(José Rafael Sosa y Guillermo Molina Mueses)
Al terminar el concierto, después de recorrer tormentas, triunfos, muertes, amores y redenciones, quedaba la sensación de haber presenciado algo más que una sucesión de fragmentos operísticos.
Fue más que una brillante e impecable entrega de la temporada sinfónica. Si un concepto fuera necesario para describir lo recibido, sería vivencia dramática, a pesar de los siglos transcurridos desde que estas obras fueron escritas. La mitología alemana tiene tanto colorido y trascendencia como otras de mayor popularidad, como la griega.
José Antonio Molina y la Orquesta Sinfónica Nacional nos habían conducido por distintas etapas de una misma experiencia: la lucha del ser humano por encontrar significado en su existencia.
Es el momento en que el espectador se pregunta: ¿por qué venir al Teatro Nacional a escuchar música clásica? Quizás porque ninguna grabación, por perfecta que sea, sustituye la experiencia de presenciar cómo decenas de músicos construyen una historia frente a nosotros. Porque venir a escuchar a José Antonio Molina y a nuestra Orquesta Sinfónica Nacional es también encontrarnos con un legado que pertenece a todos.
Pero también uno se pregunta: ¿qué se puede hacer para que estos conciertos puedan ser grabados y editados para su reproducción masiva por los canales de la televisión pública dominicana —que algunas veces lo han hecho—, a fin de que ese caudal estético no se quede limitado a las 1,023 personas que asisten como público a la augusta Sala Carlos Piantini? La cuestión queda planteada.
El programa

La selección ofrecida se inició con La valquiria —preludio del acto I—; Rienzi, obertura —estreno nacional—; El ocaso de los dioses —Marcha fúnebre de Sigfrido— y Los maestros cantores de Núremberg.
En la segunda parte, tras el intermedio, fueron interpretados Lohengrin —preludio del acto III—; Tristán e Isolda —preludio y Muerte de amor— y Tannhäuser —obertura—.
Wagner escribió estas obras hace más de siglo y medio, pero las preguntas que contienen permanecen intactas.
¿Qué debemos sacrificar para transformarnos? ¿Puede el amor vencer a la muerte? ¿Cómo reconciliamos nuestras contradicciones? ¿Qué permanece de nosotros cuando desaparece aquello que creíamos ser?
Quizás no sea responsabilidad de la música responderlas.
Quizás su verdadera grandeza consista en conseguir que, durante unas horas, no podamos dejar de hacérnoslas.
Y por eso vale la pena regresar al Teatro Nacional. Porque, mientras exista una orquesta capaz de hacernos escuchar estas preguntas, Sigfrido podrá morir una y otra vez y nosotros tendremos, cada vez, la oportunidad de renacer.
Al concluir la primera pieza, la sala parecía estremecida. Entre el diálogo de las cuerdas y los metales, Wagner había conseguido algo que no siempre sucede en una sala de conciertos: convertir una composición musical en una experiencia casi física.
La noche había comenzado con La valquiria, una de las cuatro óperas que componen El anillo del nibelungo, la monumental saga de Wagner, inspirada en antiguas leyendas germánicas y escandinavas.
Para comprender este universo, debemos imaginar un mundo donde dioses, hombres y gigantes comparten un mismo destino. Wotan, equivalente germánico del dios Odín, gobierna a los dioses, pero está atrapado por sus propias promesas y ambiciones. Su hija Brunilda es una valquiria, una de las guerreras encargadas de conducir a los héroes muertos en combate hasta el Valhalla, la morada de los dioses.
El preludio del primer acto no comienza en el cielo, sino en medio de una tormenta. Un hombre llamado Siegmund huye desesperadamente de sus enemigos hasta encontrar refugio en una casa donde conocerá a Sieglinde. Ambos descubrirán que son hermanos, separados desde la infancia, y que entre ellos existe un amor prohibido.
Las cuerdas nos introdujeron en aquella persecución con una agitación creciente. No hacía falta conocer la historia para sentir el peligro. Wagner había conseguido que la tormenta, la angustia y el destino se confundieran en un mismo lenguaje musical.
Después llegó Rienzi, con su obertura monumental. Cola di Rienzo, personaje histórico de la Roma medieval, fue un hombre que soñó con devolverle a su ciudad la grandeza de la antigua República romana. Wagner lo convirtió en un tribuno popular cuya ambición política terminaría conduciéndolo a la tragedia.
La obertura comenzó con una serenidad casi sombría, en contraste extraordinario con la fuerza que habría de desplegarse después. La trompeta, victoriosa y penetrante, parecía levantar los cimientos de la obra, mientras las cuerdas y los metales construían una arquitectura de solemnidad, tensión y triunfo. Al finalizar, la sala parecía estremecida.
Sigfrido: La muerte del héroe
La Marcha fúnebre de Sigfrido, de El ocaso de los dioses, nos llevó a un territorio mucho más profundo.
Sigfrido es uno de los grandes héroes de la mitología germánica. Es hijo de Siegmund y Sieglinde, los amantes cuya historia habíamos encontrado al comienzo del concierto. Un joven de fuerza extraordinaria, criado lejos de sus padres, que consigue matar a un dragón llamado Fafner y apoderarse de un anillo mágico que concede un poder inmenso, pero que también lleva consigo una maldición.
Sigfrido es valiente, casi invencible y, al mismo tiempo, profundamente ingenuo. No conoce el miedo y tampoco comprende del todo las intrigas de quienes lo rodean. Su destino cambia cuando despierta a Brunilda, la valquiria castigada por Wotan y condenada a dormir rodeada de fuego. Ambos se enamoran, pero una serie de engaños, traiciones y manipulaciones terminará conduciendo al asesinato del héroe.
La marcha fúnebre que escuchamos acompaña su muerte. Pero Wagner no compone simplemente una música triste. La orquesta recuerda musicalmente la vida de Sigfrido, su ascendencia, sus hazañas y su destino. Los metales anuncian su grandeza, mientras las cuerdas parecen recordar la fragilidad humana que se escondía detrás de su fuerza.
Aquí aparece una conexión extraordinaria con Carl Gustav Jung. En 1913, el psiquiatra suizo soñó que asesinaba a Sigfrido. Aquel sueño lo perturbó profundamente. ¿Por qué habría de matar precisamente al héroe que representaba el valor, la fuerza y la voluntad?
Jung terminó interpretándolo como la necesidad de abandonar su identificación con el ideal heroico: esa parte de nosotros que cree que puede resolverlo todo mediante la voluntad y la razón. La muerte del héroe es algo que todos nosotros, tarde o temprano, debemos enfrentar.
No necesariamente la muerte física, sino aquella otra, quizás más difícil: la muerte de la persona que creíamos ser. El abandono de nuestras certezas, de nuestros triunfos, de la imagen que construimos para defendernos del mundo.
Quien piense que semejante transformación llega con facilidad podría estar perdiéndose parte del significado de esta extraordinaria composición.
La muerte de Sigfrido es gloriosa porque Wagner consigue transformar una tragedia individual en una ceremonia de memoria colectiva. Todos los instrumentos parecen rendir homenaje al héroe caído.
Y, sin embargo, la música continúa. Porque después de la muerte del héroe, el mundo debe encontrar otra manera de comenzar.
Los maestros cantores: cuando la tradición se enfrenta a la juventud
Después de la muerte de Sigfrido, la obertura de Los maestros cantores de Núremberg nos devolvió al mundo de los vivos.
Esta vez, Wagner abandona los dioses y los dragones para llevarnos a una ciudad alemana del siglo XVI.
Allí conocemos a Walther, un joven caballero enamorado de Eva, hija de un rico orfebre. Para conseguir su mano deberá ganar una competición de canto organizada por los maestros cantores, artesanos que dedican parte de sus vidas al estudio y la conservación de estrictas reglas musicales.
Entre ellos se encuentra Hans Sachs, un zapatero, poeta y personaje inspirado en un verdadero maestro cantor alemán.
Sachs comprende algo que sus compañeros parecen haber olvidado: las reglas pueden preservar el arte, pero también pueden terminar asfixiándolo.
La obertura comienza con un tema majestuoso que representa la tradición de los maestros. Después aparecen melodías más ligeras y juveniles, hasta que Wagner consigue reunirlas mediante un contrapunto de extraordinaria complejidad.
Lo verdaderamente hermoso no es que una melodía derrote a las demás, sino que todas puedan existir simultáneamente.
Quizás sea también una buena definición de lo que significa una orquesta: decenas de individuos, cada uno con una voz diferente, construyendo algo que ninguno podría conseguir por separado.
Lohengrin: el caballero que no podía revelar su nombre
Con el preludio del tercer acto de Lohengrin, Wagner nos transportó nuevamente al mundo de las leyendas medievales.
Lohengrin es un misterioso caballero que llega en una barca conducida por un cisne para defender a Elsa, una joven noble acusada injustamente de haber causado la desaparición de su hermano.
El caballero promete protegerla y casarse con ella, pero establece una condición: Elsa jamás deberá preguntarle su nombre ni su procedencia.
La historia recuerda aquellos cuentos donde el amor exige confianza absoluta y donde la curiosidad humana termina poniendo a prueba esa confianza.
Lohengrin pertenece a la hermandad de los guardianes del Santo Grial, el cáliz sagrado asociado con la Última Cena de Cristo. Su identidad debe permanecer oculta para que pueda continuar entre los hombres.
El preludio del tercer acto anuncia la celebración de su matrimonio con Elsa. Es una música luminosa, de una fuerza ceremonial extraordinaria, aunque nosotros sabemos que aquella felicidad está construida sobre una pregunta que, tarde o temprano, será formulada.
Tristán e Isolda: un amor que no encuentra descanso
Con Tristán e Isolda entramos en uno de los territorios más fascinantes de toda la obra de Wagner. Tristán es un caballero encargado de conducir a la princesa irlandesa Isolda hasta Cornualles, donde deberá casarse con el rey Marke, tío del propio Tristán. Durante el viaje, ambos beben una poción de amor y quedan unidos por una pasión que contradice sus obligaciones, su lealtad y el orden social al que pertenecen.
Pero el verdadero conflicto no está en la poción. Está en la imposibilidad de reconciliar lo que sienten con el mundo en que viven.
Wagner convirtió ese deseo imposible en una revolución musical. Desde las primeras notas del preludio, la armonía parece buscar una resolución que constantemente se le escapa. Cada frase promete un descanso que nunca llega. La música desea, espera, se aproxima y vuelve a alejarse.
Y cuando finalmente escuchamos la Muerte de amor, Isolda contempla el cuerpo sin vida de Tristán y parece elevarse hacia una realidad donde las contradicciones terrenales dejan de existir.
Orfeo habría estado contento de presenciar aquella escena musical. Orfeo, el legendario músico de la mitología griega, perdió a su esposa Eurídice y descendió al inframundo para recuperarla. Su música fue tan hermosa que consiguió conmover a Hades, señor del reino de los muertos, quien aceptó devolverle a su amada con una sola condición: no debía mirar atrás hasta abandonar aquel mundo.
Orfeo miró y perdió a Eurídice por segunda vez. Tanto Orfeo como Tristán e Isolda nos recuerdan que el amor y la muerte han sido, desde la Antigüedad, dos de los grandes misterios que el arte intenta comprender.
Los vientos llenaron la Sala Carlos Piantini, mientras las cuerdas avanzaban hacia una resolución serena, casi sobrenatural. Las arpas contribuían a crear aquella atmósfera suspendida, como si la música hubiera conseguido detener el tiempo.
Tannhäuser: entre el pecado y la redención
La obertura de Tannhäuser cerró el programa con otra historia de amor, pero esta vez el conflicto era espiritual. Tannhäuser es un poeta y caballero medieval que ha vivido seducido por Venus, la antigua diosa romana del amor y la belleza. En la ópera, Venus representa también el mundo del placer sensual, mientras Elisabeth, una joven que ama al protagonista, encarna una forma de amor espiritual y sacrificado.
Tannhäuser intenta abandonar el reino de Venus y regresar al mundo de los hombres, pero descubre que no puede escapar tan fácilmente de su pasado.
Arrepentido, emprende una peregrinación a Roma para buscar el perdón del papa. Allí recibe una respuesta aparentemente definitiva: su absolución sería tan imposible como que el báculo del pontífice volviera a florecer.
Sin embargo, el milagro termina ocurriendo. La obertura presenta musicalmente ese conflicto. El solemne canto de los peregrinos se enfrenta a la música sensual asociada al mundo de Venus. Lo espiritual y lo terrenal parecen disputarse el alma del protagonista.
Pero Wagner no elimina ninguna de esas fuerzas. Las hace convivir hasta conducirnos hacia una afirmación final de redención. Y quizás allí resida una de las razones por las que su música continúa siendo tan profundamente humana.
Porque ninguno de nosotros está hecho exclusivamente de virtud o deseo, de razón o sentimiento, de heroísmo o debilidad. Somos, inevitablemente, una combinación de todos ellos.
Y quizá esa sea, finalmente, la grandeza de Wagner: no ofrecernos respuestas definitivas, sino obligarnos a escuchar las preguntas que siguen habitando en nosotros.
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