: sostuve que un intelectual llamado Diógenes Céspedes, con sus abordajes teóricos iniciados durante los años setenta, había provocado un verdadero revuelo —una especie de ciclón conceptual— que hizo posible que la crítica literaria ejercida en la República Dominicana no volviera a ser la misma.
Pero no. No pretendo aquí enjuiciar su estilo, ni mucho menos emprender una sistematización de los géneros y subgéneros literarios abordados críticamente por Diógenes Céspedes. Tampoco —que quede claro— pienso conducir este trabajo por los conocidos vericuetos de la adulación, tan frecuentes en ciertos conciliábulos literarios donde se confunden el juicio crítico, la conveniencia y el elogio interesado.
Me limitaré a señalar la importancia que, para la comprensión tanto de la literatura producida en nuestro país como de aquella que hemos incorporado desde otras tradiciones, poseen los trabajos que Diógenes Céspedes ha desarrollado durante décadas. Esos trabajos produjeron rupturas y dejaron improntas: marcas que, como hitos colocados a lo largo de un camino, han servido de referencia no solo a quienes comenzaron a ejercer la crítica después de él, sino también a los propios productores de objetos literarios y artísticos.

2
Todos los que de alguna forma producen —o han producido— literatura en la República Dominicana saben, incluyendo a quienes me rechazaron entonces y todavía rechazan algunas de mis posiciones, que antes de la aparición de Diógenes Céspedes en el horizonte de la crítica literaria nacional buena parte de ese ejercicio se limitaba a aprobar o desaprobar las obras publicadas mediante una especie de visto bueno o visto malo.
Había regaños, elogios o silencios cargados de recelo, pero pocas veces se auscultaban con rigor los mecanismos de creación de la obra, sus relaciones con el lenguaje y su posible trascendencia histórica. La opinión podía convertirse así en palabrería lisonjera, hueca y aduladora; en una especie de crítica sospechosa donde prevalecían, en ocasiones, los cánones que la publicidad editorial introducía en las solapas y contraportadas de los libros.
Y también existían los silencios.
Silencios suspicaces ante obras que poseían determinados valores literarios y cuya existencia convenía ignorar. De ese modo, el silencio podía convertirse también en un vehículo de rechazo.
El revuelo provocado por Céspedes en nuestro medio puede ser entendido, salvando naturalmente las distancias históricas y filosóficas, mediante la imagen de una modificación del paradigma: la aparición de un modo distinto de formular las preguntas y, por consiguiente, de leer los objetos sometidos a examen.[6]
Algo semejante ocurre en la historia del pensamiento cuando una estructura conceptual obliga a reconsiderar los instrumentos con que hasta entonces se interpretaba la realidad. Hegel, por ejemplo, llevó hasta nuevas consecuencias problemas heredados de la tradición filosófica anterior, desde Leibniz y Hume hasta Kant. Su conocida formulación acerca de la relación entre racionalidad y realidad efectiva se convertiría en una de las expresiones más discutidas de su filosofía.[7]
Desde luego, la agitación provocada por Céspedes tuvo las dimensiones propias de nuestro espacio intelectual. Pero permitió establecer, a mi juicio, una demarcación específica en la crítica literaria dominicana: un antes y un después de él.
Antes de esa transformación no siempre existía una delimitación metodológica suficientemente clara entre la crónica literaria, la cinematográfica y la artística. Los practicantes de estas actividades podían convertirse en francotiradores que se apoderaban de lo leído u observado y, como ejerciendo un papel de dioses, lo valoraban desde una plataforma predominantemente emocional o ideológica.
También es preciso apuntar que el procedimiento introducido por Céspedes parecía, en principio, bastante sencillo: ejercer una crítica sustentada en una teoría explícita y en procedimientos de análisis capaces de disminuir, hasta donde fuera posible, el predominio del gusto personal y de sus inevitables cargas subjetivas.
No se trataba, naturalmente, de alcanzar una imposible neutralidad absoluta, sino de sustituir el mero «me gusta» o «no me gusta» por una práctica de lectura susceptible de exponer sus presupuestos, sus conceptos y sus métodos.
Antes de Céspedes, el oxímoron, la paradoja y otras figuras retóricas llenaban muchas de las crónicas destinadas a señalar las supuestas virtudes o defectos de los objetos literarios y artísticos. Pero aquellas aproximaciones no siempre explicaban el porqué de una literatura que, durante los años sesenta, había brotado excitada, convulsiva y apasionada de una experiencia histórica común: la sensación de aprisionamiento político y social.
Después, tras una revolución derrotada y una intervención militar extranjera, aquella literatura adquirió también registros nostálgicos y, hasta cierto punto, desolados.
Comprender ese tránsito exigía algo más que enumerar anécdotas o celebrar autores. Exigía instrumentos teóricos capaces de relacionar lenguaje, historia, sujeto y sociedad.
Y fue precisamente en ese territorio donde la presencia crítica de Diógenes Céspedes comenzó a adquirir una significación particular.
3
Yo valoré y aplaudí las críticas de Diógenes Céspedes hacia finales de los años setenta porque nos obligaron a enfrentarnos con la magnitud del signo y con problemas de lenguaje que nuestra tradición crítica apenas había comenzado a explorar.
Entonces me pregunté qué habría sido de mi generación literaria —aquella que he llamado la generación maldita del 60— si hubiese contado, desde sus comienzos, con una estructura rigurosa de observación y valoración de los objetos literarios.
Pienso en los talentos de Miguel Alfonseca, René del Risco Bermúdez, Juan José Ayuso, Grey Coiscou, Rubén Echavarría, Héctor Dotel, Jeannette Miller, Jacques Viau Renaud, Iván García, Rafael Vásquez, Añez-Bergés y tantos otros; y pienso también en mí, situado entre aquella prole de furia.
Era un momento en que la Revolución cubana se desplazaba por el imaginario político y cultural latinoamericano con una fuerza extraordinaria, mientras la muerte de Trujillo continuaba alimentando los gritos épicos de una sociedad que trataba de comprenderse a sí misma.
Muchos cronistas de aquella época, desplegando sus juicios como pavos reales, no consiguieron reconocer plenamente los signos históricos y lingüísticos que marcaron a aquella generación. Al no disponer de instrumentos suficientes para especificar su producción, se detenían con frecuencia en lo anecdótico, en las semejanzas superficiales o en los datos biográficos.
El problema, a mi juicio, era esencialmente el mismo que había señalado años atrás: la ausencia de una crítica sustentada en un conocimiento cabal de la teoría de la literatura.
Cuando Diógenes Céspedes inició sus trabajos periodísticos y culturales en el vespertino Última Hora, en 1973,[8] quienes escribíamos entonces sobre cine, literatura y arte leímos sus textos con cierto recelo. Introducía un vocabulario diferente, unos instrumentos diferentes y, sobre todo, otra manera de interrogar el texto.
Pero unos años más tarde —hacia finales de aquella misma década— lo aplaudí de pie. Posteriormente volví sobre su trabajo al reflexionar acerca de su primer libro, Escritos críticos, publicado en 1976.[9]
El Diógenes Céspedes de aquellos primeros años estaba marcado por su formación francesa, sus estudios en Besanzón y por los debates teóricos de la época en torno al estructuralismo, la lingüística, la semiología y la teoría del signo.
Pero su pensamiento no permaneció inmóvil.
Entre 1977 y 1980 realizó estudios doctorales en la Universidad de París VIII (Vincennes-Saint-Denis), donde obtuvo en 1980 el doctorado en literatura general, con especialidad en poética.[10] Su relación intelectual con la obra de Henri Meschonnic contribuiría a desplazar progresivamente el centro de sus preocupaciones desde determinadas concepciones del signo hacia una poética en la que el ritmo, el discurso, el sujeto y la historicidad adquirirían una importancia fundamental.
Aquel desplazamiento resulta esencial para comprender la evolución de su pensamiento.
Ya no bastaba el signo como unidad aislada ni la oposición mecánica entre oralidad y escritura. Había que interrogar el funcionamiento del discurso, la organización del sentido y el papel del ritmo en la constitución de una obra como acontecimiento del lenguaje.
La impronta de Céspedes no se estampó solamente sobre la estructura crítica nacional. También tocó áreas sensibles de nuestra intelligentsia. Durante aquellos años, numerosos jóvenes dominicanos viajaron a Francia, Cuba y otros países en busca de instrumentos intelectuales que les permitieran internarse en los laberintos de la lingüística, la semiología, la poética y la teoría literaria.
Se trataba, en el fondo, de aprender a leer de otra manera.
De abandonar la fascinación inmediata ante la frase rimbombante, la anécdota o la reputación del autor, para preguntar cómo funciona un texto, qué relaciones establece con la historia, qué sujeto produce, qué ideologías reproduce o combate y mediante cuáles procedimientos construye su sentido.
En Escritos críticos, Céspedes formuló con claridad una convicción que permite comprender buena parte de aquella empresa intelectual: su ejercicio crítico había surgido del intento constante de relacionar una teoría con una práctica.[11]
Ese principio —la relación entre teoría y práctica— trascendía, por supuesto, el ámbito estrictamente literario.
La República Dominicana de aquellos años padecía también una notable debilidad en la reflexión sistemática sobre el Estado, el poder y sus instituciones. Décadas después, tras las desapariciones físicas de Joaquín Balaguer, Juan Bosch y José Francisco Peña Gómez, el escenario político e intelectual dominicano habría de transformarse considerablemente, acompañado por una presencia creciente de politólogos, sociólogos y analistas del discurso público.
En ese contexto resulta pertinente recordar la insistencia de Michel Foucault en estudiar las relaciones entre discurso, saber, historia y poder: los discursos no constituyen simples reflejos pasivos de una realidad exterior, sino prácticas que participan en la formación histórica de los objetos de los que hablan.[12]
Aquí resulta útil también Thomas S. Kuhn.
En The Structure of Scientific Revolutions, publicada originalmente en 1962, Kuhn propuso estudiar el desarrollo de las ciencias a partir de comunidades que trabajan dentro de determinados paradigmas, es decir, marcos compartidos de problemas, procedimientos, valores y modelos. Posteriormente precisó algunos aspectos de aquel concepto mediante la expresión «matriz disciplinaria».[13]
No pretendo trasladar mecánicamente el modelo kuhniano de las ciencias naturales a la crítica literaria dominicana. Lo utilizo como analogía: hay momentos en que una disciplina modifica sus preguntas, transforma sus instrumentos y obliga a releer de otra manera aquello que anteriormente parecía evidente.
Eso fue, a mi entender, lo que produjo Diógenes Céspedes.
Para estudiar el cambio de paradigma que su trabajo contribuyó a introducir en la crítica literaria dominicana de los años setenta basta acercarse a Escritos críticos y, posteriormente, seguir el desarrollo de una obra que fue ampliando sus interrogaciones hacia la teoría del lenguaje y de la historia, el sujeto y lo social, el individuo y el Estado, la poesía y la traducción, el discurso, la lengua y la ideología.
Sus trabajos condujeron a numerosos lectores hacia una comprensión más compleja y polisémica del lenguaje y los obligaron a desconfiar de todo aquello que una sociedad presenta de antemano como trascendente, venerable o eterno.
A partir de aquel primer libro de 1976, Céspedes desarrolló una extensa obra dedicada a la literatura, la lingüística, la poética, la cultura y las ideologías.[14]
Por eso, aquella alarma que provoqué cuando señalé a Diógenes Céspedes como uno de los iniciadores de una verdadera cultura crítica moderna en nuestro país —alejada de las benevolencias y los escarnios, de las complacencias hacia las logias y las cofradías— adquirió para mí, con el paso del tiempo, una significación todavía mayor.
Su importancia no reside en haber establecido una doctrina que los demás debieran obedecer.
Todo lo contrario.
Reside en haber demostrado que la crítica necesita una teoría de aquello que hace; que leer no equivale simplemente a opinar; que la valoración de una obra no puede descansar únicamente en el prestigio de su autor, en las amistades, en las enemistades, en las ideologías dominantes ni en los gustos particulares del crítico.
Diógenes Céspedes contribuyó a instalar en nuestro medio la sospecha frente a esas antiguas seguridades.
Su voz, apartándose de la vieja gramática de la valoración, sometió numerosos textos dominicanos y latinoamericanos al cedazo del lenguaje y de la historia, del sujeto y de lo social, del individuo y del Estado.
Y esa es, quizá, la huella fundamental del atrevido navegante de los paradigmas: haber contribuido a cambiar no solamente aquello que leíamos, sino la manera misma de leerlo.
NOTAS
[1] El término «crítica» procede, a través del latín, del griego kritikḗ, relacionado con krínein: separar, distinguir, discernir, decidir o juzgar. Su sentido originario remite, por tanto, a una operación de discernimiento y no exclusivamente a la emisión de un juicio favorable o desfavorable.
[2] Jacques Derrida, «La structure, le signe et le jeu dans le discours des sciences humaines» («La estructura, el signo y el juego en el discurso de las ciencias humanas»), conferencia presentada en 1966 durante el coloquio internacional celebrado en la Universidad Johns Hopkins, Baltimore. El texto se convirtió posteriormente en una referencia fundamental en los debates acerca del estructuralismo y su crítica.
[3] Michel Foucault, «Qu’est-ce que la critique? [Critique et Aufklärung]», conferencia pronunciada ante la Société française de philosophie el 27 de mayo de 1978. El texto fue publicado posteriormente en el Bulletin de la Société française de philosophie, vol. 84, núm. 2, 1990, y cuenta con una edición crítica posterior.
[4] Raymond Williams, Keywords: A Vocabulary of Culture and Society (Palabras clave. Un vocabulario de la cultura y la sociedad), voz «Criticism». Williams estudia las transformaciones históricas del término y problematiza tanto su asociación con la búsqueda de defectos como la pretensión de autoridad implícita en determinadas formas tradicionales del juicio crítico.
[5] Efraim Castillo, artículo publicado en «Lectura del domingo», diario La Noticia, mayo de 1982.
[6] La utilización del término «paradigma» en este ensayo es deliberadamente analógica. No se pretende afirmar que la crítica literaria funcione según las mismas reglas epistemológicas de las ciencias estudiadas por Thomas S. Kuhn, sino destacar un cambio profundo en las preguntas, presupuestos e instrumentos de una comunidad intelectual.
[7] Georg Wilhelm Friedrich Hegel formula la célebre relación entre racionalidad y realidad efectiva en el prefacio de Grundlinien der Philosophie des Rechts (Principios de la filosofía del derecho), publicado en 1820-1821. La traducción de Wirklichkeit simplemente como «realidad» ha dado lugar a numerosos equívocos interpretativos; «realidad efectiva» o «actualidad» expresa con mayor precisión el sentido filosófico del término.
[8] Diógenes Céspedes inició en 1973 una etapa importante de actividad periodística como reportero y columnista cultural del vespertino Última Hora. Su labor periodística de esos años constituyó uno de los primeros espacios de difusión de sus planteamientos críticos en la República Dominicana.
[9] Diógenes Céspedes, Escritos críticos, Santo Domingo: Editora Cultural Dominicana, 1976. Es su primer libro publicado.
[10] Diógenes Céspedes realizó estudios superiores en Francia. Obtuvo títulos en francés y lingüística en la Universidad de Besanzón y, posteriormente, el doctorado en literatura general, especialidad en poética, en la Universidad de París VIII (Vincennes-Saint-Denis), en 1980. Su formación y posterior relación intelectual con la poética de Henri Meschonnic resultan fundamentales para comprender la evolución de su pensamiento crítico.
[11] Diógenes Céspedes, Escritos críticos, Santo Domingo: Editora Cultural Dominicana, 1976. La concepción de la práctica crítica como articulación entre teoría y análisis constituye uno de los ejes de su proyecto intelectual.
[12] Véase Michel Foucault, Microfísica del poder, así como el conjunto de sus trabajos acerca de las relaciones entre saber, discurso y poder. La formulación utilizada en el cuerpo del ensayo ha sido presentada como paráfrasis conceptual y no como cita textual, a fin de evitar atribuir a Foucault una redacción cuya correspondencia exacta depende de la edición y traducción consultadas.
[13] Thomas S. Kuhn, The Structure of Scientific Revolutions, Chicago: University of Chicago Press, 1962. Kuhn empleó el concepto de «paradigma» para estudiar los marcos compartidos por las comunidades científicas. En el «Postscript—1969», incorporado a la segunda edición de 1970, introdujo la expresión «disciplinary matrix» («matriz disciplinaria») para precisar uno de los sentidos que había atribuido anteriormente al término «paradigma».
[14] Entre las obras posteriores de Diógenes Céspedes figuran Ejercicios II (1983), Seis ensayos sobre poética latinoamericana (1983), Estudios sobre literatura, cultura e ideologías (1983), Lenguaje y poesía en Santo Domingo en el siglo XX (1985), Política de la teoría del lenguaje y la poesía en América Latina en el siglo XX (1995) y La poética de Franklin Mieses Burgos (1997), entre otras. Su producción posterior amplió considerablemente los campos abiertos en sus primeros trabajos.
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