En la novela de Guillermo Piña-Contreras, el poder no se impone solo por la fuerza, sino por el control del lenguaje: lo que se dice, lo que se calla y lo que termina circulando como verdad.

Hay novelas que cuentan una historia y hay otras que explican cómo funciona una sociedad. La Reina de Santomé pertenece a estas últimas. No porque narre grandes acontecimientos —de hecho, evita deliberadamente la espectacularidad— sino porque revela algo más inquietante: la forma en que el poder se instala en el lenguaje cotidiano hasta volverse invisible.

Guillermo Piña Contreras.

En este universo narrativo, lo decisivo no es lo que ocurre, sino lo que se dice —o no se puede decir— sobre lo que ocurre. El poder no grita: circula.

Aquí, la dictadura no se presenta como una acumulación de castigos visibles, sino como una red sutil de silencios, insinuaciones y temores. Lo que domina no es el hecho, sino su interpretación social. Una escena aparentemente menor lo condensa: un personaje es interrogado durante unas horas y luego liberado. No hay condena ni castigo formal. Sin embargo, el efecto es devastador: desde ese momento, se siente vigilado.

Ese es el verdadero triunfo del poder: no necesita castigar porque ya ha logrado instalarse en la conciencia del sujeto. La vigilancia deja de ser externa para volverse interior. El control ya no depende de la fuerza, sino de la percepción.

En ese contexto, escribir también es un riesgo. Dos personajes comparten lecturas, intercambian poemas e incluso tienen acceso a un espacio de publicación. Pero no publican. No porque alguien se los prohíba explícitamente, sino porque saben —o creen saber— que hay cosas que no deben decirse. La censura ya no viene de afuera: habita en ellos.

Este desplazamiento es decisivo. Cuando el poder logra que el sujeto se autocensure, la represión directa se vuelve innecesaria. El silencio deja de ser impuesto: se vuelve voluntario.

En el contexto dominicano, y en diálogo con las reflexiones de Manuel Matos Moquete, este tipo de análisis permite comprender cómo los discursos aparentemente inofensivos participan en la reproducción de formas históricas de dominación.

Uno de los momentos más reveladores ocurre cuando circula clandestinamente un poema erótico. No se trata solo de un gesto íntimo, sino de una forma mínima de resistencia. En un mundo vigilado, incluso el lenguaje del deseo adquiere un carácter subversivo. Nombrar el cuerpo es, en sí mismo, una forma de desafío.

Pero la novela va más lejos: muestra que la identidad misma depende del relato social. Un joven es excluido de una expedición no por lo que ha hecho, sino por quién es su padre. No importa su voluntad ni sus méritos: su destino ya está fijado por lo que se dice de él.

Ahí opera el rumor. No como chisme trivial, sino como mecanismo estructural de poder. El rumor clasifica, incluye, excluye y condena. No necesita pruebas; le basta con circular. En ese mundo, las personas no son lo que hacen, sino lo que se dice que son.

El episodio del incendio del Seguro Social lleva esta lógica a su punto más alto. Mientras el edificio arde, el narrador lo describe como si fuera una escena de cine del oeste. La realidad no se vive de manera directa: se percibe a través de imágenes ya conocidas. El incendio es, al mismo tiempo, un hecho y una representación.

Esa mediación revela que la experiencia está filtrada por relatos previos, por imaginarios culturales que organizan la percepción. Incluso en el desastre, la realidad necesita parecerse a algo para ser comprendida. Y entonces ocurre lo decisivo: el fuego consume “los archivos, vivos y muertos”. No desaparecen solo documentos; se destruye la memoria institucional. El Estado pierde su capacidad de fijar una versión oficial de los hechos.

Pero la verdad no desaparece. Se transforma.

Casi de inmediato, el rumor ocupa el vacío dejado por el archivo. Empiezan a circular versiones: quién fue, quién está preso, qué ocurrió realmente. No hay documentos, pero hay relatos. Y esos relatos, aunque inestables, resultan más eficaces que cualquier registro oficial, porque circulan.

La ironía es contundente: mientras el edificio público se reduce a cenizas, la casa del dueño de la emisora es protegida. No es un detalle menor, sino una clave de lectura. El poder no necesita conservar los hechos; necesita controlar su narración. Por eso protege la radio, no el archivo.

En ese mundo, la verdad no es lo que ocurrió, sino lo que logra imponerse como versión. Y esa versión no siempre proviene del Estado: muchas veces nace en la calle, en la galería, en la conversación cotidiana.

En el contexto dominicano, y en diálogo con las reflexiones de Manuel Matos Moquete, este tipo de análisis permite comprender cómo los discursos aparentemente inofensivos participan en la reproducción de formas históricas de dominación. El rumor, entonces, no solo narra la realidad de Santomé: la produce, la distorsiona y la disciplina.

Esto convierte a la novela en un espacio privilegiado para evidenciar que, bajo regímenes de control, el lenguaje deja de ser un medio transparente y se transforma en un campo de disputa donde se juega la posibilidad misma de la verdad, la memoria y la resistencia.

Ahí radica la mayor fuerza de la obra: no se limita a representar una dictadura histórica, sino que expone una forma de vida en la que el lenguaje organiza la realidad. Una vida donde el miedo decide lo decible, donde el silencio también comunica y donde la identidad depende de la mirada ajena.

Al final, existir es ser narrado por otros.

Esa es la intuición más perturbadora de La Reina de Santomé: que la realidad no depende de los hechos, sino de las narraciones que logran sobrevivir. Y en ese terreno, el rumor siempre tiene ventaja.

(Ike Méndez. Crítico literario y ensayista)

Ike Méndez

Poeta, educador y ensayista

Ike Méndez es ensayista y metapoeta dominicano. Coautor de obras como *"San Juan de la Maguana, una Introducción a su Historia de Cara al Futuro"* (Primer premio en el Concurso Nacional de Historia 2000) y *"Símbolos de la Identidad Sanjuanera"* (Segundo premio en 2010). Ganó el Segundo premio en el Concurso de Literatura Deportiva “Juan Bosch” (2008) y colaboró en la serie *"Fragmentos de Patria"* de Banreservas. También coeditó las antologías *"Voces Desatas"* (poesía, 2012) y la primera antología de cuentistas sanjuaneros (2015). Ha publicado seis poemarios: *Al Despertar* (2017), *Flor de Utopía* (2018), *Ruptura del Semblante* (2020), *Baúl de Viaje* (2022), *Al Borde de la Luz* (2023) y *El Joyero de Ébano* (2024), que reflejan una evolución poética constante. E-mail: jemendez@claro.net.do

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