El misterio del asesinato sin cadáver ni víctima que tiene perpleja a la policía en Francia:

La policía está convencida de que una mujer ha sido asesinada, pero no hay un cadáver ni reportes de personas desaparecidas.

"En mis 23 años como magistrado, nunca había visto una situación como esta. No tenemos un cuerpo", dijo el fiscal de Normandía.

"Tampoco tenemos fotos ni identidad de la persona asesinada", agregó. Lo que sí tiene la policía es un sospechoso. Es un hombre polaco de 66 años, ebanista de profesión, radicado en Francia durante lustros. Hoy se encuentra bajo custodia.

(Esta nota ha sido agregada por sugerencia del editor*, habiéndola sacado él de una crónica periodística difundida por varios medios locales e internacionales, fechada el 19 de noviembre de 2022. Confrontada con la crónica original, es evidente que fue alterada).

*No se refiere a ningún editor en particular, sino a uno de los personajes de la novela. 
Obra pictórica de Haffe Serulle.

XVII

Decidido a dar la pelea hasta el final, Radu retoma el recorrido en bicicleta de la mujer desnuda y se imagina que corre como nunca había corrido: sus zancadas son una verdadera celebración a la danza. Él quisiera volar, toparse de una vez por todas con esa mujer. “La encontraré; la haré mía”, dice moviendo sus piernas como alas de aguja colipinta. Le aflora en la cara un gesto optimista. Dice para sí: “Calentaré su cuerpo con mis brazos. La llevaré a dormir a donde crecen las flores. Mojaré su boca todas las mañanas. En sus labios el beso no morirá. Será mía, digo. No la compartiré. Quien quiera tocarla tendrá que pedírmelo de rodillas. Decirme: Quiero rozar mis manos sobre su piel de oro, poner mis labios en su fuente infinita. Yo pensaré si me conviene dar esa gracia. Lo pensaré con calma, no importa si me tardo en dar una respuesta. Quizá diga no, y ahí termine todo. La piel de esta mujer es sagrada; solo yo merezco acariciarla”.

La mujer de la bicicleta le lleva de ventaja un buen trecho; eso le preocupa. Ella bajó del árbol hace más de una hora y reinició su pedaleo, recordémoslo. A él le será difícil dar con su paradero, sin duda. “La encontraré. Descubriré su secreto, lo juro por todas las divinidades. La traeré conmigo a casa. Hablaremos largo y tendido de su aparición. Después que la haga mía, no la soltaré jamás”, cavilaba Radu, mientras el camino empedrado se transformaba en un lago apestoso, lleno de aves muertas: todas las aves del bosque se agruparon alrededor de hileras de troncos de ceiba y cedro. No quedaba en pie una sola palma tropical, de herencia africana. Como los insectos previeron el desastre, huyeron. Por suerte, se escondieron en cuevas de inframundos ajenos a estos fenómenos.

Radu está impactado ante estas imágenes, pero no deja de correr por la razón conocida. “Si no doy con el paradero de esa mujer, me marcará la incertidumbre”, piensa Radu. Corre, jadea sin cansarse. Si se cansara, no lo demostraría; seguiría corriendo con más ímpetu, porque él, Radu, es así, insistente y consistente. Se pregunta, incrédulo, si es él quien corre, o si es otro, porque aunque de joven exhibía una musculatura atlética, hoy no está en edad de darse ese lujo. Sí, puede darse ese lujo porque el Radu que corre no es el del ventanal, sino el joven Radu, el aspirante a policía, quien por entonces se veía vestido como un oficial de altos vuelos, al mando de investigaciones de hechos criminales cuyos resultados, por obtenerse de manera inmediata, eran celebrados con júbilo. ¡Cómo no iba a correr en este trance de ansiedad! “Le ganaré la batalla al sueño, al cansancio, a todo lo que se interponga entre nosotros”, pensaba él.

Le era imprescindible demostrarle a esa mujer desnuda su capacidad estratégica de alcanzarla, más allá de los obstáculos que se presentaran en el camino empedrado. Por supuesto, los inconvenientes son muchos, tal vez porque realidad y ficción se engarzan como eslabones de cadenas sufrientes y penetran las honduras del recuerdo cuando el tiempo nos sacude. Luego, las trabas reaparecen retorcidas en los huecos silentes de la memoria. Por consiguiente, aunque la noche acompaña a Radu en el ventanal, en el bosque es de día, pero no un día cualquiera. Miren cómo, siendo de día, Radu, por tener los ojos fijos en el suelo, empieza a ver todo negro. Entonces el lago aquel se convierte en mar, en un mar muy negro, en el mar más negro de todos los mares. A él le resulta difícil saber por qué piensa en el Mar Negro, pues cuando salió de Rumanía era apenas un niño. Sabemos que él no recuerda nada especial de su travesía, por lo que no tiene el poder de asociar la oscuridad del bosque con el Mar Negro.

Travesía traumática la de los rumanos, me imagino, o a lo mejor no. Tal vez viajaron al sureste y consiguieron abordar un barco que conectó con el mar Mediterráneo por el estrecho de Bósforo en Turquía. De ahí en adelante, quién sabe de cuántas peripecias se valieron con tal de llegar a estas tierras; peripecias vividas por Radu, pero reposan en el agujero del cerebro donde todo se olvida.

―El cerebro necesita olvidar para recordar ―decía Eduviges del Sangrado.
Radu, el del ventanal, sabe que los recuerdos se moldean con el tiempo, debido a lo cual no le da demasiado crédito a las imágenes construidas por el joven Radu, a quien le grita, desde el ventanal:

―Aléjate de esos pensamientos. ¿Qué mojiganga te arrastra hacia lo desconocido? Sacude la cabeza, libérate de los tormentos que amenazan con desarmar las herramientas más vivas de tu alma. ¡Vamos, vamos, Radu, tú puedes!

Entonces, Radu, el del bosque, imagina a la mujer de la bicicleta atrapada en el fondo de ese mar negro como una noche sin luna, repleto de medusas, mejillones, cangrejos, alondras y esturiones provenientes del Mar Negro, de donde se saca el conocido caviar rumano. Se zambulló en el agua y fue tras la mujer desnuda. Tardó apenas unos segundos en apoderarse de ella y salvarla. Vaya osadía. Qué intrepidez la de este mozo: al salir del agua con la muchacha en brazos, debió darse cuenta de que había cruzado el bosque y se encontraba cerca de Ciudad Sin Nombre. ¿Quién le dirá cuáles calles recorre la mujer desnuda?

El día retornó a su contemplación. Radu observó los altos edificios de Ciudad Sin Nombre, algunos de los cuales tocan la esplendidez de las nubes lavadas por la presencia de rachas de viento de poniente.

Haffe Serulle

Escritor

Haffe Serulle es un escritor y director teatral. Estudió dirección e interpretación teatral en la reconocida Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid, y Sociología Laboral, en la Escuela de Sociología, igualmente de Madrid, España. Autor de más de 20 obras teatrales, cuatro libros de poesia y dos de ensayo, es autor de las novelas: Voy a matar al Presidente, Las Tinieblas del Dictador, El vuelo de los imperios, El tránsito del reloj, Los Manuscritos de Alginatho, El plan perfecto de Poncio Pilá, y Plagas y predicciones de la familia Vick-Aux.

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