«En varias ocasiones he tenido deseos de escribir la vida de Vicente van Gogh; esa vida tan fantástica como ejemplar de un ser apasionado, el más grande idealista y mártir más conmovedor del arte moderno; extraño vagabundo».
Hermann Hesse

La reciente obra titulada Rafael Tufiño y sus amigos pintores, del doctor David Cupeles, es el libro que nos convoca esta noche en la exquisita Casa Dominicana. Este libro es muy oportuno en el centenario de figuras como Rafael Tufiño, Bobby Capó, Sylvia Rexach, Amaury Veray y Héctor Campos Parsi.

Lo digo de inmediato: en este libro hay un afán por saber, hay una pulsación por demostrar una formación cultural y sociológica de nuestros artistas plásticos y gráficos. El resto de mi presentación me lleva a destacar el esfuerzo y la osadía, en condiciones precarias, del autor David Cupeles. Pero lo adverso no vale nada para un artista. La madurez de David lo llevó al pensamiento de que si hay una variedad de artistas también hay una variedad de relatos biográficos. Por lo tanto, David es mi amigo; admiro su obra mencionada porque es un altruista investigador del arte puertorriqueño que destruye el marco dorado para desentrañar lo que dice el lienzo de nuestro país.

Las artes plásticas están al servicio de la vida; la tierruca artística hace más de dos siglos que destaca que siempre ha estado hambrienta de imaginación. La condición humana borincana es, sin duda, un afrodisíaco para investigadores con los pies en la tierra y para pintores con la cabeza en el cielo. Un investigador desinteresado como David Cupeles tiene una mente nerviosa, vive la seducción del arte y conoce la impronta trayectoria de los maestros a quienes David les debe admiración.

Cupeles sabe mucho de la vida de nuestros pintores y muchísimo sobre los pintores de las últimas décadas del siglo XX. Al hojear su obra ilustrada nos enteramos de muchas cosas; no obstante, se destacan las crónicas del espíritu apasionado y la determinación de lucha contra la imagen, pero el sufrimiento de todos es más elocuente, incluyendo al mismo autor de Rafael Tufiño y sus amigos pintores. Sin asumir ninguna calma voy a señalar que David nos ha regalado un libro de arte cuyo resultado investigativo es un arcón de auténtica pieza artística.

Un buen artista e investigador nunca controla su buena fe en los instintos. A menudo éstos se conciben como una aventura delirante que fluye por las venas y que desespera en el tintineo del escritorio, los colores y las pinceladas. Aunque sus manos le tiemblen, David Cupeles es un artista, es un investigador agradecido. Dio el todo por el todo para montar un proyecto de envergadura. David, forzado al trabajo y al silencio del investigador, llega a una idea, a un lugar, a una anécdota, a muchas caras; encuentra un taller y una casa donde hay vidas y tesoros artísticos.

El amigo David no es para nada un aficionado de las artes; es un investigador de capa y espada. Yo personalmente he tenido muchas conversaciones con David. Él tiene un vozarrón, sus dedos saltan, camina de prisa como un astrofísico; sin embargo, eso no le impide ser un estudioso apasionado que va sigilosamente por la presa que captura y, en el mejor sentido, nos destapa las bestias y los ángeles de los artistas boricuas. Nuestro intrépido autor ha madurado un macrolibro de aprendizajes, caracteres y conocimientos.

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Dr. David Cupeles.

Rafael Tufiño y sus amigos pintores es un libro espectacular. No lo escribió una persona expectante ni un dotado emprendedor, sino todo un serio estudioso de nuestra tradición artística que va por partes como un divulgador con una lógica entretenida que logra desglosar el mundo artístico de nuestra isla. Tanto David como la fraternidad de artistas plásticos del siglo XX encarnan una acción expresiva terrenal. A través del ojo crítico de David sale el vistazo profundo a nuestra innovadora creación artística, sin adherirse mi amigo a dogmas revisionistas ni a resentidas cancelaciones infantiles que hoy nos indigestan las diásporas culturales.

Nuestro autor tiene claro que la nueva estética de lo pulido no es relevante, que los defectos son parte de la imaginación y la faena. En su obra, David no destaca complacencias artísticas ni protocolos narrativos de empoderamientos y resiliencias banales. Por el contrario, David, el pensador con nada en el estómago, escribe con lucidez, esfuerzo y valentía. En esto que Samuel Johnson afirmaba: que la disciplina y la valentía eran las mayores virtudes naturales.

En la lectura de esta obra sentimos la zozobra del autor crítico; leemos la fuerza de contar vidas de amigos pintores de Rafael Tufiño y a él mismo como el rey Midas que convierte en arte todo lo que ve y toca. De igual manera, David nos demuestra que él, como historiador del arte, es rey Midas: convirtió en un hermoso libro de arte lo que aprendió y conoció a través de su vida.

La extensa investigación de David no es consumo ni casual disfrute. Dice el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han que lo bello artístico «es la copia del silencio desde que la naturaleza habla». David es firme; piensa que el arte de lo bello viene en una envoltura, juega con la tensión interior para seducir la mirada astuta que descubre el escondrijo donde están la poesía y el vino del artista. No es vergonzoso contar que los pintores lloran como los poetas y los novelistas.

El artista genuino tiene párpados sensibles. A Francisco Oller le salieron lágrimas vivas delante de su obra maestra El velorio. Igualmente, a Tufiño se le saltaron las lágrimas delante, cara a cara, con el rostro de su propia Goyita. Los músicos y los pintores son los que más despiertan el amor. Son tiernos en la amistad y la belleza es toda su esencia. Cupeles se obsesiona con la investigación con un ojo crítico. Piensa que en la amistad artística hay familiaridad. Su narración no pierde tiempo, entra en materia y sin rodeos descarga las plegarias, los matices y las texturas ingeniosas de un Antonio Maldonado, de Antonio Martorell, Osiris Delgado o de Alfonso Arana.

Este no es un libro de frívolas añoranzas biográficas. Por el contrario, su lectura nos conduce por un río que lleva una riada de conocimientos, originalidad y belleza secreta. David arregló este riguroso libro no en el vacío, sino en la ya larga tradición artística de Puerto Rico. Este libro que nos regala hoy día David no es una simple iniciativa urbana que desaparece sin dejar rastro. De manera que la profunda acción guardiana del arte faculta, sólidamente, la experiencia transformadora de la mirada artística centrada en lo indígena, hispánico, africano, criollo y caribeño.

David, no te enojes conmigo si digo que tu épico libro yo lo veo como si fuera una antigua botica bien surtida de artistas, a la que no le faltan la comedia de los trópicos ni las incisivas herramientas y jarabes alucinantes del boticario. Imagino la botica parecida a un taller sanjuanero donde hay mezclas míticas, donde son indispensables la mujer del cabaret, el ron, el cigarrillo, la sal, la pimienta y la conversa.

En el taller de los amigos pintores se cobijaron pintores exquisitos y momentos memorables. El estudio adoquinado y de mampostería fue templo cromático de las tribulaciones, de los rumores, proyectos, entuertos con acuarelas y lienzos. En esos talleres los amigos eran soldados de la verdad y la falsa, del fracaso y el éxtasis, del aceite y el agua. Además, en esas trincheras de la imaginación, se nos cuenta David, se dieron encandilados debates sobre sombras y luces, sobre el fragmento y el todo, sobre lo sagrado y lo profano, pero nunca se abandonó el estilo propio. Estoy convencido de que David vivió esa Arcadia boricua, invitado por algunos maestros de la vanguardia de la impronta institución de la División de Educación de la Comunidad, fundada en 1949.

Yo imagino a David en el trajín del escritor como un Casanova de la ilustración cultural caribeña. Igual pienso en mi dilecto amigo como un vendedor de libros y de ilusiones, como Melquíades en Cien años de soledad. También lo comparo con un inspector incisivo que corre galerías y museos patrocinando el arte emblemático de nuestro patrimonio artístico. He leído a fondo el ladrillo pesado y maravilloso que me ha regalado mi amigo. Y me consta que este libro no es solo de pintores; al contrario, y según el autor, se trata de la vida de grandes sufrientes. Pero el sufriente mayor es David Cupeles, que pasó un terrible martirio escribiendo de tantos sujetos excepcionales. La voluntad de David por escribir Rafael Tufiño y sus amigos pintores es una obra hecha realidad, y el autor hizo un sacrificio incondicional de principio a fin.

David es un averiguador amable, consistente, astuto pero pelado; con una mano al frente y otra detrás va a devorar vidas icónicas, libros, cuadros grandes y pequeños y monografías magisteriales. Soy testigo de cómo mi amigo se ha quemado las pestañas durante muchos años sin dotaciones financieras, sin ayudas institucionales ni albaceas generosos. Esta ha sido una gesta intelectual en solitario. Es un libro solamente apoyado por su amor propio a los bienes artísticos y sus genios. Este libro Rafael Tufiño y sus amigos pintores se publicó sin el respaldo de una editorial conocida. Me da lástima decirlo, pero él mismo se encarga de su distribución. Para David esta no es una fase entretenida ni es recompensable al tanto de amor y esfuerzo generoso.

Para llevar a feliz término su obra maestra, David se preparó de antemano en su pueblo natal de San Germán. Allí enloquece temprano con la plástica; hermanas consentidas lo miman a seguir y sus padres le hacen cuentos de don Pedro Albizu Campos. Sigue su andamiaje, abre los ojos en la Universidad Católica de Ponce. La familia y la academia son el preámbulo a su gran obra por venir. La providencia le hace guiños a degustar con placer el menú que le ofrece el arte renacentista y del Barroco. José Campeche y Francisco Oller lo iluminan, le indican el camino a seguir. Comenzó a ver el mundo docente enseñando historia del arte en la Central High de Santurce. No conforme con ser maestro entrañable, abandona su rutina y se lanza a otra exploración lunática como don Quijote de la Mancha. David es un artista y luego investigador, no al revés. De igual manera es aventurero y luego, andando entre Puerto Rico y México, se convierte en el gran historiador del arte puertorriqueño en la actualidad.

Sigue su instinto artístico y decide saltar a México con sus ojos de curiosidad e inquietud vibrante. En México quiere completar su travesía y se monta en la locomotora de los muralistas platónicos, rancheros y picapleitos.
Se inscribe en la Escuela de Artes Plásticas de la Academia de San Carlos. Allí busca de las manos y pinceles del ingenioso maestro de maestros don Fran Cervoni, el mecenas paisano de artistas boricuas en la ciudad azteca. En esa misma casa de estudios cae en las manos docentes del mexicano don José Carmona, a quien David confía su talento y la incertidumbre. Así, el estudiante isleño de San Germán bebe de la teta de toda la tradición pictórica e intelectual mexicana. Hoy David recuerda al profesor Carmona como un gran investigador, maestro y excelente artista.

Yo salgo en defensa de la preciosa obra de mi docto amigo que tengo sobre la mesa. Ya no es una tesis doctoral; es más que un requisito extraordinario. Es un tratado de la plástica y el grabado borincano del siglo XX; es la épica descomunal de la relación acogedora entre México y Puerto Rico. Esta navegación de estudios, sentimental y de hermandad aún continúa.

México le dio al autor la fortaleza que buscaba, una bitácora con la disciplina; le dio además la fuerza de los afectos de sus profesores. En fin, México le ofreció un manifiesto cultural que llevaría en su equipaje a Puerto Rico.
Por otro lado, Puerto Rico ofrece mucho al investigador. Lo tenía todo para la empresa intelectual y, sobre todo, le ofrecía el taller de los episodios nacionales del siglo pasado. La isla artística le ofreció la materia prima, maestros de la plástica con nombres y apellidos. En su tierra halló artistas que habían acumulado una vida bullanguera y creativa, audaz y valiente, poética y realista, indomable y sufrible, que remoja y cala las obras artísticas registradas en Rafael Tufiño y sus amigos pintores. David es un autor muy consciente de su criterio artístico y es igualmente consciente de la importancia de la investigación en el tumulto de un pueblo donde recordar parece ser que no es obligación.

En su obra Rafael Tufiño y sus amigos pintores se reúne una serie de destacados artistas puertorriqueños diversos y prolíficos, vivos y penetrantes, que le hacen guiño a la inmortalidad. Me rompen los nervios que un artista historiador en solitario como David Cupeles haya podido reunir en un libro tantas brochas genuinas y tantas bellezas de piezas plásticas y gráficas. El ojo de David y su pluma es una hazaña homérica y alude a la imagen del Prometeo de Rufino Tamayo. Esta obra se conserva en la Biblioteca General de la Universidad de Puerto Rico.

Rafael Tufiño y sus amigos pintores es un libro que, en sí mismo, es un atrevimiento cultural arriesgado. Fue una satisfactoria empresa que le pidió a David unidad, coherencia, credibilidad y frescura narrativa. Su estilo es biográfico y crítico, adornado con la lectura de formas y colores y de vivas anécdotas. La fuerza de la narración fluye en Cupeles como artista nato e investigador. Es un libro de arte que no finge, que no se duerme en las frivolidades del presente ni en los rumores del pasado. Es un libro que destaca la importancia de un Homar y un Tufiño sin dejar atrás a sus compañeros de generación.

En las muchas páginas de este libro se habla de otros pintores para cuadrar la historia completa de nuestra plástica. De modo que el producto fue un libro equilibrado, que toma en cuenta muchos detalles y capítulos sinfónicos de paseo por países, las galerías y museos. Como es un diálogo entre pintores, el libro de David es un pistoletazo directo al tedio de las mentes puertorriqueñas.

No le hacemos justicia al texto de David si tan solo escribiéramos que es un libro de compendios de artistas y sus obras. Eso es fácil de realizar. Tampoco es un tratado teórico de la evolución de la pintura en Puerto Rico. A mi entender, Rafael Tufiño y sus amigos pintores es un edificio intelectual que trasciende a una pedagogía armada con un cuchillo de doble filo. David nos regala un libro de difusión, relevante y valioso. La obra de Cupeles descansa en un andamiaje bien organizado. Consta de cuatro capítulos e incluye una sentida carta de Pablo, el hijo de Rafael Tufiño. Además, consta de más de doscientas ilustraciones a todo color y en blanco y negro. El libro es toda una pasarela de figuras importantes de la cultura puertorriqueña. Mi amigo de San Germán no dejó afuera a ningún amigo arrinconado en el taller de los secretos enmarcados.

La obra es un ladrillo con más de cuatrocientas páginas; es un macizo de relatos que pesa más de dos libras. David, a hombros de gigantes, sale victorioso de su batalla napoleónica. Audacia y afecto definen el carácter que fluye por esta historia contada con valentía e inteligencia neta. Cupeles es un titán; su vivacidad y su salto a la historiografía del arte van a enfadar a muchas sensibilidades absurdas en Puerto Rico.

Sin duda es un libro de texto interesante que no debe faltar en colegios y bibliotecas, y debería ser ya un referente en los cursos de historia del arte. Pero también estamos enfrente de un libro pensado con una pedagogía llevadera y al mismo tiempo amplia. La monumental obra no se aparta del alcance de los ojos de lectores hambrientos por nutrirse de la historia del arte en Puerto Rico. Su esfuerzo didáctico tiene que ser valorado. David nos ha regalado una empresa enciclopédica.

David Cupeles hizo un trabajo de ermitaño que despejó las sombras del mito de la caverna de Platón. El aporte de este libro será conocido y su acontecimiento historiográfico avanzará sólido y por sus propios méritos. David se las arregló para que su valiente libro fuera uno laureado de acrobacias artísticas, de remembranzas relevantes, entrevistas, hallazgos, curiosidades. En suma, David impuso su poesía, su estilo, su gestión cultural, su pellejo, y en el trajín de la investigación perdió mechones de cabellos. Sin embargo, su tolerancia no sucumbió al fragor de su corazón.

En fin, David Cupeles personifica con sus camaradas pintores la Arcadia sonriente y dolorosa de Rafael Tufiño. Por tanto, ni Rafael Tufiño ni David Cupeles se apartaron de la vorágine de una isla artística e inconmensurable. Creo que David puede hacer suyas las mismas palabras de Pablo Picasso, quien dijo en una ocasión: «El propósito del arte es quitar el polvo de la rutina de nuestra alma y nuestra sociedad». Y yo acabaría mi intervención mencionando el profundo aprendizaje que me dejó esta obra, y digo: «Solo poseyendo el arte del pasado vamos a poseer el arte del futuro».

¡Muchas gracias, David, por este regalo inmerecido! Pienso que tu libro es una joya. Sin duda, tus amigos reunidos aquí celebramos tu aventura intelectual de gran interés histórico, patriótico, artístico y humano.

Juan Casillas Álvarez

Juan Casillas Álvarez

Escritor y catedrático universitario

Juan Casillas Álvarez. Natural del pueblo de Las Piedras, Puerto Rico.Estudió en la Universidad de Puerto Rico, donde fue estudiante de historia y literatura. Luego en el Centro de Estudios en Avanzados de Puerto Rico y el Caribe. También hizo estudios graduados en la Universidad de Connecticut donde terminó su maestría en historia comparada. También ha cursado estudios en Harvard University. Ha dedicado buena parte de su vida a la enseñanza en las escuelas públicas de Boston y Cambridge en Massachussets en USA. Ha publicado en Internacional Poetry Review, University of North Carolina. Ha participado en muchos recitales en diferentes ciudades de los Estados Unidos. Su libro de poemas "Lugar Profano” bajo el sello de Isla Negra (2015) es su primer libro de poesía. También, su poesía ha sido publicada en la revista Cine y Literatura de Chile, Trasdelmar de México, Antología de Voz Celestial, Revista kartmesa ambas de Perú. Sus ensayos, relatos y crónica han sido publicados en la Revista Diálogos, Exégesis, 80grados, Revista Cruces, Periódico Claridad, Adoquín Time, Asento, Revista Siglo22 y Letralia. Continúa respirando y machacando la literatura. Actualmente vive en su país, Puerto Rico. casillasjuna40@gmail.com

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