El misterio del asesinato sin cadáver ni víctima que tiene perpleja a la policía en Francia:

La policía está convencida de que una mujer ha sido asesinada, pero no hay un cadáver ni reportes de personas desaparecidas.

"En mis 23 años como magistrado, nunca había visto una situación como esta. No tenemos un cuerpo", dijo el fiscal de Normandía.

"Tampoco tenemos fotos ni identidad de la persona asesinada", agregó. Lo que sí tiene la policía es un sospechoso. Es un hombre polaco de 66 años, ebanista de profesión, radicado en Francia durante lustros. Hoy se encuentra bajo custodia.

(Esta nota ha sido agregada por sugerencia del editor*, habiéndola sacado él de una crónica periodística difundida por varios medios locales e internacionales, fechada el 19 de noviembre de 2022. Confrontada con la crónica original, es evidente que fue alterada).

*No se refiere a ningún editor en particular, sino a uno de los personajes de la novela. 
Cuadro de Haffe Serullle. 36 por 22 pulgadas. Acrílico sobre papel kraft. 2026.

XIV.1

“Sí, sí, no te metas con esos años de la vida de Radu. Aquí lo interesante es dilucidar la crónica que tengo a mano. Al parecer, la has echado al olvido”, me ha escrito el editor por guasap, como respuesta a mi inquietud. Es una idea repetitiva en él. Debo confrontarlo porque si no me llevará al borde del desasosiego y terminaré influenciado por sus ocurrencias. Su insistencia en el contenido de la historia de su interés lo lleva a proponerme que me deshaga de la mujer desnuda creada por el rumano Radu para que me concentre solo en la ciclista de la crónica, de quien su supuesto matador había dicho que era como una vagabunda o una persona sin techo. “Mata a la mujer del rumano”, insiste el editor. Por su forma de escribirlo, descubro una obsesión que raya en lo absurdo. “Debo enfrentarlo”, digo entre dientes, en mi soledad. Entonces, movido por unas ganas incomprensibles de perturbar a este hombre, se me ocurre la idea de escribirle a toda prisa lo siguiente: “Su plan sobrepasa las expectativas de publicar un libro, creo. Pero mi sentido común rechaza esta idea. La conciencia me dicta evitar una postura hostil”. Debo acercarlo al terreno de la seducción, como si se tratara de involucrarlo a él, al editor, en una situación intrigante. Él es dado al suspenso. Para comprobarlo, bastaría leer un texto suyo que recibí ayer. Su ocurrencia provocó en mí una risa más larga que la Misa de la Vigilia Pascual. Procedo a transcribir el texto con la esperanza de que el lector lo disfrute.

Podrías pensar en una saga de fantasía con Radu y la mujer desnuda, o con su padre en Transilvania junto a las brujas, Drácula y el flautista de Hamelin. Existen fenomenales leyendas urbanas en esa región de Rumanía.

El lector me dirá: “Al menos habla de la mujer de Radu y se ha olvidado de la otra. Esto es bueno porque sugiere que él no ha rechazado tu propuesta. Lo de la saga responde a su condición de editor, cuyo objetivo es ganar dinero con los libros, darse la buena vida en las hermosas playas del Caribe y en los mejores restaurantes parisinos”. De todas formas, pienso yo, nos haría bien asumir como nuestra una idea a todas luces descabellada, como sería la de viajar a Normandía para entrevistarnos con el fiscal de la crónica, bajo el pretexto de que no tenemos la solución del crimen. Decidido a incursionar en la absurdidad, me aparto de Radu. Tomo mi teléfono móvil. De mis dedos, en contacto con el teclado, salen palabras a borbotones, como si quisieran configurarse en resúmenes de historias de ultratumba. He aquí lo que me aventuro a plantearle al editor:

“Mi caro amigo, creo tener la solución del crimen que la comisaría de Dieppe no ha podido resolver porque, de acuerdo con la crónica, el 14 de mayo ―más de dos meses después― la exnovia del sospechoso acudió allí y contó que su ex la había llamado por teléfono en estado de ebriedad el 9 de marzo para decirle que había matado a una mujer en un accidente. Luego, pasada la borrachera, la volvió a llamar. La mujer se encuentra viva, le dijo. Ella, preocupada porque ambas versiones no coincidían, fue a verlo al día siguiente. No había ni un alma en la casa, pero su automóvil presentaba una gran mancha roja y daños en el parabrisas. Luego, el 13 de marzo, ella encaró al sospechoso en persona. Esta vez él le contó la historia completa, incluido el asesinato con la pala y el entierro. Como podrás ver, la nota nos induce a pensar que este hombre es el matador, pero no es así. No es así, te lo digo en serio. Esto es más complicado de lo que tú piensas: la clave del crimen la tengo yo. Sí, sí, los asuntos que la policía de Normandía dejó irresueltos, yo los he arreglado, pero se sabrá cuando nos veamos con el fiscal responsable de la pesquisa, razón por la cual quiero sugerirte que, más allá de los resultados de nuestra narración ―sin lugar a equívocos extemporáneos―, deberíamos viajar a Normandía a los fines de entrevistarnos con el susodicho magistrado. Por la forma en que documentaré el tema, mis deducciones serán determinantes para conocer el meollo de este caso y cerrar con buen término la investigación que ha trascendido las fronteras normandas e inquieta a los más experimentados criminólogos de Europa”.

Apenas le di a la flecha de enviar, recibí la respuesta del editor. Transcribo:

“¿En qué fundamentas tus conclusiones?”. Esta vez no le respondí. Esperé con estoicismo una reacción diferente; que él asumiera mi propuesta, por ejemplo. Media hora después me escribe. Vuelvo a transcribir: “Tu propuesta es atrevida, pero me anima a apoyarte. Veré de qué manera resuelvo los asuntos concernientes a pasajes y estadía en Francia. Los gastos irán por cuenta mía: los cargaré a los beneficios del libro. Esta vez podré disfrutar de mi esfuerzo. ¿Para cuándo tienes proyectado el viaje? Cuanto antes vayamos a Normandía, mejor. El tema está caliente en las redes. Habrá otros escritores y editoriales en nuestra situación. Adelantémonos a ellos. Puesto que debo tener a mano un cálculo aproximado de cuánto gastaré en este viaje, te pido que me des datos exactos con respecto a nuestra permanencia en el viejo continente”.

Animado, porque creía tenerlo entrampado en mis disquisiciones, no perdí ni un segundo en responderle. “Antes de dar cualquier paso, debes mover las teclas necesarias para      contactar con tiempo al magistrado y solicitarle  una cita a la mayor brevedad posible, por las razones que tú has expuesto. Aparecernos en Normandía sin cita previa sería una aventura a lo desconocido. Con tus contactos diplomáticos, podrás preparar el terreno de la mejor manera. Así iremos a lo seguro”.

Él me respondió:

“¿Qué te parece si le informo al mundo que tú tienes la solución del caso?”.

Entonces me apresuré a contestarle y le dije, entre otras cosas: “Si caemos en ese desliz, estimularemos a las grandes editoras a meterse de lleno en el proyecto y nos quitarán de en medio. Muchos escritores franceses están interesados en abordar un tema como este”.

Tengo al editor embebido en mi mundo; lo soltaré cuando comience a sentir pena por él. Con un claro sentido de cofradía, le pedí guardar mis recomendaciones como un secreto de Estado. De no ser así, podríamos tropezar con obstáculos insoslayables. “Bueno ―contestó él―, me pongo a trabajar en la dirección indicada por ti, no sin antes solicitarte que actúes con celeridad. Mándame las partes nuevas de tus narraciones, porque de acuerdo con mis planes estamos tarde”. Le escribí: “Más deprisa no puede ser por razones obvias: mi edad, en primer término. Lo otro es, entre numerosos inconvenientes, una artritis aguda en los dedos de ambas manos.  Hago lo que puedo. De todas formas, cumpliré con mi compromiso en el tiempo previsto. Como sabes, escribir y preparar carne a destajo son oficios diferentes”.

Después de estas palabras mías, el editor se sumergió en un aura de silencio por varios días. Yo estaba lejos de imaginar que esto iba a provocar en mí la incertidumbre que yo pretendía para él.

Ilustración de Emil Socías.

XIV.2

Me siento arrinconado, humillado. No sé qué hacer, si continuar con mi plan  ―¿fallido?―  o valerme de otras tretas hasta convencer a mi editor de que tengo la solución al crimen de Normandía y deberíamos juntarnos lo antes posible con el fiscal. Su silencio me mueve a pensar que él ha decidido parar el juego. Burlado como habrá de sentirse, romperá todo tipo de relaciones conmigo. El proyecto se irá a pique. Lo medito, lo repienso. Me pregunto, casi a gritos, por qué ha de ser como yo digo y no como solicitan mis arrebatos: el convencimiento del editor, los preparativos de un viaje fabuloso, la increíble entrevista con el magistrado normando, los paseos por ciudades que conservan su encanto medieval y otras cuestiones que me estimulan a enrumbarme por una fantasía incontenible y echar a un lado, al menos por ahora, la imaginería de Radu. Él ha vuelto al ventanal para ver qué ha sido de la mujer desnuda que pedalea por el bosque. Yo, por mi parte, me entrego a imágenes que aparecen ante mí como un colmenar abierto, presto a endulzarme el pensamiento. Como si fuese inducido por el editor, cuando sugiere una saga de fantasía con Radu o con su padre en Transilvania en compañía de las brujas, de Drácula y el flautista de Hamelín, me imagino rodeado por castillos y paisajes fantásticos, pero reales. Entonces pienso en historias de miedo que aterrorizarían al más valiente de los soldados de Guillermo el Conquistador, primer rey de Inglaterra de origen normando, cuyo reinado se extendió desde 1066 hasta su muerte en 1087. Descendiente de vikingos, desde 1035 fue duque de Normandía con el nombre de Guillermo II. Tras una larga lucha por afianzar su poder, hacia 1060 su dominio sobre Normandía estaba consolidado; por ello comenzó a planear la conquista de Inglaterra, la cual inició en 1066. Si refiero esto, no es por dármelas de profesor de historia, sino porque la voz fantasmal de este hombre  estremece mis oídos cuando me dice: “Si me tienes como aliado, como coraza impenetrable, no le temas a nada que provenga de Normandía. Anda, déjate ensoberbecer, que la fuerza de mi pasión por la guerra se recline en tus ojos si decides adentrarte en los fueros del paisaje indeclinable de Normandía. Ve y recorre en un  paddle surf  los famosos acantilados de Étretat, sublimados por la luz. Si no hay niebla, vete a conocer los meandros del río Sena. Si buscas paz, ve al sur de la provincia del Orne, Saint-Céneri-le-Gérei. Si prefieres la buena comida y hartarte hasta que el sueño te derrumbe, vete a Cambremer, auténtica postal de aquella región”. Arqueo los brazos para apartar de mi lado a Guillermo. Él ríe a carcajadas mientras me da puñetazos en la cabeza hasta dejarme aturdido. Trata de hacerme creer que estoy en uno de los pasillos más oscuros del castillo de Caen. Una sombra se desnuda ante mí: está ahí, se yergue como un ramo salido del vientre de una ballena. Ante el hecho, yo quisiera cantarle al sol. De pronto, el castillo de Caen se esfuma para reaparecer convertido en el castillo de Drácula en Rumanía: su interés es que yo asocie a Radu con Vlad III de Valaquia, mejor conocido como Vlad el Empalador o Vlad Drácula. Está ansioso porque yo reanude la narración correspondiente a la presencia de la mujer desnuda en el bosque.  Reculo con miedo porque Vlad me ha mostrado sus colmillos, más cortantes y largos que los de las películas de terror. Con voz dulce me dice: “Estaré agradecido de ti hasta la eternidad si me presentas a tu amigo el editor. Necesito saldar una deuda de honor. No es a ti a quien quiero, has de entenderlo, es a él. Lo quiero aquí por mentiroso, porque me prometió una edición especial de una historia nueva, ilustrada con fotos a todo color. Si me traes al editor, le clavaré los colmillos en el cuello, lo dejaré sin una gota de sangre. Haré que se cumpla tu sueño de ir a Normandía a reunirte con el magistrado a cargo de la indagación del crimen de la mujer de la bicicleta”. Estaba yo inmerso en estas consideraciones cuando, habiendo transcurrido algunos días sin saber nada del editor, oigo el sonido de guasap en mi móvil, corro a leer el posible mensaje y me encuentro, oh Espíritu Santo consolador, con el texto siguiente: “No te asombres; prepárate. Tenemos cita con el magistrado. Será el último día del mes que corre, a las 18 horas. Mañana te envío la información completa, con boleto aéreo agregado. Yo me iré antes. Nos vemos en París. Mañana también sabrás el nombre del hotel. Allí acordaremos los pasos a seguir. Nos espera una gran aventura. ¿Qué dirán los medios europeos cuando se enteren de que hemos sido nosotros los descubridores del crimen, no la dizque famosa policía francesa? Ante tal humillación, el Centro de Inteligencia y de Situación de la Unión Europea (EU INTCEN) intentará detenernos. En todo caso, si no desistimos de la idea de publicar el libro, nos amenazarán de muerte”.

La alegría me embarga. Estoy eufórico. Quiero saltar, correr, salir de la rutina. Este viaje me hará bien. Estoy contento porque me he burlado del editor. Ah, quisiera imaginarme la cara que pondrá cuando sepa ―habrá de ser allá en Normandía― que yo no soy Radu para desvelar un crimen como el de la crónica. Puesto que él no tardará en pedirme que introduzca un diálogo con el fiscal y el supuesto asesino en el contrapunteo del texto en general, me entrego a un ejercicio de imaginación insospechado.

XIV.3

El fiscal y el acusado se encuentran sentados, por separado, en una gruta iluminada por el destello desdoblado de una vela. El primero está sentado en un trono imperial; el segundo, en una silla destartalada. Se trata, desde luego, de un espacio teatral pensado para un encuentro precedido por el misterio. Basta ver al fondo, detrás de ellos, una sombra fantasmagórica agigantada por el ligero vaivén de la luz. El silencio estremece a estos dos seres. Aislados del mundo como están, inician una confrontación, no un diálogo como demanda la prudencia. El diálogo es cooperativo: dos o más partes trabajan juntas hacia un entendimiento mutuo. La confrontación es enfrentamiento competitivo: dos partes opuestas entre sí; cada parte trata de demostrar que la otra está equivocada. Radu sabe bien de qué hablamos. Si él estuviera presente en la escena, nos adelantaría el desenlace de este encuentro y nos evitaría seguir pasando páginas a la izquierda. Pero Radu no se apartará del ventanal, no acudirá aquí porque está anclado a su pasado. Lo digo porque, mientras me preparo para transcribir lo que han dicho el fiscal y el acusado, él se pregunta cuáles razones lo atan a sus remembranzas.

Un golpe seco, acompañado por la voz del fiscal, retumba en la gruta.

―Entonces, ¿mató usted a esa mujer?

―¿A cuál mujer?

―A la que dijo haber matado.

―Mi boca no lo ha dicho.

El fiscal le muestra al acusado un paquete de hojas timbradas, escritas a mano, selladas con un sello gomígrafo de la Policía Nacional.

―Aquí están las pruebas.

―No, en esos papeles está lo que han dicho otros acusados.

El fiscal se echó para atrás, arrugó los labios, frunció las cejas.

―¿Por otros acusados?

―¡Ajá! Eso dicen.

―¿Quiénes lo dicen?

―Las palabras.

―¿Las palabras?

―Sí, Señor Fiscal, las palabras; no todas, sino solo aquellas que se mueven con el viento.

―¿Con el viento? ―pregunta el fiscal, deseoso de dejar el interrogatorio para entrar en el campo de la poesía.

―Las palabras van y vienen con el viento. El viento no se las lleva porque son suyas. Ellas conviven con él, están con él ―asegura el acusado.

―Dicen…

―Sí, las malas lenguas dicen lo que usted quiere escuchar.

―¿Las malas lenguas? ¿Se refiere usted a…?

―A los habladores, a los inquisidores.

―Las lenguas ―dijo el fiscal como si fuera a dar un discurso, pero el acusado lo interrumpió enseguida.

―No hablo de lenguas, cuyo patrimonio está fundamentado en sonoridades creadas por los seres humanos.

―Sea preciso.

―Procuro serlo, pero usted me inculpa de algo que en mí no tiene cabida ni horizonte.

―Hable claro.

―Trate usted de entenderme. Yo hablo como hablo. Usted es el interrogador. Respondo si usted lo requiere. Usted me acusa…

―No lo acuso, investigo.

―Nadie está llamado a investigar lo inexistente.

―Eso está por verse.

―Hablo de lo no ocurrido. Si la luz no existiera, ¿a quién se le ocurriría mencionarla?

―Su imprecisión delata…

―Señor Magistrado, la imprecisión viene de usted.

―¿De mí? ¿Cómo así?

―Mire, Señor Fiscal, hablemos claro. Usted sabe que los actos materiales, imprecisos o ininteligibles, son nulos por ser de cumplimiento inviable. Aquellos que presenten la indeterminación de su contenido como defecto formal son anulables por no ser adecuados para conseguir su fin. Esto lo aprendemos en los textos primarios de criminología, muchos de los cuales pasaron por sus manos, ¿no?

―Recuérdeme dos o tres títulos de esos textos.

―Ignoremos su petición.

―Entonces, vayamos al grano.

―El grano está en el ápice de la maldad. Pensándolo bien, sería mejor hablar de declive.

―¿Ápice? ¿Declive?

―Cuando usted llega al final de una pendiente fangosa, encuentra obstáculos, ¿no?. Los depósitos de barro se endurecen con el paso del tiempo hasta convertirse en lutita. Si por si acaso lo ha olvidado, pues son cosas que aprendemos en la escuela, le recuerdo que la lutita es una roca sedimentaria de grano muy fino, textura pelítica, variopinta, es decir, integrada por detritos fragmentarios construidos por partículas de los tamaños de la arcilla y el limo.

El fiscal respiró hondo para disimular o contener la rabia, o quizá la envidia. Nervioso, le preguntó al acusado si se desempeñaba como profesor.

―Usted debería saberlo. El fiscal no soy yo.

El magistrado volvió a respirar hondo. Esta vez preguntó de golpe, con la determinación de sorprender al acusado:

―¿Por qué mató a…?

―No he matado a nadie.

―Otros tres testigos lo escucharon dar diferentes versiones del accidente. Ese día, en horas de la tarde, una amiga suya lo encontró mordiéndose los brazos en el sillón de atrás de un auto dañado. La ciclista ha sobrevivido, le dijo usted a su amiga. Ella tomó fotografías del auto. Usted podrá apreciar que esas fotos son parte clave de las pruebas policiales.

―¿Ha visto usted el cuerpo de la muerta? ¿Lo vieron esos supuestos testigos? ¿Los forenses? ¿Lo vieron los forenses? ¿Dónde reposa el cuerpo de la muerta?

El fiscal se chupa el dedo pulgar de la mano izquierda. Vacila al responder:

―Hasta ahora… Hasta ahora…

―Hasta ahora ninguno de sus investigadores ha dado con el cadáver. No hay cuerpo. Si no lo hay, ¿dónde está la evidencia? ―interrumpe el acusado.

Los dos hombres pausaron e intercambiaron miradas inciertas. El acusado arqueó las cejas.

―¿Hay o no hay cuerpo? ―preguntó con sarcasmo.

Pausaron de nuevo. La pausa superó los límites de la paciencia, que son, entre otros, como le diría el acusado al fiscal, la pérdida de la ingenuidad de suponer que la realidad va a cambiar sin nuestra participación directa, más allá del rebosamiento de la arrogancia en el tránsito de la aurora frugal.

El fiscal se preparó para dar un golpe en el sillón imperial, acción con la que marcaría el final de este interrogatorio, pero no lo hizo. Turbado, se frotó las manos, se tranquilizó.

―La lutita mató a esa mujer ―dijo a media voz, compungido.

Después siguió hablando solo, sin tiempo. El acusado, cansado de oírlo, decidió apagar la vela.

Radu no hubiera actuado así, pienso. Se habría valido de lo obvio para luego abordar la complejidad de un caso carente de prueba documental. Sin duda, se trata de una conjetura mía, porque en definitiva Radu es Radu y yo soy yo.

XIV.4

Iba yo a ocuparme de Radu, de su ventanal y la mujer desnuda cuando sonaron tres golpes secos a la puerta. Esos golpes provienen de la mano del editor, supuse, y me alegré, pues aunque sus visitas fueron ocasionales y fortuitas, esta vez no pude evitar el roce de una sensación que disparó mi atención hacia el mundo enrevesado de la sorpresa, con relación al viaje a Normandía. “Por algún motivo ha venido a verme”, pensé mientras me separaba del escritorio de trabajo para acercarme a la puerta y abrirle. Creo que él pretende llevar hasta las últimas consecuencias el juego de mi intención protagónica en la investigación policiaca de la muerte de la mujer invisible de su crónica; o sea, hacerme creer que mi propuesta de concertar una cita con el magistrado francés a los fines de exponerle los pormenores de mi conclusión tiene una trascendencia insoslayable que podría darnos un sitial en la historia de la criminología universal. Él no estaba convencido de mis intenciones, a mi modo de ver, pero pretendía o quería producir en mí un acto premeditado de discutible credulidad. Como sabemos, quien premedita entiende que sus actos tendrán consecuencias. Él debía suponer cuáles eran esas consecuencias  porque tiene muchas luces para calcular o planificar las acciones más descabelladas. Pensaba en esto cuando abrí la puerta y nos tropezamos cara a cara. Soltó varias carcajadas, como para sacarme de quicio.

―Muchas personas desaparecen sin que la policía se entere ―dijo―. ¿Sabes? Más allá de tus deducciones, que quisiera oírlas antes de que asombren al mundo, esa mujer de la crónica es una turista o tal vez alguien que realiza un recorrido de larga distancia. ¿Qué opinas tú?

―Te responderé cuando estemos en Normandía.

Leyó parte de la crónica, como si yo la ignorara. Sus carcajadas resonaron de nuevo.

―De eso vengo a hablarte ―dijo.

Presentí lo peor: él lo sabe todo, me sigue la corriente. Me dará un golpe mortal al menor descuido mío. Entonces, he aquí cómo él, habiéndose acomodado en una vieja mecedora colocada frente a mi escritorio de trabajo, empieza a hablar más rápido de lo que escriben mis manos cuando soy sacudido por una idea alentadora. Su voz, óiganlo bien, no parece su voz, sino la voz lejana de un fantasma difuminado en un manto de lino deslavado. Oigámoslo: “A partir de la década pasada se produjeron más de 500 suicidios aquí. Hay quienes reportan que todos los años se encuentran varias docenas de cuerpos. Los lugareños argumentan que escuchan cómo comienzan sus almas a gritar. En circunstancias misteriosas, debido a un cuello roto, un espíritu se reunió con una niña desnuda, la besuqueó de arriba abajo, hizo gráficos en columnas en su espalda, la montó en su sexo indefinido y desapareció con ella en un breñal neblinoso.

¿Qué pretende él con este discurso, me pregunté. ¿Qué le inquieta.  Me pareció adivinar qué era, mas me negué a creerlo. “No, no, él no ha venido a darme una mala noticia. Se le ve demasiado contento. Está feliz porque viajaremos juntos. Hará suyo mi descubrimiento. Será el editor más famoso. Me quitará el puesto. Ridiculizará a los genios europeos por no resolver un caso ―para él corriente― como el de la mujer de la bicicleta”, pensé.

El editor se levantó de la mecedora.

―El magistrado francés ha pospuesto sin fecha la cita ―dijo con voz apenas perceptible.

Ante esta noticia poco me faltó para desmayarme, pero me envalentoné. “Esta batalla la ganaré yo”, me dije. Sin embargo, mi editor, más sagaz que sabio, no se dejará vencer por mí. Él tenía cogido el toro por los cuernos, apenas le faltaba su estocada infalible. “¿Entonces?”, le pregunté, inseguro. “Esperar”, respondió el editor, con una sonrisa luminosa. Era una sonrisa artificial, con la que pretendía desviar mi frustración y meterme en su juego. “¿Cuándo tendremos una nueva fecha?”, le volví a preguntar. Se paseó por la sala, despacio. Ante mi insistencia, dijo: “Cuando tú me des la pista del crimen. Dime quién mató a esa mujer y nos iremos esta noche con cita o sin cita”. “Mi plan ha fracasado”, pensé. No sé de qué artilugio se valió él para adivinar mi pensamiento. Se acercó a mí con la intención de consolarme.

―No, tu plan no ha fallado. Ha muerto el desatino, eso es todo ―me dijo al oído.

No entendí su sentencia. no entendí sus palabras, o preferí no entenderlas. ¿Por qué tenía que ser yo presa de sus disquisiciones? Vaya, vaya, diría él, el editor; para burlarse de otro, hay que tener las uñas y los sesos bien afilados.           Después de un tiempo, sin que él bebiera siquiera agua ―debido a mi obnubilación no le brindé nada―, me dio un apretón de manos. “Moveré cielo, mar y tierra para dar a conocer tus conclusiones. Reuniré a la prensa internacional en el mejor de nuestros hoteles, donde estarás tú, vestido como un detective irlandés, si lo prefieres, respondiendo las preguntas de los periodistas más prestigiosos del mundo. Anímate, hombre, pronto te daré fecha, lugar y hora de la rueda de prensa”. Resopló y, sin que viniera al caso, se marchó de la casa cantando la Marsellesa: la cantó como se canta en francés. “¡Ay, mísero de mí!”, exclamé parafraseando a Segismundo, el de don Pedro Calderón de la Barca. Poco después caí en un embeleso superior al de Radu en el ventanal.

Haffe Serulle

Escritor

Haffe Serulle es un escritor y director teatral. Estudió dirección e interpretación teatral en la reconocida Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid, y Sociología Laboral, en la Escuela de Sociología, igualmente de Madrid, España. Autor de más de 20 obras teatrales, cuatro libros de poesia y dos de ensayo, es autor de las novelas: Voy a matar al Presidente, Las Tinieblas del Dictador, El vuelo de los imperios, El tránsito del reloj, Los Manuscritos de Alginatho, El plan perfecto de Poncio Pilá, y Plagas y predicciones de la familia Vick-Aux.

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