El misterio del asesinato sin cadáver ni víctima que tiene perpleja a la policía en Francia:
La policía está convencida de que una mujer ha sido asesinada, pero no hay un cadáver ni reportes de personas desaparecidas.
"En mis 23 años como magistrado, nunca había visto una situación como esta. No tenemos un cuerpo", dijo el fiscal de Normandía.
"Tampoco tenemos fotos ni identidad de la persona asesinada", agregó. Lo que sí tiene la policía es un sospechoso. Es un hombre polaco de 66 años, ebanista de profesión, radicado en Francia durante lustros. Hoy se encuentra bajo custodia.
(Esta nota ha sido agregada por sugerencia del editor*, habiéndola sacado él de una crónica periodística difundida por varios medios locales e internacionales, fechada el 19 de noviembre de 2022. Confrontada con la crónica original, es evidente que fue alterada).
*No se refiere a ningún editor en particular, sino a uno de los personajes de la novela.
III
El padre de Radu tenía poco tiempo de haber llegado aquí cuando decidió comprar un terreno con un perímetro no menor de cien mil metros cuadrados. Al ver estos lugares por donde sigue pedaleando la mujer desnuda, más allá de los lapsus temporales de su imaginador, no dudó en hacer la inversión. Que la mujer de la bicicleta es linda, no hay duda, pero no es el mejor momento para abocarnos a describir sus rasgos faciales ni su impresionante estructura física: basta ver la perfección de su cintura y la redondez de sus glúteos, que, en contacto con el espigado sillín de la bicicleta, parecen monumentos atraídos por el relente de la noche.
De solo observar el verdor, el progenitor de Radu quedó impresionado. Le fascinó la altura de los árboles, tal vez porque le recordaban los de su infancia, pues allá en su aldea rumana los había más altos, y porque nunca olvidaría que el primer regalo que de verdad le hiciera su padre fue un policía esculpido con un madero parecido al guayacán, que en Rumanía sería algo así como carpe, acacia, fresno o arce. Tras la muerte de su padre, Radu se apoderaría del muñeco de palo confeccionado por su abuelo paterno y no lo soltaría jamás. Hablamos de un muñeco del tamaño de un dedo. Al tocarlo, Radu se sentía inducido a imaginar escenas no aptas para niños menores de dieciséis años.
Nuestro personaje recordaba todas las historias inventadas por él a una edad infrecuente por su contenido, y podía contarlas con pelos y señales. De haberlas escrito, le habría hecho un gran favor a la humanidad, en especial a los cuerpos policiales destinados a investigar sucesos escalofriantes. Además, granjearían la atención de la industria cinematográfica y de editores de libros del género novela negra (término grosero) o hard-boiled. Solo por este motivo, debo transcribir las palabras que él musita a la vez que tiene el pensamiento puesto ―vaya extrañeza― en el traslado de las ruedas de la bicicleta donde va montada la mujer desnuda. Pensar en el presente mientras repasa el tiempo ha sido en Radu una forma de enfrentar la soledad y los intríngulis del misterio. Él suele jugar al olvido con el propósito de rescatar, si no todo, parte de lo perdido en las nebulosas configuradas en el nidal del cerebro. Ha hecho de esta práctica una técnica única, muy personal, la cual le fue bastante útil en sus primeros pasos como policía, debido a que los resultados de sus investigaciones asombraban a sus superiores.
Como el lector está a la espera de que transcriba lo que ha musitado Radu, procuro dar un corte directo, como en las películas de más violencia, para distanciarme de estos tejemanejes, quizás innecesarios, y dejar que mis manos fluyan por el teclado de mi ordenador al ritmo de las palabras de nuestro personaje, no sin antes recordarle a quien nos dé seguimiento que él, Radu, el rumano, es un hombre demasiado viejo. Oigámoslo, entonces: “Veo a una niña dormida en el cuarto de arriba. Es una niña sin color ni piel. Aprendió a caminar hace diez años. Hoy tiene flores en el cuerpo. Delante de la cama donde duerme hay un ventanal abierto. Sonar de ramas. Rugidos de leones hambrientos. Un gato se escabulle por los aleros de la casa. Maullidos siniestros. Luego, una gota de sangre. La criatura despierta sobresaltada. Una sombra venida de la noche la atrapa por la cintura, la carga. En un confuso vuelo, se la lleva hacia un rincón lóbrego, habitado por murciélagos”.
―No hay ninguna cueva ni murciélagos, ni ha habido vuelo confuso ― dice Radu, como si hiciera un aparte, y agrega―: La sombra son los brazos de un hombre desalmado, decidido a violar a su hija.
En su afán de imaginar historias escabrosas, se ocupaba cada vez con más empeño de descubrir el origen de lo incognoscible. Pero dejémonos de enredos. Mejor retomemos el hilo conductor de nuestra narración, que al menos pretende ser verdadera, según lo testimonia mi amigo el editor. Pues bien, entre esa arboleda descomunal y con la ayuda de obreros traídos de la ciudad emergente, el padre de Radu levantó su casa de estilo colonial, mitad cemento, mitad madera. Durante la construcción ―duró alrededor de dieciocho meses, según dicen―, los rumanos se enfermaban con frecuencia. Cuando no hacían crisis estomacales, les venía un dolor de repente de espalda baja y vientre, que padecían, a juicio de ellos, desde antes de abandonar su aldea natal, Razva. Uno de los obreros del proyecto, quien moriría de manera inexplicable tres meses después de terminada la casa, le había comentado al padre de Radu que él podía ayudarlo porque tenía como esposa a una curandera con fama de haber sanado a decenas de enfermos desahuciados. Ambos, el padre y la madre, se interesaron en conocer a esa mujer. Ella, tras su primer encuentro con ellos, los dejó maravillados por su bondad, amabilidad y cortesía. Al verlos, procedió a sanarlos. Los efectos milagrosos de los ungüentos aplicados para la sanación del cuerpo, fueron inmediatos. Desde entonces se compenetraron. Las visitas de la mujer sobrepasaron las expectativas del obrero, su esposo. Algunos años después, antes de que los padres de Radu fueran sorprendidos por la muerte, ella se mudó a vivir con ellos. Ocupó desde el primer día una pequeña cabaña construida para ella en el lateral derecho de la casa con vista a la entrada del camino empedrado por donde va, a pesar de la hora, la mujer desnuda.
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