La Estrategia Nacional de Desarrollo de la República Dominicana se inscribe en una concepción del desarrollo humano integral y sostenible, que supera la visión tradicional del desarrollo entendido fundamentalmente como crecimiento económico. Desde esta perspectiva, el progreso de una nación no puede medirse exclusivamente por el aumento del producto interno bruto, el ingreso per cápita, la productividad o la inversión, sino por las condiciones reales que permiten a las personas ampliar sus capacidades, ejercer sus derechos, mejorar su calidad de vida y participar plenamente en la construcción de la sociedad.

Esta transformación implica también un cambio sustancial en el lenguaje del desarrollo. Durante buena parte del siglo XX, conceptos como crecimiento, industrialización, productividad, inversión e ingreso ocuparon el centro de las políticas de desarrollo. Con la consolidación del paradigma del desarrollo humano, particularmente a partir de los aportes del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), las personas y sus capacidades pasan a ocupar el centro del análisis. El crecimiento económico deja de concebirse como un fin en sí mismo y comienza a considerarse un medio para alcanzar mayores niveles de bienestar, libertad, oportunidades y calidad de vida.

De esta manera, crecimiento económico y desarrollo humano dejan de ser conceptos equivalentes. Una economía puede crecer y, sin embargo, mantener profundas desigualdades sociales y territoriales, deficiencias educativas, pobreza, exclusión, deterioro ambiental, debilidad institucional o dificultades para garantizar el ejercicio efectivo de los derechos fundamentales. El concepto de desarrollo humano obliga, por tanto, a observar no solamente cuánto produce una sociedad, sino también cómo viven sus ciudadanos, qué oportunidades poseen y cómo se distribuyen social y territorialmente los beneficios del desarrollo.

La incorporación del término integral amplía todavía más esta perspectiva. Significa reconocer que las dimensiones económica, social, educativa, sanitaria, ambiental, institucional, territorial y cultural del desarrollo se encuentran interrelacionadas y que ninguna de ellas, considerada aisladamente, permite comprender plenamente las condiciones de vida de una sociedad. El desarrollo integral supone, en consecuencia, una visión multidimensional del ser humano y de las comunidades.

El concepto de sostenibilidad incorpora, además, la dimensión temporal y la responsabilidad intergeneracional. No basta con producir bienestar en el presente; es necesario determinar si las formas de producción, consumo, organización territorial, utilización de los recursos naturales y construcción institucional permiten preservar las posibilidades de desarrollo de las generaciones futuras. Esta concepción encuentra actualmente una de sus expresiones internacionales más amplias en la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

Los organismos multilaterales han debido convertir estos grandes conceptos —desarrollo humano, bienestar, sostenibilidad, inclusión, igualdad y calidad de vida— en dimensiones susceptibles de observación y comparación entre países. Surge así una verdadera gramática internacional del desarrollo, que puede representarse mediante una secuencia:

concepto → dimensión → objetivo → meta → indicador → dato → comparación → evaluación → política pública.

El PNUD constituye uno de los ejemplos más claros. El Índice de Desarrollo Humano traduce parcialmente el concepto de desarrollo humano en tres dimensiones fundamentales: una vida larga y saludable, el acceso al conocimiento y un nivel de vida digno. Para medirlas utiliza indicadores como la esperanza de vida al nacer, los años promedio y esperados de escolaridad y el ingreso nacional bruto per cápita. Sin embargo, el propio desarrollo de este paradigma ha demostrado que ninguna medición única puede representar la complejidad de una sociedad. De ahí la incorporación progresiva de indicadores relacionados con desigualdad, pobreza multidimensional, género, vulnerabilidad y otras dimensiones del bienestar.

De manera semejante, el Banco Mundial, las Naciones Unidas, la CEPAL, la UNESCO y otros organismos multilaterales utilizan amplios sistemas de indicadores económicos, sociales, educativos, ambientales, institucionales y territoriales. El objetivo ya no consiste solamente en determinar cuánto produce un país, sino en establecer cómo vive su población, cuál es su esperanza de vida, qué educación recibe, cómo se distribuye el ingreso, cuáles son sus niveles de pobreza y desigualdad, qué oportunidades poseen mujeres y hombres, cuál es la calidad de sus instituciones y qué grado de sostenibilidad presenta su modelo de desarrollo.

Sin embargo, dentro de esta arquitectura internacional de medición existe una dimensión particularmente compleja: la cultura. Resulta relativamente sencillo cuantificar el número de museos, bibliotecas, salas de teatro, visitantes, empleos culturales, bienes patrimoniales protegidos, industrias culturales, exportaciones creativas o recursos presupuestarios destinados al sector. Mucho más difícil es medir identidad, pertenencia, memoria histórica, creatividad, diversidad cultural, transmisión intergeneracional del patrimonio, participación cultural o la relación que una comunidad establece con sus propios valores y representaciones simbólicas.

Esta dificultad revela una cuestión metodológica fundamental: el indicador no es la realidad; constituye una representación de una dimensión de la realidad que una sociedad decide observar, cuantificar y evaluar. Por ello, aquello que no aparece adecuadamente representado en los sistemas de indicadores corre el riesgo de adquirir menor visibilidad en los procesos de planificación, asignación presupuestaria y evaluación de las políticas públicas.

Desde esta perspectiva, concebir el desarrollo dominicano como humano, integral y sostenible ofrece una base conceptual particularmente importante para reconsiderar el lugar de la cultura dentro de la Estrategia Nacional de Desarrollo. La cultura no debe entenderse exclusivamente como un sector económico ni reducirse al aporte de las industrias culturales y creativas al producto interno bruto. Constituye también una dimensión del desarrollo humano vinculada con la identidad nacional, la memoria histórica, el patrimonio material e inmaterial, la creatividad, el conocimiento, la educación, la ciudadanía, la diversidad y el ejercicio de los derechos culturales.

Esto obliga a formular una pregunta distinta. No solamente debemos preguntarnos cuánto aporta la cultura a la economía dominicana, sino también cuánto aporta la cultura al desarrollo humano integral y sostenible de la República Dominicana y mediante qué indicadores podemos conocer y evaluar ese aporte.

Responder a esta interrogante exige construir un sistema nacional de indicadores culturales capaz de articular las dimensiones cuantitativas y cualitativas de la cultura. Junto a los indicadores económicos —empleo cultural, producción, inversión, consumo, industrias culturales y creativas— deberían incorporarse indicadores relativos a derechos culturales, acceso y participación, patrimonio material e inmaterial, identidad y diversidad cultural, educación artística, lectura, creación e investigación, infraestructura cultural, descentralización territorial, inversión pública, memoria histórica y transmisión intergeneracional de conocimientos y manifestaciones culturales.

La construcción de estos indicadores permitiría establecer relaciones entre la política cultural dominicana y los sistemas internacionales utilizados por el PNUD, la UNESCO, la CEPAL, las Naciones Unidas, el Banco Mundial y otros organismos multilaterales, sin trasladar mecánicamente modelos externos ni reducir nuestra realidad cultural a aquello que resulta fácilmente cuantificable.

En consecuencia, una auténtica política cultural de Estado debería partir de esta concepción multidimensional del desarrollo. La cultura no constituye un complemento ornamental del crecimiento económico ni un ámbito aislado de la acción pública: forma parte de las capacidades mediante las cuales una sociedad se reconoce, preserva su memoria, transmite sus valores, produce conocimiento y creatividad y proyecta colectivamente su futuro.

El desafío para la República Dominicana consiste, por tanto, en avanzar desde el reconocimiento conceptual de la cultura como dimensión del desarrollo hacia su incorporación efectiva en los instrumentos de planificación, presupuestación, medición y evaluación del Estado. Solo entonces será posible determinar no únicamente cuánto crece económicamente el país, sino qué tipo de sociedad estamos construyendo y en qué medida ese crecimiento se transforma verdaderamente en desarrollo humano integral y sostenible.

Desiree Domínguez Fiallo

Economista. Ingeniera. Artista Plástica. Gestora Cultural. Escritora

Desiree Domínguez Fiallo. Economista, Ingeniera Civil, INTEC. Artista Plástica, Gestora Cultural, Escritora. Publicaciones por varios años sobre Economía y Crítica de Arte. Revista Sobre El Caribe, dirigida por Rubén Silié, Conductora programa TV: Economía al Día y Foro Empresarial producción Víctor Grimaldi; Conductora programa de Radio: Con Los 5 Sentidos producción Socorro Castellanos. desireedominguez04@gmail.com

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