La joven violinista dominicana que debutara en el Teatro Nacional como solista en su país conversa sobre música, sensibilidad y representación cultural.
La joven violinista dominicana Carla no habla desde la arrogancia de los escenarios conquistados, sino desde la emoción íntima de quien todavía mira la música con asombro. Hay en sus palabras una mezcla singular de rigor académico, sensibilidad artística y conciencia cultural que revela no solo a una intérprete en ascenso, sino a una artista que comprende el arte como experiencia humana.
Egresada de Stetson University, Carla ha pisado escenarios emblemáticos como Carnegie Hall y la histórica Thomaskirche, iglesia donde Johann Sebastian Bach vivió sus últimos años y donde reposa, según la tradición, parte de su memoria espiritual y musical. Sin embargo, detrás de esos logros permanece la niña dominicana que un día descubrió el violín escuchando Las cuatro estaciones de Vivaldi.
Hija del periodista Fausto Rosario Adames, director de Acento.com.do, Carla ha crecido cercana al pensamiento crítico y al mundo cultural dominicano. Pero ni el apellido ni el entorno explican por sí solos la solidez de su trayectoria. Su verdadero lenguaje ha sido el rigor silencioso del estudio, la sensibilidad interpretativa y esa relación íntima que ha construido con el violín desde la infancia.
“Mi relación con el violín nace desde muy temprana edad”, cuenta. “Mi madre siempre buscaba actividades extracurriculares y dentro de esas se encontraban clases de música. Cuando llegó el momento de decidir un instrumento elegí el violín, inspirada por Las cuatro estaciones de Vivaldi que solía escuchar desde que tenía uso de razón”.
Esa elección infantil terminó convirtiéndose en destino.
“A medida que fui creciendo me fui enamorando de ese fiel compañero y durante mi adolescencia ya no podía imaginarme una vida fuera del círculo musical”.
Pero el camino artístico no estuvo construido únicamente desde el entusiasmo. También apareció la disciplina. Y precisamente allí, en la experiencia académica internacional, Carla descubrió otra dimensión del rigor musical.
“Creía entender cómo funcionaba la disciplina”, explica sobre su paso por Stetson University, “pero al irme a estudiar comprendí que a veces la disciplina no es practicar cuatro o seis horas al día; es tener cuarenta y cinco minutos y hacer el trabajo de horas en ese período de tiempo”.
Sin embargo, quizá la lección más profunda no fue técnica, sino emocional. La atribuye a su maestra Routa Kroumovitch-Gomez, quien le enseñó que interpretar música implica mucho más que ejecutar notas correctamente.
“Ella no solo se enfocó en mejorar mi técnica como violinista, sino también en enseñarme a hablarle a una audiencia sin necesidad de palabras… a entender el contexto para poder canalizar las energías del compositor siglos después”.
Esa sensibilidad adquirió una dimensión casi espiritual durante su experiencia en Thomaskirche.
“Fue una experiencia casi espiritual”, recuerda. “Años después sigo tratando de evocar esas memorias cada vez que tengo la oportunidad de tocar a Bach”.
Muy distinta —aunque igualmente decisiva— fue la emoción de tocar en Carnegie Hall.
“Fue como estar en un sueño”, dice. “Ya desde el momento de ver mi nombre dentro de los galardonados me inspiró a practicar como nunca. Tenía que asegurarme de dar la talla”.
Ahora, Carla regresa simbólicamente a casa. El concierto que ofrecerá el día 14 representa un momento crucial dentro de su trayectoria: su debut como solista en la República Dominicana.
“Es una forma de volver a casa”, afirma. “Y también marca el inicio de salir oficialmente de la etapa académica que ha marcado los últimos cuatro años de mi vida”.
El recital ha sido concebido como un viaje emocional y sonoro. Compartirá escenario con Gabriel Quintero en un formato que alterna momentos solistas y música de cámara.
“Quisiera generarle al público un mar de emociones”, explica. “Cada pieza tiene un carácter distinto. Algunas son sentimentales, otras suenan casi molestas; hay uno que otro momento alegre al borde de ser gracioso”.
Entre todas las obras del programa, existe una que ocupa un lugar especial dentro de su sensibilidad: la Sonata No. 2 “Obsession” de Eugène Ysaÿe.
“Es una obra que he querido tocar por muchos años”, confiesa. “Se escucha el eco de Bach, el modernismo de Ysaÿe y la figura abismal del Dies Irae, el himno del Día del Juicio”.
Y quizás allí aparece una de las claves de Carla como artista: entiende la música no como entretenimiento decorativo, sino como territorio de tensiones humanas, contradicciones y preguntas emocionales.
Antes de salir al escenario, admite que siente nervios, aunque intenta transformarlos.
“Siempre trato de meditar un poco antes de entrar al escenario, para entrar relajada y divertirme con el violín”.
Pero Carla no limita su búsqueda al escenario musical. También impulsa Cadence & Ink, espacio desde donde reflexiona sobre los vínculos entre música, literatura y cultura contemporánea.
“Me llama mucho la atención el rol de la música en nuestras vidas”, explica. “Siento que todo tiene una banda sonora y eso merece su propio espacio”.
Su mirada también revela conciencia sobre los desafíos que enfrenta un músico clásico dominicano en el extranjero.
“Muchas veces se nos ve como un país sin una cultura de música clásica”, señala. “Uno de los desafíos ha sido vencer estereotipos y estigmas”.
Por eso, cada escenario internacional posee para ella un significado que va más allá de lo individual.
“Siempre pienso en dejar a la República Dominicana en alto”, afirma. “Crecí admirando músicos de muchos países, pero muy pocos eran dominicanos. Eso hoy está cambiando”.
Al final de la conversación, Carla resume quizás la lección más profunda que le ha dejado la música:
“Me ha enseñado sobre la complejidad de las emociones”.
Y cuando se le pregunta qué diría su violín al público dominicano durante este concierto, responde con una frase que funciona casi como manifiesto generacional:
“Que este arte está vivo y merece ser escuchado”.
Y quizás ahí reside precisamente el valor de esta joven violinista dominicana: en recordarnos que el arte todavía puede conmover, interrogar y abrir espacios de sensibilidad en medio del ruido contemporáneo.
Carla pertenece a una nueva generación de músicos dominicanos que comienza a dialogar con el mundo sin renunciar a su identidad ni a la profundidad de su formación. Su violín no solo interpreta partituras; también parece intentar tender un puente entre la disciplina, la emoción y la necesidad humana de escuchar algo más allá de la prisa cotidiana.
Agradezco a Carla la generosidad de esta conversación y la honestidad de sus respuestas. Al escucharla, uno comprende que detrás de cada escenario conquistado sigue habitando aquella muchacha que un día descubrió el mundo escuchando a Vivaldi.
—daniloginebra54@gmail.com
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