El misterio del asesinato sin cadáver ni víctima que tiene perpleja a la policía en Francia:

La policía está convencida de que una mujer ha sido asesinada, pero no hay un cadáver ni reportes de personas desaparecidas.

"En mis 23 años como magistrado, nunca había visto una situación como esta. No tenemos un cuerpo", dijo el fiscal de Normandía.

"Tampoco tenemos fotos ni identidad de la persona asesinada", agregó. Lo que sí tiene la policía es un sospechoso. Es un hombre polaco de 66 años, ebanista de profesión, radicado en Francia durante lustros. Hoy se encuentra bajo custodia.

(Esta nota ha sido agregada por sugerencia del editor*, habiéndola sacado él de una crónica periodística difundida por varios medios locales e internacionales, fechada el 19 de noviembre de 2022. Confrontada con la crónica original, es evidente que fue alterada).

*No se refiere a ningún editor en particular, sino a uno de los personajes de la novela. 
Ilustración Emil Socías para Crimen incorpóreo.

XIII.1

De su travesía con sus padres, Radu recuerda con nostalgia los días claros y las noches estrelladas sobre las aguas tranquilas de un mar que, según los tripulantes, era interminable. También recuerda una bicicleta de juguete, de color rojo, amarrada con hilo de nailon en el centro del asta de una marca insignia puesta en la punta de la proa como signo distintivo del navío. Para ser de juguete, aquella bicicleta era demasiado grande. Como eran vagos los motivos de su aparición, al niño Radu se le ocurrió la idea de presentarse ante el capitán del navío y preguntarle con voz de hombre acerca de la procedencia del objeto. El capitán se impresionó ante la pregunta del niño. Como no supo qué contestarle, le dijo que en el pozo de anclas había muchas bicicletas de verdad y nuevas, y aunque eran ajenas, él intentaría conseguirle una con el dueño. La voz de la madre, desesperada porque no encontraba a su hijo por ninguna parte, sonó estridente en los oídos del niño Radu, quien corrió hacia ella y se abrazó tembloroso a su cintura. La madre, preocupada, le preguntó si temblaba por miedo. “No, tiemblo de emoción porque el capitán me va a regalar una bicicleta de verdad”, respondió el niño. La madre sonrió. Pasado un momento, se lo llevó a dormir al camarote. Al día siguiente, temprano, Radu se encontraba en la proa. Esta vez sí tembló de miedo porque no vio el asta, ni la bandera, ni vio al capitán. Apenas vio su propia sombra en medio de una embarcación llena de momias ensangrentadas, donde reposaban murciélagos disecados. Corrió a refugiarse en el camarote. En el trayecto tropezó con instrumentos de hierro irreconocibles y con vestiduras sacerdotales de épocas pasadas. Como aquello le pareció ambiguo, se pregunta, apoyado en el ventanal de su casa, si fue solo un sueño. Le sorprende pensar en esto porque hay pasajes más influyentes que él no recuerda, por ejemplo, las veces que su padre lo lanzaba al aire y le gritaba “toca el cielo, agarra las nubes, no te caigas”, o cuando su madre lo invitaba a arrojarse al mar para que jugara con los peces. “Tú puedes, Radu”, le decía la madre. Influyentes también fueron las paradas del barco en distintos embarcaderos, así como la gente que enfermó durante el viaje, mas él no recuerda nada de esto, ni siquiera cuando en el último trecho de la travesía su padre lo cargó en brazos y dijo, orgulloso: “Hemos llegado, hijo; aquí estaremos lejos de la guerra. Olvidarás el horror”. Al pensar en la bicicleta, se sorprende de que no había vuelto a ponerle atención desde su llegada a estas tierras. De pronto, no solo la recuerda, sino que ha creado otra bicicleta cuyas ruedas no paran de rodar por el bosque. Sabrán que me refiero a la bicicleta de la mujer desnuda, no a la posible bicicleta que montaba la ciclista al momento de ser atropellada por el automóvil reseñado en la crónica favorita de mi editor. Tal vez es una de esas rarezas de la vida, pero Radu no descarta la posibilidad de que la bicicleta de esa época fuera una señal de que él, de grande, viviría en una metrópolis donde vería bicicletas pintadas en carteles empleados para advertir al ciclista la proximidad a un tramo de ciclorruta por donde pueden cruzar vehículos automotores, razón por la cual se deben tomar las precauciones necesarias para prevenir accidentes.

Radu quisiera recuperar los recuerdos de sus primeros años en Rumanía y aquí. Lo intenta. Está solo en la casa. Hay silencio a su lado. Si estuviera más decidido, los recuerdos le brotarían con la fuerza de una ola creciente sobre los promontorios rocosos que viera él durante aquel viaje, pero aunque lo siga intentando, no verá nada, no reconocerá ningún anagrama de su pasado. En cambio, puede revivir sin esfuerzo algunas vivencias. En su casa del bosque, por ejemplo, había cinco gatos gigantes, capaces de devorar todo tipo de ratas, hasta conejos. Se pregunta con delirio cómo, si era un niño, se le metió en la cabeza investigar cuál de los cinco gatos había sido el causante de la muerte de un ratón que él encontró patas arriba debajo de su cama. Encerró a los cinco gatos en un cajón de madera que usaba su padre para guardar tesoros. Analizó con cuidado los dientes de los felinos. Buscaba sangre o pedacitos de carne, cualquier detalle por el que pudiera identificar al matador. Al no encontrar ninguna prueba, liberó a los gatos. Más tarde se dio a la tarea de investigar qué otro animal pudo haber matado al ratón. Como en esos días su madre lo vio dando vueltas en el bosque, le preguntó qué se le había perdido. Él se quedó callado. Lo que sigue, no lo recuerda. No, no lo recuerda. Cierra los ojos. Los aprieta con fuerza, inconforme, tal vez porque en ese lapsus podría estar la clave de una parte de su vida. Quién sabe si en lo oculto de ese momento surgió su vocación detectivesca, que lo llevó a comprender de joven que toda investigación policiaca necesita de información legal; que un proceso de investigación incluye técnicas de observación, detección, vigilancia y entrevistas con distintas personas relacionadas con el caso. De estos aspectos probó con los gatos la observación y la vigilancia, mas no las entrevistas, pues era demasiado listo para no darse cuenta de que los animales no lo entenderían.

XIII.2

Se separó del ventanal. Tenía los nervios alborotados. En cualquier momento podía estallar de inconformidad. Evitaba pasearse por la casa cuando estaba excitado como forma de honrar a sus difuntos padres, a quienes jamás oyó levantar la voz para faltarse el respeto. Agobiado, volvió al ventanal. Se quedó con la mirada perdida en el boscaje. Un bostezo largo lo tomó de sorpresa. Claro, era tarde y tenía sueño. Decidió apartarse de nuevo del ventanal, recorrer desnudo los espacios de la casa como lo hizo otras veces, al menos hasta la llegada de su hombría, práctica que le vino de cuando quedó huérfano de padre y madre, sin importarle que Eduviges del Sangrado lo viera y se asombrara del  desarrollo de su virilidad. Ella callaría por siempre lo mucho que luchó para no caer en tentaciones impuras. Si él contara las veces que ella lo vio desnudo, comprendería un amplio rango de edades. Él sabía  de esa debilidad de Eduviges del Sangrado, pero se hacía el tonto. Nunca fue normal que ella se fijara en él como lo hacía cuando lo contemplaba desnudo. En su primer contacto visual con la desnudez del niño, acontecido en el lugar donde él se encuentra ahora, pensó que si el pito del muchacho no le crecía en proporción a sus años, le prepararía un remedio con hierbas especiales o mejor una pasta con la masa del jengibre, por ser una planta que activa la circulación sanguínea. Aprovecharía cuando él durmiera para untarle el remedio en su zona genital. Lo volvió a pensar cuando lo miró desnudo por quinta o sexta vez, mas no se atrevió a hacerlo por puro pudor, por creer en cierto sentido que debía obrar como una madre.

Una noche de lluvia ligera, ajena a cualquier efecto de tormenta, Eduviges del Sangrado se despertó, salió sigilosa de su cuarto y entró en puntillas al de Radu, que por entonces era un hombre de veinte años y portaba el uniforme de los policías rurales de Ciudad Sin Nombre. Esa vez también lo vio desvestido, pero acostado boca arriba, con su miembro más duro que un pedazo de hierro. Como consecuencia de aquel contacto, a Eduviges del Sangrado se le iluminó la cara, las mejillas se le calentaron, sus manos fueron a parar, no sabemos si adrede, al matorral de su entrepierna. Se quedó allí atenta a él, pero sin tocarlo. Fijó los ojos en el tronco febril de Radu y, cuando supo que en ella era inevitable palparlo, huyó enloquecida del cuarto. En la huida se llevó de paso una mesita de noche con adornos de Rumanía, que Radu conservaba de sus padres. Por poco tumba el único librero de la casa, un mueble de caoba centenaria, en cuyas estanterías figuraban libros de criminología y folios escritos a mano por Radu, con tapas de piel, en los cuales hay resúmenes de sus múltiples investigaciones, así como tesis sobre normas y reglamentos policiales que él fue elaborando en sus años más provechosos. Se pueden ver, además, algunos libros escritos en rumano, idioma que Radu no volvería a practicar, pero lo recordaría como estandarte sagrado de sus remembranzas. Son libros muy antiguos, quizás olvidados. Olvidados, digo, no robados, como los más de doscientos libros incunables extraídos de un depósito en Gran Bretaña y llevados a Rumanía, sin que se sepa quiénes participaron en este hecho, conocido porque los fiscales rumanos anunciaron el descubrimiento de dichos libros, entre los que se encontraban originales de Galileo, Isaac Newton, Petrarca, unas ediciones rarísimas de Dante Alighieri y unos ochenta esbozos del pintor español Francisco de Goya.

El ruido provocado por la mesita de noche despertó al policía rural. Él se tiró de la cama, tomó su arma reglamentaria, gritó dos veces seguidas: “¿Quién anda?”. Eduviges del Sangrado se acercó a él casi a rastras.

―He entrado al cuarto para cerrar la ventana y evitarte un resfriado por lluvia ―le dijo.

Radu se cubrió con la sábana de la cama. Después de inhalar hondo, le pidió a Eduviges que prendiera una lámpara y recogiera los adornos.

―Vuélvelos a poner en la mesita de noche ―le dijo.

Más tranquilos los dos, él le preguntó si llovía desde hacía mucho tiempo. Ella le contestó sí.

―No sé por qué me dormí si me encanta ver la lluvia ―comentó él.

Eduviges le regaló una sonrisa de remordimiento. Salió del cuarto caminando con su forma natural para no levantar sospechas, no ante el niño Radu ni el jovenzuelo rumano, sino ante el policía que empezaba a perfilarse como un avezado investigador. Pero Radu no está pensando en esto. Se apartó de la ventana con la intención de caminar sin ropa por los espacios de la casa, quizá con el interés de rememorar su fascinación por las actitudes atrevidas como respuesta al miedo. Se apartó de la ventana, digo, mas no se desnudó. ¡Qué iba a desnudarse si era un viejo!  Prendió las lámparas del comedor y la sala. Se agarró las manos detrás de la espalda. Dio varios pasos hacia delante para ver otros adornos que él conservaba de sus padres. Eran piezas traídas de Rumanía; si él quisiera venderlas, reuniría una buena cantidad de dinero. Claro, ni pensar que él lo haría. Preferirá guardarlas bajo tierra o donarlas a un museo con la esperanza de ver algún día una placa con los nombres de sus padres colocada junto a cada aderezo, o en última instancia se las daría a una institución benéfica sin esperar nada a cambio. ¡Si con las tierras que heredó ―aunque la ciudad se ha tragado una buena parte― tiene lo suficiente para vivir! Se detiene a mirar una foto de sus padres puesta en una mesa de cedro blanco que divide la sala de la cocina. La foto rememora la Edad Media; lo digo porque los que posan están vestidos a la usanza del siglo XIV. En otra foto, colocada junto a la mesa de cedro blanco, sus padres visten de aljuba, que es una prenda de origen morisco. La pareja rumana está al lado de un grupo musical cuyos integrantes muestran sus instrumentos como trofeos ganados en concursos regionales. Aunque Radu reconociera esos instrumentos, no sabría decir sus nombres: Cimpoi, Cabal, Gobza, Nail, similares, en el mismo orden, a una gaita, una flauta, un guitarrico y a un órgano. Al fondo de la sala, guardados en una vitrina cerrada, hay un casco de oro y una jarra de porcelana con cabeza de serpiente. Son adornos conservados por Radu como reliquias memorables.

Radu pestañea. Se sabe adormecido, pero trata de evitar a toda costa caer en los brazos del sueño. Su interés es seguir la ruta tomada por la muchacha de la bicicleta a partir de cuando bajó del árbol. Nada le quitará a Radu esa fijación. Entonces vuelve al ventanal. Se acoda en el alféizar. La noche está cerrada. El follaje es una mancha negra. Radu sacude la cabeza, el sueño se le va y, en vez de ponerle atención al bosque, se acerca a la mesa donde está la foto de sus padres con los músicos. Al mirar la foto, no duda en asociar a su madre con un ángel.

Haffe Serulle.

XIII.3

Radu no quiere dedicar tiempo a pensar en sus recuerdos, pero no puede evitarlo. Aun cuando se empecine en recurrir a técnicas de olvido, no podrá separarse de ellos. A mí en lo particular me gustaría saber cuáles son sus recuerdos más vivos de su relación con Eduviges del Sangrado, porque no era tan vieja para que él no le echara una mirada; quizá ella le llevaba trece o quince años como mucho. Digo quizá porque nunca mostró a los ojos de los padres de Radu documento oficial alguno que certificara su edad, pero por ahí debió de andar. Además, era una mujer hermosa. Jamás usó ingredientes femeninos industriales para verse linda. Con su cuerpo esbelto era la envidia de los amigos de su marido, el obrero. Cuantas veces se reunían con él, se sinceraban y le decían con el corazón partido que anhelaban encontrar una muchacha como Eduviges del Sangrado ―recordemos que quienes la conocían evitaban mencionar su apellido―, honesta, fiel, decente, de belleza radiante. “Tu mujer es un ser privilegiado”. “¿De dónde sacaste a esa diosa?”. “No hay dos como ella en este mundo”, comentaban sus amigos. Y el obrero, ufano, sonreía a sus anchas. De esos años de Radu y Eduviges sabremos muy poco, no importa cuánto de morbo queramos impregnarle, pues se trata de una relación que sobrepasa los límites del entendimiento. Por demás, no todo se dice, ni aun previo a la muerte. Pese a eso, sabemos que Radu acostumbraba a hablar con soltura de sus amoríos con las citadinas que iban al recinto policial a quejarse del maltrato recibido de sus parejas o a querellarse contra los merodeadores de actos ilícitos. De solo mirarlo, esas mujeres se enamoraban de él, sin que ninguna adivinara cuáles misterios tenían sus labios y sus ojos que las cautivaban. Así, con la expansión de Ciudad Sin Nombre, proliferaron los amores fugaces de Radu: si a él le diera por cuantificarlos, no le sería fácil llegar a una cifra, lo cual no es ni será el caso.

Como está dicho, la aldea donde creció Eduviges del Sangrado se convirtió en metrópolis en menos de cincuenta años. Radu sería testigo de este acontecimiento, comparable con los planes de construcción de ciudades levantadas de un día para otro, sobre todo en los países muy ricos, como si se tratara de un acto milagroso. Por supuesto, esas ciudades son resultado de la riqueza en la órbita de su accionar más deshumanizado. Ciudad Sin Nombre no fue la excepción: se llenó de avenidas, industrias, comercios de todo tipo, de rascacielos sin restricción de altura. Se modernizaron las fuerzas armadas y la policía nacional, los tribunales de primera instancia, las escuelas públicas, las universidades, sin que Radu imaginara que esta condición propulsora lo favorecería con creces porque la ciudad se vio en la necesidad de penetrar la zona boscosa como modo de garantizar su crecimiento, y él, aunque ferviente defensor de la flora y fauna, se dejó persuadir por el dinero que obtendría si vendía por metro cuadrado ―tal como hizo― porciones del bosque que comprara su padre al llegar a estas tierras. Por supuesto, él sabía que con la venta de esa porción de tierra viviría tranquilo por el resto de sus días y podía dedicarse hasta de manera honorífica a lo que más le gustaba: descubrir los crímenes que teñían de sangre los suburbios y áreas residenciales de Ciudad Sin Nombre.

A propósito del esplendor de Ciudad Sin Nombre, Radu, ni tonto ni perezoso, aprovecharía las facilidades del sistema educativo para cursar los estudios primarios y secundarios, y graduarse de abogado en la universidad estatal, sin que  abandonara su casa del bosque. Si el lector quiere saber qué hizo él durante esos años, debe averiguarlo por su cuenta, porque de esto no haremos mención. ¡Cuántos casos no hay de figuras históricas, literarias o mitológicas cuyos mejores años son inciertos o poco conocidos! De todas formas, lo consultaré con el editor. Entretanto, Radu continúa con la mirada puesta en la foto de sus padres y los músicos, cuando recuerda que mucho antes de que él fuera testigo de los niveles de desarrollo de la ciudad, Eduviges del Sangrado le había advertido acerca de los peligros relacionados con el servicio policial, ya que, mientras más crecía Ciudad Sin Nombre, la vida era menos segura.

―Cuida del bosque o si no el progreso se lo tragará ―le dijo ella.

Haffe Serulle

Escritor

Haffe Serulle es un escritor y director teatral. Estudió dirección e interpretación teatral en la reconocida Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid, y Sociología Laboral, en la Escuela de Sociología, igualmente de Madrid, España. Autor de más de 20 obras teatrales, cuatro libros de poesia y dos de ensayo, es autor de las novelas: Voy a matar al Presidente, Las Tinieblas del Dictador, El vuelo de los imperios, El tránsito del reloj, Los Manuscritos de Alginatho, El plan perfecto de Poncio Pilá, y Plagas y predicciones de la familia Vick-Aux.

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