“Cada viaje deja una imagen final en la memoria”.

Contraste entre el pasado y el presente en los vehículos de La Habana, capital de Cuba. Foto de Carlos Sánchez.

Hay países cuya historia parece caminar al mismo ritmo del mundo. Cambian, se transforman, se acomodan a las nuevas corrientes de la política y de la economía global. Pero hay otros que, por razones complejas y a veces dolorosas, parecen quedarse detenidos en una estación del tiempo, como si una parte de su destino hubiese quedado anclada en una época que el resto del planeta ya dejó atrás.

Fotografía de Juan Bosch, tomada durante una visita a La Bodeguita del Medio. La fotografía está colocada en una de las paredes del legendario bar.

Cuando pienso en Cuba, siento siempre una mezcla difícil de explicar entre admiración y tristeza: admiración por la inteligencia y la dignidad de su pueblo, por su extraordinaria vida cultural y por su capacidad de resistir con creatividad las adversidades; y tristeza al ver a una nación que durante más de seis décadas ha vivido bajo el peso de un bloqueo económico que ha limitado profundamente su desarrollo. Ese bloqueo —impuesto por los Estados Unidos desde comienzos de los años sesenta— ha marcado profundamente la vida cotidiana de generaciones enteras de cubanos. Ha restringido su comercio, ha limitado su acceso a mercados, tecnologías y financiamiento, y ha convertido la economía de la isla en un sistema permanentemente asediado.

Fotografía del presidente Leonel Fernández, en La Bodeguita del Medio.

A ese cerco externo se suman también las rigideces internas del sistema político cubano, que durante mucho tiempo no logró adaptarse con suficiente rapidez a las transformaciones del mundo contemporáneo, y cuyos dirigentes validan el esquema de Guerra Fría que le imponen los Estados Unidos con la rigidez hacia sus ciudadanos y la burocracia que permea el sistema. Así, entre presiones externas e internas, Cuba parece haber quedado suspendida entre dos tiempos históricos: el siglo XX que la marcó profundamente y un siglo XXI que todavía no termina de abrirse para la isla.

El primer viaje: descubrir la isla

Hotel Nacional de La Habana. Fotografía Carlos Sánchez.

Debo hacer aquí una precisión. He hecho tres viajes a Cuba, y cada uno tuvo un carácter distinto. El primero fue un viaje esencialmente humano y turístico. La idea no fue mía, sino de mi amigo de muchos años, Benjamín Vargas, quien propuso que viajáramos tres parejas de esposos para conocer la isla. Él conocía la isla, pues había viajado antes en más de una ocasión.

En ese primer viaje fuimos Benjamín Vargas y su esposa Celia; mi esposa Tomasina y yo; y nuestro amigo Carlos McCoy con su esposa, que también se llamaba Tomasina. Benjamín había preparado cuidadosamente el recorrido: Villa Clara, Pinar del Río, Viñales y La Habana. Decidimos que el primer viaje fuera de La Habana sería hacia Santa Clara.

Carlos McCoy, Celia, Benjamin Vargas (El Guía) y las dos Tomasinas. En mi primer viaje, mis compañeros turistas degustan unas mazorcas de maíz tierno hervido en una calle de La Habana.

Antes de llegar al pueblo de Santa Clara, nos encontramos con la imponente estatua del Che Guevara. Mide aproximadamente 22 pies. Está colocada sobre un pedestal elevado, lo que aumenta aún más la percepción de altura cuando uno la observa desde abajo. Desde la base, el rostro del Che se pierde. No por ausencia, sino por altura. Es una vista no para ser visto en detalle, sino para ser sentido.

Más adelante, ya en el pueblo, visitamos el tren blindado descarrilado, ese cuerpo metálico detenido en el tiempo que aún parece respirar la tensión de la batalla. Uno de sus vagones ha sido convertido en un pequeño museo, donde las fotografías —ya gastadas por los años— no solo documentan, sino que evocan: rostros jóvenes endurecidos por la urgencia, miradas firmes, gestos que contienen la historia viva de la batalla. Allí, entre hierro y memoria, se percibe la presencia de aquellos aguerridos combatientes que, más que figurar en imágenes, parecen seguir habitando ese espacio como testigos silenciosos de un momento decisivo.

Se observan estatuas vivas en la zona colonial de La Habana,

De retorno a La Habana, recorrimos La Habana Vieja como quien descubre el mundo por primera vez: estatuas vivas detenidas en su propio asombro, músicos que parecían brotar de las piedras, sanqueros y bailarinas folclóricas que convertían la calle en escenario. Pero, entre ese latido humano y artístico, se imponía también otra obra, más silenciosa y profunda: la restauración paciente de la ciudad. Allí se hacía visible la huella de Eusebio Leal Spengler, historiador de La Habana: no como un gestor de ruinas, sino como un arquitecto de la memoria. Su visión trascendió la simple conservación arquitectónica para convertirse en un proyecto de rescate de la memoria. No se trataba solo de devolverle el brillo a las fachadas, sino de reconstruir el alma misma de la ciudad, de salvarla del olvido sin arrancarla de su historia. Bajo su impulso, cada piedra parecía recuperar su dignidad, y cada calle, su relato.

Reloj Cartel. Jacques Martinot (Relojero) y Philippe Caffiery (Broncista). Francia, siglo XVIII. Bronce, Cristal y esmalte. Museo de Artes decorativas (La Habana). Colección Maria Luisa Gómez Mena.

Los osos de la exposición internacional

En una explanada de La Habana Vieja nos encontramos, sin haberlo previsto, con un espectáculo tan cautivador como inesperado. Decenas de figuras, dispuestas en fila una junto a la otra, llamaban poderosamente la atención. A primera vista parecían formas disfrazadas, cuerpos intervenidos con diseños personalizados de diferentes colores, hasta que fuimos entendiendo que eran osos, construidos —suponíamos— en fibra de vidrio, cerámica u otro material similar. No sabíamos exactamente qué era aquello, pero algo en esa alineación, en esa repetición diversa, nos detuvo.

Caminamos entre ellos con curiosidad, tratando de descifrar su sentido. Fue luego, al leer algunas notas allí mismo y más tarde al indagar por nuestra cuenta, incluso en redes, cuando comprendimos su verdadero alcance: se trataba de la exposición internacional United Buddy Bears, un proyecto nacido en Berlín que propone una idea sencilla pero poderosa: cada oso representa un país, y todos se colocan uno junto al otro, sin jerarquías, como una metáfora visual de la convivencia entre las naciones.

Exposición internacional United Buddy Bears, en La Habana (Zona Colonial).

Cada figura había sido intervenida por un artista del país que simboliza, lo que le confiere una identidad visual única. Los osos se disponen formando un gran conjunto, generalmente en espacios abiertos como plazas o explanadas, organizados en una especie de círculo que sugiere la igualdad entre las naciones. Cada escultura cuenta con una placa en su base que identifica el país representado, permitiendo a los visitantes recorrer la muestra como si transitaran por un mapa cultural del mundo.

Se produjeron entonces algunas risas, risas cómplices entre los turistas que también recorrían la explanada, sorprendidos, como nosotros, ante aquella extraordinaria exposición de osos inanimados. Había en el ambiente una especie de juego espontáneo: cada quien quería encontrar el suyo. Se escuchaban voces en distintos acentos —“vamos a buscar el de nosotros”—, como si, de pronto, aquel espacio se hubiera convertido en un mapa emocional del mundo.

Fue entonces cuando decidimos buscar el de República Dominicana. Y lo encontramos: un oso azul. Nos produjo un orgullo sencillo, pero profundamente sentido. Nos fotografiamos junto a él, no solo como visitantes, sino como parte de ese círculo simbólico donde el mundo, por un instante, parecía caber en una misma explanada.

La exposición ha viajado por numerosas ciudades del mundo —París, Tokio, Buenos Aires, Jerusalén— y también se presentó en La Habana, dejando en cada lugar esa misma sensación de unidad: la posibilidad de reconocerse, entre colores y símbolos, dentro de una humanidad compartida. Hasta ahora no sé por cuántos países más se ha paseado esa muestra.

El solar

En uno de nuestros recorridos entramos a lo que en Cuba se conoce como un solar. No es una casa en el sentido convencional, sino un espacio compartido: un cuadrante rodeado de casas donde varias familias viven alrededor de un patio común. Desde ese centro parten las puertas de cada vivienda, como si todas las vidas se abrieran hacia un mismo corazón expuesto.

El lugar tenía una atmósfera densa, marcada por el tiempo. Las paredes mostraban el desgaste de los años y en el aire había una mezcla de silencio y resignación difícil de describir. Lo primero que nos llamó la atención fue la presencia de muchos ancianos, hombres y mujeres, sentados o de pie, observándonos con una mezcla de curiosidad y cautela. Sus rostros parecían cargar historias largas, detenidas, como si el tiempo allí no avanzara y fuera una metáfora del ritmo de lo que ocurría afuera.

Al principio apenas hablaban. Era un silencio respetuoso, pero también distante. Poco a poco, a medida que percibieron nuestra cercanía, comenzaron a soltarse. Se animaron, sonrieron, aceptaron que les hiciéramos algunas fotos. Ese pequeño gesto de confianza transformó el ambiente por un momento.

Pero la impresión no desaparecía. Había en sus movimientos una fragilidad visible; en sus manos, un leve temblor; en sus miradas, una mezcla de dignidad y cansancio que no necesitaba explicación.

Antes de irnos, sentimos la necesidad de hacer algo, aunque fuera mínimo. Entre todos reunimos una propina y se la entregamos. Nos lo agradecieron con una sencillez que dolía. Al despedirnos, levantaban las manos con ese temblor leve, diciendo adiós, mientras nosotros nos alejábamos con la sensación de que dejábamos atrás mucho más que un lugar: dejábamos una realidad que no se borra fácilmente de la memoria.

Eusebio Leal Spengler, Historiador de La Habana. Artífice del programa de Restauración de Monumentos en la Zona Colonia de Cuba.

En otra de las jornadas pasamos frente a una zona que era como un museo al aire libre donde se exhibían misiles y cohetes, alineados con sus puntas afiladas hacia una explanada abierta. Aquella escena, de por sí impactante, dio paso a un momento inesperado. Benjamín, con su humor habitual, bajó el cristal del vehículo, levantó el brazo como si fuera un mariscal de campo y gritó con voz firme: “¡Dispárenle a Carlos Sánchez!”.

Y, como si alguien hubiese seguido la orden, en ese mismo instante se escuchó una explosión. La sincronía fue tan perfecta que por un segundo todos quedamos suspendidos. Yo mismo me llevé la mano al pecho, como si realmente hubiese sido alcanzado, entrando en el juego de aquella broma que, por su coincidencia, parecía casi real.

Más adelante visitamos la casa que el Che Guevara utilizó como comandancia. Veníamos contagiados por la broma de Benjamín, por lo que le dije al grupo que le haría una broma a las mujeres que trabajaban en ese lugar histórico. Nos recibió muy amablemente una mujer a quien, en tono distendido, le propuse —cambiando el acento de mi voz y tratando de imitar el acento cubano— que, por la forma de hablar, se atreviera a identificar de qué país era cada uno de nosotros.

Me dijo que yo era cubano y que mi acento era de oriente. Y así fue asignando nacionalidades a los demás compañeros del grupo. Cuando finalmente le dijimos que todos éramos dominicanos, exclamó: “¡Ah, de Punta Cana!”. Entre risas le explicamos que Punta Cana no es un país, sino una región de la República Dominicana.

Esa misma noche fuimos a la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña. A las nueve en punto presenciamos el tradicional cañonazo. Jóvenes vestidos con uniformes de época, a la usanza de los soldados coloniales españoles, preparaban el ritual con solemnidad. El disparo, seco y contundente, sin bola de metal incluida, cruzó la bahía como un eco intacto del pasado, recordando que hay gestos históricos que el tiempo se niega a borrar.

En otra de esas jornadas llegamos al Hotel Nacional de Cuba. Desde su patio, elevado sobre el Malecón, contemplábamos el desfile constante de automóviles antiguos que avanzaban como piezas de museo en movimiento.

Coro de niños e 4 a 6 años en el parque Jhon Lennon, domingo a las 10 de la mañana.

Ya sentados, se nos acercaron tres hombres vestidos impecablemente con chacabanas blancas, de presencia elegante y trato cordial. Uno de ellos llevaba un tres cubano, otro una guitarra y el tercero unas maracas. Nos saludaron con amabilidad y nos preguntaron si deseábamos escuchar alguna canción.

Benjamín, con su espontaneidad habitual, les preguntó:

—¿Ustedes se saben Lágrimas negras?

El que parecía dirigir el grupo sonrió con seguridad y respondió:

—Sí, chico… eso es pan comido.

Lo que en principio parecía que sería una sola canción se convirtió en un pequeño concierto. Interpretaron tres piezas con una calidad extraordinaria, pero fue precisamente Lágrimas negras la que me tocó de una manera especial. Mientras la escuchaba, comencé a desprenderme mentalmente, poco a poco, del grupo, como si me retirara hacia un espacio interior. Aquella primera estrofa —con su mezcla de dolor, resignación y ternura— empezó a vibrar en mí de una forma inesperada.

“Aunque tú me has dejado en el abandono,

aunque ya han muerto todas mis ilusiones,

en vez de maldecirte con justo encono,

en mis sueños te colmo,

en mis sueños te colmo de bendiciones.”

Sin proponérmelo, mientras disfrutábamos de aquella interpretación, comencé a establecer una relación íntima entre la canción y la historia cubana. Sentí que esa letra de Miguel Matamoros, donde narra una herida personal, podía también leerse como una metáfora de un país marcado por pérdidas, resistencias y afectos que no terminan de romperse. No había en ella odio ni ruptura definitiva, sino una forma de permanencia emocional que, aun herida, se niega a desaparecer.

Me quedé en silencio, escuchando más allá de la música, dejándome llevar por esa conexión profunda entre arte y realidad. Era como si la canción revelara, en su aparente sencillez, una verdad más amplia: la capacidad de un pueblo de sostener la dignidad incluso en medio de sus propias limitaciones. En ese instante comprendí que no estaba solo escuchando música; estaba asistiendo a una forma de revelación. Cuba, de algún modo, también estaba ahí, cantando

El segundo viaje: cultura, vínculos y memoria

Centro Cultural importante en La Habana.

Mi segundo viaje a Cuba tuvo un carácter completamente distinto al primero. Si aquel estuvo marcado por la curiosidad, el descubrimiento y la experiencia humana compartida, este respondió a una intención más definida: el acercamiento cultural y la construcción de vínculos institucionales en el ámbito literario, cultural y artístico.

Decidí hacerlo coincidir con la Feria Internacional del Libro de La Habana, uno de los acontecimientos culturales más relevantes del país y de toda la región, un espacio donde convergen escritores, editores, intelectuales y lectores en torno al pensamiento y la creación.

En la casa de Eduardo Heras León, con José Acosta y Rafael Rodriguez.

En esa ocasión viajé acompañado del escritor dominicano José Acosta, una decisión que no fue casual. Acosta, además de ser uno de los narradores dominicanos más premiados de su generación, se desempeñaba como director del Departamento de Literatura del Comisionado Dominicano de Cultura en los Estados Unidos, institución que yo dirigía. Su presencia respondía a la naturaleza misma del viaje: si el propósito era establecer contactos y explorar acuerdos en el ámbito literario, tenía sentido hacerlo junto a una figura que representaba institucionalmente ese espacio y que, al mismo tiempo, encarnaba con su obra la vitalidad de la literatura dominicana contemporánea.

Sabía que en ese recorrido abordaríamos temas, encuentros y gestiones vinculadas directamente con el quehacer literario, y por eso quise que José no solo fuera mi  acompañante, sino como parte activa de ese diálogo cultural.

En ese segundo viaje, la experiencia comenzó a desplazarse ligeramente: ya no era solo trabajo ni exclusivamente encuentros con instituciones, intelectuales o la Feria del Libro. Se abría también un espacio para el descubrimiento turístico, como una extensión natural de lo vivido. Fue entonces cuando Orlando Lobaina nos dijo, con ese tono suyo entre decidido y cómplice: “vamos a ir a Pinar del Río y a Viñales”. Y allá fuimos, junto a Orlando, Mati, Iris, José Acosta y yo.

Asistencia Masiva a la Feria del Libro de La Habana.

En una amplia explanada de verdes intensos, casi perfectos, se abría ante nosotros un paisaje que parecía dispuesto para la contemplación. Al fondo, dominando la escena, se levantaba el famoso Mural de la Prehistoria, una gigantesca pintura sobre la roca viva, donde figuras ancestrales se extendían en la altura de la montaña como si hablaran con el tiempo. Era un lugar de una belleza serena, casi teatral

Pero allí mismo ocurrió algo inesperado, y profundamente humano en su sencillez. Un hombre tenía un toro amaestrado, entrenado para interactuar con los turistas. Con paciencia y destreza, lo hacía acostarse en la hierba; luego, quien quisiera podía montarse, mientras él sostenía al animal con una soga firme sujeta al narigón. El toro obedecía con una disciplina sorprendente, como si entendiera su papel en aquella escena. Después se levantaba con la carga humana del turista de turno que se arriesgaba a montarlo.

Nadie de nuestro grupo se animaba. Había risas, comentarios, pero también una prudencia natural ante el tamaño y la presencia del robusto animal. Yo me mantenía alejado, y con razón, porque en mi niñez un toro cebú, igual que ese, me dio una carrera memorable en una finca en El Papayo, de Nagua.

De pronto, José Acosta, sonriente, con ese gesto de indecisión, rompió la duda colectiva. Se montó en el toro el gran escritor dominicano; en ese instante parecía un personaje sacado de una de sus narrativas, que eligió ese momento para entregarse al juego. Sonreía, disfrutaba, mientras el toro —ya acostumbrado— cumplía su parte bajo la guía de su dueño.

Nos reímos, aplaudimos, celebramos la osadía. Fue un instante leve, casi anecdótico, pero cargado de una alegría compartida que, como suele pasar en los viajes, termina quedándose en la memoria con más fuerza que muchos discursos. Quizá José pensó lo mismo que yo: “en ese viaje, no todo debía ser reuniones formales con saco y corbata”.

Pero al volver a La Habana, continuamos nuestros contactos con visitas a centros culturales. En el Centro Cultural Dulce María Loynaz asistimos a un interesante panel sobre publicaciones de revistas. Terminada esa actividad, con gran alegría para mí, nos reunimos en una mesa de conversación con los intelectuales y literatos cubanos Roberto Fernández Retamar y Eduardo Heras León. Solo conocía a Retamar por su obra, pero estar frente a él, hablar y participar con José y Eduardo en esos diálogos con esa figura casi mítica se convirtió en una de las experiencias más importantes de ese viaje.

También visitamos el Museo Nacional de Artes Decorativas, donde pasamos un tiempo prolongado recorriendo sus salas con una lentitud casi reverencial. Había en el ambiente una calma distinta, como si cada objeto exigiera su propio tiempo, su propia mirada.

María Luisa Gómez Mena.

Allí habita la colección reunida por María Luisa Gómez-Mena, una mujer que no solo reunió piezas, sino que pareció escuchar lo que cada una traía consigo desde otros mundos. Más de treinta mil objetos, llegados de distintas culturas, reposan en ese espacio de memoria detenida.

Todo parecía hablar en voz baja: las porcelanas, los muebles, los detalles minuciosos que el tiempo no ha borrado. Y uno tenía la sensación de que esa colección no fue hecha con prisa, sino con una devoción silenciosa, como si cada adquisición respondiera a una emoción íntima, a un reconocimiento profundo de la belleza.

Recorrer esas salas junto a José Acosta fue, más que una visita, una pausa. Una de esas pausas que el viaje concede para mirar hacia adentro, mientras afuera —en cada vitrina, en cada superficie— el mundo parecía haberse quedado suspendido.

Al final de este segundo viaje visitamos ese gran centro cultural: la Casa de las Américas, donde iniciamos conversaciones orientadas a establecer acuerdos culturales bilaterales. Fundada en 1959, esta institución ha tenido como misión promover y difundir la literatura, el arte y el pensamiento de América Latina y el Caribe, sirviendo como puente de integración cultural y dando visibilidad a las voces del continente. En ese contexto, nuestra visita adquirió un significado especial, al insertarse en una tradición de diálogo y colaboración entre nuestros pueblos.

Los escritores Eduardo Heras y Jose Acosta. Al centro. A la Derecha de Eduardo el poeta Waldo Leyva. A la izquierda de Jose Acosta el Ex Ministro de Cultura Julian Gonzales y a su izquierda, Carlos Sánchez

También tuvimos un encuentro significativo en la casa-teatro de El Ciervo Encantado, el grupo dirigido por Nelda Castillo, un espacio escénico marcado por una estética profundamente crítica y contestataria frente a la realidad cubana. Allí, el teatro no se limita a la representación, sino que se convierte en un acto de pensamiento y confrontación simbólica.

La conversación que sostuvimos fue abierta, intensa y cargada de reflexiones sobre el papel del arte en contextos complejos. En medio de ese intercambio, comenzamos a esbozar la posibilidad de una futura invitación a Nueva York, como una forma de proyectar esa voz escénica hacia otros públicos y ampliar los puentes de diálogo cultural más allá de la isla.

Recibimos la amable invitación del poeta cubano Waldo Leyva, quien nos propuso visitar la Casa del ALBA Cultural. Aquel gesto, más que una cortesía, fue una puerta de entrada a uno de los proyectos culturales más significativos de la Cuba contemporánea. La Casa del ALBA Cultural surge como parte del impulso integrador de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), concebida no solo como una institución, sino como un espacio vivo de convergencia artística e intelectual. Inaugurada en 2009, su propósito ha sido fomentar el diálogo entre las culturas de América Latina y el Caribe, promoviendo una visión compartida de identidad, memoria y creación.

Allí confluyen exposiciones, conciertos, presentaciones de libros y debates que trascienden lo meramente artístico para situarse en el terreno de las ideas. No es solo una casa: es una plataforma de pensamiento, un punto de encuentro donde la cultura se entiende como herramienta de integración y resistencia simbólica frente a las fragmentaciones históricas de la región.

Un día, estando en una de las actividades bajo techo de la Feria del Libro, se nos acercó el coordinador de esa actividad y nos dijo que un dominicano acababa de ganar el Premio ALBA de Novela de ese año. José y yo nos pusimos muy contentos de saber que un dominicano ganara ese importante premio, pero estábamos ansiosos de saber quién era. Fue una alegría doble al enterarnos esa tarde de que el ganador era un amigo nuestro, Reynolds Enmanuel Andújar, “Rey”, como le decimos. Es un joven escritor que ha ido desarrollando una sólida narrativa en Estados Unidos. Hoy dirige la oficina de Cultura Dominicana en Nueva York, antes Comisionado de Cultura Dominicana en Estados Unidos.

El tercer viaje

José Acosta, Carlos Sánchez, Roberto Fernández Retamar y Eduardo Heras León.

Mi tercer viaje fue breve y tuvo un carácter de seguimiento. Fui solo, con la intención de reafirmar y concretar los acuerdos culturales que ya había iniciado en el viaje anterior. Coincidía con un momento particular: la apertura de relaciones impulsada por Barack Obama. La Habana estaba desbordada de turistas. Los carros de las agencias prácticamente habían desaparecido.

Orlando Lobaina me recogió en el aeropuerto y, casi con vergüenza, me dijo que lo sentía mucho, que no había podido conseguir un vehículo. Me explicó que, con la apertura, el turismo se había desbordado y que no aparecían carros disponibles en la ciudad. Tendríamos que movernos en su viejo Lada, al que él mismo llamaba “el petróleo”.

Le respondí que no se preocupara, que en Santo Domingo yo estaba acostumbrado a montarme en carros peores que ese. Aun así, él insistió en que pasáramos por una agencia que le había prometido intentar conseguir algo. Fuimos. No había nada. En ese momento vi un carro negro, reluciente, prácticamente nuevo, estacionado en el parqueo de esa agencia.

Le pregunté:

—¿Y ese carro no se puede usar?

Me respondió:

—Sí… pero le falta una goma.

Sin pensarlo mucho, le dije:

—No te preocupes, yo compro la goma.

Entonces vino la respuesta que lo explicaba todo:

—No funciona así.

—¿Y por qué no funciona así?

—Porque ese carro es del Estado. Y la burocracia es tan grande que, para mover ese vehículo, autorizarlo y ponerle esa goma, pueden pasar dos o tres semanas.

Fue en ese instante que entendí con claridad lo que hasta ese momento solo había intuido. El problema no era el carro. No era la goma. Era el Estado. Una estructura rígida, lenta, excesivamente burocrática que, sumada al asedio externo, terminaba por inmovilizar al país desde dentro. Pensé entonces que un país en esas condiciones tenía enormes dificultades para avanzar.

A pesar de todo, el viaje cumplió su propósito. Regresé a la Casa de las Américas con la intención de concretar los acuerdos iniciados anteriormente, pero nuevamente, al parecer, la burocracia impidió que se materializaran. Sin embargo, logré reafirmar los vínculos ya construidos con el grupo teatral El Ciervo Encantado y con Eduardo Heras León, a quienes posteriormente invité a participar en el Festival de Teatro Hispano del Comisionado y en la Feria del Libro en Nueva York, en dos ocasiones, respectivamente.

No fue un viaje de grandes recorridos ni de múltiples escenas. Fue un viaje breve, concentrado, pero significativo: el momento en que comprendí, de manera directa, las tensiones internas que también forman parte de la realidad cubana.

Epílogo

Bailarinas Folclóricas en Zona Colonial.

Han pasado ya once años desde aquel primer viaje y, sin embargo, al recordarlo, tengo la sensación de que ocurrió ayer. El tiempo, cuando se trata de experiencias que dejan huella, parece comprimirse en la memoria. En ese intervalo han ocurrido transformaciones profundas en el mundo, cambios políticos, tecnológicos y sociales que han redefinido la manera en que vivimos y nos relacionamos. También han cambiado nuestras propias vidas: las de aquellas tres parejas de esposos que emprendimos juntos ese viaje, cada uno siguiendo su propio curso, con historias que han cambiado con el paso de los años. Pero Cuba permanece ahí, detenida en su propia estación del tiempo.

Mientras terminaba de escribir esta crónica, escuché una noticia sobre posibles acercamientos entre Cuba y Estados Unidos. No sé en qué terminarán esos intentos, pero dejan abierta una pequeña rendija de esperanza.

Cuando pienso en Cuba, no pienso primero en sus edificios ni en sus plazas, sino en su gente. Pienso en aquellos que nos abrieron las puertas con naturalidad, sin reservas, con una hospitalidad que no necesitaba explicaciones. Pienso en Orlando, con su visión contestataria, expresada sin rodeos, con una franqueza que nacía de la experiencia vivida. Pienso en Mati, con ese fervor profundo por su país, una lealtad emocional que se sostenía incluso en medio de las dificultades. Pienso también en Iris, más contenida, menos expresiva, pero con un disgusto que se dejaba ver en los silencios.

Pienso en Eduardo Heras León, gran narrador cubano, Premio Nacional de Literatura 2014, un hombre que, más allá de su estatura intelectual, conservaba una humanidad cercana, casi cotidiana. Recuerdo sus anécdotas, como aquella de Nicolás Guillén, que un día fue a su casa como un muchacho juguetón, y contento por los zapatos de dos tonos que acababa de comprar; incluso aquellas anécdotas que revelaban una faceta menos conocida —su relación con el mundo militar, su profundo conocimiento que lo distinguía como experto en artillería—, como si en él convivieran varias vidas a la vez, entre la disciplina y la sensibilidad literaria.

Cuando supe que había recibido el Premio Nacional de Literatura, sentí una alegría íntima, como si el reconocimiento también alcanzara a quienes, de algún modo, habíamos compartido con él. Pensé entonces en volver a Cuba, en regresar a su casa, en sentarme otra vez a conversar con él y con su esposa, Ivonne Galeano, hermana de Eduardo Galeano, en retomar ese hilo humano que el tiempo no había roto. Pero la vida —o la muerte— dispuso otra cosa. Eduardo se nos fue antes de ese reencuentro, y esa visita quedó en mí como una herida suspendida en la memoria, como una promesa incumplida.

En uno de aquellos encuentros en su casa —creo que en el segundo viaje, cuando fui con José Acosta—, estaba también un joven de la provincia de Granma, inquieto, inteligente, que dirigía una revista o periódico de gran formato. Había realizado a Eduardo una extensa entrevista en cuatro entregas. Conversamos largo rato: Eduardo, Ivonne, el joven y nosotros. Era uno de esos encuentros donde uno no sabe exactamente qué se está construyendo, pero siente que algo queda.

Once años después, ya en Santo Domingo, asistí a la puesta en circulación de un libro de Mateo Morrison, presentado por Ángela Hernández. El editor del libro intervino con una solidez intelectual que me dejó impresionado. Al finalizar, en el momento social, se me acercó, me extendió la mano y me preguntó:

—¿Usted no se recuerda de mí?

Confieso que ese tipo de preguntas siempre me incomodan. No por descortesía, sino por el temor de fallar a la memoria. Le respondí con honestidad que no lograba ubicarlo.

Entonces me dijo

—Soy el joven que usted conoció en casa de Eduardo Heras León, en Cuba.

Y de pronto, el tiempo se plegó sobre sí mismo.

—¡Rafael!

Rafael Rodríguez.

Nos abrazamos como si aquel encuentro en La Habana hubiera ocurrido el día anterior. Me contó que ahora vivía en Santo Domingo, que dirigía una editorial llamada Río de Oro. Desde entonces retomamos el vínculo y hoy mantenemos una comunicación cercana.

Estatua viva de “El Caballero de Paris”, mítico personaje de la gradición habanera.

A veces uno cree que los viajes terminan cuando regresa. Pero no. Algunas personas que uno conoce en el camino siguen caminando con uno, incluso años después, incluso en otra ciudad, quizá en otra vida.

Y entonces pienso en todos ellos, en cada una de esas personas que nos recibieron en Cuba. En esa humanidad abierta, franca, sin dobleces, que se expresa tanto en la palabra como en el gesto. Es ahí donde siento que está la verdadera Cuba: no en las estructuras, no en los sistemas, sino en la gente que, a pesar de todo, sigue sosteniendo una forma de dignidad que no se quiebra fácilmente.

Quizás por eso Cuba me produce sentimientos tan complejos: no rabia ni desprecio, sino respeto, afecto y una tristeza serena. La tristeza de ver a un pueblo extraordinario detenido demasiado tiempo en una encrucijada histórica… y, al mismo tiempo, la esperanza de que algún día Cuba resurja, se levante y vuelva a moverse con la misma fuerza con que una vez soñó cambiar el mundo.

Porque, al final, como ocurre con todos los viajes verdaderos, Cuba también deja su imagen final en la memoria.

Carlos Sánchez

Escritor

Carlos Sánchez es escritor.

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